La frase que resuelve media función
Hay un principio que atraviesa todo el derecho público y que conviene tener grabado: la autoridad solo puede hacer lo que la ley le faculta; el particular puede hacer todo lo que la ley no le prohíbe. Se llama principio de juridicidad y se apoya en los artículos 14 y 16 de la Constitución✦. Como servidor, cada vez que vayas a actuar deberías poder responder con un dedo señalar: «hago esto porque tal norma me lo permite». Si no encuentras la norma que te faculta, esa es la señal de que no puedes, aunque el resultado parezca bueno y la urgencia empuje.
En la empresa privada un «buen resultado» justifica muchos medios; en lo público, un medio sin fundamento contamina el resultado. Eximir un requisito «para ayudar» a alguien, autorizar un gasto «porque sí hacía falta», o decidir un asunto «porque el jefe lo pidió» sin que exista la atribución: todos son actos viciados, y cada uno es una puerta a una falta. La juridicidad te protege a ti también: si solo haces lo facultado y lo documentas, rara vez podrás ser responsabilizado. Quien improvisa «para bien» sin base es, paradójicamente, quien más se expone.
Dos lógicas opuestas
- Particular: libre salvo prohibición. Servidor: solo lo que una norma le faculta.
Fíjate en la dirección del permiso. En el ciudadano la libertad es la regla y la prohibición la excepción. En el servidor es al revés: la facultad expresa es la regla; sin ella, no hay acto válido.
Un vecino mayor no puede cargar unos documentos y te ruega que le «eximas» un requisito para entrar a un programa; el reglamento lo pide y no prevé excepciones. Asumiendo que eres el servidor que revisa, ¿qué manda el principio de juridicidad?
Si un servidor público actúa «para bien» —por ejemplo, agilizar un apoyo urgente— puede apartarse del principio de juridicidad porque el fin positivo justifica el medio.
Autocomprobación
Cuatro frases sobre el principio de juridicidad. En cuál se coló el error:
Marca la línea o las líneas con error y pulsa Comprobar.
Toma una decisión que te corresponda en tu puesto. Escribe al lado la norma, reglamento o acuerdo concreto que te faculta a tomarla (artículo o apartado, no solo «el reglamento»). Si no la encuentras, esa es tu señal de alerta.
El ejercicio revela algo importante: cuando no puedes señalar la facultad exacta, no estás ante un problema de voluntad sino de competencia. Anota qué harías distinto la próxima vez —preguntar a jurídica antes de actuar— para no descubrir el vacío después de firmar.
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