CAPÍTULO 68
III
MAÑUCO EL PARLAMPÁN
Si hubo hombre en Lima con reputación de _bonus vir_ o de pobre diablo, ése fué sin disputa el negro Mañuco.
Llamábanlo el _Parlampán_ porque en las corridas de toros se presentaba vestido de monigote en la mojiganga o cuadrilla de _parlampanes_, y desempeñábase con tanto gracejo que se había conquistado no poca populachería.
Una tarde se exhibió en el redondel llevando dentro del cuerpo más aguardiente del acostumbrado, cogiólo el toro, y en una camilla lleváronle al hospital.
Vino el cirujano, reconoció la herida, meneó la cabeza murmurando _malorum_, y tras el cirujano se acercó a la covacha el capellán, y oyó en confesión a Mañuco.
Vivió aún el infeliz cuarenta y ocho horas, y mientras tuvo alientos no cesaba de gritar:
--Señores, llévense de mi consejo: tranca y cerrojo..., nada de cerraduras..., la mejor no vale un pucho..., para toda chapa hay llave..., tranca y cerrojo, y echarse a dormir a pierna suelta...
Tanto repetía el consejo, que el ecónomo del hospital de San Andrés pensó que aquello no era hijo del delirio, sino grito de la conciencia, y fuése al alcalde del barrio con el cuento. Este hurgó lo suficiente para sacar en claro que Mañuco el _Parlampán_ había sido pájaro de cuenta, y tan diestro en el manejo de la ganzúa que con él no había chapa segura, siquiera tuviese cien pestillos. Item, descubrió la autoridad que el _honrado_ Mañuco era el brazo derecho del _Rey del Monte_ para los robos domésticos.
Ya lo saben ustedes, lectores míos: tranca cerrojo.
Concluyamos ahora con su majestad el _Rey_.