Cuando piensas en un dinosaurio comeselvas, imaginas un cuello largo elevándose como grúa. El Nigersaurus también tenía cuello largo — vivió hace unos 95 millones de años en lo que hoy es el desierto del Sahara—, pero su cabeza hacía algo que ningún otro dinosaurio grande: funcionaba como aspiradora.
Su boca era rarísima: ancha como la de un pato, con los huesos formando una "U" plana, y colocada en lo más bajo de su cara, pegada al suelo cuando comía. Y adentro, dientes por todos lados. En las mandíbulas del Nigersaurus había hasta quinientos dientes ordenados en hileras apiladas, como peines. Un humano tiene 32; un tiburón, unos 300 funcionando: este, más de 500 en filas esperando su turno.
Lo increíble es que no le duraban: los usaba tan duro —barriendo plantas bajas como una segadora viviente— que cada diente se reemplazaba por uno nuevo cada mes, aproximadamente. Era como comprar cepillo de dientes nuevo cada treinta días para toda la vida.
Los científicos descubrieron sus fósiles en Níger en los años 60 y una expedición liderada por Paul Sereno reconstruyó el cráneo digitalmente en 2009, comprobando algo sorprendente: su cuello, pese a ser larguísimo, se mantenía casi paralelo al suelo. No comía de los árboles altos como otros saurópodos: su menú eran helechos y plantas bajas. Los dos competían sin pelearse: uno cortaba arriba, el otro barriendo abajo, como dos cortadoras de pasto a distintas alturas.
Su nombre, por cierto, significa "lagarto de Níger", y el de su cráneo se llama "nariz de aspiradora": no es un sobrenombre poético: así describió el investigador su boca. Un dinosaurio que suena a invento y es 100% real.
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