En los canales de Xochimilco, al sur de la Ciudad de México✦, vive un animal que parece sacado de un dibujo hecho por un niño con mucha imaginación: cuerpo regordete, cuatro patas cortas, una sonrisa permanente y seis ramitas rosas saliendo de su cabeza como orejas de gato.
No son orejas: son branquias externas, como abanicos de oxígeno. Y no es un pez ni un dragón: es un ajolote (también escrito axolotl), un anfibio mexicano que los antiguos nahuas llamaban así, y que la ciencia moderna adora por dos razones.
La primera: el ajolote no quiere crecer. La mayoría de las salamandras nacen con branquias, viven en el agua, y luego metamorfosean: desarrollan pulmones, salen a tierra, se ven "adultas". El ajolote se queda toda su vida en la versión bebé, con branquias y en el agua. Los científicos le dicen neotenia: llegar a la madurez sexual sin hacer la transformación. Es como si un humano decidiera tener barba a los ocho años y quedarse así, feliz, para siempre.
La segunda razón es la que lo hace famoso en los laboratorios: si le arrancas una pata, le vuelve a crecer perfecta. No un muñón con cicatriz: una pata nueva, con huesos, músculos y dedos. También regenera parte de su médula espinal, su corazón y hasta regiones de su cerebro. Nosotros, con un corte en el dedo, apenas logramos una costra.
Y la parte triste: es uno de los animales más estudiados del planeta, pero en libertad está en peligro crítico. Su casa son los canales que quedan de lo que fue el lago de Texcoco, hoy invadidos por aguas contaminadas y especies introducidas como la tilapia. Se calcula que quedan unos cientos o pocos miles en su hábitat original, mientras que en acuarios y laboratorios del mundo hay decenas de miles.
El monstruo rosa que nunca crece podría sobrevivir en los laboratorios de todo el mundo y desaparecer del lugar que le dio su nombre. Ese contraste es, probablemente, la lección más seria del ajolote.
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