CAPÍTULO 8
PRÓLOGO VII · continuación 6
--En verdad, señor, dijo Rincon, que así entendemos esos nombres como volar.
--Comencemos á andar, que yo los iré declarando por el camino, respondió el mozo, con otros algunos que así les conviene saberlos como el pan de la boca.
Y así les fué diciendo y declarando otros nombres, de los que ellos llaman germanescos ó de la germania, en el discurso de su plática, que no fué corta, porque el camino era largo, en el cual dijo Rincon á su guia:
--¿Es vuesa merced por ventura ladron?
--Sí, respondió él, para servir á Dios y á la buena gente, aunque no de los muy cursados, que todavía estoy en el año del noviciado.
Á lo cual respondió Cortado:
--Cosa nueva es para mí, que haya ladrones en el mundo para servir á Dios y á la buena gente.
Á lo cual respondió el mozo:
--Señor, yo no me meto en teologías; lo que sé es que cada uno en su oficio puede alabar á Dios, y mas con la órden que tiene dada Monipodio á todos sus ahijados.
--Sin duda, dijo Rincon, debe de ser buena y santa, pues hace que los ladrones sirvan á Dios.
--Es tan santa y buena, replicó el mozo, que no sé yo si se podrá mejorar en nuestro arte. Él tiene ordenado que de lo que hurtáremos demos alguna cosa ó limosna para el aceite de la lámpara de una imágen muy devota que está en esta ciudad, y en verdad que hemos visto grandes cosas por esta buena obra; porque los dias pasados dieron tres ansias á un cuatrero que habia murciado dos roznos, y con estar flaco y cuartanario, así los sufrió sin cantar, como si fueran nada; y esto atribuimos los del arte á su buena devocion, porque sus fuerzas no eran bastantes para sufrir el primer desconcierto del verdugo: y porque sé que me han de preguntar algunos vocablos de los que he dicho, quiero curarme en salud y decírselo ántes que me lo pregunten: sepan voacedes que cuatrero es ladron de bestias: ansia es el tormento: roznos los asnos, hablando con perdon: primer desconcierto es las primeras vueltas de cordel que da el verdugo: tenemos mas, que rezamos nuestro rosario repartido en toda la semana, y algunos de nosotros no hurtamos el dia del viérnes, ni tenemos conversacion con mujer que se llame María, el dia del sábado.
--De perlas me parece todo eso, dijo Cortado; pero dígame vuesa merced, ¿hácese otra restitucion, ó otra penitencia mas de la dicha?
--En esto de restituir no hay que hablar, respondió el mozo, porque es cosa imposible por las muchas partes en que se divide lo hurtado, llevando cada uno de los ministros y contrayentes la suya, y así el primer hurtador no puede restituir nada; cuanto mas, que no hay quien nos mande hacer esta diligencia á causa que nunca nos confesamos, y si sacan cartas de descomunion, jamas llegan á nuestra noticia, porque jamas vamos á la iglesia al tiempo que se leen, sino es los dias de jubileo, por la ganancia que nos ofrece el concurso de la mucha gente.
--¿Y con solo eso que hacen, dicen esos señores, dijo Cortado, que su vida es santa y buena?
--Pues ¿qué tiene de mala? replicó el mozo: ¿no es peor ser hereje, ó renegado, ó matar á su padre y madre, ó ser solomico?
--Sodomita querrá decir vuesa merced, respondió Rincon.
--Eso digo, dijo el mozo.
--Todo es malo, replicó Cortado; pero pues nuestra suerte ha querido que entremos en esta cofradía, vuesa merced alargue el paso, que muero por verme con el señor Monipodio, de quien tantas virtudes se cuentan.
--Presto se les cumplirá su deseo, dijo el mozo, que ya desde aquí se descubre su casa: vuesas mercedes se queden á la puerta, que yo entraré á ver si está desocupado, porque estas son las horas cuando él suele dar audiencia.
--En buena sea, dijo Rincon.
Y adelantándose un poco el mozo, entró en una casa no muy buena, sino de muy mala apariencia; y los dos se quedaron esperando á la puerta: él salió luego y los llamó, y ellos entraron, y su guia les mandó esperar en un pequeño patio ladrillado que de puro limpio y aljofifado parecia que vertia carmin de lo mas fino: al un lado estaba un banco de tres piés, y al otro un cántaro desbocado, con un jarrillo encima no ménos falto que el cántaro: á otra parte estaba una estera de enea, y en el medio un tiesto, que en Sevilla llaman maceta de albahaca.
