Investigación profunda: ¿por qué conocemos mejor la superficie de Marte que el fondo de nuestro propio océano?
Este caso es un descenso. Vamos a bajar desde la superficie iluminada, donde el sol todavía alcanza, hacia una oscuridad total que ocupa la mayor parte del espacio habitable de la Tierra. A medida que bajamos cambian tres cosas: se apaga la luz, baja la temperatura y, sobre todo, sube la presión hasta valores que aplastarían un submarino común. Y sin embargo, contra todo pronóstico, hay criaturas viviendo ahí, en las fosas abisales, las grietas más hondas del océano. Comprender cómo es posible es una de las historias más fascinantes y menos conocidas de la ciencia.

1. El impacto: el gran desconocido está debajo del agua
Suena exagerado, pero es cierto en lo esencial: tenemos mapas más detallados de la superficie de Marte que del fondo de nuestros océanos. La razón es física. La luz solar apenas penetra hasta unos 1 000 m; por debajo, todo es oscuridad permanente. Y la luz no atraviesa el agua como atraviesa el vacío, así que no podemos fotografiar el fondo desde el espacio con la misma facilidad que un planeta. Para 'ver' allá abajo hay que enviar algo: un barco que arrastra un sonar, un robot que baja con focos, o una cápsula con personas dentro. Cada metro de ese mundo se gana con esfuerzo, y por eso el mapa del fondo marino todavía tiene enormes manchas en blanco.
- Cerca del 70 por ciento de la Tierra está cubierta de agua.
- La luz solar solo alcanza con fuerza hasta unos 1 000 m de profundidad.
- El fondo del océano está mucho menos cartografiado que la Luna o Marte.
- Para estudiarlo hay que bajar instrumentos o robots, no basta con mirar desde arriba.
¿Te había parecido alguna vez que el fondo del mar es un lugar 'conocido'? Escribe dos o tres líneas sobre qué te sorprende de que sepamos tan poco de él.
Solemos imaginar el océano profundo como algo explorado, cuando en realidad es de los territorios menos visitados del planeta.
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2. La pista: qué es una fosa y por qué baja tanto
El fondo del mar no está a una sola profundidad. En promedio el océano ronda los 3 700 m, pero hay lugares donde el suelo se hunde muchísimo más: las fosas abisales, también llamadas hadales. Se forman donde una placa de corteza oceánica se desliza por debajo de otra y se hunde hacia el manto, un proceso llamado subducción. Esas grietas alargadas son los puntos más profundos del planeta. El campeón es la fosa de las Marianas, en el Pacífico occidental, cuyo fondo, el caldeo Challenger, ronda los 11 000 m. Para entenderlo: si metieras el Everest boca abajo en esa fosa, su cima quedaría todavía a más de dos kilómetros bajo el agua.

El fondo del océano es una superficie casi plana y uniforme, sin relieves importantes.
¿Cómo se forman principalmente las fosas abisales más profundas?
3. El enemigo invisible: la presión
El gran obstáculo del descenso no es la falta de oxígeno para respirar, sino el peso del agua. Cada 10 m de profundidad añaden más o menos una atmósfera de presión, la misma que soportamos al nivel del mar. Al fondo de una fosa de 11 000 m, el agua empuja con unas 1 100 atmósferas: equivale a apoyar el peso de decenas de coches sobre cada centímetro cuadrado. Un objeto hueco y débil se achataría al instante. Y sin embargo los animales abisales no explotan ni se aplastan, porque su cuerpo está hecho de agua y tejidos que ya están a esa presión, sin huecos de aire que comprimir. La lección es sutil: lo peligroso no es la presión en sí, sino la diferencia de presión entre el interior y el exterior de algo.
La luz solar apenas llega hasta unos 1 000 m y la fosa de las Marianas ronda los 11 000 m de profundidad. ¿Cuántas veces más profunda es la fosa que el límite aproximado de la luz? (número entero)
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4. Vida imposible: luz propia y cuerpos sin hueso
Donde no llega el sol, la vida se las ingenia. Sin luz no hay fotosíntesis, así que casi todo lo que come allá abajo depende de una lluvia de restos orgánicos que cae de las capas altas, la llamada nieve marina, o de quimiosíntesis: bacterias que fabrican alimento a partir de químicos en vez de luz. Y en la oscuridad, muchos animales producen la suya propia mediante bioluminiscencia, reacciones químicas que emiten luz fría. El rape abisal cuelga un señuelo brillante para atraer presas; otros usan destellos para asustar, comunicarse o camuflarse. Para aguantar la presión, estos seres tienen cuerpos gelatinosos, sin vejigas de aire que se comprimirían, y enzimas estables diseñadas para funcionar bajo un peso enorme.

Une cada rasgo de la vida abisal con la función que cumple.
En el fondo del océano toda la vida depende directamente de la luz del sol.
5. Tocar el fondo: el Trieste y los valientes que bajaron
Bajar al punto más hondo es una hazaña de ingeniería. En 1960, el batiscafo Trieste, diseñado por Auguste Piccard y pilotado por su hijo Jacques Piccard junto al estadounidense Don Walsh, tocó el fondo del caldeo Challenger. Aguantaron una presión de más de mil atmósferas dentro de una esfera de acero, y durante unos veinte minutos fueron los únicos humanos en el fondo del lugar más profundo del planeta. Durante décadas nadie volvió. Hasta 2012, cuando el cineasta James Cameron descendió solo en un sumergible moderno y confirmó, entre otras cosas, que abajo hay vida: pequeños crustáceos y sedimento removido. Cada descenso es escaso porque el reto técnico y el coste son enormes.

¿Por qué los animales del abismo no se aplastan con una presión que destruiría un submarino común?
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No es falta de interés: la exploración depende de coste, dificultad técnica y prioridades. Reconocerlo ayuda a decidir mejor a dónde dirigir los esfuerzos.
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El vocabulario del abismo
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