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Novelas ejemplaresMiguel de Cervantes

CAPÍTULO 19

PRÓLOGO VII · continuación 17

--Este sombrero no es mio: por vida del señor D. Juan, que se le lleve por trofeo desta refriega, y guárdele, que creo que es conocido.

Diéronle otro sombrero al defendido, y D. Juan, por cumplir lo que le habia pedido, pasando algunos aunque breves comedimentos, le dejó sin saber quién era, y se vino á su casa, sin querer llegar á la puerta donde le habian dado la criatura, por parecerle que todo el barrio estaba despierto y alborotado con la pendencia.

Sucedió pues que volviéndose á su posada, en la mitad del camino encontró con D. Antonio de Isunza, su camarada, y conociéndose, dijo D. Antonio:

--Volved conmigo, D. Juan, hasta aquí arriba, y en el camino os contaré un estraño cuento que me ha sucedido, que no le habréis oido tal vez en toda vuestra vida.

--Como esos cuentos os podré contar yo, respondió D. Juan; pero vamos donde quereis, y contadme el vuestro.

Guió D. Antonio, y dijo:

--Habeis de saber, que poco mas de una hora despues que salisteis de casa, salí á buscaros, y no treinta pasos de aquí vi venir casi á encontrarme un bulto negro de persona, que venia muy aguijando, y llegándose cerca, conocí ser mujer en el hábito largo, la cual con voz interrumpida de sollozos y de suspiros me dijo: Por ventura, señor, ¿sois estranjero, ó de la ciudad? Estranjero soy, y español, respondí yo. Y ella: Gracias al cielo, que no quiere que muera sin sacramentos. ¿Venís herida, señora, repliqué yo, ó traeis algun mal de muerte? Podria ser que el que traigo lo fuese, si presto no se me da remedio: por la cortesía que siempre suele reinar en los de vuestra nacion, os suplico, señor español, que me saqueis destas calles, y me lleveis á vuestra posada con la mayor priesa que pudiéredes, que allá si gustáredes dello, sabréis el mal que llevo, y quién soy, aunque sea á costa de mi crédito. Oyendo lo cual, pareciéndome que tenia necesidad de lo que pedia, sin replicarla mas, la así de la mano, y por calles desusadas la llevé á la posada. Abrióme Santisteban el paje, hícele que se retirase, y sin que él la viese, la llevé á mi estancia, y ella en entrando, se arrojó encima de mi lecho desmayada. Lleguéme á ella, y descubríla el rostro, que con el manto traia cubierto, y descubrí en él la mayor belleza que humanos ojos han visto: será á mi parecer de edad de diez y ocho años, ántes ménos que mas: quedé suspenso de ver tal estremo de belleza: acudí á echarle un poco de agua en el rostro, con que volvió en sí, suspirando tiernamente; y lo primero que me dijo, fué: ¿Conoceisme, señor? No, respondí yo, ni es bien que yo haya tenido ventura de haber conocido tanta hermosura. Desdichada de aquella, respondió ella, á quien se la da el cielo para mayor desgracia suya; pero, señor, no es tiempo este de alabar hermosuras, sino de remediar desdichas: por quien sois que me dejeis aquí encerrada y no permitais que ninguno me vea, y volved luego al mismo lugar que me topastes, y mirad si riñe alguna gente, y no favorezcais á ninguno de los que riñeren, sino poned paz, que cualquier daño de las partes ha de resultar en acrecentar el mio. Déjola encerrada, y vengo á poner en paz esta pendencia.

--¿Teneis mas que decir, D. Antonio? preguntó D. Juan.

--Pues ¿no os parece que he dicho harto, respondió D. Antonio, pues he dicho que tengo debajo de llave y en mi aposento la mayor belleza que humanos ojos han visto?

--El caso es estraño sin duda, dijo D. Juan; pero oid el mio: y luego le contó todo lo que le habia sucedido, y cómo la criatura que le habian dado estaba en casa en poder de su ama, y la órden que le habia dejado de mudarle las ricas mantillas en pobres, y de llevarla adonde la criasen, ó á lo ménos socorriesen la presente necesidad; y dijo mas, que la pendencia que él venia á buscar ya era acabada y puesta en paz, que él se habia hallado en ella, y que á lo que él imaginaba, todos los de la riña debian de ser gentes de prendas y de gran valor.

Quedaron entrambos admirados del suceso de cada uno, y con priesa se volvieron á la posada, por ver lo que habia menester la encerrada. En el camino dijo D. Antonio á D. Juan que él habia prometido á aquella señora que no la dejaria ver de nadie, ni entraria en aquel aposento sino él solo, en tanto que ella no gustase de otra cosa.

--No importa nada, respondió D. Juan, que no faltará órden para verla, que ya lo deseo en estremo, segun me la habeis alabado de hermosa.

