Eres capaz de escribir un ensayo, escuchar un audio y contestar tres mensajes. Lo juras. Y es verdad que lo haces. Lo que no estás haciendo es las tres cosas a la vez: lo que haces es saltar, y cada salto tiene un precio que no ves porque lo pagas en calidad, no en tiempo.
Lo que mide un cambio de tarea
En 2001, Esther Rubinstein, David Evans y Jeffrey Ross (Universidad de Michigan) hicieron algo muy simple: pidieron a la gente que alternara entre dos tareas de clasificación y que las hiciera por bloques, midiendo errores y tiempo de cambio. Resultado clásico: cambiar de tarea cuesta, y cuesta más cuando las tareas son nuevas o complejas; la práctica reduce el costo sin eliminarlo. En el manejo, el efecto deja de ser abstracto: los experimentos de simulador de David Strayer y Frank Johnston (Universidad de Utah, 2006) mostraron que hablar por teléfono al volante, incluso con manos libres, empeora tiempos de reacción y aumenta los errores; en trabajos posteriores del mismo grupo esas diferencias se compararon con las de conductores con alcohol en sangre cerca del límite legal. El problema no es la mano: es la atención.
Y viene el dato que se volvió famoso. La investigadora Gloria Mark, que observa desde los años noventa cómo trabajamos frente a pantallas, cronometró en oficinas el ciclo de la interrupción: después de que alguien es cortado, recuperarse hasta volver a la tarea original con la misma dedicación tomaba, en promedio, algo así como 23 minutos. No es que tu mente tarde tanto en moverse; es que el residuo de la tarea anterior se queda un rato: la idea a medias, la cuenta sin cerrar. En psicología eso tiene nombre desde 1927: efecto Zeigarnik, la tendencia a mantener activa una tarea incompleta. Es la razón por la que una notificación a media explicación te acompaña más tiempo del que crees.
El experimento de los que se creen multitarea
En 2009, Eyal Ophir, Clifford Nass y Wagner publicaron en PNAS un estudio sobre personas que consumen muchos medios a la vez. Su hallazgo: quienes más hacían multitarea mediática rendían peor filtrando estímulos irrelevantes y peor cambiando entre tareas cuando el experimento lo exigía. Se dijo por todos lados que los multitarea son peores, pero hay que ser honestos con la dirección de la flecha: el estudio no demuestra que el hábito dañe el cerebro; podría ser que las personas con más dificultad para filtrar se lancen más a la multitarea. Los intentos de replicar el efecto con otras muestras han encontrado resultados más débiles. Lo que sí está firme en el laboratorio de tarea única es el costo por cambio: es medible, y no desaparece porque uno crea que ya se acostumbró.
Un matiz final, porque esto no es un sermón. Hay combinaciones que sí funcionan: dos tareas que usan canales distintos y una de ellas muy automatizada (caminar mientras piensas, música sin letra mientras copias). Y estudiar con música de fondo no es el enemigo: el enemigo es la tarea que interrumpe con contenido nuevo cada treinta segundos. Si quieres un experimento propio, hazlo esta semana: una hora de tarea con el teléfono boca abajo y en silencio, otra hora con notificaciones. No midas el tiempo: mide cuántas veces tuviste que volver a leer la misma línea.
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