Miraban los mozos atentamente las alhajas de la casa, en tanto que bajaba el señor Monipodio, y viendo que tardaba, se atrevió Rincon á entrar en una sala baja de dos pequeñas que en el patio estaban, y vió en ella dos espadas de esgrima y dos broqueles de corcho pendientes de cuatro clavos, y una arca grande sin tapa ni cosa que la cubriese, y otras tres esteras de enea tendidas por el suelo: en la pared frontera estaba pegada á la pared una imágen de nuestra Señora, destas de mala estampa, y mas abajo pendia una esportilla de palma, y encajada en la pared una almofia blanca, por do coligió Rincon que la esportilla servia de cepo para limosna, y la almofia de tener agua bendita; y así era la verdad.
Estando en esto entraron en la casa dos mozos de hasta veinte años cada uno, vestidos de estudiantes, y de allí á poco dos de la esportilla y un ciego, y sin hablar palabra ninguna, se comenzaron á pasear por el patio: no tardó mucho cuando entraron dos viejos de bayeta con antojos que los hacian graves y dignos de ser respetados, con sendos rosarios de sonadoras cuentas en las manos: tras ellos entró una vieja halduda, y sin decir nada se fué á la sala, y habiendo tomado agua bendita con grandísima devocion, se puso de rodillas ante la imágen, y al cabo de una buena pieza, habiendo primero besado tres veces el suelo, y levantado los brazos y los ojos al cielo otras tantas, se levantó y echó su limosna en la esportilla, y se salió con los demas al patio. En resolucion, en poco espacio se juntaron en el patio hasta catorce personas de diferentes trajes y oficios: llegaron tambien de los postreros dos bravos y bizarros mozos, de bigotes largos, sombreros de grande falda, cuellos á la valona, medias de color, ligas de gran balumba, espadas de mas de marca, sendos pistoletes cada uno en lugar de dagas, y sus broqueles pendientes de la pretina: los cuales así como entraron, pusieron los ojos al traves en Rincon y Cortado á modo de que los estrañaban y no conocian, y llegándose á ellos les preguntaron si eran de la cofradía. Rincon respondió que sí, y muy servidores de sus mercedes.
Llegóse en esto la sazon y punto en que bajó el señor Monipodio, tan esperado como bien visto de toda aquella virtuosa compañía: parecia de edad de cuarenta y cinco á cuarenta y seis años, alto de cuerpo, moreno de rostro, cejijunto, barbinegro y muy espeso, los ojos hundidos: venia en camisa, y por la abertura de delante descubria un bosque, tanto era el vello que tenia en el pecho: traia cubierta una capa de bayeta casi hasta los piés, en los cuales traia unos zapatos enchancletados; cubríanle las piernas unos zaragüelles de lienzo anchos y largos hasta los tobillos, el sombrero era de los de la ampa, campanudo de copa y tendido de falda; atravesábale un tahalí por espalda y pechos, á do colgaba una espada ancha y corta, á modo de las del perrillo; las manos eran cortas y pelosas, los dedos gordos, y las uñas hembras y remachadas; las piernas no se le parecian, pero los piés eran descomunales de anchos y juanetudos. En efecto, él representaba el mas rústico y disforme bárbaro del mundo. Bajó con él la guia de los dos, y trabándoles de las manos, los presentó ante Monipodio, diciéndole:
--Estos son los dos buenos mancebos que á vuesa merced dije, mi señor Monipodio; vuesa merced los desamine y verá cómo son dignos de entrar en nuestra congregacion.
--Eso haré yo de muy buena gana, respondió Monipodio.
Olvidábaseme de decir que así como Monipodio bajó, al punto todos los que aguardándole estaban, le hicieron una profunda y larga reverencia, escepto los dos bravos, que á medio mogate, como entre ellos se dice, le quitaron los capelos, y luego volvieron á su paseo. Por una parte del patio y por la otra se paseaba Monipodio, el cual preguntó á los nuevos el ejercicio, la patria y padres.
