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Prosas profanasRubén Darío

CAPÍTULO 5

CANTO DE LA SANGRE _A Miguel Estrada._

SANGRE de Abel. Clarín de las batallas. Luchas fraternales; estruendos, horrores; Flotan las banderas, hieren las metrallas, Y visten la púrpura los emperadores.

Sangre del Cristo. El órgano sonoro. La viña celeste da el celeste vino; Y en el labio sacro del cáliz de oro Las almas se abrevan del vino divino.

Sangre de los martirios. El salterio. Hogueras; leones, palmas vencedoras; Los heraldos rojos con que del misterio Vienen precedidas las grandes auroras.

Sangre que vierte el cazador. El cuerno. Furias escarlatas y rojos destinos Forjan en las fraguas del obscuro Infierno Las fatales armas de los asesinos.

¡Oh sangre de las vírgenes! La lira. Encanto de abejas y de mariposas. La estrella de Venus desde el cielo mira El purpúreo triunfo de las reinas rosas.

Sangre que la Ley vierte. Tambor a la sordina. Brotan las adelfas que riega la Muerte y el rojo cometa que anuncia la ruina.

Sangre de los suicidas. Organillo. Fanfarrias macabras, responsos corales, Con que de Saturno celébrase el brillo En los manicomios y en los hospitales.

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RECREACIONES ARQUEOLÓGICAS _A Julio L. Jaimes._

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I.--FRISO

CABE una fresca viña de corinto Que verde techo presta al simulacro Del Dios viril, que artífice de Atenas En intacto pentélico labrara, Un día alegre, al deslumbrar el mundo La harmonía del carro de la Aurora, Y en tanto que arrullaban sus ternezas Dos nevadas palomas venusinas Sobre rosal purpúreo y pintoresco, Como Olímpica flor de gracia llena, Vi el bello rostro de la rubia Eunice. No más gallarda se encamina al templo Canéfora gentil, ni más riente Llega la musa a quien favor prodiga El divino Sminteo, que mi amada Al tender hacia mí sus tersos brazos.

* * * * *

Era la hora del supremo triunfo Concedido a mis lágrimas y ofrendas Por el poder de la celeste Cipris, Y era el ritmo potente de mi sangre Verso de fuego que al propicio numen Cantaba ardiente de la vida el himno. Cuando mi boca en los bermejos labios De mi princesa de cabellos de oro Licor bebía que afrentara al néctar, Por el sendero de fragantes mirtos Que guía al blanco pórtico del templo, Súbitas voces nuestras ansias turban.

* * * * *

Lírica procesión al viento esparce Los cánticos rituales de Dionisio, El evohé de las triunfales fiestas, La algazara que enciende con su risa La impúber tropa de saltantes niños, Y el vivo son de músicas sonoras Que anima el coro de bacantes ebrias. En el concurso báquico el primero, Regando rosas y tejiendo danzas. Garrido infante, de Eros por hermoso Emulo y par, risueño aparecía. Y de él en pos de las ménades ardientes, Al aire el busto en que su pompa erigen Pomas ebúrneas; en la mano el sistro, Y las curvas caderas mal veladas Por las flotantes, desceñidas ropas, Alzaban sus cabezas que en consorcio Circundaban la flor de Citerea Y el pámpano fragante de las viñas. Aun me parece que mis ojos tornan Al cuadro lleno de color y fuerza: Dos robustos mancebos que los cabos De cadenas metálicas empuñan, Y cuyo porte y músculos de Ares Divinos dones son, pintada fiera Que felino pezón nutrió en Hircania, Con gesto heroico entre la turba rigen; Y otros dos un leopaldo cuyo cuello Gracias de Flora ciñen y perfuman Y cuyos ojos en las anchas cuencas De furia henchidos sanguinosos giran. Pétalos y uvas el sendero alfombran, Y desde el campo azul do el Sagitario De coruscantes flechas resplandece, Las urnas de la luz la tierra bañan.