Llegaron en esto, y á la luz que sacó uno de tres pajes que tenian, alzó los ojos D. Antonio al sombrero que D. Juan traia, y vióle resplandeciente de diamantes; quitósele, y vió que las luces salian de muchos que en un cintillo riquísimo traia. Miráronle entrambos; y concluyeron que si todos eran finos como parecian, valia mas de doce mil ducados. Aquí acabaron ser gente principal la de la pendencia, especialmente el socorrido de D. Juan, de quien se acordó haberle dicho que trujese el sombrero y le guardase, porque era conocido. Mandaron retirar los pajes, y D. Antonio abrió su aposento, y halló á la señora sentada en la cama, con la mano en la mejilla, derramando tiernas lágrimas. D. Juan, con el deseo que tenia de verla, se asomó á la puerta tanto, cuanto pudo entrar la cabeza, y al punto la lumbre de los diamantes dió en los ojos de la que lloraba, y alzándolos, dijo:

--Entrad, señor duque, entrad; ¿para qué me quereis dar con tanta escaseza el bien de vuestra visita?

Á esto dijo D. Antonio:

--Aquí, señora, no hay ningun duque que se escuse de veros.

--¿Cómo no? replicó ella; el que allí se asomó ahora es el duque de Ferrara, que mal le puede encubrir la riqueza de su sombrero.

--En verdad, señora, que el sombrero que vistes no le trae ningun duque; y si quereis desengañaros con ver quién le trae, dadle licencia que entre.

--Entre enhorabuena, dijo ella, aunque si no fuese el duque, mis desdichas serian mayores.

Todas estas razones habia oido D. Juan, y viendo que tenia licencia para entrar, con el sombrero en la mano entró en el aposento, y así como se le puso delante, y ella conoció no ser quien decia el del rico sombrero, con voz turbada y lengua presurosa dijo:

--¡Ay desdichada de mí! Señor mio, decidme luego, sin tenerme mas suspensa: ¿conoceis el dueño dese sombrero? ¿Dónde le dejastes, ó cómo vino á vuestro poder? ¿Es vivo por ventura, ó son esas las nuevas que me envía de su muerte? ¡Ay bien mio, qué sucesos son estos! ¡Aquí veo tus prendas, aquí me veo sin tí encerrada, y en poder que, á no saber que es de gentiles hombres españoles, el temor de perder mi honestidad me hubiera quitado la vida!

--Sosegáos, señora, dijo D. Juan, que ni el dueño deste sombrero es muerto, ni estais en parte donde se os ha de hacer agravio alguno, sino serviros con cuanto las fuerzas nuestras alcanzaren, hasta poner las vidas por defenderos y ampararos; que no es bien que os salga vana la fe que teneis de la bondad de los españoles; y pues nosotros lo somos, y principales (que aquí viene bien esta que parece arrogancia), estad segura que se os guardará el decoro que vuestra presencia merece.

--Así lo creo yo, respondió ella; pero con todo eso, decidme, señor, ¿cómo vino á vuestro poder ese rico sombrero, ó adónde está su dueño, que por lo ménos es Alfonso de Este, duque de Ferrara?

Entónces D. Juan, por no tenerla mas suspensa, le contó cómo le habia hallado en una pendencia, y en ella habia favorecido y ayudado á un caballero, que por lo que ella decia, sin duda debia de ser el duque de Ferrara, y que en la pendencia habia perdido el sombrero y hallado aquel, y que aquel caballero le habia dicho que le guardase, que era conocido, y que la refriega se habia concluido sin quedar herido el caballero, ni él tampoco, y que despues de acabada habia llegado gente, que al parecer debian de ser criados ó amigos del que él pensaba ser el duque, el cual le habia pedido le dejase y se viniese, mostrándose muy agradecido al favor que yo le habia dado.

--De manera, señora mia, que este rico sombrero vino á mi poder por la manera que os he dicho, y su dueño, si es el duque, como vos decís, no ha una hora que le dejé bueno, sano y salvo: sea esta verdad parte para vuestro consuelo, si es que le tendréis con saber del buen estado del duque.

--Para que sepais, señores, si tengo razon y causa para preguntar por él, estadme atentos, y escuchad no sé si diga mi desdichada historia.

Todo el tiempo en que esto pasó le entretuvo el ama en paladear al niño con miel, y en mudarle las mantillas de ricas en pobres; y ya que lo tuvo todo aderezado, quiso llevarle en casa de una partera, como D. Juan se lo dejó ordenado, y al pasar con él por junto á la estancia donde estaba la que queria comenzar su historia, lloró la criatura de modo que lo sintió la señora, y levantándose en pié, púsose atentamente á escuchar, y oyó mas distintamente el llanto de la criatura, y dijo:

--Señores mios, ¿qué criatura es aquella que parece recien nacida?

D. Juan respondió:

--Es un niño que esta noche nos han echado á la puerta de casa, y va el ama á buscar quien le dé de mamar.

--Tráiganmele aquí, por amor de Dios, dijo la señora, que yo haré esa caridad á los hijos ajenos, pues no quiere el cielo que la haga con los propios.

Llamó D. Juan al ama, y tomóle el niño, y entrósele á la que le pedia, y púsosele en los brazos, diciendo:

--Veis aquí, señora, el presente que nos han hecho esta noche, y no ha sido este el primero, que pocos meses se pasan que no hallemos á los quicios de nuestras puertas semejantes hallazgos.