Á lo cual Rincon respondió:
--El ejercicio ya está dicho, pues venimos ante vuesa merced; la patria no me parece de mucha importancia decirla, ni los padres tampoco, pues no se ha de hacer informacion para recebir algun hábito honroso.
Á lo cual respondió Monipodio:
--Vos, hijo mio, estais en lo cierto, y es cosa muy acertada encubrir eso que decís, porque si la suerte no corriere como debe, no es bien que quede asentado debajo de signo de escribano ni en el libro de las entradas: fulano, hijo de fulano, vecino de tal parte, tal dia le ahorcaron, ó le azotaron, ó otra cosa semejante, que por lo ménos suena mal á los buenos oidos; y así torno á decir que es provechoso documento callar la patria, encubrir los padres y mudar los propios nombres; aunque para entre nosotros no ha de haber nada encubierto, y solo ahora quiero saber los nombres de los dos.
Rincon dijo el suyo, y Cortado tambien.
--Pues de aquí adelante, respondió Monipodio, quiero y es mi voluntad que vos, Rincon, os llameis Rinconete, y vos, Cortado, Cortadillo, que son nombres que asientan como de molde á vuestra edad y á nuestras ordenanzas, debajo de las cuales cae tener necesidad de saber el nombre de los padres de nuestros cofrades, porque tenemos de costumbre de hacer decir cada año ciertas misas por las ánimas de nuestros difuntos y bienhechores, sacando el estupendo para la limosna de quien las dice, de alguna parte de lo que se garbea; y estas tales misas, así dichas como pagadas, dicen que aprovechan á las tales ánimas por via de naufragio: y caen debajo de nuestros bienhechores el procurador que nos defiende, el guro que nos avisa, el verdugo que nos tiene lástima, el que cuando alguno de nosotros va huyendo por la calle, y detras le van dando voces: al ladron, al ladron, deténganle, deténganle, uno se pone en medio, y se opone al raudal de los que le siguen, diciendo: déjenle al cuitado, que harta mala ventura lleva, allá se lo haya, castíguele su pecado; son tambien bienhechoras nuestras las socorridas, que de su sudor nos socorren así en la trena como en las guras; y tambien lo son nuestros padres y madres que nos echan al mundo, y el escribano que si anda de buena, no hay delito que sea culpa, ni culpa á quien se dé mucha pena; y por todos estos que he dicho, hace nuestra hermandad cada año su adversario con la mayor popa y soledad que podemos.
--Por cierto, dijo Rinconete (ya confirmado con este nombre) que es obra digna del altísimo y profundísimo ingenio que hemos oido decir que vuesa merced, señor Monipodio, tiene; pero nuestros padres aun gozan de la vida; si en ella les alcanzáremos, daremos luego noticia á esta felicísima y abonada confraternidad para que por sus almas se les haga ese naufragio ó tormenta, ó ese adversario que vuesa merced dice, con la solenidad y pompa acostumbrada; si ya no es que se hace con popa y soledad, como tambien apuntó vuesa merced en sus razones.
--Así se hará, ó no quedará de mí pedazo, replicó Monipodio.
Y llamando á la guia, le dijo:
Ven acá, Ganchuelo, ¿están puestas las postas?
--Sí, dijo la guia, que Ganchuelo era su nombre, tres centinelas quedan avizorando, y no hay que temer que nos cojan de sobresalto.
--Volviendo pues á nuestro propósito, dijo Monipodio, querria saber, hijos, lo que sabeis, para daros el oficio y ejercicio conforme á vuestra inclinacion y habilidad.
--Yo, respondió Rinconete, sé un poquito de floreo de villano; entiéndeseme el reten: tengo buena vista para el humillo; juego bien de la sola, de las cuatro y de las ocho; no se me va por piés el raspadillo, berrugueta y el colmillo; éntrome por la boca de lobo como por mi casa, y atreveríame á hacer un tercio de chanza mejor que un tercio de Nápoles, y á dar un astillazo al mas pintado, mejor que dos reales prestados.
--Principios son, dijo Monipodio; pero todas esas son flores de cantueso, viejas y tan usadas, que no hay principiante que no las sepa, y solo sirven para alguno que sea tan blanco que se deje matar de media noche abajo; pero andará el tiempo, y vernos hemos, que asentando sobre ese fundamento media docena de liciones, yo espero en Dios que habeis de salir oficial famoso, y aun quizá maestro.
