CAPÍTULO 5
PRÓLOGO VII · continuación 3
--No vengo á hurtar, respondió el mordido, ni sé si vengo ó no fuera de camino, aunque bien veo que vengo descaminado: pero decidme, señores, ¿está por aquí alguna venta ó lugar donde pueda recogerme esta noche, y curarme de las heridas que vuestros perros me han hecho?
--No hay lugar ni venta donde podamos encaminaros, respondió Andres; mas para curar vuestras heridas y alojaros esta noche no os faltará comodidad en nuestros ranchos; veníos con nosotros, que aunque somos jitanos, no lo parecemos en la caridad.
--Dios la use con vosotros, respondió el hombre, y llevadme donde quisiéredes, que el dolor desta pierna me fatiga mucho.
Llegóse á él Andres y otro jitano caritativo (que aun entre los demonios hay unos peores que otros, y entre muchos malos hombres suele haber alguno bueno), y entre los dos le llevaron.
Hacia la noche clara con luna, de manera que pudieron ver que el hombre era mozo, de gentil rostro y talle: venia vestido todo de lienzo blanco, y atravesada por las espaldas y ceñida á los pechos una como camisa ó talega de lienzo. Llegaron á la barraca ó toldo de Andres, y con presteza encendieron lumbre y luz, y acudió luego la abuela de Preciosa á curar el herido, de quien ya le habian dado cuenta; tomó algunos pelos de los perros, friólos en aceite y lavando primero con vino dos mordeduras que tenia en la pierna izquierda, le puso los pelos con el aceite en ellas, y encima un poco de romero verde mascado: lióselo muy bien con paños limpios, y santiguóle las heridas, y díjole:
--Dormid, amigo, que con el ayuda de Dios no será nada.
En tanto que curaban al herido, estaba Preciosa delante, y estúvole mirando ahincadamente, y lo mismo hacia él á ella, de modo que Andres echó de ver en la atencion con que el mozo la miraba; pero echólo á que la mucha hermosura de Preciosa se llevaba tras sí los ojos. En resolucion, despues de curado el mozo, le dejaron solo sobre un lecho hecho de heno seco, y por entónces no quisieron preguntarle nada de su camino ni de otra cosa.
Apénas se apartaron dél cuando Preciosa llamó á Andres aparte, y le dijo:
--¿Acuérdaste, Andres, de un papel que se me cayó en tu casa cuando bailaba con mis compañeras, que segun creo te dió un mal rato?
--Sí acuerdo, respondió Andres, y era un soneto en tu alabanza, y no malo.
--Pues has de saber, Andres, replicó Preciosa, que el que hizo aquel soneto es ese mozo mordido que dejamos en la choza, y en ninguna manera me engaño, porque me habló en Madrid dos ó tres veces, y aun me dió un romance muy bueno: allí andaba á mi parecer como paje, mas no de los ordinarios, sino de los favorecidos de algun príncipe: y en verdad te digo, Andres, que el mozo es discreto y bien razonado, y sobremanera honesto, y no sé qué pueda imaginar desta su venida y en tal traje.
--¿Qué puedes imaginar, Preciosa? respondió Andres; ninguna otra cosa, sino que la misma fuerza que á mí me ha hecho jitano, le ha hecho á él parecer molinero, y venir á buscarte. ¡Ah, Preciosa, Preciosa, y cómo se va descubriendo que te quieres preciar de tener mas de un rendido! y si esto es así, acábame á mí primero, y luego matarás á ese otro, y no quieras sacrificarnos juntos en las aras de tu engaño, por no decir de tu belleza.
--¡Válame Dios! respondió Preciosa, Andres, y ¡cuán delicado andas, y cuán de un sotil cabello tienes colgadas tus esperanzas y mi crédito, pues con tanta facilidad te ha penetrado el alma la dura espada de los celos! Díme, Andres, si en esto hubiera artificio ó engaño alguno, ¿no supiera yo callar y encubrir quién era este mozo? ¿Soy tan necia por ventura que te habia de dar ocasion de poner en duda mi bondad y buen término? Calla, Andres, por tu vida, y mañana procura sacar del pecho deste tu asombro, adónde va, ó á lo que viene; podria ser que estuviese engañada tu sospecha, como yo no lo estoy de que sea el que he dicho: y para mas satisfaccion tuya, pues ya he llegado á términos de satisfacerte, de cualquiera manera y con cualquiera intencion que ese mozo venga, despídele luego, y haz que se vaya, pues todos los de nuestra parcialidad te obedecen, y no habrá ninguno que contra tu voluntad le quiera dar acogida en su rancho; y cuando esto así no suceda, yo te doy mi palabra de no salir del mio, ni dejarme ver de sus ojos, ni de todos aquellos que tú quisieres que no me vean; y prosiguiendo adelante dijo: Mira, Andres, no me pesa á mi de verte celoso, pero pesarme ha mucho si te veo indiscreto.
--Como no me veas loco, Preciosa, respondió Andres, cualquiera otra demostracion será poca ó ninguna para dar á entender adónde llega y cuánto fatiga la amarga y dura presuncion de los celos; pero con todo eso, yo haré lo que me mandas, y sabré, si es que es posible, qué es lo que este señor paje poeta quiere, dónde va, ó qué es lo que busca; que podria ser que por algun hilo que sin cuidado muestre, sacase yo todo el ovillo con que temo viene á enredarme.
--Nunca los celos, á lo que imagino, dijo Preciosa, dejan el entendimiento libre para que pueda juzgar las cosas como ellas son: siempre miran los celosos con antojos de allende, que hacen las cosas pequeñas grandes, los enanos gigantes, y las sospechas verdades: por vida tuya y por la mia, Andres, que procedas en esto y en todo lo que tocare á nuestros conciertos cuerda y discretamente; que si así lo hicieres, sé que me has de conceder la palma de honesta y recatada, y de verdadera en todo estremo.
Con esto se despidió de Andres, y él se quedó esperando el dia para tomar la confesion al herido, llena de turbacion el alma y de mil contrarias imaginaciones: no podia creer sino que aquel paje habia venido allí atraido de la hermosura de Preciosa; porque piensa el ladron que todos son de su condicion: por otra parte la satisfaccion que Preciosa le habia dado, le parecia ser de tanta fuerza, que le obligaba á vivir seguro y á dejar en las manos de su bondad toda su ventura.
