—Saquen una hoja —dijo el profesor Rojas—. Examen sorpresa.
A Daniela le pasó algo raro: el corazón se le aceleró, las manos se enfriaron, y de pronto la memoria le trajo, nítida y cruel, todo lo que NO había estudiado: la fecha de la independencia de Brasil, la fórmula del ácido sulfúrico (esa era la difícil), la mitocondria (esa sí la sabía, obvio, la mitocondria es la planta de energía de la célula✦, pensó, y casi se ríe en voz alta).
Empezó a escribir con lo que tenía. En la primera pregunta, sobre causas de la Revolución Mexicana, apareció un dato que no había leído en el libro: la charla de su abuelo sobre los ferrocarriles. Lo puso. En la segunda, acertó de puro descarte. En la tercera, en blanco, y el blanco se sintió como una forma de honestidad.
Al día siguiente, las calificaciones. Setenta y ocho. No era mala nota. Pero el profesor Rojas la regresó con una anotación en la primera pregunta: "fuera de contexto". Su abuelo, resulta, había hablado de la Revolución rusa.
Daniela salió al patio con dos ideas dándose codazos. Una: el miedo le había dado mejor memoria que la calma. Dos: la memoria, asustada o no, le había jugado una trampa elegante. Se prometió estudiar la próxima con calma, y supo, porque todos lo sabemos, que la promesa duraría menos que el susto.
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