--Todo se hará para servir á vuesa merced y á los señores cofrades, respondió Rinconete.
--Y vos, Cortadillo, ¿qué sabeis? preguntó Monipodio.
--Yo, respondió Cortadillo, sé la treta que dicen mete dos y saca cinco, y sé dar tiento á una faldriquera con mucha puntualidad y destreza.
--¿Sabeis mas? dijo Monipodio.
--No, por mis grandes pecados, respondió Cortadillo.
--No os aflijais, hijo, replicó Monipodio, que á puerto y á escuela habeis llegado, donde ni os anegaréis, ni dejaréis de salir muy bien aprovechado en todo aquello que mas os conviniere; y en esto del ánimo, ¿cómo os va, hijos?
--¿Cómo nos ha de ir, respondió Rinconete, sino muy bien? ánimo tenemos para acometer cualquiera empresa de las que tocaren á nuestro arte y ejercicio.
--Está bien, replicó Monipodio; pero querria yo que tambien le tuviésedes para sufrir si fuese menester media docena de ansias, sin desplegar los labios, y sin decir esta boca es mia.
--Ya sabemos aquí, dijo Cortadillo, señor Monipodio, qué quiere decir ansias, y para todo tenemos ánimos, porque no somos tan ignorantes, que no se nos alcance que lo que dice la lengua paga la gorja, y harta merced le hace el cielo al hombre atrevido, por no darle otro título, que le deja en su lengua su vida ó su muerte, como si tuviese mas letras un no que un sí.
--Alto, no es menester mas, dijo á esta sazon Monipodio: digo que sola esta razon me convence, me obliga, me persuade y me fuerza á que desde luego asenteis por cofrades mayores, y que se os sobrelleve el año del noviciado.
--Yo soy dese parecer, dijo uno de los bravos.
Y á una voz lo confirmaron todos los presentes, que toda la plática habian estado escuchando, y pidieron á Monipodio que desde luego les concediese y permitiese gozar de las inmunidades de su cofradía, porque su presencia agradable y su buena plática lo merecia todo.
Él respondió que por dallos contento á todos desde aquel punto se las concedia, advirtiéndoles que las estimasen en mucho, porque era no pagar media anata del primer hurto que hiciesen; no hacer oficios menores en todo aquel año, conviene á saber, no llevar recaudo de ningun hermano mayor á la cárcel ni á la casa de parte de sus contribuyentes; piar el turco puro; hacer banquete cuando, como y adonde quisieren, sin pedir licencia á su mayoral; entrar á la parte desde luego con lo que entrujasen los hermanos mayores, como uno dellos, y otras cosas que ellos tuvieron por merced señaladísima, y los demas con palabras muy comedidas las agradecieron mucho.
Estando en esto, entró un muchacho corriendo y desalentado, y dijo:
--El alguacil de los vagamundos viene encaminado á esta casa; pero no trae consigo gurullada.
--Nadie se alborote, dijo Monipodio, que es amigo, y nunca viene por nuestro daño: sosiéguense, que yo le saldré á hablar.
Todos se sosegaron, que ya estaban algo sobresaltados, y Monipodio salió á la puerta, donde halló al alguacil, con el cual estuvo hablando un rato, y luego volvió á entrar Monipodio, y preguntó:
--¿Á quién le cupo hoy la plaza de San Salvador?
--Á mí, dijo el de la guia.
--Pues ¿cómo, dijo Monipodio, no se me ha manifestado una bolsilla de ámbar, que esta mañana en aquel mismo paraje dió al traste con quince escudos de oro y dos reales de á dos, y no sé cuántos cuartos?
--Verdad es, dijo la guia, que hoy faltó esa bolsa; pero yo no la he tomado, ni puedo imaginar quién la tomase.
--No hay levas conmigo, replicó Monipodio, la bolsa ha de parecer, porque la pide el alguacil, que es amigo, y nos hace mil placeres al año.
Tornó á jurar el mozo que no sabia della: comenzóse á encolerizar Monipodio de manera, que parecia que fuego vivo lanzaba por los ojos, diciendo:
--Nadie se burle con quebrantar la mas mínima cosa de nuestra órden, que le costará la vida: manifiéstese la cica, y si se encubre por no pagar los derechos, yo le daré enteramente lo que le toca, y pondré lo demas de mi casa, porque en todas maneras ha de ir contento el alguacil.