Llegóse el dia (que á él le pareció haberse tardado mas que otras veces), visitó al mordido, preguntóle cómo se llamaba, y adónde iba, y cómo caminaba tan tarde y tan fuera de camino; aunque primero le preguntó cómo estaba, y si se sentia sin dolor de las mordeduras. Á lo cual respondió el mozo, que se hallaba mejor y sin dolor alguno, y de manera que podria ponerse en camino: á lo de decir su nombre, y adónde iba, no dijo otra cosa sino que se llamaba Alonso Hurtado, y que iba á Nuestra Señora de la Peña de Francia á un cierto negocio, y que por llegar con brevedad caminaba de noche, y que la pasada habia perdido el camino, y acaso habia dado con aquel aduar, donde los perros que le guardaban le habian puesto del modo que habia visto.
No le pareció á Andres legítima esta declaracion, sino muy bastarda, y de nuevo volvieron á hacerle cosquillas en el alma sus sospechas, y así le dijo:
--Hermano, si yo fuera juez, y vos hubiérades caido debajo de mi jurisdicion por algun delito, el cual pidiera que se os hicieran las preguntas que yo os he hecho, la respuesta que me habeis dado obligara á que os apretara los cordeles: yo no quiero saber quién sois, cómo os llamais, ó adónde vais; pero adviértoos que si os conviene mentir en este vuestro viaje, mintais con mas apariencia de verdad: decís que vais á la Peña de Francia, y dejaisla á la mano derecha, mas atras deste lugar donde estamos bien treinta leguas: caminais de noche por llegar presto, y vais fuera de camino por entre bosques y encinares que no tienen sendas apénas, cuanto mas caminos: amigo, levantáos y aprended á mentir, y andad enhorabuena; pero por este buen aviso que os doy, ¿no me diréis una verdad? que sí diréis pues tan mal sabeis mentir: decidme, ¿sois por ventura uno que yo he visto muchas veces en la corte entre paje y caballero, que tenia fama de ser gran poeta, uno que hizo un romance y un soneto á una Jitanilla que los dias pasados andaba por Madrid, que era tenida por singular en la belleza? decídmelo, que yo os prometo por la fe de caballero jitano de guardaros todo el secreto que vos viéredes que os conviene; mirad que el negarme la verdad de que no sois el que yo digo, no llevaria camino, porque este rostro que yo veo aquí es el propio que vide en Madrid: sin duda alguna, que la gran fama de vuestro entendimiento me hizo muchas veces que os mirase como á hombre raro é insigne: y así se me quedó tan estampada en la memoria vuestra figura, que os he venido á conocer por ella, aun puesto en el diferente traje en que estais agora del en que yo os vi entónces: no os turbeis, animáos, y no penseis que habeis llegado á un pueblo de ladrones, sino á un asilo que os sabrá guardar y defender de todo el mundo: mirad, yo imagino una cosa, y si es así como lo imagino, vos habeis topado con vuestra buena suerte en haber encontrado conmigo: lo que imagino es que enamorado de Preciosa (aquella hermosa jitanica á quien hicisteis los versos) habeis venido á buscarla, por lo que yo no os tendré en ménos, sino en mucho mas; que aunque jitano, la esperiencia me ha mostrado adónde se estiende la poderosa fuerza de amor y las transformaciones que hace hacer á los que coge debajo de su jurisdicion y mando: si esto es así, como creo que sin duda lo es, aquí está la jitanica.
--Sí, aquí está, que yo la vi anoche, dijo el mordido: razon con que Andres quedó como difunto, pareciéndole que habia salido al cabo con la confirmacion de sus sospechas: Anoche la vi, tornó á referir el mozo; pero no me atrevia á decirle quién era, porque no me convenia.
--Desta manera, dijo Andres, ¿vos sois el poeta que yo he dicho?
--Sí soy, replicó el mancebo, que no lo puedo ni lo quiero negar: quizá podria ser que donde he pensado perderme, hubiese venido á ganarme, si es que hay fidelidad en las selvas y buen acogimiento en los montes.
--Hayle sin duda, respondió Andres, y entre nosotros los jitanos el mayor secreto del mundo: con esta confianza podeis, señor, descubrirme vuestro pecho, porque hallaréis en el mio lo que veréis sin doblez alguna: la Jitanilla es parienta mia y está sujeta á lo que yo quisiere hacer della: si la quisiéredes por esposa, yo y todos sus parientes gustaremos dello, y lo tendremos por bien: y si por amiga, no usarémos de ningun melindre con tal que tengais dineros, porque la codicia por jamas sale de nuestros ranchos.
--Dineros traigo, respondió el mozo; en estas mangas de camisa, que traigo ceñida por el cuerpo, vienen cuatrocientos escudos de oro.
Este fué otro susto mortal que recibió Andres, viendo que el traer tanto dinero no era sino para conquistar ó comprar su prenda; y con lengua ya turbada dijo:
--Buena cantidad es esa, no hay sino descubriros, y manos á la labor, que la muchacha que no es nada boba, verá cuán bien le está ser vuestra.
--¡Ay, amigo! dijo á esta sazon el mozo: quiero que sepais que la fuerza que me ha hecho mudar de traje no es la de amor que vos decís, ni de desear á Preciosa; que hermosas tiene Madrid que pueden y saben robar los corazones y rendir las almas tan bien y mejor que las mas hermosas jitanas; puesto que confieso que la hermosura de vuestra parienta á todas las que yo he visto se aventaja: quien me tiene en este traje, á pié y mordido de perros, no es amor, sino desgracia mia.
