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¿Quién soy yo? (y por qué cambia la respuesta)Redacción Lumbre

CAPÍTULO 1

¿Quién soy yo? (y por qué cambia la respuesta)

Pregúntate quién eres. Probablemente empieces con tu nombre, tu edad, lo que te gusta. Pero si insistes, la respuesta se vuelve rara: ¿eres el mismo que eras a los ocho? ¿Eres lo que piensas, lo que sientes, lo que haces? La pregunta por la identidad es una de las más antiguas de la filosofía, y en la adolescencia deja de ser un juego: se vuelve urgente.

Un yo en construcción

Los psicólogos llaman a la adolescencia la etapa de la búsqueda de identidad. No es que antes no tuvieras personalidad: es que ahora puedes pensar sobre ti mismo como un objeto de estudio. Empiezas a probar versiones de ti: un estilo, un grupo, una idea, una causa. Algunas se quedan, otras se descartan. Ese ensayo y error no es confusión: es el método.

La identidad no se encuentra como se encuentra una llave perdida; se construye como se construye una casa, con decisiones repetidas. Cada vez que eliges qué hacer con tu tiempo, con quién estar y qué defender, pones un ladrillo.

Los espejos que te prestan

Buena parte de lo que crees ser llegó de fuera: lo que tu familia repitió de ti, lo que tus amigos celebran, lo que las pantallas presentan como deseable. No hay identidad pura que no pase por esos espejos. El trabajo de esta etapa es decidir cuáles de esos reflejos te pertenecen y cuáles solo te quedaron puestos.

Una prueba útil: imagina que nadie pudiera verte ni opinar. ¿Qué seguirías haciendo igual? Eso que permanece es tuyo.

Cambiar no es traicionarte

Muchos adolescentes sienten culpa o vergüenza al cambiar de gustos, de amigos o de opiniones, como si fueran incoherentes. Pero coherencia no es inmovilidad. Ser coherente es parecerte a tus razones, no a tu versión anterior. Una persona que piensa distinto que hace un año porque aprendió algo no es falsa: es alguien que aprendió.

La respuesta abierta

«¿Quién soy?» no tiene una respuesta definitiva, y eso asusta y libera a la vez. Asusta porque no hay un manual; libera porque no estás condenado a ser lo que fuiste. Eres, más bien, una historia que se está contando y que tú ayudas a escribir con lo que eliges cada día.

Quizá la mejor respuesta no sea un sustantivo sino un verbo: soy lo que estoy haciendo de mí. Y esa obra, por ahora, sigue abierta.

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Un respiro entre páginas.

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