Primero, una prueba peligrosa: lee este párrafo y piensa en alguien bostezando. Ahora imagina un bostezo grande, con el sonido y todo. Si ya tienes ganas de bostezar, enhorabuena: eres humano y normal.
El bostezo es esa inspiración profunda, casi automática, con los ojos cerrados y la boca en "O". Durante siglos se creyó que servía para "meter más oxígeno porque el cerebro se está quedando sin aire". Pruebas con oxígeno extra lo desmintieron: la gente sigue bostezando igual. ¿Para qué sirve entonces? Los científicos proponen, con buenos argumentos, que es una forma de enfriar el cerebro: un pequeño respiradero para regular temperatura, porque el cerebro trabaja mejor fresquito.
¿Y por qué se pega? Porque eres social. El bostezo contagioso activa las áreas de imitación y de conexión emocional del cerebro: ver bostezar a alguien cercano enciende en tu mente "me estoy aburriendo, me relajo, y te acompaño". Los estudios muestran que se pega más con familia y amigos que con extraños. Y hay algo todavía más revelador: se pega menos en niños de muy corta edad y menos en personas con rasgos de autismo, lo que sugiere que no es puro reflejo, sino que tiene algo de empatía.
Los animales también lo hacen: perros, chimpancés… Se ha visto a chimpancés bostezarse mirándose, como si el bostezo de uno dijera "vamos a estar tranquilos, juntos".
Así que el bostezo no es señal de flojera: es un interruptor térmico sumado a un gesto social. Si este texto te hizo bostezar, felicitaciones: tu cerebro acaba de hacer dos cosas útiles a la vez.
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