Con estas razones que el mozo iba diciendo, iba Andres cobrando los espíritus perdidos, pareciéndole que se encaminaban á otro paradero del que se imaginaba, y deseoso de salir de aquella confusion, volvió á reforzarle la seguridad con que podia descubrirse, y así él prosiguió diciendo:
--Yo estaba en Madrid en casa de un título á quien servia, no como á señor, sino como á pariente; este tenia un hijo único heredero suyo, el cual así por el parentesco, como por ser ambos de una edad y de una condicion misma, me trataba con familiaridad y amistad grande: sucedió que este caballero se enamoró de una doncella principal, á quien él escogiera de bonísima gana para su esposa, si no tuviera la voluntad sujeta como buen hijo á la de sus padres, que aspiraban á casarle mas altamente; pero con todo eso la servia á hurto de todos los ojos que pudieran con las lenguas sacar á la plaza sus deseos; solos los mios eran testigos de sus intentos: y una noche que debia de haber escogido la desgracia para el caso que ahora os diré, pasando los dos por la puerta y calle desta señora, vimos arrimados á ella dos hombres al parecer de buen talle: quiso reconocerlos mi pariente, y apénas se encaminó hácia ellos, cuando echaron con mucha lijereza mano á las espadas y á dos broqueles, y se vinieron á nosotros, que hicimos lo mismo, y con iguales armas nos acometimos: duró poco la pendencia, porque no duró mucho la vida de los dos contrarios, que de dos estocadas que guiaron los celos de mi pariente y la defensa que yo le hacia, las perdieron (caso estraño, y pocas veces visto): triunfando pues de lo que aquí no quisiéramos, volvimos á casa, y secretamente tomando todos los dineros que podimos, nos fuimos á San Jerónimo, esperando el dia que descubriese lo sucedido y las presunciones que se tenian de los matadores: supimos que de nosotros no habia indicio alguno, y aconsejáronnos los prudentes religiosos que nos volviésemos á casa, y que no diésemos ni despertásemos con nuestra ausencia alguna sospecha contra nosotros: y ya que estábamos determinados de seguir su parecer, nos avisaron que los señores alcaldes de corte habian preso en su casa á los padres de la doncella y á la misma doncella, y que entre otros criados á quien tomaron la confesion, una criada de la señora dijo como mi pariente paseaba á su señora de noche y de dia, y que con este indicio habian acudido á buscarnos, y no hallándonos, sino muchas señales de nuestra fuga, se confirmó en toda la corte ser nosotros los matadores de aquellos dos caballeros (que lo eran, y muy principales). Finalmente, con parecer del conde mi pariente, y del de los religiosos, despues de quince dias que estuvimos escondidos en el monesterio, mi camarada en hábito de fraile con otro fraile se fué la vuelta de Aragon, con intencion de pasarse á Italia, y desde allí á Flándes, hasta ver en qué paraba el caso: yo quise dividir y apartar nuestra fortuna, y que no corriese nuestra suerte por una misma derrota: seguí otro camino diferente del suyo, y en hábito de mozo de fraile, á pié salí con un religioso que me dejó en Talavera; desde allí á aquí he venido solo y fuera de camino, hasta que anoche llegué á este encinar, donde me ha sucedido lo que habeis visto: y si pregunté por el camino de la Peña de Francia, fué por responder algo á lo que se me preguntaba, que en verdad que no sé dónde cae la Peña de Francia, puesto que sé que está mas arriba de Salamanca.
--Así es verdad, respondió Andres, y ya la dejais á mano derecha casi veinte leguas de aquí, porque veais cuán derecho camino llevábades, si allá fuérades.
--El que yo pensaba llevar, replicó el mozo, no es sino á Sevilla, que allí tengo un caballero jinoves, grande amigo del conde mi pariente, que suele enviar á Jénova gran cantidad de plata, y llevo designio que me acomode con los que la suelen llevar como uno dellos, y con esta estratagema seguramente podré pasar hasta Cartagena, y de allí á Italia, porque han de venir dos galeras muy presto á embarcar esta plata. Esta es, buen amigo, mi historia: mirad si puedo decir que nace mas de desgracia pura, que de amores aguados; pero si estos señores jitanos quisiesen llevarme en su compañía hasta Sevilla, si es que van allá, yo se lo pagaria muy bien, que me doy á entender que en su compañía iria mas seguro, y no con el temor que llevo.
--Sí llevarán, respondió Andres; y si no fuéredes en nuestro aduar, porque hasta ahora no sé si va al Andalucía, iréis en otro que creo que habemos de topar dentro de dos ó tres dias, y con darles algo de lo que llevais, facilitaréis con ellos otros imposibles mayores.
Dejóle Andres, y vino á dar cuenta á los demas jitanos de lo que el mozo le habia contado y de lo que pretendia, con el ofrecimiento que hacia de la buena paga y recompensa. Todos fueron de parecer que se quedase en el aduar; solo Preciosa tuvo el contrario: y la abuela dijo que ella no podia ir á Sevilla ni á sus contornos, á causa que los años pasados habia hecho una burla en Sevilla á un gorrero llamado Triguillos, muy conocido en ella, al cual le habia hecho meter en una tinaja de agua hasta el cuello, desnudo en carnes, y en la cabeza puesta una corona de cipres esperando el filo de la media noche, para salir de la tinaja á cavar y sacar un gran tesoro que ella le habia hecho creer que estaba en cierta parte de su casa: dijo que como oyó el buen gorrero tocar á maitines, por no perder la coyuntura se dió tanta priesa á salir de la tinaja, que dió con ella y con él en el suelo, y con el golpe y con los cascos se magulló las carnes, derramándose el agua, y él quedó nadando en ella y dando voces, que se anegaba: acudieron al momento su mujer y sus vecinos con luces, y halláronle haciendo efectos de nadador, soplando y arrastrando la barriga por el suelo, y meneando los brazos y las piernas con mucha priesa, y diciendo á grandes voces: Socorro, señores, que me ahogo; tal le tenia el miedo, que verdaderamente pensó que se ahogaba: abrazáronse con él, sacáronle de aquel peligro, volvió en sí, contó la burla de la jitana, y con todo eso cavó en la parte señalada mas de un estado en hondo, á pesar de todos cuantos le decian que era embuste mio; y si no se lo estorbara un vecino suyo, que tocaba ya en los cimientos de su casa, él diera con entrambas en el suelo, si le dejaran cavar todo cuanto él quisiera: súpose este cuento por toda la ciudad, y hasta los muchachos le señalaban con el dedo, y contaban su credulidad y mi embuste.
Esto contó la jitana vieja, y esto dió por escusa para no ir á Sevilla. Los jitanos, que ya sabian de Andres Caballero que el mozo traia dineros en cantidad, con facilidad le acogieron en su compañía y se ofrecieron de guardarle y encubrirle todo el tiempo que él quisiese, y determinaron de torcer el camino á mano izquierda, y entrarse en la Mancha, y en el reino de Murcia.
