CAPÍTULO 1
Ciudadanos del mundo: justicia entre generaciones
Durante siglos la ética y la política se ocuparon de quienes están cerca: la familia, el pueblo, la nación. Pero los problemas de hoy —el clima, las pandemias, la migración— cruzan fronteras y alcanzan a gente que aún no ha nacido. Eso nos obliga a ensanchar la idea de **ciudadanía**: somos también miembros de una comunidad global y temporales cuidadores del planeta.
Los bienes comunes
Hay cosas que no son de nadie y son de todos: el aire, el agua, los bosques, la estabilidad del clima. Cuando cada persona o país explota «lo suyo» sin pensar en el conjunto, ocurre la «tragedia de los comunes»: lo compartido se agota porque nadie se siente responsable. Cuidar los bienes comunes exige acuerdos y reglas que la sola buena voluntad no garantiza.
Deuda con el futuro
La **sustentabilidad** tiene una definición clara: satisfacer nuestras necesidades sin arruinar la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las suyas. No se trata de privarnos por culpa, sino de notar que quienes vendrán no pueden votar ni defenderse hoy; su única voz, mientras tanto, somos nosotros.
Lo local y lo global
Nada de esto está lejos: se decide en cómo usamos la energía, qué consumimos, a quién votamos y de qué hablamos. La **huella** de nuestros actos se estira más allá de nuestra vista. Entender la ciudadanía global es perder la inocencia de «a mí no me afecta» y ganar la madurez de «esto también es mi asunto».
Una pregunta grande
Elige un recurso o costumbre de tu vida diaria —agua, electricidad, un producto que usas mucho—. Investiga de dónde viene y a dónde va al desecharse, y propón un cambio tuyo que reduzca la carga que dejas a quienes vendrán.