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¿Qué hay realmente en el fondo del océano?Redacción Lumbre

CAPÍTULO 1

¿Qué hay realmente en el fondo del océano?

Los océanos cubren más del setenta por ciento de la superficie del planeta. Sin embargo, conocemos con detalle el relieve del fondo marino menos que la superficie de la Luna o de Marte. Suena a exageración, pero es una comparación que los propios oceanógrafos repiten: hemos enviado sondas a otros mundos y las hemos fotografiado con precisión, mientras que gran parte de nuestro propio lecho oceánico sigue siendo un mapa borroso. ¿Qué sabemos de verdad ahí abajo, qué ignoramos y cómo lo estamos averiguando?

Un territorio inmenso y casi inaccesible

El océano no es una bañera plana. Su fondo tiene montañas más altas que el Everest, cañones más profundos que el Gran Cañón, llanuras enormes, volcanes activos y fosas abisales. La Fosa de las Marianas, en el Pacífico, desciende hasta casi once kilómetros: si metiéramos ahí la montaña más alta del mundo, su cima quedaría todavía a más de dos kilómetros bajo el agua.

El problema para explorarlo es que el océano profundo es hostil de una forma extrema. A varios kilómetros de profundidad no llega ni un rayo de luz, la temperatura ronda los pocos grados sobre cero y la presión es aplastante: cientos de veces mayor que en la superficie. Un ser humano no puede bajar allí sin protección, y los aparatos tienen que estar diseñados para no ser estrujados. Por eso explorar el fondo marino es lento, caro y técnicamente difícil.

Cómo lo estamos midiendo

La herramienta principal no es una cámara, sino el sonido. Los barcos oceanográficos arrastran unos aparatos llamados sonares multihaz, que emiten pulsos de sonido hacia el fondo y miden cuánto tarda el eco en volver. Con esos tiempos se reconstruye el relieve, igual que un murciélago dibuja su entorno con el oído. Este método permite cartografiar amplias franjas desde la superficie sin bajar.

Cuando se quiere ver de cerca o recoger muestras, entran en juego los vehículos. Hay submarinos tripulados que bajan con personas a bordo, y robots teledirigidos unidos al barco por un cable, que envían imágenes en directo y manipulan brazos mecánicos. También existen vehículos autónomos que nadan por su cuenta siguiendo un programa. Gracias a ellos hemos filmado criaturas y paisajes que nadie había visto.

Lo que ya sabemos con bastante certeza

A pesar de las dificultades, hay un consenso sólido en varios puntos. Sabemos que el fondo marino no está quieto: se mueve. En las dorsales oceánicas, unas cordilleras submarinas que recorren el planeta, brota magma que forma corteza nueva y empuja el suelo oceánico, que se expande unos centímetros al año. Este proceso, llamado tectónica de placas, explica los terremotos, los volcanes y la deriva de los continentes, y es una de las ideas mejor establecidas de la geología.

Sabemos también que el fondo alberga mucha más vida de la que se creía. Durante décadas se pensó que las profundidades, sin luz, eran casi un desierto. Pero en los años setenta se descubrieron las fuentes hidrotermales: chimeneas por donde sale agua caliente cargada de minerales. A su alrededor prosperan comunidades enteras de organismos —gusanos tubícolas gigantes, mejillones, cangrejos— que no dependen del Sol, sino de la química de esos minerales. Fue un hallazgo revolucionario: demostró que la vida puede sustentarse sin luz solar.

Y sabemos que el océano profundo regula el clima. Las corrientes profundas mueven calor y nutrientes por todo el planeta, y los sedimentos del fondo guardan un archivo del clima del pasado, además de enormes cantidades de carbono.

Lo que todavía ignoramos

Aquí es donde la honestidad obliga a separar lo establecido de lo incierto. No sabemos cuántas especies viven en el fondo marino. Los biólogos calculan que una gran mayoría de las especies oceánicas siguen sin describir; cada expedición a zonas poco exploradas trae animales nuevos para la ciencia. Dar una cifra exacta sería inventarla.

Tampoco conocemos el relieve detallado de la mayor parte del lecho oceánico. Distintas iniciativas internacionales miden el progreso, y coinciden en que solo algo más de una cuarta parte del fondo marino global se ha cartografiado con tecnología moderna de alta resolución. El resto se conoce de forma aproximada, por satélites que deducen el relieve a partir de la forma de la superficie del mar, o directamente no se ha medido bien. Es decir: hay cordilleras, cañones y volcanes submarinos que aún no aparecen en ningún mapa detallado.

Y quedan preguntas abiertas sobre los ecosistemas profundos: cómo responden a la minería del fondo marino, que amenaza con remover sedimentos y destruir hábitats lentísimos de recuperar; cómo afectan el calentamiento y la acidificación a la vida abisal; o qué papel exacto juegan esos ecosistemas en el ciclo global del carbono. Son áreas de investigación activa, no cuestiones resueltas.

Por qué vale la pena seguir buscando

Explorar el océano profundo no es solo curiosidad. De ahí pueden salir medicinas nuevas —muchos organismos marinos producen compuestos químicos únicos—, claves sobre el origen de la vida, alertas tempranas de tsunamis y terremotos, y una comprensión mejor del clima. Además, lo que ocurra en el fondo afecta a todo lo que hay encima, incluidos nosotros.

La imagen que deja esta investigación es doble. Por un lado, sabemos mucho más de lo que se sabía hace medio siglo: la tectónica de placas, las fuentes hidrotermales y la vida sin sol están sólidamente establecidas. Por otro, la mayor parte del fondo sigue siendo territorio apenas esbozado. Conocer el océano profundo es, todavía, una tarea en marcha. Y quizá esa sea la parte más emocionante: que en nuestro propio planeta aún queden lugares donde lo siguiente que aparezca en la pantalla de un robot sea una especie que nadie ha visto jamás.

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Un respiro entre páginas.

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