CAPÍTULO 29
XXVIII
TORMENTA
Miedo. Aliento contenido. Sudor frío. El terrible cielo bajo ahoga el amanecer. (No hay por dónde escapar.) Silencio... El amor se para. Tiembla la culpa. El remordimiento cierra los ojos. Más silencio...
El trueno, sordo, retumbante, interminable, como una enorme carga de piedra que cayera del cenit al pueblo, recorre, largamente, la mañana desierta. (No hay por dónde huir.) Todo lo débil--flores, pájaros--, desaparece de la vida.
Tímido, el espanto mira; por la ventana entreabierta á Dios, que se alumbra trágicamente. Allá en oriente, entre desgarrones de nubes, se ven malvas y rosas tristes, sucios, fríos, que no pueden vencer la negrura.
<i>¡Angelus!</i> Un <i>Angelus</i> duro y abandonado, solloza entre el tronido. ¿El último <i>Angelus</i> del mundo? Y se quiere que la campana acabe pronto, ó que suene más, mucho más, que ahogue la tormenta. Y se va de un lado á otro, y se implora, y no se sabe lo que se quiere...
(No hay por dónde escapar.) Los corazones están yertos. Los niños lloran...
--¿Qué será de Platero, tan solo allá en la indefensa cuadra del corral?