Llamaron al mozo y diéronle cuenta de lo que pensaban hacer por él; él se lo agradeció, y dió cien escudos de oro para que los repartiesen entre todos. Con esta dádiva quedaron mas blandos que unas martas: solo á Preciosa no contentó mucho la quedada de D. Sancho (que así dijo el mozo que se llamaba), pero los jitanos se lo mudaron en el de Clemente, y así le llamaron desde allí adelante: tambien quedó un poco torcido Andres, y no bien satisfecho de haberse quedado Clemente, por parecerle que con poco fundamento habia dejado sus primeros designios; mas Clemente como si le leyera la intencion, entre otras cosas le dijo se holgaba de ir al reino de Murcia por estar cerca de Cartagena, adonde si viniesen galeras, como él pensaba que habian de venir, pudiese con facilidad pasar á Italia. Finalmente, por traerle mas ante los ojos, y mirar sus acciones, y escudriñar sus pensamientos, quiso Andres que fuese Clemente su camarada, y Clemente tuvo esta amistad por gran favor que se le hacia: andaban siempre juntos, gastaban largo, llovian escudos, corrian, saltaban, bailaban y tiraban la barra mejor que ninguno de los jitanos, y eran de las jitanas mas que medianamente queridos, y de los jitanos en todo estremo respetados.
Dejaron pues á Estremadura, y entráronse en la Mancha, y poco á poco fueron caminando al reino de Murcia: en todas las aldeas y lugares que pasaban habia desafíos de pelota, de esgrima, de correr, de saltar, de tirar la barra, y de otros ejercicios de fuerza, maña y lijereza, y de todos salian vencedores Andres y Clemente, como de solo Andres queda dicho; y en todo este tiempo, que fué mas de mes y medio, nunca tuvo Clemente ocasion, ni él la procuró, de hablar á Preciosa, hasta que un dia estando juntos Andres y ella, llegó él á la conversacion porque le llamaron, y Preciosa le dijo:
--Desde la vez primera que llegaste á nuestro aduar te conocí, Clemente, y se me vinieron á la memoria los versos que en Madrid me diste; pero no quise decir nada por no saber con qué intencion venias á nuestras estancias, y cuando supe tu desgracia me pesó en el alma, y se aseguró mi pecho que estaba sobresaltado, pensando que como habia D. Juanes en el mundo que se mudaban en Andreses, así podia haber D. Sanchos que se mudasen en otros nombres: háblote desta manera, porque Andres me ha dicho que te ha dado cuenta de quién es, y de la intencion con que se ha vuelto jitano (y así era la verdad, que Andres le habia hecho sabidor de toda su historia por poder comunicar con él sus pensamientos): y no pienses que te fué de poco provecho el conocerte, pues por mi respeto y por lo que yo de tí dije, se facilitó el acogerte y admitirte en nuestra compañía, donde plega á Dios te suceda todo el bien que acertares á desearte: este buen deseo quiero que me pagues en que no afees á Andres la bajeza de su intento, ni le pintes cuán mal le está perseverar en este estado: que puesto que yo imagino que debajo de los candados de mi voluntad está la suya, todavía me pesaria de verle dar muestras, por mínimas que fuesen, de algun arrepentimiento.
Á esto respondió Clemente:
--No pienses, Preciosa única, que D. Juan con lijereza de ánimo me descubrió quién era: primero le conocí yo, y primero me descubrieron sus ojos sus intentos: primero le dije yo quién era, y primero le adiviné la prision de su voluntad que tú señalas, y él dándome el crédito que era razon que me diese, fió de mi secreto el suyo, y él es buen testigo si alabé su determinacion y escogido empleo; que no soy, ó Preciosa, de tan corto ingenio que no alcance hasta dónde se estienden las fuerzas de la hermosura; y la tuya, por pasar de los límites de los mayores estremos de belleza, es disculpa bastante de mayores yerros, si es que deben llamarse yerros los que se hacen con tan forzosas causas: agradézcote, señora, lo que en mi crédito dijiste, y yo pienso pagártelo en desear que estos enredos amorosos salgan á fines felices, y que tú goces de tu Andres, y Andres de su Preciosa en conformidad y gusto de sus padres, porque de tan hermosa junta veamos en el mundo los mas bellos renuevos que pueda formar la bien intencionada naturaleza: esto desearé yo, Preciosa, y esto le diré siempre á tu Andres, y no cosa alguna que le divierta de sus bien colocados pensamientos.
Con tales afectos dijo las razones pasadas Clemente, que estuvo en duda Andres si las habia dicho como enamorado ó como comedido; que la infernal enfermedad celosa es tan delicada y de tal manera, que en los átomos del sol se pega, y de los que tocan á la cosa amada se fatiga el amante y se desespera; pero con todo esto no tuvo celos confirmados, mas fiado de la bondad de Preciosa, que de la ventura suya; que siempre los enamorados se tienen por infelices en tanto que no alcanzan lo que desean. En fin, Andres y Clemente eran camaradas y grandes amigos, asegurándolo todo la buena intencion de Clemente, y el recato y prudencia de Preciosa, que jamas dió ocasion á que Andres tuviese della celos.
Tenia Clemente sus puntas de poeta, como lo mostró en los versos que dió á Preciosa, y Andres se picaba un poco, y entrambos eran aficionados á la música. Sucedió pues que estando el aduar alojado en un valle cuatro leguas de Murcia, una noche por entretenerse, sentados los dos, Andres al pié de un alcornoque, Clemente al de una encina, cada uno con una guitarra, convidados del silencio de la noche comenzando Andres y respondiendo Clemente, cantaron estos versos:
A. Mira, Clemente, el estrellado velo Con que esta noche fria Compite con el dia, De luces bellas adornado el cielo: Y en esta semejanza, Si tanto tu divino ingenio alcanza, Aquel rostro figura Donde asiste el estremo de hermosura.
C. Donde asiste el estremo de hermosura, Y adonde la preciosa Honestidad hermosa Con todo estremo de bondad se apura: En un sujeto cabe, Que no hay humano ingenio que le alabe, Si no toca en divino, En alto, en raro, en grave y peregrino.
A. En alto, en raro, en grave y peregrino Estilo nunca usado, Al cielo levantado, Por dulce al mundo y sin igual camino. Tu nombre, ¡oh Jitanilla! Causando asombro, espanto y maravilla, La fama yo quisiera Que le llevara hasta la octava esfera.
C. Que le llevara hasta la octava esfera Fuera decente y justo, Dando á los cielos gusto Cuando el son de su nombre allá se oyera; Y en la tierra causara Por donde el dulce nombre resonara Música en los oidos, Paz en las almas, gloria en los sentidos.
