CAPÍTULO 1
Teotihuacán: la gran ciudad cuyo nombre y pueblo se perdieron
Caminar hoy por Teotihuacán es recorrer una ciudad construida hace unos dos mil años… de la que no sabemos casi nada seguro. No conocemos su nombre original, ni el idioma de su gente, ni el nombre de sus gobernantes. El nombre «Teotihuacán» —«lugar donde los hombres se vuelven dioses»— se lo dieron los mexicas siglos después de que ya estuviera en ruinas, admirados ante sus pirámides enormes.
Una ciudad con trazo de gran capital
Fundada alrededor del año 100 a. C., Teotihuacán creció hasta convertirse en una de las ciudades más grandes del mundo de su época: llegó a tener quizá 100.000 u 125.000 habitantes. Su corazón es la **Calzada de los Muertos**, una avenida recta de más de dos kilómetros flanqueada de plataformas. En un extremo se levanta la **Pirámide del Sol** (una de las mayores del mundo por volumen) y en el otro la **Pirámide de la Luna**. La ciudad no creció al azar: estaba trazada con orden, con calles en cuadrícula, canales de agua y miles de departamentos donde vivía la gente común.
¿Quién mandaba aquí?
Y aquí viene lo extraño: no han aparecido tumbas de un rey ni retratos de un gobernante como en Egipto o entre los mayas. Muchos especialistas piensan que Teotihuacán pudo ser gobernada de forma **colectiva**, por un grupo de élites más que por un solo monarca. Sus murales muestran felices ceremonias, sacerdotes y símbolos como el **Tláloc** (dios de la lluvia) o el **Serpiente Emplumada**, más que guerreros victoriosos. Es una sociedad que parece orgulloso de su comunidad, no de un hombre.
Fue una de las mayores urbes del planeta y su gente sigue siendo un misterio: no sabemos ni cómo se llamaba.
Comercio y caída
Teotihuacán tejió una red comercial enorme: su obsidiana (piedra volcánica para cuchillos y puntas) y sus cerámicas viajaban por toda Mesoamérica. En la ciudad vivían barrios de extranjeros —mayas, gentes del Golfo—, prueba de que era un punto de encuentro. Pero hacia el año 650 d. C. algo se quebró. Hay señales de incendio en sus edificios del poder: pudo haber revueltas internas, sequías o presiones externas. La ciudad fue abandonándose. Su grandeza, sin embargo, marcó a todos: siglos después, mexicas y mayas aún la veían como un lugar casi sagrado.