El 20 de julio de 1969, Neil Armstrong bajó la escalerilla del módulo Eagle y apoyó la bota en la superficie de la Luna. Su huella medía como la tuya, quizá más grande. Y sigue ahí. Nadie la ha borrado.
En la Tierra, una huella en la arena dura minutos: el viento y el agua la desasean. La Luna no tiene atmósfera: no hay viento, no hay lluvia, no hay ríos, no hay seres que pisen al lado. Lo único que la borra son cosas brutales: micrometeoritos que viajan como balas de polvo. Lo hacen muy despacio: las estimaciones sugieren que esa huella podría durar millones de años.
Lo que Armstrong pisó también es interesante: el "suelo" lunar es regolito, polvo de roca triturada durante cuatro mil millones de años de impactos, con partículas como cristales de vidrio con filo. Los doce astronautas que caminaron en la Luna dejaron marcas distintas: cada misión pisó su propio sitio.
En la Luna siguen, además de huellas: banderas (una cayó al despegar; las demás siguen de pie según fotos de sondas recientes), retroreflectores que los astrónomos siguen usando hoy —les disparan láser y miden la distancia con centímetros de precisión—, decenas de bolsas de desechos, y placas conmemorativas, incluida una dedicada a los tres astronautas del Apolo 1, que nunca llegó a volar.
El sitio exacto de la primera pisada fue fotografiado por sondas orbitales: en la sombra larga del amanecer lunar se alcanza a ver el módulo y las líneas de las botas. Algún día alguien verá esas huellas caminando. Por ahora, ahí siguen: la prueba más terca de que fuimos.
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