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Novelas ejemplaresMiguel de Cervantes

CAPÍTULO 23

PRÓLOGO VII · continuación 21

Y quitándose una buena cadena de oro del cuello, que pesaba cien ducados, se la ponia en el suyo.

Á este punto, luego que vió tal oferta y tan cumplida parte de paga la dueña del concierto, ántes que su ama respondiese ni la tomase, dijo:

--¿Hay príncipe en la tierra como este, ni papa, ni emperador, ni cajero de mercader, ni perulero, ni aun canónigo, que haga tal generosidad y largueza? Señora Doña Claudia, por vida mia, que no se trate mas deste negocio, sino que se le eche tierra y haga luego todo cuanto este señor quisiere.

--¿Estás en tu seso, Grijalva, que así se llamaba la dueña, estás en tu seso, loca, desatinada? dijo Doña Claudia. ¿Y la limpieza de Esperanza, su flor cándida, su pureza, su doncellez no tocada, así la habia yo de aventurar y vender, sin mas ni mas, cebada de esa cadenilla? ¿Estoy yo tan sin juicio que me tengo de encandilar de sus resplandores, ni atar con sus eslabones, ni prender con sus ligamentos? ¡Por el siglo del que pudre, que tal no será! Usted se vuelva á poner su cadena, señor caballero, y mírenos con mejores ojos; y entienda que, aunque mujeres solas, somos principales, y que esta niña está como su madre la parió, sin que haya persona alguna en el mundo que pueda decir otra cosa; y si contra esta verdad le hubiesen dicho alguna mentira, todo el mundo se engaña, y al tiempo y la esperiencia doy por testigos.

--Calle, señora, dijo á esta sazon la Grijalva, que, ó yo sé poco, ó que me maten si este señor no sabe toda la verdad del hecho de mi señora la moza.

--¿Qué ha de saber, desvergonzada, qué ha de saber? replicó Claudia. ¿No sabeis vos la limpieza de mi sobrina?

--Por cierto bien limpia estoy, dijo entónces Esperanza, que estaba en medio del aposento, medio embobada y suspensa, viendo lo que pasaba sobre su cuerpo; y tan limpia que no ha una hora que con todo este frio me vestí una camisa limpia.

--Esté usted como estuviere, dijo D. Félix, que solo por la muestra del paño que he visto no saldré de la tienda sin comprar toda la pieza; y porque no se me deje de vender por melindre ó ignorancia, sepa, señora Claudia, que he oido toda la plática ó sermon que acaba de hacer á la niña, y que quisiera yo ser el primero que esquilmara este majuelo, ó vendimiara esta viña, aunque se añadieran á esta cadena unos zarcillos de oro y unas esposas de diamantes. Y pues estoy tan al cabo de esta verdad, y tengo tan buena prenda, ya que no se estima la que doy ni la que tiene mi persona, úsese de mejor término conmigo, que será justo, con protestacion y juramento que por mí nadie sabrá en el mundo el rompimiento desta muralla, sino que yo seré el pregonero de su entereza y bondad.

--Ea, dijo entónces la Grijalva, buen pro, buen pro le haga, para en uno son, yo los junto y los bendigo.

Y tomando de la mano de la niña, se la acomodaba á D. Félix: de lo cual se encolerizó tanto la vieja, que quitándose un chapin, comenzó á dar á la Grijalva como en real de enemigos; la cual viéndose maltratar, echó mano de las tocas de Claudia, y no la dejó pedazo en la cabeza, descubriendo la buena señora una calva mas lucia que la de un fraile, y un pedazo de cabellera postiza que le colgaba por un lado, con que quedó la mas fea y abominable catadura del mundo. Viéndose maltratar así de su criada, comenzó á dar grandes alaridos y voces, apellidando á la justicia; y al primer grito, como si fuera cosa de encantamento, entró por la sala el corregidor de la ciudad, con mas de veinte personas, entre acompañados y corchetes: el cual, habiendo tenido soplo de las personas que en aquella casa vivian, determinó visitallas aquella noche, y habiendo llamado á la puerta, no le oyeron, como estaban embebecidas en sus pláticas, y los corchetes con dos palancas, de que de noche andan cargados para semejantes efectos, desquiciaron la puerta, y subieron tan queditos, que no fueron sentidos; y desde el principio de los documentos de la tia, hasta la pendencia de la Grijalva estuvo oyendo el corregidor sin perder un punto; y así, cuando entró dijo:

--Descomedida andais con vuestra ama, señora criada.

--¡Y cómo si anda descomedida esta bellaca, señor corregidor, dijo Claudia, pues se ha atrevido á poner las manos do jamas han llegado otras algunas desde que Dios me arrojó á este mundo!

--Bien decís que os arrojó, dijo el corregidor, porque vos no sois buena sino para arrojada. Cubríos, honrada, y cúbranse todas, y vénganse á la cárcel.

--¡Á la cárcel, señor! ¿Por qué? dijo Claudia. ¿Á las personas de mi calidad y estofa úsase en esta tierra tratallas desta manera?

--No deis mas voces, señora, que habeis de venir sin duda, mal que os pese, y con vos esta señora colegial trilingüe en el desfrute de su heredad.

