CAPÍTULO 1
1918: el fin de la guerra y el mapa que se rompió
Alemania lanzó en la primavera de 1918 una última gran ofensiva en el oeste: la **ofensiva de primavera**, aprovechando tropas liberadas por la salida rusa. Al principio avanzó, pero agotó sus fuerzas sin romper del todo a los Aliados, que contraatacaron apoyados por los recién llegados estadounidenses. Fue la última carta, y falló.
El derrumbe de los imperios
Mientras el ejército alemán se cansaba, sus aliados se desplomaban. El imperio **Otomano** y **Austria-Hungría** —un mosaico de pueblos— se fragmentaron por dentro, empujados por sus propias crisis y nacionalidades. En Alemania, el motín de marineros y las huelgas forzaron la **abdicación del káiser**; se proclamó una república. El 11 de noviembre de 1918, a las 11 de la mañana, entró en vigor el **armisticio**: se callaron los cañones.
La «guerra que acabaría con todas las guerras» dejó, al final, imperios caídos y viejas frustraciones intactas.
Un precio insoportable
El saldo: entre **17 y 20 millones de muertos** (soldados y civiles), decenas de millones de heridos, de huérfanos y de «rostros rotos». Europa perdió a una generación joven, y la **gripe española**, que recorría un mundo desnutrido y en movimiento, mató a más personas que la propia guerra en pocos meses. El duelo fue colectivo.
Nacen nuevos países
Sobre los imperios rotos se trazaron fronteras nuevas: **Polonia volvió a existir** tras más de un siglo borrada del mapa, y surgieron también **Checoslovaquia y Yugoslavia**, Finlandia, los países bálticos y otros. El presidente Wilson promovió la idea de «autodeterminación de los pueblos», pero el nuevo mapa mezcló poblaciones, sembrando **minorías insatisfechas** que darían problemas después. La paz que llegaría sobre estos escombros no resolvería; sólo haría una pausa.