Hay cosas del cuerpo que nadie quiere estudiar porque son asquerosas. Este es el turno de una de ellas: el moco. Spoiler: si no existiera, vivirías muchísimo menos.
En tu nariz se produce moco todo el santo día: en total podrías fabricar alrededor de medio litro diario, aunque la mayor parte ni la notas porque baja tragándolo —así, sin drama— hacia el estómago. El moco es como una aduana: es pegajoso para atrapar polvo, polen y microbios que vienen flotando en el aire, y se renueva hacia la garganta como una cinta mecánica para llevarlos al olvido.
Tiene además capas: una líquida para que el cabello microscópico de tu nariz empuje, y una más espesa arriba para atrapar. Como una alberca con trampas de pega.
¿Por qué te suenas con un resfriado? Porque tu cuerpo abre la manguera a presión: más moco para expulsar los bichos. Y por eso, con el tiempo, el color se pone amarillo o verde: un signo de que los glóbulos blancos —la caballería de tu cuerpo— lucharon adentro. Es, literalmente, campo de batalla.
Y tu cuerpo tiene otras fronteras igual de serias y subvaloradas. La cera del oído no es mugre: es una barrera repelente de insectos y polvo que se autolimpia. La caspa del suelo no es basura: es tu piel vieja desprendiéndose con las batallas ganadas. La saliva reconstruye tus dientes, el estómago tiene una capa impermeable a sus propios ácidos, y los callos de tus pies son fortalezas creadas por presión.
Así que la próxima vez que alguien se suene ruidosamente, puedes decirle con voz seria: "Eso es tu sistema inmune trabajando". Y cambiar de tema, porque nadie más quería la explicación.
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