* * * * *

Pasó el tropel. En la cercana selva Lúgubre resonaba el grito de Atis, Triste pavor de la inviolada ninfa. Deslizaba su paso misterioso El apacible coro de las Horas. Eco volvía la acordada queja De la flauta de Pan. Joven gallardo, Más hermoso que Adonis y Narciso, Con el aire gentil de los efebos Y la lira en las manos, al boscaje Como lleno de luz se dirigía. Amor pasó con su dorada antorcha. Y no lejos del nido en que las aves, Las dos aves de Cipris, sus arrullos Cual tiernas rimas a los aires dieran, Fuí más feliz que el luminoso cisne Que vió de Lada la inmortal blancura, Y Eunice pudo al templo de la diosa Purpúrea ofrenda y tórtolas amables Llevar el día en que mi regio triunfo Vió el Dios viril en mármol cincelado Cabe la fresca viña de Corinto.

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II.--PALIMPSESTO

_ESCRITA en viejo dialecto eolio Hallé esta página dentro un infolio Y entre los libros de un monasterio Del venerable San Agustín, Un fraile acaso puso el escolio Que allí se encuentra; dómine serio De flacas manos y buen latín. Hay sus lagunas._

...Cuando los toros De las campañas, bajo los oros Que vierte el hijo de Hiperión, Pasan mugiendo, y en las eternas Rocas salvajes de las cavernas Esperezándose ruge el león;

Cuando en las vírgenes y verdes parras Sus secas notas dan las cigarras, Y en los panales de Himeto deja Su rubia carga la leve abeja Que en bocas rojas chupa la miel, Junto a los mirtos, bajo los lauros, En grupo lírico van los centauros Con la harmonía de su tropel.

Uno las patas rítmicas mueve, Otro alza el cuello con gallardía Como en hermoso bajo-relieve Que a golpes mágicos Scopas haría; Otro alza al aire las manos blancas Mientras le dora las fincas ancas Con baño cálido la luz del sol; Y otro saltando piedras y troncos Va dando alegres sus gritos roncos Como el ruido de un caracol.

Silencio. Señas hace ligero El que en la tropa va delantero; Porque a un recodo de la campaña Llegan en donde Diana se baña. Se oye el ruido de claras linfas Y a la algazara que hacen las ninfas. Risa de plata que el aire riega Hasta sus ávidos oídos llega; Golpes en la onda, palabras locas, Gritos joviales de frescas bocas, Y los ladridos de la traílla Que diana tiene junto a la orilla Del fresco río, donde está ella Blanca y desnuda como una estrella.

Tanta blancura que al cisne injuria Abre los ojos de la lujuria: Sobre las márgenes y rocas áridas Vuela el enjambre de las cantáridas Con su bruñido verde metálico, Siempre propicias al culto fálico. Amplias caderas, pie fino y breve; Las dos colinas de rosa y nieve... Cuadro soberbio de tentación! ¡Ay del cuitado que a ver se atreve Lo que fué espanto para Acteón! Cabellos rubios, mejillas tiernas, Marmóreos cuellos, rosadas piernas, Gracias ocultas del lindo coro, En el herido cristal sonoro; Seno en que hiciérase sagrada copa; Tal ve en silencio la ardiente tropa.

¿Quién adelanta su firme busto? ¿Qirón experto? ¿Folo robusto? Es el más joven y es el más bello; Su piel es blanca, crespo el cabello, Los cascos finos, y en la mirada Brilla del sátiro la llamarada. En un instante, veloz y listo, A una tan bella como Kalisto, Ninfa que a la alta diosa acompaña, Saca de la onda donde se baña: La grupa vuelve, raudo galopa; Tal iba el toro raptor de Europa Con el orgullo de su conquista.

¿A dó va Diana? Viva la vista La planta alada, la cabellera Mojada y suelta; terrible, fiera, Corre del monte por la extensión; Ladran sus perros enfurecidos; Entre sus dedos humedecidos Lleva una flecha para el ladrón.

Ya a los centauros a ver alcanza La cazadora; ya el dardo lanza, Y un grito se oye de hondo dolor: La casta divina de la venganza Mató al raptor... La tropa rápida se esparce huyendo, Forman los cascos sonoro estruendo. Llegan las ninfas. Lloran. ¿Qué ven? En la carrera la cazadora Con su saeta castigadora A la robada mató También.

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EL REINO INTERIOR _A Eugenio de Castro_ _...with Psychis, my soul! Poe._

UNA selva suntuosa En el azul celeste su rudo perfil calca. Un camino. La tierra es de color de rosa, Cual la que pinta fra Doménico Cavalca En sus Vidas de santos. Se ven extrañas flores De la flora gloriosa de los cuentos azules, Y entre las ramas encantadas, papemores Cuyo canto extasiara de amor a los bulbules. (_Papemor_: ave rara, _Bulbules_: ruiseñores.)

* * * * *

Mi alma frágil se asoma a la ventana obscura De la torre terrible en que ha treinta años sueña. La gentil Primavera primavera le augura. La vida le sonríe rosada y halagüeña. Y ella exclama: «¡Oh fragante día! ¡Oh sublime día! Se diría que el mundo está en flor; se diría Que el corazón sagrado de la tierra se mueve Con un ritmo de dicha; luz brota, gracia llueve. ¡Yo soy la prisionera que sonríe y que canta!» Y las manos liliales agita, como infanta Real en los balcones del palacio paterno.

* * * * *

¿Qué són se escucha, són lejano, vago y tierno? Por el lado derecho del camino, adelanta El paso leve una adorable teoría Virginal. Siete blancas doncellas, semejantes A siete blancas rosas de gracia y de harmonía Que el alba constelara de perlas y diamantes. ¡Alabastros celestes habitados por astros: Dios se refleja en esos dulces alabastros! Sus vestes son tejidas del lino de la luna. Van descalzas. Se mira que posan el pie breve Sobre el rosado suelo como una flor de nieve. Y los cuellos se inclinan, imperiales, en una Manera que lo excelso pregona de su origen. Como al compás de un verso su suave paso rigen. Tal el divino Sandro dejara en sus figuras, Esos graciosos gestos en esas líneas puras. Como a un velado són de liras y laudes, Divinamente blancas y castas pasan esas Siete bellas princesas. Y esas bellas princesas Son las siete Virtudes.

* * * * *

Al lado izquierdo del camino y paralela- Mente, siete mancebos--oro, seda, escarlata, Armas ricas de Oriente--hermosos, parecidos A los satanes verlenianos de Ecbatana, Vienen también. Sus labios sensuales y encendidos, De efebos criminales, son cual rosas sangrientas; Sus puñales de piedras preciosas revestidos --Ojos de víboras de luces fascinantes-- Al cinto penden; arden las púrpuras violentas En los jubones; ciñen las cabezas triunfantes Oro y rosas; sus ojos, ya lánguidos, ya ardientes, Son dos carbunclos mágicos de fulgor sibilino, Y en sus manos de ambiguos príncipes decadentes, Relucen como gemas las uñas de oro fino. Bellamente infernales, Llenan el aire de hechiceros beneficios Esos siete mancebos. Y son los siete Vicios, Los siete poderosos pecados capitales.

* * * * *

Y los siete mancebos a las siete doncellas Lanzan vivas miradas de amor. Las Tentaciones. De sus liras melifluas arrancan vagos sones. Las princesas prosiguen, adorables visiones En su blancura de palomas y de estrellas.

* * * * *

Unos y otras se pierden por la vía de rosa, Y el alma mía queda pensativa a su paso. --¡Oh! ¿qué hay en ti, alma mía? «¡Oh! ¿qué hay en ti, mi pobre infanta misteriosa? ¿Acaso piensas en la blanca teoría? Acaso ¿Los brillantes mancebos te atraen, mariposa?»

* * * * *

Ella no me responde. Pensativa se aleja de la obscura ventana, --Pensativa y risueña, De la Bella-durmiente-del-Bosque tierna hemana-- Y se adormece en donde Hace treinta años sueña.

* * * * *

Y en sueño dice: «¡Oh dulces delicias de los cielos! ¡Oh tierra sonrosada que acarició mis ojos! --¡Princesas, envolvedme con vuestros blancos velos! --¡Príncipes, estrechadme con vuestros brazos rojos!»

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COSAS DEL CID _A Francisco A. de Icaza._

CUENTA Barbey, en versos que valen bien su prosa Una hazaña del Cid, fresca como una rosa, Pura como una perla. No se oyen en la hazaña Resonar en el viento las trompetas de España, Ni el azorado moro las tiendas abandona Al ver al sol el alma de acero de Tizona.

_Babieca_ descansando del huracán guerrero, Tranquilo pace, mientras el bravo caballero Sale a gozar del aire de la estación florida. Ríe la primavera, y el vuelo de vida Abre lirios y sueños en el jardín del mundo. Rodrigo de Vivar pasa, meditabundo. Por una senda en donde, bajo el sol glorioso, Tendiéndole la mano, le detiene un leproso.

Frente a frente, el soberbio príncipe del estrago Y la victoria, joven, bello como Santiago, Y el horror animado, la viviente carroña Que infecta los suburbios de hedor y de ponzoña.

Y al Cid tiende la mano el siniestro mendigo, Y su escarcela busca y no encuentra Rodrigo. --¡Oh, Cid, una limosna!--dice el precito. --Hermano Te ofrezco la desnuda limosna de mi mano!-- Dice el Cid; y, quitando su férreo guante, extiende La diestra al miserable, que llora y que comprende.

* * * * *

Tal es el sucedido que el Condestable escancia Como un vino precioso en su copa de Francia. Yo agregaré este sorbo de licor castellano:

* * * * *

Cuando su guantelete hubo vuelto a la mano El Cid, siguió su rumbo por la primaveral Senda. Un pájaro daba su nota de cristal En un árbol. El cielo profundo desleía Un perfume de gracia en la gloria del día. Las ermitas lanzaban en el aire sonoro Su melodiosa lluvia de tórtolas de oro; El alma de las flores iba por los caminos A unirse a la piadosa voz de los peregrinos, Y el gran Rodrigo Díaz de Vivar, satisfecho, Iba cual si llevase una estrella en el pecho. Cuando de la campiña, aromada de esencia Sutil, salió una niña vestida de inocencia, Una niña que fuera una mujer, de franca Y angélica pupila, y muy dulce y muy blanca. Una niña que fuera un hada o que surgiera Encarnación de la divina primavera.

Y fué al Cid y le dijo: «Alma de amor y fuego, Por Jimena y por Dios un regalo te entrego, Esta rosa naciente y este fresco laurel.»

Y el Cid, sobre su yelmo las frescas hojas siente En su guante de hierro hay una flor naciente, Y en lo íntimo del alma como un dulzor de miel.

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DEZIRES, LAYES Y CANCIONES

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DECIRES, LAYES Y CANCIONES

_Dezir._

(A la manera de Johan de Duenyas.)

REINA Venus, soberana capitana de deseos y pasiones, en la tempestad humana por ti mama sangre de los corazones. Una copa me dió el sino y en ella bebí tu vino y me embriagué de dolor, pues me hizo experimentar que en el vino del amor hay la amargura del mar.

Di al olvido turbulento sentimiento, y hallé un sátiro ladino que dió a mi labio sediento nuevo aliento, nueva copa y nuevo vino. Y al llegar la primavera, en mi roja sangre fiera triple llama fué encendida: yo al flamante amor entrego la vendimia de mi vida bajo pámpanos de fuego.

En la fruta misteriosa, ámbar, rosa, su deseo sacia el labio, y en viva rosa se posa, mariposa, beso ardiente o beso sabio. ¡Bien haya el sátiro griego que me enseñó el dulce juego! En el reino de mi aurora no hay ayer, hoy ni mañana; danzo las danzas de ahora con la música pagana.

FFINIDA

Bella a quien la suerte avara ordenara martirizarme a ternuras, dió una negra perla rara Luzbel para tu diadema de locuras.

_Otro Dezir._

Ponte el traje azul que más conviene a tu rubio encanto. Luego, Mía, te pondrás otro, color de amaranto, y el que rima con tus ojos y aquel de reflejos rojos que a tu blancor sienta tanto.

En el obscuro cabello pon las perlas que conquistas; en el columbino cuello pon el collar de amatistas, y ajorcas en los tobillos de topacios amarillos y esmeraldas nunca vistas.

Un camarín te decoro donde sabrás la lección que dió a Angélica Medoro y a Belkiss dió Salomón; arderá mi sangre loca, y en el vaso de tu boca te sorberé el corazón.

Luz de sueño, flor de mito, tu admirable cuerpo canta la gracia de Hermafrodito con lo aéreo de Atalanta; y de tu beldad ambigua la evocada musa antigua su himno de carne levanta.

Del ánfora en que está el viejo vino anacreóntico bebe; Febo arruga el entrecejo y Juno arrugarlo debe, mas la joven Venus ríe y Eros su filtro deslíe en los cálices de Hebe.

_Lay._

(A la manera de Johan de Torres.)

¿Qué pude yo hacer para merecer la ofrenda de ardor de aquella mujer a quien, como a Ester, maceró el Amor?

Intenso licor, perfume y color me hiciera sentir su boca de flor; díle el alma por tan dulce elixir.

_Canción._

(A la manera de Valtierra.)

Amor tu ventana enflora y tu amante esta mañana preludia por ti una diana en la lira de la Aurora.

Desnuda sale la bella, y del cabello el tesoro pone una nube de oro en la desnudez de estrella: y en la matutina hora de la clara fuente mana la salutación pagana de las náyades a Flora.

En el baño al beso incita sobre el cristal de la onda la sonrisa de Gioconda en el rostro de Afrodita; y el cuerpo que la luz dora, adolescente, se hermana con las formas de Diana la celeste cazadora.

Y mientras la hermosa juega con el sonoro diamante, más encendido que amante el fogoso amante llega a su divina señora.

FFIN

Pan, de su flauta desgrana un canto que, en la mañana, perla a perla, ríe y llora.

_Que el amor no admite cuerdas reflexiones._

(A la manera de Santa Ffe.)

Señora, amor es violento, y cuando nos transfigura nos enciende el pensamiento la locura.

No pidas paz a mis brazos que a los tuyos tienen presos: son de guerra mis abrazos y son de incendio mis besos; y sería vano intento el tornar mi mente obscura si me enciende el pensamiento la locura.

Clara está la mente mía de llamas de amor, señora, como la tienda del día o el palacio de la aurora. Y al perfume de tu ungüento te persigue mi ventura, y me enciende el pensamiento la locura.

Mi gozo tu paladar rico panal conceptúa, como en el santo Cantar: _Mel et lac sub lingua tua._ La delicia de tu aliento en tan fino vaso apura, y me enciende el pensamiento la locura.

_Loor._

(A la manera del mismo.)

¿A qué comparar la pura arquitectura de tu cuerpo? ¿A una sutil torre de oro y marfil? ¿O de Abril a la loggia florecida? Luz y vida iluminan lo inferior, y el amor tiene su antorcha encendida.

Quiera darme el garzón de Ida la henchida copa, y Juno la oriental pompa del pavón real, su cristal Castalia, y yo, apolonida, la dormida cuerda haré cantar por la luz que está dentro de tu cuerpo prendida.

La blanca pareja anida adormecida: aves que bajo el corpiño ha colocado el dios niño, rosa, armiño, mi mano sabia os convida a la vida. Por los boscosos senderos viene Eros a causar la dulce herida.

FFIN

Señora, suelta la brida y tendida la crin, mi corcel de fuego va; en él llego a tu campaña florida.

_Copla Esparça._

(A la manera del mismo.)

¡La gata blanca! En el lecho maya se encorva, se extiende. Un rojo rubí se enciende sobre los globos del pecho. Los desatados cabellos la divina espalda aroman. Bajo la camisa asoman dos cisnes de negros cuellos

TORNADA LIBRE

Princesa de mis locuras, que tus cabellos desatas, di, ¿por qué las blancas gatas gustan de sedas obscuras?

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LAS ANFORAS DE EPICURO

_La espiga._

MIRA el signo sutil que los dedos del viento Hacen al agitar el tallo que se inclina Y se alza en una rítmica virtud de movimiento. Con el áureo pincel de la flor de la harina Trazan sobre la tela azul del firmamento El misterio inmortal de la tierra divina Y el alma de las cosas que da su sacramento En una interminable frescura matutina.

Pues en la paz del campo la faz de Dios asoma. De las floridas urnas místico incienso aroma El vastor altar en donde triunfa la azul sonrisa;

Aún verde está y cubierto de flores el madero, Bajo sus ramas llenas de amor pace el cordero Y en la espiga de oro y luz duerme la misa.

_La fuente._

Joven, te ofrezco el don de esta copa de plata Para que un día puedas calmar la sed ardiente, La sed que con fuego más que la muerte mata. Mas debes abrevarte tan sólo en una fuente, Otro agua que la suya tendrá que serte ingrata, Busca su oculto origen en la gruta viviente Donde la interna música de su cristal desata, Junto al árbol que llora y la roca que siente.

Guíete el misterioso eco de su murmullo, Asciende por los riscos ásperos del orgullo, Baja por la constancia y desciende al abismo

Cuya entrada sombría guardan siete panteras: Son los Siete Pecados las siete bestias fieras. Llena la copa y bebe: la fuente está en ti mismo.

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Un respiro entre páginas.

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