A. Paz en las almas, gloria en los sentidos Se siente cuando canta La sirena que encanta, Y adormece á los mas apercebidos: Y tal es mi Preciosa, Que es lo ménos que tiene ser hermosa: Dulce regalo mio, Corona del donaire, honor del brio.
C. Corona del donaire, honor del brio Eres, bella Jitana, Frescor de la mañana, Céfiro blando en el ardiente estío: Rayo con que amor ciego Convierte el pecho mas de nieve en fuego: Fuerza que ansí la hace Que blandamente mata y satisface.
Señales iban dando de no acabar tan presto el libre y el cautivo, si no sonara á sus espaldas la voz de Preciosa que las suyas habia escuchado: suspendiólos el oirla, y sin moverse, prestándola maravillosa atencion, la escucharan: ella (no sé si de improviso, ó si en algun tiempo los versos que cantaba le compusieron) con estremada gracia, como si para responderles fueran hechos, cantó los siguientes.
En esta empresa amorosa Donde el amor entretengo, Por mayor ventura tengo Ser honesta que hermosa. La que es mas humilde planta, Si la subida endereza Por gracia ó naturaleza, Á los cielos se levanta. En este mi bajo cobre Siendo honestidad su esmalte, No hay buen deseo que falte, Ni riqueza que no sobre. No me causa alguna pena No quererme ó no estimarme; Que yo pienso fabricarme Mi suerte y ventura buena. Haga yo lo que en mí es Que á ser buena me encamine, Y haga el cielo y determine Lo que quisiere despues. Quiero ver si la belleza Tiene tal prerogativa, Que me encumbre tan arriba Que aspire á mayor alteza. Si las almas son iguales, Podrá la de un labrador Igualarse por valor Con las que son imperiales. De la mia lo que siento Me sube al grado mayor, Porque majestad y amor No tienen un mismo asiento.
Aquí dió fin Preciosa á su canto, y Andres y Clemente se levantaron á recebilla: pasaron entre los tres discretas razones, y Preciosa descubrió en las suyas su discrecion, su honestidad y su agudeza, de tal manera que en Clemente halló disculpa la intencion de Andres, que aun hasta entónces no la habia hallado, juzgando mas á mocedad que á cordura su arrojada determinacion.
Aquella mañana se levantó el aduar, y se fueron á alojar en un lugar de la jurisdicion de Murcia, tres leguas de la ciudad, donde le sucedió á Andres una desgracia que le puso en punto de perder la vida; y fué que despues de haber dado en aquel lugar algunos vasos y prendas de plata en fianzas como tenian de costumbre, Preciosa y su abuela, y Cristina con otras dos jitanillas, y los dos, Clemente y Andres, se alojaron en un meson de una viuda rica, la cual tenia una hija de edad de diez y siete ó diez y ocho años, algo mas desenvuelta que hermosa, y por mas señas se llamaba Juana Carducha: esta habiendo visto bailar á las jitanas y jitanos, la tomó el diablo, y se enamoró de Andres tan fuertemente que propuso de decírselo y tomarle por marido, si él quisiese, aunque á todos sus parientes les pesase; y así buscó coyuntura para decírselo, y hallóla en un corral donde Andres habia entrado á requerir dos pollinos: llegóse á él, y con priesa por no ser vista le dijo:
--Andres (que ya sabia su nombre), yo soy doncella y rica, que mi madre no tiene otro hijo sino á mí, y este meson es suyo, y amen desto tiene muchos majuelos, y otros dos pares de casas; hasme parecido bien; si me quieres por esposa, á tí te está bien, respóndeme presto, y si eres discreto quédate, y verás qué vida nos damos.
Admirado quedó Andres de la resolucion de la Carducha, y con la presteza que ella pedia, le respondió:
--Señora doncella, yo estoy apalabrado para casarme, y los jitanos no nos casamos sino con jitanas: guárdela Dios por la merced que me queria hacer, de que yo no soy digno.
No estuvo en dos dedos de caerse muerta la Carducha con la aceda respuesta de Andres, á quien replicara, si no viera que entraban en el corral otras jitanas: salióse corrida y asendereada, y de buena gana se vengara si pudiera. Andres como discreto determinó de poner tierra en medio, y desviarse de aquella ocasion que el diablo le ofrecia; que bien leyó en los ojos de la Carducha que sin los lazos matrimoniales se le entregara á toda su voluntad, y no quiso verse pié á pié y solo en aquella estacada; y así pidió á todos los jitanos que aquella noche se partiesen de aquel lugar. Ellos, que siempre le obedecian, lo pusieron luego por obra, y cobrando sus fianzas aquella tarde, se fueron.
La Carducha, que vió que en irse Andres se le iba la mitad de su alma, y que no le quedaba tiempo para solicitar el cumplimiento de sus deseos, ordenó de hacer quedar á Andres por fuerza, ya que de grado no podia: y así con la industria, sagacidad y secreto que su mal intento le enseñó, puso entre las alhajas de Andres, que ella conoció por suyas, unos ricos corales, y dos patenas de plata con otros brincos suyos; y apénas habian salido del meson, cuando dió voces diciendo que aquellos jitanos le llevaban robadas sus joyas, á cuyas voces acudió la justicia y toda la gente del pueblo.
Los jitanos hicieron alto, y todos juraban que ninguna cosa llevaban hurtada, y que ellos harian patentes todos los sacos y repuestos de su aduar: desto se congojó mucho la jitana vieja, temiendo en aquel escrutinio no se manifestasen los dijes de la Preciosa y los vestidos de Andres, que ella con gran cuidado y recato guardaba; pero la buena de la Carducha lo remedió con mucha brevedad todo, porque al segundo envoltorio que miraron, dijo que preguntasen cuál era el de aquel jitano gran bailador que ella habia visto entrar en su aposento dos veces, y que podria ser que aquel las llevase. Entendió Andres que por él lo decia, y riéndose, dijo:
--Señora doncella, esta es mi recámara, y este es mi pollino; si vos halláredes en ella ni en él lo que os falta, yo os lo pagaré con las setenas, fuera de sujetarme al castigo que la ley da á los ladrones.
Acudieron luego los ministros de la justicia á desbalijar el pollino, y á pocas vueltas dieron con el hurto, de que quedó tan espantado Andres y tan absorto, que no pareció sino estatua sin voz, de piedra dura.
--¿No sospeché yo bien? dijo á esta sazon la Carducha: mirad con qué buena cara se encubre un ladron tan grande.
