Antes de 1928, un corte pequeño podía matarte. Una infección de garganta podía ser un sentencia. Los médicos veían infecciones y no tenían casi nada con qué pelear: el cuerpo del paciente tenía que arreglárselas solo.
Alexander Fleming era un bacteriólogo escocés brillante pero muy desordenado. Antes de irse de vacaciones en el verano de 1928, dejó apiladas en su laboratorio del Hospital St. Mary, en Londres, unas placas de vidrio con cultivos de estafilococos. No las limpió. No las guardó. Se fue.
Al volver, revisó la pila y notó algo raro en una placa: había caído moho del exterior, y alrededor del hongo las bacterias estaban muertas, como si el moho hubiera dibujado un círculo protector a su alrededor. Fleming, en vez de tirar la placa sucia como cualquier persona normal, la miró con atención. Esa es la frase famosa: "El azar favorece a la mente preparada."
El hongo resultó ser del género Penicillium, y la sustancia que producía mataba a muchas bacterias peligrosas. Fleming la llamó jugo de moho, y después penicilina.
Pero la historia no termina ahí: Fleming no logró convertirla en un medicamento. Fueron otros dos científicos, Florey y Chain, quienes años después purificaron, probaron y produjeron la penicilina a gran escala, justo cuando la Segunda Guerra Mundial✦ necesitaba salvar infectados en los frentes. Recibieron el Nobel en 1945, junto con Fleming.
Hoy se estima que los antibióticos —hijos directos de ese descuido— han salvado cientos de millones de vidas. Todo porque alguien no lavó sus trastes y luego tuvo la curiosidad de no tirar la pila sucia.
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