Tornó de nuevo á jurar el mozo, y á maldecirse, diciendo que él no habia tomado tal bolsa, ni vístola de sus ojos: todo lo cual fué poner mas fuego á la cólera de Monipodio, y dar ocasion á que toda la junta se alborotase, viendo que se rompian sus estatutos y buenas ordenanzas.
Viendo Rinconete pues tanta disension y alboroto, parecióle que seria bien sosegalle y dar contento á su mayor, que reventaba de rabia, y aconsejándose con su amigo Cortadillo, con parecer de entrambos sacó la bolsa del sacristan, y dijo:
--Cese toda cuestion, mis señores, que esta es la bolsa, sin faltarle nada de lo que el alguacil manifiesta, que hoy mi camarada Cortadillo le dió alcance con un pañuelo que al mismo dueño se le quitó por añadidura.
Luego sacó Cortadillo el pañizuelo y lo puso de manifiesto. Viendo lo cual Monipodio, dijo:
--Cortadillo el bueno (que con este título y renombre ha de quedar de aquí adelante) se quede con el pañuelo, y á mi cuenta se queda la satisfaccion deste servicio, y la bolsa se ha de llevar el alguacil, que es de un sacristan pariente suyo, y conviene que se cumpla aquel refran que dice: no es mucho que á quien te da la gallina entera, tú dés una pierna della; mas disimula este buen alguacil en un dia, que nosotros le podemos ni solemos dar en ciento.
De comun consentimiento aprobaron todos la hidalguía de los dos modernos, y la sentencia y parecer de su mayoral, el cual salió á dar la bolsa al alguacil, y Cortadillo se quedó confirmado con el renombre de bueno, bien como si fuera D. Alonso Perez de Guzman el Bueno, que arrojó el cuchillo por los muros de Tarifa para degollar á su único hijo.
Al volver que volvió Monipodio, entraron con él dos mozas, afeitados los rostros, llenos de color los labios y de albayalde los pechos, cubiertas con medios mantos de añascote, llenas de desenfado y desvergüenza: señales claras por donde en viéndolas Rinconete y Cortadillo conocieron que eran de la casa llana, y no se engañaron en nada; y así como entraron se fueron con los brazos abiertos la una á Chiquiznaque y la otra á Maniferro, que estos eran los nombres de los dos bravos; y el de Maniferro era porque traia una mano de hierro en lugar de otra que le habian cortado por justicia: ellos las abrazaron con grande regocijo, y les preguntaron si traian algo con que mojar la canal maestra.
--Pues ¿habia de faltar, diestro mio? respondió la una, que se llamaba la Gananciosa: no tardará mucho á venir Silbatillo tu trainel con la canasta de colar atestada de lo que Dios ha sido servido.
Y así fué verdad, porque al instante entró un muchacho con una canasta de colar cubierta con una sábana.
Alegráronse todos con la entrada de Silbato, y al momento mandó sacar Monipodio una de las esteras de enea que estaban en el aposento, y tenderla en medio del patio; y ordenó asimismo que todos se sentasen á la redonda; porque en cortando la cólera se trataria de lo que mas conviniese. Á esto dijo la vieja que habia rezado á la imágen:
--Hijo Monipodio, yo no estoy para fiestas, porque tengo un vaguido de cabeza dos dias ha que me trae loca, y mas, que ántes que sea mediodía tengo de ir á cumplir mis devociones, y poner mis candelicas á nuestra Señora de las Aguas, y al santo Crucifijo de santo Agustin, que no lo dejaria de hacer, si nevase y ventiscase: á lo que he venido es que anoche el Renegado y Centopiés llevaron á mi casa una canasta de colar algo mayor que la presente, llena de ropa blanca, y en Dios y en mi ánima que venia con su cernada y todo, que los pobretes no debieron de tener lugar de quitalla, y venian sudando la gota tan gorda, que era una compasion verlos entrar jadeando y corriendo agua de sus rostros, que parecian unos angelicos: dijéronme que iban en seguimiento de un ganadero que habia pesado ciertos carneros en la carnicería, por ver si le podian dar un tiento en un grandísimo gato de reales que llevaba: no desembanastaron ni contaron la ropa, fiados en la entereza de mi conciencia, y así me cumpla Dios mis buenos deseos y nos libre á todos de poder de justicia, que no he tocado la canasta, y que se está tan entera como cuando nació.
