Si tienes un osito de peluche en casa, se llama "teddy bear" casi sin que nadie lo haya decidido. Y el nombre viene de un presidente realista: un incidente de cacería de Theodore Roosevelt en 1902. Historia verificable, con oso incluido.
Roosevelt —apodado Teddy, eso primero— estaba de cacería en Mississippi para un asunto político, y sus guías, para asegurar que el presidente matara un oso, le ataron un oso negro a un árbol, viejo y agotado, sin ganas de pelear. El presidente se negó: dispararle a un oso atado no era deporte, era patético.
Un caricaturista del Washington Post, Clifford Berryman, dibujó el momento: el presidente "Teddy" dando la espalda al osito atado. El dibujo dio la vuelta al país y un dueño de una tienda de dulces en Brooklyn, Morris Michtom, tuvo una idea: junto con su esposa cosieron un osito de felpa, lo pusieron en el escaparate junto al recorte del cómic, y lo llamaron "Teddy Bear": el oso de Teddy. La venta fue un éxito; Roosevelt mismo, medio divertido, medio resignado, aceptó el apodo.
Algo parecido pasó al otro lado del océano: en Alemania, la empresa Steiff ya fabricaba un osito con articulaciones, y también lo vendió con muchísimo éxito. Por eso los coleccionistas discuten hasta hoy quién fue "el primero": no importa, porque la fiebre mundial por los ositos nació casi a la vez, y en ambos casos por puro azar.
Así que hay un presidente terco, un oso atado, un caricaturista, una tienda de dulces, un osito cosido a prisa. Y un siglo después, los ositos de peluche siguen siendo el regalo universal. Todo eso empezó porque alguien dijo "no le voy a disparar a ese oso". A veces un gesto chiquito cambia la historia de una forma muy suave.
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