El alcalde, que estaba presente, comenzó á decir mil injurias á Andres y á todos los jitanos, llamándolos de públicos ladrones y salteadores de caminos. Á todo callaba Andres, suspenso é imaginativo, y no acababa de caer en la traicion de la Carducha. En esto se llegó á él un soldado bizarro, sobrino del alcalde, diciendo:
--¿No veis cuál se ha quedado el jitanico podrido de hurtar? apostaré yo que hace melindres, y que niega el hurto con habérsele cogido en las manos: que bien haya quien no os echa en galeras á todos; mirad si estuviera mejor este bellaco en ellas, sirviendo á su Majestad, que no andarse bailando de lugar en lugar, y hurtando de venta en monte: á fe de soldado, que estoy por darle una bofetada que le derribe á mis piés.
Y diciendo esto, sin mas ni mas alzó la mano, y le dió un bofeton tal que le hizo volver de su embelesamiento, y le hizo acordar que no era Andres Caballero, sino D. Juan y caballero; y arremetiendo al soldado con mucha presteza y mas cólera le arrancó su misma espada de la vaina, y se la envainó en el cuerpo, dando con él muerto en tierra.
Aquí fué el gritar del pueblo: aquí el amohinarse el tio alcalde: aquí el desmayarse Preciosa, y el turbarse Andres de verla desmayada: aquí el acudir todos á las armas, y dar tras el homicida; creció la confusion, creció la grita, y por acudir Andres al desmayo de Preciosa, dejó de acudir á su defensa; y quiso la suerte que Clemente no se hallase al desastrado suceso, que con los bagajes habia ya salido del pueblo: finalmente, tantos cargaron sobre Andres, que le prendieron y le aherrojaron con dos muy gruesas cadenas: bien quisiera el alcalde ahorcarle luego, si estuviera en su mano; pero hubo de remitirle á Murcia, por ser de su jurisdicion: no le llevaron hasta otro dia, y en el que allí estuvo pasó Andres muchos martirios y vituperios, que el indignado alcalde y sus ministros, y todos los del lugar le hicieron. Prendió el alcalde todos los mas jitanos y jitanas que pudo, porque los mas huyeron, y entre ellos Clemente, que temió ser cogido y descubierto.
Finalmente, con la sumaria del caso, y con una gran cáfila de jitanos entraron el alcalde y sus ministros, con otra mucha gente armada, en Murcia, entre los cuales iba Preciosa, y el pobre Andres ceñido de cadenas sobre un macho y con esposas y piedeamigo. Salió toda Murcia á ver los presos, que ya se tenia noticia de la muerte del soldado. Pero la hermosura de Preciosa aquel dia fué tanta, que ninguno la miraba que no la bendecia, y llegó la nueva de su belleza á los oidos de la señora corregidora, que por curiosidad de verla hizo que el corregidor su marido mandase que aquella jitanica no entrase en la cárcel, y todos los demas sí, y á Andres le pusieron en un estrecho calabozo, cuya escuridad y la falta de la luz de Preciosa le trataron de manera, que bien pensó no salir de allí sino para la sepultura. Llevaron á Preciosa con su abuela á que la corregidora la viese, y así como la vió, dijo:
--Con razon la alaban de hermosa.
Y llegándola á sí la abrazó tiernamente, y no se hartaba de mirarla; y preguntó á su abuela que qué edad tendria aquella niña.
--Quince años, respondió la jitana, dos meses mas ó ménos.
--Esos tuviera agora la desdichada de mi Costanza: ¡ay, amigas! que esta niña me ha renovado mi desventura, dijo la corregidora.
Tomó en esto Preciosa las manos de la corregidora, y besándoselas muchas veces se las bañaba con lágrimas, y le decia:
--Señora mia, el jitano que está preso no tiene culpa, porque fué provocado: llamáronle ladron, y no lo es: diéronle un bofeton en su rostro, que es tal que en él se descubre la bondad de su ánimo: por Dios y por quien vos sois, señora, que le hagais guardar su justicia, y que el señor corregidor no se dé priesa á ejecutar en él el castigo con que las leyes le amenazan: y si algun agrado os ha dado mi hermosura, entretenedla con entretener el preso, porque en el fin de su vida está el de la mia: él ha de ser mi esposo, y justos y honestos impedimentos han estorbado que aun hasta ahora no nos habemos dado las manos: si dineros fueren menester para alcanzar perdon de la parte, todo nuestro aduar se venderá en pública almoneda, y se dará aun mas de lo que pidieren: señora mia, si sabeis qué es amor, y algun tiempo le tuvisteis, y ahora le teneis á vuestro esposo, doléos de mí, que amo tierna y honestamente al mio.
En todo el tiempo que esto decia, nunca la dejó las manos ni apartó los ojos de mirarla atentísimamente, derramando amargas y piadosas lágrimas en mucha abundancia: asimismo la corregidora la tenia á ella asida de las suyas, mirándola ni mas ni ménos con no menor ahinco, y con no mas pocas lágrimas. Estando en esto entró el corregidor, y hallando á su mujer y á Preciosa tan llorosas y tan encadenadas, quedó suspenso así de su llanto como de su hermosura: preguntó la causa de aquel sentimiento, y la respuesta que dió Preciosa fué soltar las manos de la corregidora, y asirse de los piés del corregidor, diciéndole:
--Señor, misericordia: si mi esposo muere, yo soy muerta: él no tiene culpa, pero si la tiene, déseme á mí la pena: y si esto no puede ser, á lo ménos entreténgase el pleito en tanto que se procuran y buscan los medios posibles para su libertad; que podrá ser que al que no pecó de malicia le enviase el cielo la salud de gracia.
Con nueva suspension quedó el corregidor de oir las discretas razones de la jitanilla, y que ya, si no fuera por no dar indicios de flaqueza, le acompañara en sus lágrimas. En tanto que esto pasaba, estaba la jitana vieja considerando grandes, muchas y diversas cosas, y al cabo de toda esta suspension é imaginacion, dijo:
--Espérenme vuesas mercedes, señores mios, un poco, que yo haré que estos llantos se conviertan en risa, aunque á mí cueste la vida.
Y así con lijero paso se salió de donde estaba, dejando á los presentes confusos con lo que dicho habia.