--Que me maten, dijo la Grijalva, si el señor corregidor no lo ha oido todo; que aquello de las tres pringües, por lo de Esperanza lo ha dicho.

Llegóse en esto D. Félix y habló aparte al corregidor, suplicándole no la llevase, que él las tomaba en fiado, mas no pudieron aprovechar con él los ruegos, ni ménos las promesas.

Empero quiso la suerte que entre la gente que acompañaba al corregidor venian los dos estudiantes manchegos, y se hallaron presentes á toda esta historia; y viendo lo que pasaba, y que en todas maneras habian de ir á la cárcel Esperanza, Claudia y la Grijalva, en un instante se concertaron entre sí en lo que habian de hacer; y sin ser sentidos se salieron de la casa, y se pusieron en cierta calle tras canton por donde habian de pasar las presas, con seis amigos de su traza y que luego les deparó su buena ventura, á quienes rogaron les ayudasen en un hecho de importancia contra la justicia del lugar, para cuyo efecto los hallaron mas prontos y listos que si fuera para ir á algun solemne banquete.

De allí á poco asomó la justicia con las prisioneras, y ántes que llegasen, pusieron mano los estudiantes con tal brio y denuedo, que á poco rato no les esperó porqueron en la calle, si bien no pudieron librar mas que á la Esperanza: porque así como los corchetes vieron trabada la pelea, los que llevaban á Claudia y á la Grijalva se fueron con ellas por otra calle, y las pusieron en la cárcel. El corregidor, corrido y afrentado, se fué á su casa, D. Félix á la suya, y los estudiantes á su posada. Y queriendo el que habia quitado á Esperanza á la justicia gozarla aquella noche, el otro no lo quiso consentir, ántes le amenazó de muerte si tal hiciese.

¡Oh milagros del amor! ¡Oh fuerzas poderosas del deseo! Digo esto, porque viendo el estudiante de la presa que el otro su compañero con tanto ahinco y veras le prohibia el gozalla, sin hacer otro discurso, y sin mirar cuál le estaba lo que queria hacer, dijo:

--Ahora pues, ya que vos no consentís que yo goce á la que tanto me ha costado, y no quereis que por amiga me entregue en ella, á lo ménos no me podréis negar que como á mujer legítima no me la habeis, ni podeis, ni debeis quitar.

Y volviendo á la moza, á quien de la mano no habia dejado, le dijo:

--Esta mano, que hasta aquí os he dado, señora de mi alma, como defensor vuestro, ahora, si vos quereis, os la doy como legítimo esposo y marido.

La Esperanza, que de mas bajo partido fuera contenta, al punto que vió el que se la ofrecia, dijo que sí y que resí, no una, sino muchas veces, y abrazóle como á su señor y marido. El compañero, admirado de ver tan estraña resolucion, sin decirles nada se quitó de delante y se fué á su aposento. El desposado, temeroso de que sus amigos y conocidos le estorbasen el fin de su deseo y le impidiesen el casamiento, que aun no estaba hecho con las debidas circunstancias, aquella misma noche se fué al meson donde posaba el arriero de su tierra. Quiso la buena suerte de Esperanza que el tal arriero se partia al otro dia por la mañana, con el cual se fueron; y segun se dijo, llegó á casa de su padre, donde le dió á entender que aquella señora que allí traia era hija de un caballero principal; y que la habia sacado de casa de su padre, dándole palabra de casamiento. Era el padre viejo, y creyó fácilmente cuanto le decia el hijo; y viendo la buena cara de la nuera, se tuvo por mas que satisfecho, y alabó como mejor supo la buena determinacion de su hijo.

No le sucedió así á Claudia, porque se le averiguó por su misma confesion, que la Esperanza no era su sobrina ni parienta, sino una niña á quien habia tomado de la puerta de una iglesia, y que á ella y á otras, que en su poder habia tenido, las habia vendido por doncellas muchas veces á diferentes personas, y que desto se mantenia y esto tenia por oficio y ejercicio. Averiguósele tambien tener sus puntas de hechicera, por cuyos delitos el corregidor la sentenció á cuatrocientos azotes y á estar en una escalera, con una jaula y coroza en medio de la plaza; que fué el mejor dia que aquel año tuvieron los muchachos de Salamanca.

Súpose luego el casamiento del estudiante; y aunque algunos escribieron á su padre la verdad del caso y la calidad de la nuera, ella se habia dado con su astucia y discrecion tan buena maña en contentar y servir al viejo suegro, que aunque mayores males le dijeran della, no quisiera haber dejado de alcanzarla por hija: tal fuerza tienen la discrecion y la hermosura. Y tal fin y paradero tuvo la señora Claudia de Astudillo y Quiñones, y tal le tengan todas cuantas su vida y proceder tuvieren.

Leipzig. -- En la imprenta de F. A. Brockhaus.

NOTAS

[1] La casa donde habitaban las prostitutas.

[2] Llevábanse á Génova muchos cuentos ó millones de reales.

[3] Florete y broquel.

[4] Donde solian vivir las mujeres públicas.

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Un respiro entre páginas.

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