El GPS no tiene cámaras y no sabe qué hay en tu calle. Solo hace una cosa: recibe la hora. Cada satélite envía un mensaje que dice, esencialmente: "son la hora X, y te lo mando desde el punto Y". Tu celular compara: la hora del mensaje contra su hora local. La diferencia te dice cuánto tiempo viajó la señal. Y como la señal viaja a la velocidad de la luz (300,000 km por segundo), solo unos picosegundos equivalen a metros.
Un satélite te dice: estás a tal distancia de mí. Eso te coloca en una esfera gigante alrededor del satélite. Dos satélites: dos esferas que se cruzan en un círculo. Tres: el círculo se aprieta a dos puntos. Con cuatro, el aparato resuelve además su propia hora. Cuatro relojes en el cielo y tienes tu posición. Se llama trilateración, y funciona igual que el sonar de un murciélago, pero en el espacio.
El detalle de Einstein
Aquí viene lo mejor. Los satélites llevan relojes atómicos porque la precisión depende de medir nanosegundos: una millonésima de segundo de error son 300 metros. Y la física hace travesuras: como los satélites se mueven rápido, su reloj atrasa por relatividad especial; como están lejos de la gravedad de la Tierra, su reloj se adelanta por relatividad general. El saldo: se adelantan unos 38 microsegundos por día. Si nadie corrigiera a Einstein, tu GPS fallaría por 10 kilómetros al día. No es teoría: es ingeniería.
Empezó en 1973 como un proyecto militar de los Estados Unidos, funcionó al principio para submarinos y misiles, y quedó completamente operativo en 1995. En 2000 dejaron de degradar la señal civil y de repente tus papás podían saber dónde estaban. Hoy otros países tienen sus sistemas: Europa (Galileo), Rusia (GLONASS), China (Beidou).
La próxima vez que tu app de mapas diga "estás aquí", recuerda: no es una cámara mirándote. Son relojes de metal a 20,000 kilómetros sobre tu cabeza acordándose de la hora, y un teléfono haciendo cuentas para no fallar ni 300 metros.
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