Tomóle ella en los brazos, y miróle atentamente así el rostro como los pobres aunque limpios paños en que venia envuelto, y luego sin poder tener las lágrimas, se echó la toca de la cabeza encima de los pechos, para poder dar con honestidad de mamar á la criatura, y aplicándosela á ellos, juntó su rostro con el suyo, y con la leche le sustentaba, y con las lágrimas le bañaba el rostro; y desta manera estuvo sin levantar el suyo tanto espacio, cuanto el niño no quiso dejar el pecho. En este espacio guardaban todos cuatro silencio: el niño mamaba; pero no era ansí, porque las recien paridas no pueden dar el pecho, y así cayendo en la cuenta la que se lo daba, se volvió á D. Juan, diciendo:

--En balde me he mostrado caritativa; bien parezco nueva en estos casos: haced, señor, que á este niño le paladeen con un poco de miel, y no consintais que á estas horas le lleven por las calles: dejad llegar el dia, y ántes que le lleven, vuélvanmele á traer, que me consuelo en verle.

Volvió el niño Don Juan á la ama, y ordenóle le entretuviese hasta el dia, y que le pusiese las ricas mantillas con que le habia traido, y que no le llevase sin primero decírselo. Y volviendo á entrar, y estando los tres solos, la hermosa Cornelia dijo:

--Si quereis que hable, dadme primero algo que coma, que me desmayo, y tengo bastante ocasion para ello.

Acudió prestamente D. Antonio á un escritorio, y sacó dél muchas conservas, y de algunas comió la desmayada, y bebió un vidrio de agua fria, con que volvió en sí, y algo sosegada, dijo:

--Sentáos, señores, y escuchadme.

Hiciéronlo ansí, y ella recogiéndose encima del lecho, y abrigándose bien con las faldas del vestido, dejó descolgar por las espaldas un velo que en la cabeza traia, dejando el rostro exento y descubierto, mostrando en él el mismo de la luna, ó por mejor decir, del mismo sol, cuando mas hermoso y mas claro se muestra: llovíanle líquidas perlas de los ojos, y limpiábaselas con un lienzo blanquísimo, y con unas manos tales, que entre ellas y el lienzo fuera de buen juicio el que supiera diferenciar la blancura. Finalmente, despues de haber dado muchos suspiros, y despues de haber procurado sosegar algun tanto el pecho, con voz algo doliente y turbada dijo:

--Yo, señores, soy aquella que muchas veces habréis sin duda alguna oido nombrar por ahí, porque la fama de mi belleza, tal cual ella es, pocas lenguas hay que no la publiquen: soy en efeto Cornelia Bentibolli, hermana de Lorenzo Bentibolli, que con deciros esto, quizá habré dicho dos verdades: la una de mi nobleza, la otra de mi hermosura. De pequeña edad quedé huérfana de padre y madre, en poder de mi hermano, el cual desde niña puso en mi guarda el recato mismo, puesto que mas confiaba de mi honrada condicion, que de la solicitud que ponia en guardarme. Finalmente, entre paredes y entre soledades, acompañada no mas que de mis criadas, fuí creciendo, y juntamente conmigo crecia la fama de mi gentileza, sacada en público de los criados y de aquellos que en secreto me trataban, y de un retrato que mi hermano mandó hacer á un famoso pintor, para que, como él decia, no quedase sin mí el mundo, ya que el cielo á mejor vida me llevase; pero todo esto fuera poca parte para apresurar mi perdicion, si no sucediera venir el duque de Ferrara á ser padrino de unas bodas de una prima mia, donde me llevó mi hermano con sana intencion y por honra de mi parienta: allí miré y fuí vista; allí, segun creo, rendí corazones, avasallé voluntades; allí sentí que daban gusto las alabanzas, aunque fuesen dadas por lisonjeras lenguas; allí, finalmente, vi al duque y él me vió á mí, de cuya vista ha resultado verme ahora como me veo. No os quiero decir, señores, porque seria proceder en infinito, los términos, las trazas y los modos por donde el duque y yo vinimos á conseguir al cabo de dos años los deseos que en aquellas bodas nacieron; porque ni guardas, ni recatos, ni honrosas amonestaciones, ni otra humana diligencia fué bastante para estorbar el juntarnos, que en fin hubo de ser debajo de la palabra, que él me dió, de ser mi esposo, porque sin ella fuera imposible rendir la roca de la valerosa presuncion mia: mil veces le dije que públicamente me pidiese á mi hermano, pues no era posible que me negase, y que no habia que dar disculpas al vulgo de la culpa que le pondrian de la desigualdad de nuestro casamiento, pues no desmentia en nada la nobleza del linaje Bentibolli á la suya Estense. Á esto me respondió con escusas que yo las tuve por bastantes y necesarias, y confiada como rendida, creí como enamorada, y entreguéme de toda mi voluntad á la suya por intercesion de una criada mia, mas blanda á las dádivas y promesas del duque, que lo que debia á la confianza que de su fidelidad mi hermano hacia. En resolucion, al cabo de pocos dias me sentí preñada, y ántes que mis vestidos manifestasen mis libertades (por no darles otro nombre), me fingí enferma y melancólica, y hice que mi hermano me trujese en casa de aquella mi prima, de quien habia sido padrino el duque: allí le hice saber en el término en que estaba y el peligro que me amenazaba, y la poca seguridad que tenia de mi vida, por tener barruntos de que mi hermano sospechaba mi desenvoltura: quedó de acuerdo entre los dos que entrando en el mes mayor se lo avisase, que él vendria por mí con otros amigos suyos, y me llevaria á Ferrara, donde en la sazon que esperaba se casaria públicamente conmigo: esta noche en que estamos fué la del concierto de su venida, y esta misma noche, estándole esperando, sentí pasar á mi hermano con otros muchos hombres al parecer armados, segun les crujian las armas, de cuyo sobresalto de improviso me sobrevino el parto, y en un instante parí un hermoso niño. Aquella criada mia, sabidora y medianera de mis hechos, que estaba ya prevenida para el caso, envolvió la criatura en otros paños, que no los que tiene la que á vuestra puerta echaron; y saliendo á la puerta de la calle, la dió, á lo que ella dijo, á un criado del duque. Yo desde allí á un poco, acomodándome lo mejor que pude (segun la presente necesidad), salí de la casa, creyendo que estaba en la calle el duque, y no lo debiera hacer hasta que él llegara á la puerta; mas el miedo que me habia puesto la cuadrilla armada de mi hermano, creyendo que ya esgrimia su espada sobre mi cuello, no me dejó hacer otro mejor discurso; y así desatentada y loca salí donde me sucedió lo que habeis visto: y aunque me veo sin hijo y sin esposo, y con temor de peores sucesos, doy gracias al cielo, que me ha traido á vuestro poder, de quien me prometo todo aquello que de la cortesía española puedo prometerme, y mas de la vuestra, que la sabréis realzar por ser tan nobles como pareceis.

Diciendo esto, se dejó caer del todo encima del lecho, y acudiendo los dos á ver si se desmayaba, vieron que no, sino que amargamente lloraba, y díjole D. Juan:

--Si hasta aquí, hermosa señora, yo y D. Antonio, mi camarada, os teníamos compasion y lástima por ser mujer, ahora que sabemos vuestra calidad, la lástima y compasion pasa á ser obligacion precisa de serviros: cobrad ánimo y no desmayeis, y aunque no acostumbrada á semejantes casos, tanto mas mostraréis quién sois, cuanto mas con paciencia supiéredes llevarlos: creed, señora, que imagino que estos tan estraños sucesos han de tener un feliz fin, que no han de permitir los cielos que tanta belleza se goce mal, y tan honestos pensamientos se malogren: acostáos, señora, y curad de vuestra persona, que lo habeis menester, que aquí entrará una criada nuestra que os sirva, de quien podeis hacer la misma confianza que de nuestras personas: tan bien sabrá tener en silencio vuestras desgracias, como acudir á vuestras necesidades.

--Tal es la que tengo, que á cosas mas dificultosas me obliga, respondió ella; entre, señor, quien vos quisiéredes, que encaminada por vuestra parte, no puedo dejar de tenerla muy buena en la que menester hubiere; pero con todo eso os suplico que no me vean mas que vuestra criada.

--Así será, respondió D. Antonio.

Y dejándola sola se salieron, y D. Juan dijo al ama que entrase dentro, y llevase la criatura con los ricos paños, si se los habia puesto. El ama dijo que sí, y que ya estaba de la misma manera que él la habia traido. Entró el ama advertida de lo que habia de responder á lo que acerca de aquella criatura la señora que hallaria allí dentro le preguntase.

En viéndola Cornelia, le dijo:

--Vengais en buen hora, amiga mia, dadme esa criatura, y llegadme aquí esa vela.

Hízolo así el ama, y tomando el niño Cornelia en sus brazos, se turbó toda, y le miró ahincadamente, y dijo al ama:

--Decidme, señora, ¿este niño y el que me trujisteis, ó me trujeron poco há, es todo uno?

--Sí, señora, respondió el ama.

--Pues ¿cómo trae tan trocadas las mantillas? replicó Cornelia: en verdad, amiga, que me parece ó que estas son otras mantillas, ó que esta no es la misma criatura.

--Todo podia ser, respondió el ama.

--Pecadora de mí, dijo Cornelia, ¿cómo todo podia ser? ¿cómo es esto, ama mia? que el corazon me revienta en el pecho hasta saber este trueco: decídmelo, amiga, por todo aquello que bien quereis: digo que me digais ¿de dónde habeis habido estas tan ricas mantillas? porque os hago saber que son mias, si la vista no me miente ó la memoria no se acuerda: con estas mismas ó otras semejantes entregué yo á mi doncella la prenda querida de mi alma: ¿quién se las quitó? ¡ay desdichada! y ¿quién las trujo aquí? ¡ay sin ventura!

D. Juan y D. Antonio, que todas estas quejas escuchaban, no quisieron que mas adelante pasase en ellas, ni permitieron que el engaño de las trocadas mantillas mas la tuviese en pena, y así entraron, y D. Juan le dijo:

--Esas mantillas y ese niño son cosa vuestra, señora Cornelia.

Y luego le contó punto por punto cómo él habia sido la persona á quien su doncella habia dado el niño, y de cómo le habia traido á casa, con el órden que habia dado al ama del trueco de las mantillas, y la ocasion por que lo habia hecho; aunque despues que le contó su parto, siempre tuvo por cierto que aquel era su hijo, y que si no se lo habia dicho, habia sido porque tras el sobresalto del estar en duda de conocerle, sobreviniese la alegría de haberle conocido.

Allí fueron infinitas las lágrimas de alegría de Cornelia, infinitos los besos que dió á su hijo, infinitas las gracias que rindió á sus favorecedores, llamándolos ángeles humanos de su guarda, y otros títulos que de su agradecimiento daban notoria muestra. Dejáronla con el ama, encomendándole mirase por ella, y la sirviese cuanto fuese posible, advirtiéndola en el término en que estaba, para que acudiese á su remedio, pues ella por ser mujer sabia mas de aquel menester que no ellos.

Con esto se fueron á reposar lo que faltaba de la noche con intencion de no entrar en el aposento de Cornelia, si no fuese ó que ella los llamase, ó la necesidad precisa. Vino el dia, y el ama trujo á quien secretamente y á escuras diese de mamar al niño, y ellos preguntaron por Cornelia. Dijo el ama que reposaba un poco. Fuéronse á las escuelas, y pasaron por la calle de la pendencia y por la casa de donde habia salido Cornelia, por ver si era ya pública su falta, ó si hacian corrillos della; pero en ningun modo sintieron ni oyeron cosa ni de la riña, ni de la ausencia de Cornelia. Con esto, oidas sus lecciones, se volvieron á su posada.

Llamólos Cornelia con el ama, á quien respondieron que tenian determinado de no poner los piés en su aposento, para que con mas decoro se guardase el que á su honestidad se debia; pero ella replicó con lágrimas y con ruegos que entrasen á verla, que aquel era el decoro mas conveniente, si no para su remedio, á lo ménos para su consuelo. Hiciéronlo así, y ella los recebió con rostro alegre, y con mucha cortesía: pidióles le hiciesen merced de salir por la ciudad, y ver si oian algunas nuevas de su atrevimiento: respondiéronle que ya estaba hecha aquella diligencia con toda curiosidad, pero que no se decia nada.

En esto llegó un paje, de tres que tenian, á la puerta del aposento, y desde fuera dijo:

--Á la puerta está un caballero con dos criados, que dice se llama Lorenzo Bentibolli, y busca á mi señor D. Juan de Gamboa.

Á este recado cerró Cornelia ambos puños, y se los puso en la boca, y por entre ellos salió la voz baja y temerosa, y dijo:

--Mi hermano, señores, mi hermano es ese: sin duda debe haber sabido que estoy aquí, y viene á quitarme la vida: socorro, señores, y amparo.

--Sosegáos, señora, le dijo D. Antonio, que en parte estais y en poder de quien no os dejará hacer el menor agravio del mundo. Acudid vos, señor D. Juan, y mirad lo que quiere ese caballero, y yo me quedaré aquí á defender, si menester fuere, á Cornelia.

D. Juan sin mudar semblante bajó abajo, y luego D. Antonio hizo traer dos pistoletes armados, y mandó á los pajes que tomasen sus espadas, y estuviesen apercebidos. El ama viendo aquellas prevenciones, temblaba: Cornelia temerosa de algun mal suceso, temia: solos D. Antonio y D. Juan estaban en sí, y muy bien puestos en lo que habian de hacer. En la puerta de la calle halló D. Juan á D. Lorenzo, el cual en viendo á D. Juan, le dijo:

--Suplico á V. S. (que esta es la manera de Italia) me haga merced de venirse conmigo á aquella iglesia que está allí frontero, que tengo un negocio que comunicar con V. S. en que me va la vida y la honra.

--De muy buena gana, respondió D. Juan; vamos, señor, donde quisiéredes.

Dicho esto, mano á mano se fueron á la iglesia, sentándose en un escaño, y en parte donde no pudiesen ser oidos. Lorenzo habló primero, y dijo:

--Yo, señor español, soy Lorenzo Bentibolli, si no de los mas ricos, de los mas principales desta ciudad; ser esta verdad tan notoria servirá de disculpa de alabarme yo propio: quedé huérfano algunos años ha, y quedó en mi poder una mi hermana, tan hermosa, que á no tocarme tanto, quizá os la alabara de manera, que me faltaran encarecimientos por no poder ningunos corresponder del todo á su belleza: ser yo honrado, y ella muchacha y hermosa, me hacian andar solícito en guardarla; pero todas mis prevenciones y diligencias las ha defraudado la voluntad arrojada de mi hermana Cornelia, que este es su nombre: finalmente por acortar, por no cansaros este que pudiera ser cuento largo, digo que el duque de Ferrara, Alfonso de Este, con ojos de lince venció á los de Argos, derribó y triunfó de mi industria, venciendo á mi hermana, y anoche me la llevó y sacó de casa de una parienta nuestra, y aun dicen que recien parida: anoche lo supe, y anoche le salí á buscar, y creo que le hallé y acuchillé; pero fué socorrido de algun ángel, que no consintió que con su sangre sacase la mancha de mi agravio: hame dicho mi parienta, que es la que todo esto me ha dicho, que el duque engañó á mi hermana debajo de palabra de recebirla por mujer: esto yo no lo creo, por ser desigual el matrimonio en cuanto á los bienes de fortuna, que en los de naturaleza el mundo sabe la calidad de los Bentibollis de Bolonia: lo que creo es que él se atuvo á lo que se atienen los poderosos, que quieren atropellar una doncella temerosa y recatada, poniéndole á la vista el dulce nombre de esposo, haciéndola creer que por ciertos respetos no se desposaba luego: mentiras aparentes de verdades, pero falsas y mal intencionadas. Pero sea lo que fuere, yo me veo sin hermana y sin honra, puesto que todo esto hasta agora, por mi parte lo tengo puesto debajo de la llave del silencio, y no he querido contar á nadie este agravio, hasta ver si le puedo remediar y satisfacer en alguna manera; que las infamias mejor es que se presuman y sospechen, que no que se sepan de cierto y distintamente, que entre el sí y el no de la duda, cada uno puede inclinarse á la parte que mas quisiere, y cada una tendrá sus valedores. Finalmente, yo tengo determinado de ir á Ferrara, y pedir al mismo duque la satisfacion de mi ofensa, y si la negare, desafiarle sobre el caso; y esto no ha de ser con escuadrones de gente, pues no los puedo ni formar ni sustentar, sino de persona á persona; para lo cual queria el ayuda de la vuestra, y que me acompañásedes en este camino, confiado en que lo haréis por ser español y caballero, como ya estoy informado; y por no dar cuenta á ningun pariente ni amigo mio, de quien no espero sino consejos y disuasiones, y de vos puedo esperar los que sean buenos y honrosos, aunque rompan por cualquier peligro: vos, señor, me habeis de hacer merced de venir conmigo, que llevando un español á mi lado, y tal como vos me pareceis, haré cuenta que llevo en mi guarda los ejércitos de Jerjes: mucho os pido, pero á mas obliga la deuda de responder á lo que la fama de vuestra nacion pregona.

--No mas, señor Lorenzo, dijo á esta sazon don Juan (que hasta allí sin interrumpirle palabra le habia estado escuchando), no mas, que desde aquí me constituyo por vuestro defensor y consejero, y tomo á mi cargo la satisfacion ó venganza de vuestro agravio; y esto no solo por ser español, sino por ser caballero, y serlo vos tan principal como habeis dicho, y como yo sé, y como todo el mundo sabe: mirad cuándo quereis que sea nuestra partida, y seria mejor que fuese luego, porque el hierro se ha de labrar miéntras estuviese encendido, y el ardor de la cólera acrecienta el ánimo, y la injuria reciente despierta la venganza.

Levantóse Lorenzo y abrazó apretadamente á D. Juan, y dijo:

--Á tan generoso pecho como el vuestro, señor D. Juan, no es menester moverle con ponerle otro interes delante que el de la honra que ha de ganar en este hecho, la cual desde aquí os la doy, si salimos felizmente deste caso, y por añadidura os ofrezco cuanto tengo, puedo y valgo: la ida quiero que sea mañana, porque hoy pueda prevenir lo necesario para ella.

--Bien me parece, dijo don Juan, y dadme licencia, señor Lorenzo, que yo pueda dar cuenta deste hecho á un caballero, camarada mio, de cuyo valor y silencio os podeis prometer harto mas que del mio.

--Pues vos, señor D. Juan, segun decís habeis tomado mi honra á vuestro cargo, disponed della como quisiéredes, y decid della lo que quisiéredes y á quien quisiéredes; cuanto mas, que camarada vuestro ¿quién puede ser que muy bueno no sea?

Con esto se abrazaron y despidieron, quedando que otro dia por la mañana le enviaria á llamar, para que fuera de la ciudad se pusiesen á caballo, y siguiesen disfrazados su jornada.

Volvió D. Juan, y dió cuenta á D. Antonio y á Cornelia de lo que con Lorenzo habia pasado, y el concierto que quedaba hecho.

--¡Válame Dios! dijo Cornelia, grande es, señor, vuestra cortesía, y grande vuestra confianza: ¿cómo? y ¿tan presto os habeis arrojado á emprender una hazaña llena de inconvenientes? y ¿qué sabeis vos, señor, si os lleva mi hermano á Ferrara, ó á otra parte? pero donde quiera que os llevare, bien podeis hacer cuenta que va con vos la fidelidad misma, aunque yo como desdichada en los átomos del sol tropiezo, de cualquier sombra temo; y ¿no quereis que tema, si está puesta en la respuesta del duque mi vida ó mi muerte, y qué sé yo, si responderá tan atentamente, que la cólera de mi hermano se contenga en los límites de su discrecion? y cuando así no salga, ¿paréceos que tiene flaco enemigo? y ¿no os parece que los dias que tardáredes he de quedar colgada, temerosa y suspensa, esperando las dulces ó amargas nuevas del suceso? ¿Quiero yo tan poco al duque, ó á mi hermano, que de cualquiera de los dos no tema las desgracias y las sienta en el alma?

--Mucho discurrís, y mucho temeis, señora Cornelia, dijo don Juan; pero dad lugar entre tantos miedos á la esperanza, y fiad en Dios, en mi industria y buen deseo, que habeis de ver con toda felicidad cumplido el vuestro: la ida de Ferrara no se escusa, ni el dejar de ayudar yo á vuestro hermano, tampoco: hasta agora no sabemos la intencion del duque, ni tampoco si él sabe vuestra falta, y todo esto se ha de saber de su boca, y nadie se lo podrá preguntar como yo: entended, señora Cornelia, que la salud y contento de vuestro hermano y el del duque llevo puestos en las niñas de mis ojos: yo miraré por ellos como por ellas.

--Si así os da el cielo, señor D. Juan, respondió Cornelia, poder para remediar, como gracia para consolar, en medio destos mis trabajos me cuento por bien afortunada; ya querria veros ir y volver, por mas que el temor me aflija en vuestra ausencia, ó la esperanza me suspenda.

D. Antonio aprobó la determinacion de D. Juan, y le alabó la buena correspondencia que en él habia hallado la confianza de Lorenzo Bentibolli: díjole mas, que él querria ir á acompañarlos, por lo que podia suceder.

--Eso no, dijo D. Juan, así porque no será bien que la señora Cornelia quede sola, como porque no piense el señor Lorenzo, que me quiero valer de esfuerzos ajenos.

--El mio es el vuestro mismo, replicó D. Antonio, y así, aunque sea desconocido y desde léjos, os tengo de seguir, que la señora Cornelia sé que gustará dello, y no queda tan sola que le falte quien la sirva, la guarde y acompañe. Á lo cual Cornelia dijo:

--Gran consuelo será para mí, señores, si sé que vais juntos, ó á lo ménos de modo que os favorezcais el uno á otro, si el caso lo pidiere; y pues al que vais á mí se me semeja ser de peligro, hacedme merced, señores, de llevar estas reliquias con vosotros.

Y diciendo esto, sacó del seno una cruz de diamantes de inestimable valor, y un _agnus_ de oro tan rico como la cruz. Miraron los dos las ricas joyas, y apreciáronlas aun mas que lo que habian apreciado el cintillo; pero volviéronselas, no queriendo tomarlas en ninguna manera, diciendo que ellos llevarian reliquias consigo, si no tan bien adornadas, á lo ménos en su calidad tan buenas. Pesóle á Cornelia el no aceptarlas, pero al fin hubo de estar á lo que ellos querian.

El ama tenia gran cuidado de regalar á Cornelia, y sabiendo la partida de sus amos, de que le dieron cuenta, pero no á lo que iban ni adónde iban, se encargó de mirar por la señora (cuyo nombre aun no sabia), de manera que sus mercedes no hiciesen falta. Otro dia bien de mañana ya estaba Lorenzo á la puerta, y D. Juan de camino con el sombrero del cintillo, á quien adornó de plumas negras y amarillas, y cubrió el cintillo con una toquilla negra. Despidiéronse de Cornelia, la cual imaginando que tenia á su hermano tan cerca, estaba tan temerosa, que no acertó á decir palabra á los dos que della se despidieron.

Salió primero Don Juan, y con Lorenzo se fué fuera de la ciudad, y en una huerta algo desviada hallaron dos muy buenos caballos, con dos mozos que del diestro los tenian. Subieron en ellos, y los mozos delante, por sendas y caminos desusados caminaron á Ferrara: D. Antonio sobre un cuartago suyo, y otro vestido y disimulado los seguia; pero parecióle que se recataban dél, especialmente Lorenzo, y así acordó de seguir el camino derecho de Ferrara, con seguridad que allí los encontraria.

Apénas hubieron salido de la ciudad, cuando Cornelia dió cuenta al ama de todos sus sucesos, y de cómo aquel niño era suyo y del duque de Ferrara, con todos los puntos que hasta aquí se han contado, tocantes á su historia, no encubriéndole como el viaje que llevaban sus señores era á Ferrara, acompañando á su hermano, que iba á desafiar al duque Alfonso. Oyendo lo cual el ama (como si el demonio se lo mandara, para intricar, estorbar ó dilatar el remedio de Cornelia), dijo:

--¡Ay, señora de mi alma! ¿y todas esas cosas han pasado por vos, y estais aquí descuidada y á pierna tendida? Ó no teneis alma, ó teneisla tan desmazalada que no siente. ¿Cómo, y pensais vos por ventura, que vuestro hermano va á Ferrara? No lo penseis, sino pensad y creed que ha querido llevar á mis amos de aquí, y ausentarlos desta casa, para volver á ella y quitaros la vida, que lo podrá hacer, como quien bebe un jarro de agua: mirad debajo de qué guarda y amparo quedámos, sino en la de tres pajes, que harto tienen ellos que hacer en rascarse la sarna de que están llenos, que en meterse en dibujos: á lo ménos de mi sé decir, que no tendré ánimo para esperar el suceso y ruina que á esta casa amenaza: ¡el señor Lorenzo, italiano, y que se fie de españoles, y les pida favor y ayuda! para mi ojo, si tal crea (y dióse ella misma una higa); si vos, hija mia, quisiéredes tomar mi consejo, yo os le daria tal que os luciese.

