Europa entera, con 700 millones de personas, tiene unas 250 lenguas propias. Papúa Nueva Guinea, en Oceanía, con 9 millones de habitantes, tiene más de 800. Es el país lingüísticamente más diverso del planeta: hay aldeas separadas por una montaña que no se entienden entre sí ni por aproximación.
¿Por qué? Geografía y tiempo. El territorio es selva con cadenas montañosas altísimas y valles profundos donde, durante miles de años, una comunidad podía pasar la vida entera sin cruzar con nadie del otro lado del cerro. Cada valle cultivó su idioma propio, como cada isla de un archipiélago desarrolla su especie de pájaro.
Para sobrevivir entre tantos, inventaron una solución práctica: hoy casi todos usan también un idioma puente, el tok pisin, un inglés simplificado que nació como lengua de contacto y ya es lengua materna de mucha gente. Las sesiones del Parlamento pasan por intérpretes… a veces hacia lenguas que solo hablan unas decenas de personas.
Y lo urgente: desaparecen idiomas en todo el mundo. Se estima que hacia fines de siglo se habrán perdido la mitad de los ~7000 idiomas que quedan; a veces muere el último abuelo que lo hablaba y con él se van chistes, canciones, nombres de plantas y formas únicas de dividir el mundo. En Papúa esto también pasa: los idiomas grandes tragan a los chicos.
Un dato final para pensar: antes de aprender tu primer día de clases, ya conoces uno de los ~840 idiomas posibles de la aldea más cercana. La normalidad lingüística del planeta es, de hecho, muchísimos vecinos distintos.
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