Hay un pez que no obedece las reglas del agua. En los manglares —esos bosques con raíces dentro del mar, desde África hasta Asia— vive el lodo salpicador, un pececito con cara de rana aburrida y un secreto: tiene brazos.
No brazos como los tuyos: sus aletas pectorales son fuertes y con articulaciones, como muletas. Con ellas camina por el lodo, trepa raíces y hasta árboles. Si el agua se seca o hay demasiados peces grandes, se baja del agua y se va a dar una vuelta, como quien sale al patio.
Y puede, además, respirar fuera del agua un buen rato, si mantiene su cuerpo húmedo: guarda aire bajo sus branquias como una cantimplora, igual que cuando te sumerges y guardas un besito de burbuja.
Sus ojos, además, están arriba de la cabeza como dos periscopios: puede ver hacia todos lados, incluso "hacia atrás": unos ojos giratorios. Cuando se aburre, se limpia los ojos metiéndose al agua.
Y este pez tiene una historia familiar importantísima: es pariente lejano de los animales que, hace unos 370 millones de años, hicieron lo que él hace todas las tardes: salir del agua. Es como un primito vivo de las primeras caminatas sobre tierra. Cuando el lodo salpicador cruza un manglar, está actuando la escena más grande de la historia de los animales: la que algún día nos trajo a nosotros.
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