--Todo se le cree, señora madre, respondió Monipodio, y estése así la canasta, que yo iré allá á boca de sorna, y haré cala y cata de lo que tiene, y daré á cada uno lo que le tocare, bien y fielmente, como tengo de costumbre.
--Sea como vos lo ordenáredes, hijo, respondió la vieja, y porque se me hace tarde, dadme un traguillo si teneis, para consolar este estómago, que tan desmayado anda de contino.
--Y ¿qué tal lo beberéis, madre mia? dijo á esta sazon la Escalanta, que así se llamaba la compañera de la Gananciosa.
Y descubriendo la canasta, se manifestó una bota á modo de cuero, con hasta dos arrobas de vino, y un corcho que podria caber sosegadamente y sin apremio hasta una azumbre, y llevándole la Escalanta, se le puso en las manos á la devotísima vieja, la cual tomándole con ambas manos, y habiéndole soplado un poco de espuma, dijo:
--Mucho echaste, hija Escalanta, pero Dios dará fuerzas para todo.
Y aplicándosele á los labios, de un tiron y sin tomar aliento lo trasegó del corcho al estómago, y acabó diciendo:
--De Guadalcanal es, y aun tiene un es no es de yeso el señorico; Dios te consuele, hija, que así me has consolado, sino que temo que me ha de hacer mal, porque no me he desayunado.
--No hará, madre, respondió Monipodio, porque es trasañejo.
--Así lo espero yo en la Vírgen, respondió la vieja.
Y añadió:
--Mirad, niñas, si teneis acaso algun cuarto para comprar las candelicas de mi devocion, porque con la priesa y gana que tenia de venir á traer las nuevas de la canasta, se me olvidó en casa la escarcela.
--Yo sí tengo, señora Pipota, que este era el nombre de la buena vieja, respondió la Gananciosa, tome, ahí le doy dos cuartos; del uno le ruego que compre una para mí, y se la ponga al señor S. Miguel, y si puede comprar dos, ponga la otra al señor S. Blas, que son mis abogados: quisiera que pusiera otra á la señora Sta. Lucía (que por lo de los ojos tambien la tengo devocion), pero no tengo trocado, mas otro dia habrá donde se cumpla con todo.
--Muy bien harás, hija, y mira no seas miserable, que es de mucha importancia llevar la persona las candelas delante de sí ántes que se muera, y no aguardar á que las pongan los herederos ó albaceas.
--Bien dice la madre Pipota, dijo la Escalanta.
Y echando mano á la bolsa, le dió otro cuarto, y le encargó que pusiese otras dos candelicas á los santos que á ella le pareciesen que eran de los mas aprovechados y agradecidos. Con esto se fué la Pipota, diciéndoles:
--Holgáos, hijos, ahora que teneis tiempo; que vendrá la vejez y lloraréis en ella los ratos que perdisteis en la mocedad como yo los lloro, y encomendadme á Dios en vuestras oraciones, que yo voy á hacer lo mismo por mí y por vosotros, porque él nos libre y conserve en nuestro trato peligroso, sin sobresaltos de justicia.
Y con esto se fué.
Ida la vieja, se sentaron todos al rededor de la estera, y la Gananciosa tendió la sábana por manteles; y lo primero que sacó de la cesta fué un gran haz de rábanos y hasta dos docenas de naranjas y limones, y luego una cazuela grande llena de tajadas de bacallao frito: manifestó luego medio queso de Flándes, y una olla de famosas aceitunas, y un plato de camarones, y gran cantidad de cangrejos con su llamativo de alcaparrones ahogados en pimientos, y tres hogazas blanquísimas de Gandul: serian los del almuerzo hasta catorce, y ninguno dellos dejó de sacar su cuchillo de cachas amarillas, si no fué Rinconete, que sacó su media espada; á los dos viejos de bayeta y á la guia tocó el escanciar con el corcho de colmena. Mas apénas habian comenzado á dar asalto á las naranjas, cuando les dió á todos gran sobresalto los golpes que dieron á la puerta: mandóles Monipodio que se sosegasen, y entrando en la sala baja, y descolgando un broquel, puesto mano á la espada, llegó á la puerta, y con voz hueca y espantosa preguntó:
--¿Quién llama?
