En la esquina de un cartel, en la portada de una revista, en la pared de un museo: hay un cuadrito de puntitos que parece una manualidad hecha a medias. Ese cuadrito es un código QR, inventado en Japón en 1994 por una empresa que quería rastrear refacciones de autos con más rapidez que los códigos de barras.
Un código de barras normal solo guarda información en una dirección (de izquierda a derecha), y apenas cabe un número. El QR guarda en las dos: horizontal y vertical. Es básicamente un mapa de cuadritos negros y blancos, o sea, unos y ceros, pero con forma de cuadrito. Cada cuadrito es un bit: negro es uno, blanco es cero.
Los tres cuadradones en las esquinas son las marcas de posición: gracias a ellos tu cámara puede leer el código de frente, de lado, chueco o girado, y calcular su tamaño y ángulo de un vistazo. Por eso da igual como apuntes: los ojos de la esquina le dicen a la cámara cómo está puesto.
Y el detalle más satisfactorio: el QR está diseñado para sobrevivir a daños. Guarda la información repetida y distribuida, con códigos de corrección de errores (los mismos que hacen que un archivo dañado aún sirva). Haz la prueba: pinta con marcador negro una esquina de un QR. Todavía funciona. Pinta otra. A veces funciona. Hasta cerca del 30% del código puede desaparecer y el lector lo reconstruye igual. Es como poder leer la palabra "casa" aunque falten dos letras.
El QR es la prueba de que algo cuadriculado, feo y de 1994 puede ser más resistente que lo que presumimos de futurista. Cuando rayes uno, haz la prueba.
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