Antes de que existiera el azúcar refinada, los refrescos y las dulcerías, había algo que los niños de hace siglos ya mascaban en lugares muy concretos del mundo: chicle. Y su cuna casi exclusiva está en México y Centroamérica.
El chicle es la savia de un árbol llamado chicozapote, que crece en las selvas del sureste. Al cortarlo, el árbol llora un líquido pegajoso que se recoge, se hierve y se moldea. Mayas y mexicas ya lo conocían; hay hallazgos arqueológicos de trozos de chicle con marcas de dientes de hace miles de años.
La historia moderna del chicle suena a película: por allá de 1869 el general Antonio López de Santa Anna —sí, el expresidente mexicano, exiliado por esos años en Estados Unidos— masticaba chicle en Nueva York y se lo presentó a un inventor llamado Thomas Adams. La idea original era hacer sustituto de caucho para llantas. Falló: el chicle no servía para eso.
Por puro aburrimiento, Adams empezó a jugar con el material, lo convirtió en pastelitos y descubrió que le encantaba mascarlo, igual que los mexicanos. Lo patentó como goma de mascar: nació la industria y el mundo se volvió adicto. En menos de una década ya se mascaba chicle en escuelas, teatros y fábricas.
Y el detalle ecológico: el chicozapote no se tala para extraer la savia; se ordeña, y un árbol bien cuidado da chicle durante un siglo. Los chicleros del sureste siguen cosechándolo en la selva, de la misma forma que se hacía hace mucho. Hoy con menos chicle del mundo, pero con una de las historias más raras: el sabor que conoces nació en un árbol mexicano, pasó por la oficina de un dictador y terminó en tu bolsa.
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