El 13 de abril de 1970, tres astronautas iban camino a la Luna cuando se oyó un "peg" fuerte y la luz maestra se apagó. En la central de Houston, Jack Swigert reportó: "Houston, hemos tenido un problema". La frase exacta cambió en la película (ahí dicen "have a problem"), pero el problema fue igual de real: un tanque de oxígeno había explotado en el módulo de servicio, a 330,000 kilómetros de cualquier taller de reparación.
La misión pasó de aterrizar a sobrevivir. Sin oxígeno suficiente y con las celdas de combustible muriéndose, el módulo de mando Apollo era un ataúd con electricidad. La solución: usar el módulo lunar Aquarius como bote salvavidas. Ironía deliciosa: el "barco de desembarco" lunares se diseñó para dos personas dos días en el vacío. Serían tres personas cuatro días. Nada estaba calculado para eso.
El filtro de basura
El dióxido de carbono empezaba a envenenarlos y los filtros del Aquarius eran redondos; los repuestos del módulo de mando eran cuadrados. En tierra, un equipo de ingenieros vació los casilleros de suministros sobre una mesa y construyó un adaptador con lo que había: mangas de traje, bolsas de basura, cinta adhesiva y tapas de discos. Lo leyeron por radio paso a paso a los astronautas. Se llamaba "the mailbox". Funcionó. Nadie se rió cuando lo armaron; todos rieron después.
Otro problema: volver. A esa velocidad no se frena ni se da la vuelta en U. La trayectoria libre de retorno —pasar por detrás de la Luna y dejar que su gravedad los catapulte de regreso— ya estaba planeada como respaldo por si algo salía mal. El motor del módulo lunar encendió para corregir el rumbo, con una precisión de segundos, usando el Sol como referencia de alineación porque no podían encender mucho equipo. El frío era tal que condensaba la humedad dentro de las cabinas; el agua que llovía del techo no se podía dejar caer en el tablero electrónico.
La ventanilla de una cabina de mandos salió dañada con la explosión: la taparon con su cubierta de contingencia, más cartón y cinta, justo antes de la reentrada. Y el 17 de abril, casi 87 horas después de la explosión, tres para-caídas de 11 metros por segundo golpearon el Pacífico. "Fracaso exitoso" lo llamaron: el apodo exacto.
Lo que hace única esta historia: nadie ganó, nadie descubrió nada nuevo, nadie llegó a la meta. Y es una de las mayores hazañas de la historia, porque consistió en que miles de personas, en dos lugares imposibles, resolvieran con paciencia un problema que nadie había entrenado para resolver.
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