Respondieron de fuera:
--Yo soy, que no es nadie, señor Monipodio: Tagarote soy, centinela desta mañana, y vengo á decir que viene aquí Juliana la Cariharta, toda desgreñada y llorosa, que parece haberle sucedido algun desastre.
En esto llegó la que decia, sollozando, y sintiéndola Monipodio, abrió la puerta, y mandó á Tagarote que se volviese á su posta, y que de allí adelante avisase lo que viese, con ménos estruendo y ruido: él dijo que así lo haria. Entró la Cariharta, que era una moza del jaez de las otras y del mismo oficio: venia descabellada, y la cara llena de tolondrones, y así como entró en el patio, se cayó en el suelo desmayada: acudieron á socorrerla la Gananciosa y la Escalanta, y desabrochándole el pecho, la hallaron toda denegrida y como magullada. Echáronle agua en el rostro, y ella volvió en sí diciendo á voces:
--La justicia de Dios y del rey venga sobre aquel ladron desuellacaras, sobre aquel cobarde bajamanero, sobre aquel pícaro lendroso, que le he quitado mas veces de la horca que tiene pelos en las barbas: desdichada de mí, mirad por quién he perdido y gastado mi mocedad y la flor de mis años, sino por un bellaco desalmado, facinoroso é incorregible.
--Sosiégate, Cariharta, dijo á esta sazon Monipodio, que aquí estoy yo que te haré justicia; cuéntanos tu agravio, que mas estarás tú en contarle que yo en hacerte vengada; díme si has habido algo con tu respeto; que si así es, y quieres venganza, no has menester mas que boquear.
--¿Qué respeto? respondió Juliana: respetada me vea yo en los infiernos, si mas lo fuere de aquel leon con las ovejas, y cordero con los hombres: ¿con aquel habia yo de comer mas pan á manteles, ni yacer en uno? primero me vea yo comida de adivas estas carnes, que me ha parado de la manera que ahora veréis.
Y alzándose al instante las faldas hasta la rodilla y aun un poco mas, las descubrió llenas de cardenales:
--Desta manera, prosiguió, me ha parado aquel ingrato del Repolido, debiéndome mas que á la madre que le parió: y ¿por qué pensais que lo ha hecho? montas que le di yo ocasion para ello: no por cierto, no lo hizo mas sino porque estando jugando y perdiendo, me envió á pedir con Cabrillas, su trainel, treinta reales, y no le envié mas de veinte y cuatro, que el trabajo y afan con que yo los habia ganado, ruego yo á los cielos que vaya en descuento de mis pecados; y en pago desta cortesía y buena obra, creyendo él que yo le sisaba algo de la cuenta que él allá en su imaginacion habia hecho de lo que yo podria tener, esta mañana me sacó al campo detras de la huerta del Rey, y allí entre unos olivares me desnudó, y con la pretina, sin escusar ni recoger los hierros, que en malos grillos y hierros le vea yo, me dió tantos azotes, que me dejó por muerta: de la cual verdadera historia son buenos testigos estos cardenales que mirais.
Aquí tornó á levantar las voces, aquí volvió á pedir justicia, y aquí se la prometió de nuevo Monipodio y todos los bravos que allí estaban. La Gananciosa tomó la mano á consolalla, diciéndole que ella diera de muy buena gana una de las mejores preseas que tenia, porque le hubiera pasado otro tanto con su querido.
--Porque quiero, dijo, que sepas, hermana Cariharta, si no lo sabes, que á lo que se quiere bien se castiga, y cuando estos bellacones nos dan, y azotan y acocean, entónces nos adoran; si no, confiésame una verdad por tu vida: despues que te hubo Repolido castigado y brumado, ¿no te hizo alguna caricia?
--¿Cómo una? respondió la llorosa, cien mil me hizo, y diera él un dedo de la mano porque me fuera con él á su posada, y aun me parece que casi se le saltaron las lágrimas de los ojos despues de haberme molido.
