Tomás perdió su tarea por tercera vez en un mes. La primera se mojó. La segunda la mordió el perro. La tercera, simplemente "no estaba".
La maestra Ríos lo miró con esa cara que ponen las maestras cuando ya conocen el final de la historia, y le dijo: "Tráeme la mochila, por favor."
Tomás puso su mochila sobre el escritorio con mucho cuidado, como si fuera un animal dormido. La maestra metió la mano. Sacó un estuche. Sacó una manzana mordida y oxidada. Sacó dos medias que nadie reclamaba. Y en el fondo, algo se movía.
Lo que sacó fue media libreta, masticada con muchísima calma. Y atrás de la libreta, dentro de la mochila, había unos ojitos amarillos que la miraban sin ninguna culpa.
La maestra Ríos cerró la mochila lentamente y dijo: "Tomás, tú tienes algo que alimentarme."
Desde ese día, a Tomás le da menos miedo la escuela. A veces la tarea se la come igual, pero por lo menos ahora es una excusa verdadera. Y su mascota, que dice llamarse "Perdido", ha subido de peso.
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