En el sur del océano Atlántico hay una isla volcánica de 10 kilómetros cuadrados con un pueblo de unas 240 personas. Se llama Tristán de Acuña y es el lugar habitado más remoto del planeta: la costa habitada más cercana está a 2,400 kilómetros (Santa Elena, a 600, también es remota pero no tanto). No tiene aeropuerto. El único acceso es un barco que pasa de vez en cuando, y "de vez en cuando" es literal: a veces siete u ocho días no pueden desembarcar.
Cómo es vivir ahí
Todo el pueblo es una calle: Edimburgo de los Siete Mares, y todas las casas son casi iguales. No hay autos de lujo ni semáforos porque no hay a qué ponérselos. La isla funciona con un sistema casi tribal-moderno: se reparten los trabajos según lo que el año necesita (pescar, cosechar papa, atender al cuerpo de bomberos —que son, en serio, dos voluntarios—, enseñar) y casi todo se decide en asamblea. Los apellidos se repiten: casi todos los habitantes descienden de media docena de marineros y colonos del siglo XIX; las familias Glass, Green, Swain y Rogers aparecen en cualquier árbol genealógico de la isla.
El aislamiento tiene lado duro: no hay dentista fijo (viaja uno unos días al año) ni hospital equipado; para una emergencia seria hay que esperar barco y cama. El wifi llegó en 2009, por enlace de radio, y cambió la economía: hoy tejen suéteres tristenses y los venden por internet✦ hasta Japón. Y cuando en 1961 el volcán erupcionó, la isla entera fue evacuada por única vez; algunos no quisieron volver y se quedaron años en la isla Ascensión, y la historia de su regreso cada tanto se cuenta todavía como una pequeña Odisea local.
Y aunque suene a castigo, los visitantes reportan lo mismo hace 150 años: aquí nadie tiene prisa, casi nadie tiene llave, y la peor ofensa es no devolver el saludo. Tristán de Acuña es un experimento social que nadie diseñó y que, contra todo pronóstico, sigue funcionando.
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