En tanto pues que ella volvia, nunca dejó Preciosa las lágrimas ni los ruegos de que se entretuviese la causa de su esposo, con intencion de avisar á su padre que viniese á entender en ella. Volvió la jitana con un pequeño cofre debajo del brazo, y dijo al corregidor que con su mujer y ella se entrasen en un aposento, que tenia grandes cosas que decirles en secreto. El corregidor, creyendo que algunos hurtos de los jitanos queria descubrirle por tenerle propicio en el pleito del preso, al momento se retiró con ella y con su mujer en su recámara, adonde la jitana, hincándose de rodillas ante los dos, les dijo:
--Si las buenas nuevas que os quiero dar, señores, no merecieren alcanzar en albricias el perdon de un gran pecado mio, aquí estoy para recebir el castigo que quisiéredes darme; pero ántes que lo confiese, quiero que me digais, señores, primero, si conoceis estas joyas.
Y descubriendo un cofrecito donde venian las de Preciosa, se le puso en las manos al corregidor, y en abriéndole vió aquellos dijes pueriles; pero no cayó en lo que podian significar: mirólos tambien la corregidora, pero tampoco dió en la cuenta; solo dijo:
--Estos son adornos de alguna pequeña criatura.
--Así es la verdad, dijo la jitana, y de qué criatura sean lo dice ese escrito que está en ese papel doblado.
Abrióle con priesa el corregidor, y leyó que decia:
_Llamábase la niña Doña Costanza de Acevedo y de Menéses, su madre Doña Guiomar de Menéses, y su padre D. Fernando de Acevedo, caballero del hábito de Calatrava: desparecíla dia de la Ascension del Señor, á las ocho de la mañana, del año de mil y quinientos y noventa y cinco: traia la niña puestos estos brincos que en este cofre están guardados._
Apénas hubo oido la corregidora las razones del papel, cuando reconoció los brincos, se los puso á la boca, y dándoles infinitos besos, se cayó desmayada; acudió el corregidor á ella ántes que á preguntar á la jitana por su hija, y habiendo vuelto en sí, dijo:
--Mujer buena, ántes ángel que jitana, ¿adónde está el dueño, digo, la criatura cuyos eran estos dijes?
--¿Adónde, señora? respondió la jitana: en vuestra casa la teneis, aquella jitanica que os sacó las lágrimas de los ojos es su dueño, y es sin duda alguna vuestra hija, que yo la hurté en Madrid de vuestra casa el dia y hora que ese papel dice.
Oyendo esto la turbada señora, soltó los chapines, y desalada y corriendo salió á la sala, adonde habia dejado á Preciosa, y hallóla rodeada de sus doncellas y criadas, todavía llorando; arremetió á ella, y sin decirle nada, con gran priesa le desabrochó el pecho, y miró si tenia debajo de la teta izquierda una señal pequeña á modo de lunar blanco con que habia nacido, y hallóle ya grande, que con el tiempo se habia dilatado: luego con la misma celeridad la descalzó, y descubrió un pié de nieve y de marfil hecho á torno, y vió en él lo que buscaba, que era que los dos dedos últimos del pié derecho se trababan el uno con el otro por medio con un poquito de carne, la cual cuando niña nunca se la habian querido cortar por no darle pesadumbre. El pecho, los dedos, los brincos, el dia señalado del hurto, la confesion de la jitana, y el sobresalto y alegría que habian recebido sus padres cuando la vieron, con toda la verdad confirmaron en el alma de la corregidora ser Preciosa su hija; y así cogiéndola en sus brazos se volvió con ella adonde el corregidor y la jitana estaban.
Iba Preciosa confusa, que no sabia á qué efecto se habian hecho con ella aquellas diligencias, y mas viéndose llevar en brazos de la corregidora, y que le daba de un beso hasta ciento. Llegó en fin con la preciosa carga Doña Guiomar á la presencia de su marido, y trasladándola de sus brazos á los del corregidor, le dijo:
--Recebid, señor, á vuestra hija Costanza, que esta es sin duda; no lo dudeis, señor, en ningun modo, que la señal de los dedos juntos y la del pecho he visto; y mas que á mí me lo está diciendo el alma desde el instante que mis ojos la vieron.
--No lo dudo, respondió el corregidor teniendo en sus brazos á Preciosa, que los mismos efectos han pasado por la mia que por la vuestra; y mas que tantas particularidades juntas ¿cómo podian suceder si no fuera por milagro?
Toda la gente de casa andaba absorta, preguntando unos á otros qué seria aquello, y todos daban bien léjos del blanco; que ¿quién habia de imaginar que la Jitanilla era hija de sus señores?
El corregidor dijo á su mujer, y á su hija, y á la jitana vieja, que aquel caso estuviese secreto hasta que él le descubriese: y asimismo dijo á la vieja que él perdonaba el agravio que le habia hecho en hurtarle la mitad de su alma, pues la recompensa de habérsela vuelto mayores albricias merecia; y que solo le pesaba que sabiendo ella la calidad de Preciosa, la hubiese desposado con un jitano, y mas con un ladron y homicida.
--¡Ay! dijo á esto Preciosa, señor mio, que ni es jitano ni ladron, puesto que es matador; pero fué del que le quitó la honra, y no pudo hacer ménos de mostrar quién era, y matarle.
--¿Cómo que no es jitano, hija mia? dijo Doña Guiomar.
Entónces la jitana vieja contó brevemente la historia de Andres Caballero, y que era hijo de D. Francisco de Cárcamo, caballero del hábito de Santiago, y que se llamaba D. Juan de Cárcamo, asimismo del mismo hábito, cuyos vestidos ella tenia cuando los mudó en los de jitano. Contó tambien el concierto que entre Preciosa y D. Juan estaba hecho de guardar dos años de aprobacion para desposarse ó no: puso en su punto la honestidad de entrambos, y la agradable condicion de D. Juan. Tanto se admiraron desto como del hallazgo de su hija, y mandó el corregidor á la jitana que fuese por los vestidos de D. Juan: ella lo hizo ansí, y volvió con otro jitano que los trujo.
En tanto que ella iba y volvia, hicieron sus padres á Preciosa cien mil preguntas, á que respondió con tanta discrecion y gracia, que aunque no la hubieran reconocido por hija, los enamorara: preguntáronla si tenia alguna aficion á D. Juan: respondió que no mas de aquella que le obligaba á ser agradecida á quien se habia querido humillar á ser jitano por ella; pero que ya no se estenderia á mas el agradecimiento de aquello que sus señores padres quisiesen.