--No hay dudar en eso, replicó la Gananciosa, y lloraria él de pena de ver cuál te habia puesto, que en estos tales hombres y en tales casos no han cometido la culpa, cuando les viene el arrepentimiento: y tú verás, hermana, si no viene á buscarte ántes que de aquí nos vamos, y á pedirte perdon de todo lo pasado, rindiéndosete como un cordero.
--En verdad, respondió Monipodio, que no ha de entrar por estas puertas el cobarde embesado, si primero no hace una manifiesta penitencia del cometido delito: ¿las manos habia él de ser osado ponerlas en el rostro de la Cariharta ni en sus carnes, siendo persona que puede competir en limpieza y ganancia con la misma Gananciosa que está delante, que no lo puedo mas encarecer?
--¡Ay! dijo á esta sazon la Juliana, no diga vuesa merced, señor Monipodio, mal de aquel maldito, que con cuan malo es, le quiero mas que á las telas de mi corazon, y hanme vuelto el alma al cuerpo las razones que en su abono ha dicho mi amiga la Gananciosa, y en verdad que estoy por ir á buscarle.
--Eso no harás tú por mi consejo, replicó la Gananciosa, porque se estenderá y ensanchará, y hará tretas en tí como en cuerpo muerto. Sosiégate, hermana, que ántes de mucho le verás venir tan arrepentido como he dicho, y si no viniere, escribirémosle un papel en coplas que le amargue.
--Eso sí, dijo la Cariharta, que tengo mil cosas que escribirle.
--Yo seré el secretario cuando sea menester, dijo Monipodio; y aunque no soy nada poeta, todavía, si el hombre se arremanga, se atreverá á hacer dos millares de coplas en daca las pajas, y cuando no salieren como deben, yo tengo un barbero amigo, gran poeta, que nos henchirá las medidas á todas horas, y en la de agora acabemos lo que teníamos comenzado del almuerzo, que despues todo se andará.
Fué contenta la Juliana de obedecer á su mayor, y así todos volvieron á su _gaudeamus_, y en poco espacio vieron el fondo de la canasta y las heces del cuero: los viejos bebieron _sine fine_, los mozos adunia, las señoras los quiries: los viejos pidieron licencia para irse, diósela luego Monipodio, encargándoles viniesen á dar noticia con toda puntualidad de todo aquello que viesen ser útil y conveniente á la comunidad: respondieron que ellos se lo tenian bien en cuidado, y fuéronse.
Rinconete, que de suyo era curioso, pidiendo primero perdon y licencia, preguntó á Monipodio que ¿de qué servian en la cofradía dos personajes tan canos, tan graves y apersonados? á lo cual respondió Monipodio que aquellos en su germania y manera de hablar se llamaban abispones, y que servian de andar de dia por toda la ciudad, abispando en qué casa se podia dar tiento de noche, y en seguir los que sacaban dinero de la Contratacion ó casa de la moneda, para ver dónde lo llevaban, y aun dónde lo ponian; y en sabiéndolo, tanteaban la groseza del muro de la tal casa, y deseñaban el lugar mas conveniente para hacer los guzpataros (que son agujeros) para facilitar la entrada: en resolucion dijo que era la gente de mas ó de tanto provecho que habia en su hermandad, y que de todo aquello que por su industria se hurtaba llevaban el quinto, como su Majestad de los tesoros, y que con todo esto eran hombres de mucha verdad, y muy honrados, y de buena vida y fama, temerosos de Dios y de sus conciencias, que cada dia oian misa con estraña devocion.
--Y hay dellos tan comedidos, especialmente estos dos que de aquí se van agora, que se contentan con mucho ménos de lo que por nuestros aranceles les toca: otros dos hay, que son palanquines, los cuales como por momentos mudan casas, saben las entradas y salidas de todas las de la ciudad, y cuáles pueden ser de provecho, y cuáles no.
--Todo me parece de perlas, dijo Rinconete, y querria ser de algun provecho á tan famosa cofradía.
--Siempre favorece el cielo á los buenos deseos, dijo Monipodio.
Estando en esta plática llamaron á la puerta; salió Monipodio á ver quién era, y preguntándolo, respondieron:
--Abra voacé, señor Monipodio, que el Repolido soy.
Oyó esta voz Cariharta, y alzando al cielo la suya, dijo: