CAPÍTULO 48
XLVII
ANOCHECER
En el recogimiento pacífico y rendido de los crepúsculos del pueblo, ¡qué poesía cobra la adivinación de lo lejano, el confuso recuerdo de lo apenas conocido! Es un encanto contagioso que retiene todo el pueblo como enclavado en la cruz de un triste y largo pensamiento.
Hay un olor al nutrido grano limpio que, bajo las frescas estrellas, amontona en las eras sus vagas colinas amarillentas. Los trabajadores canturrean por lo bajo, en un soñoliento cansancio. Sentadas en los zaguanes, las viudas piensan en los muertos, que duermen tan cerca, detrás de los corrales. Los niños corren, de una sombra á otra, como de un árbol á otro los pájaros...
Acaso, entre la luz umbrosa que perdura en las fachadas de cal de las casas humildes, pasan vagas siluetas terrosas, calladas, dolientes--un mendigo nuevo, un portugués que va hacia las rozas, un ladrón acaso--, que contrastan, en su obscura apariencia medrosa, con la mansedumbre que el crepúsculo malva, lento y místico, pone en las cosas conocidas... Los niños se alejan, y en el misterio de las puertas sin luz, se hablan de unos hombres que "sacan el unto para curar á la hija del rey, que está hética..."