--Calla, hija Preciosa, dijo su padre, que este nombre de Preciosa quiero que se te quede en memoria de tu pérdida y de tu hallazgo, que yo como tu padre tomo á cargo el ponerte en estado que no desdiga de quien eres.
Suspiró oyendo esto Preciosa, y su madre como discreta entendió que suspiraba de enamorada de D. Juan, y dijo á su marido:
--Señor, siendo tan principal D. Juan de Cárcamo como lo es, y queriendo tanto á nuestra hija, no nos estaria mal dársela por esposa.
Y él respondió:
--Aun apénas hoy la habemos hallado, ¿y ya quereis que la perdamos? Gocémosla algun tiempo, que en casándola no será nuestra, sino de su marido.
--Razon teneis, señor, respondió ella; pero dad órden de sacar á D. Juan, que debe de estar en algun calabozo metido, pasando las penalidades que se pueden considerar de sus prisiones, las humedades y sabandijas inmundas, que inquietan á los pobres pacientes, que están esperando salga el dia para gozarle, y verse libres de tanta opresion y mala vecindad como padecen.
--Sí, estará, dijo Preciosa, que á un ladron matador, y sobre todo jitano, no le habrán dado mejor estancia.
--Yo quiero ir á verle, como que le voy á tomar la confesion, respondió el corregidor, y de nuevo os encargo, señora, que nadie sepa esta historia hasta que yo lo quiera.
Y abrazando á Preciosa, fué luego á la cárcel y entró en el calabozo donde D. Juan estaba, y no quiso que nadie entrase con él: hallóle con entrambos piés en un cepo, y con las esposas á las manos, y que aun no le habian quitado el piedeamigo: era la estancia escura, pero hizo que por arriba abriesen una lumbrera, por donde entraba luz, aunque muy escasa; y así como le vió, le dijo:
--¿Cómo está la buena pieza? que así tuviera yo atraillados cuantos jitanos hay en España para acabar con ellos en un dia, como Neron quisiera en otro con Roma, sin dar mas de un golpe: sabed, ladron puntoso, que yo soy el corregidor desta ciudad, y vengo á saber de mí á vos, si es verdad que es vuestra esposa una Jitanilla que viene con vosotros.
Oyendo esto Andres imaginó que el corregidor se debia haber enamorado de Preciosa; que los celos son de cuerpos sutiles y se entran por otros cuerpos sin romperlos, apartarlos ni dividirlos; pero con todo esto respondió:
--Si ella ha dicho que yo soy su esposo, es mucha verdad: y si ha dicho que no lo soy, tambien ha dicho verdad, porque no es posible que Preciosa diga mentira.
--¿Tan verdadera es? respondió el corregidor; no es poco serlo para ser jitana: ahora bien, mancebo, ella ha dicho que es vuestra esposa, pero que nunca os ha dado la mano; ha sabido que segun es vuestra culpa habeis de morir por ella, y hame pedido que ántes de vuestra muerte la despose con vos, porque se quiere honrar con quedar viuda de un tan gran ladron como vos.
--Pues hágalo vuesa merced, señor corregidor, como ella lo suplica, que como yo me despose con ella, iré contento á la otra vida como parta desta con nombre de ser suyo.
--Mucho la debeis de querer, dijo el corregidor.
--Tanto, respondió el preso, que á poderlo decir no fuera nada: en efecto, señor corregidor, mi causa se concluya: yo maté al que me quiso quitar la honra: yo adoro á esa jitana, moriré contento si muero en su gracia, y sé que no nos ha de faltar la de Dios, pues entrambos habemos guardado honestamente y con puntualidad lo que nos prometimos.
--Pues esta noche enviaré por vos, dijo el corregidor, y en mi casa os desposaréis con Preciosica, y mañana á mediodía estaréis en la horca, con lo que yo habré cumplido con lo que pide la justicia y con el deseo de entrambos.
Agradecióselo Andres; y el corregidor volvió á su casa y dió cuenta á su mujer de lo que con D. Juan habia pasado, y de otras cosas que pensaba hacer.
En el tiempo que él faltó de su casa, dió cuenta Preciosa á su madre de todo el discurso de su vida, y de cómo siempre habia creido ser jitana y ser nieta de aquella vieja; pero que siempre se habia estimado en mucho mas de lo que de ser jitana se esperaba. Preguntóle su madre que le dijese la verdad, si queria bien á D. Juan de Cárcamo. Ella con vergüenza y con los ojos en el suelo le dijo que por haberse considerado jitana, y que mejoraba su suerte con casarse con un caballero de hábito y tan principal como D. Juan de Cárcamo, y por haber visto por esperiencia su buena condicion y honesto trato, alguna vez le habia mirado con ojos aficionados; pero que en resolucion ya habia dicho que no tenia otra voluntad de aquella que ellos quisiesen.
Llegóse la noche, y siendo casi las diez sacaron á Andres de la cárcel sin las esposas y el piedeamigo, pero no sin una gran cadena que desde los piés todo el cuerpo le ceñia. Llegó deste modo sin ser visto de nadie sino de los que le traian en casa del corregidor, y con silencio y recato le entraron en un aposento donde le dejaron solo: de allí á un rato entró un clérigo, y le dijo que se confesase, porque habia de morir otro dia. Á lo cual respondió Andres:
--De muy buena gana me confesaré; pero ¿cómo no me desposan primero? Y si me han de desposar, por cierto que es muy malo el tálamo que me espera.
Doña Guiomar, que todo esto sabia, dijo á su marido que eran demasiados los sustos que á D. Juan daba, que los moderase, porque podria ser perdiese la vida con ellos. Parecióle buen consejo al corregidor y así entró á llamar al que le confesaba, y díjole que primero habian de desposar al jitano con Preciosa la jitana, y que despues se confesaria, y que se encomendase á Dios de todo corazon, que muchas veces suele llover sus misericordias en el tiempo que están mas secas las esperanzas.
En efecto, Andres salió á una sala donde estaban solamente Doña Guiomar, el corregidor, Preciosa y otros dos criados de casa. Pero cuando Preciosa vió á D. Juan ceñido y aherrojado con tan gran cadena, descolorido el rostro y los ojos con muestra de haber llorado, se le cubrió el corazon, y se arrimó al brazo de su madre que junto á ella estaba, la cual abrazándola consigo, le dijo:
--Vuelve en tí, niña, que todo lo que ves ha de redundar en tu gusto y provecho.