Pasmada, atónita y confusa estaba Cornelia oyendo las razones del ama, que las decia con tanto ahinco, y con tantas muestras de temor, que le pareció ser todo verdad lo que le decia, y quizá estaban muertos D. Juan y D. Antonio, y que su hermano entraba por aquellas puertas, y la cosia á puñaladas; y así le dijo:

--Y ¿qué consejo me daríades vos, amiga, que fuese saludable, y que previniese la sobrestante desventura?

--Y como que le daré tal y tan bueno, que no pueda mejorarse, dijo el ama: yo, señora, he servido á un piovano, á un cura, digo, de una aldea, que está dos millas de Ferrara: es una persona santa y buena, y que hará por mí todo lo que yo le pidiere, porque me tiene obligacion mas que de amo: vámonos allá, que yo buscaré quien nos lleve luego, y la que viene á dar de mamar al niño es mujer pobre, y se irá con nosotras al cabo del mundo; y ya, señora, que presupongamos que has de ser hallada, mejor será que te hallen en casa de un sacerdote de misa, viejo y honrado, que en poder de dos estudiantes, mozos y españoles, que los tales, como soy yo buen testigo, no desechan ripio, y agora, señora, como estás mala, te han guardado respeto; pero si sanas y convaleces en su poder, Dios lo podrá remediar, porque en verdad, que si á mí no me hubieran guardado mis repulsas, desdenes y enterezas, ya hubieran dado conmigo y con mi honra al traste; porque no es todo oro lo que en ellos reluce: uno dicen, y otro piensan; pero hanlo habido conmigo, que soy taimada, y sé dó me aprieta el zapato, y sobre todo soy bien nacida, que soy de los Cribelos de Milan, y tengo el punto de la honra diez millas mas allá de las nubes; y en esto se podrá echar de ver, señora mia, las calamidades que por mí han pasado, pues con ser quien soy, he venido á ser masara de españoles, á quien ellos llaman ama; aunque á la verdad no tengo de qué quejarme de mis amos, porque son unos benditos, como no estén enojados, y en esto parecen vizcaínos, como ellos dicen que lo son; pero quizá para contigo serán gallegos, que es otra nacion, segun es fama, algo ménos puntual y bien mirada que la vizcaína.

En efeto, tantas y tales razones le dijo, que la pobre Cornelia se dispuso á seguir su parecer; y así en ménos de cuatro horas, disponiéndolo el ama, y consintiéndolo ella, se vieron dentro de una carroza las dos y la ama del niño, y sin ser sentidas de los pajes, se pusieron en camino para la aldea del cura; y todo esto se hizo á persuasion del ama, y con sus dineros, porque la habian pagado sus señores un año de su sueldo, y así no fué menester empeñar una joya que Cornelia le daba; y como habian oido decir á D. Juan que él y su hermano no habian de seguir el camino derecho de Ferrara, sino por sendas apartadas, quisieron ellas seguir el derecho, y poco á poco por no encontrarse con ellos, y el dueño de la carroza se acomodó al paso de la voluntad dellas, porque le pagaron al gusto de la suya.

Dejémoslas ir, que ellas van tan atrevidas como bien encaminadas, y sepamos qué les sucedió á D. Juan de Gamboa y al señor Lorenzo Bentibolli: de los cuales se dice que en el camino supieron que el duque no estaba en Ferrara, sino en Bolonia; y así dejando el rodeo que llevaban, se vinieron al camino real, ó á la estrada maestra, como allá se dice, considerando que aquella habia de traer el duque, cuando de Bolonia volviese. Y á poco espacio que en ella habian entrado, habiendo tendido la vista hácia Bolonia por ver si por él alguno venia, vieron un tropel de gente de á caballo, y entónces dijo D. Juan á Lorenzo que se desviase del camino, porque si acaso entre aquella gente viniese el duque, le queria hablar allí ántes que se encerrase en Ferrara que estaba poco distante. Hízolo así Lorenzo, y aprobó el parecer de D. Juan.

Así como se apartó Lorenzo quitó D. Juan la toquilla que encubria el rico cintillo, y esto no con falta de discreto discurso, como él despues lo dijo.

En esto llegó la tropa de los caminantes, y entre ellos venia una mujer sobre una pia, vestida de camino, y el rostro cubierto con una mascarilla, ó por mejor encubrirse, ó por guardarse del sol y del aire. Paró el caballo D. Juan en medio del camino, y estuvo con el rostro descubierto á que llegasen los caminantes, y en llegando cerca, el talle, el brio, el poderoso caballo, la bizarría del vestido y las luces de los diamantes, llevaron tras sí los ojos de cuantos allí venian, especialmente los del duque de Ferrara, que era uno dellos, el cual como puso los ojos en el cintillo, luego se dió á entender que el que le traia era D. Juan de Gamboa, el que le habia librado en la pendencia; y tan de veras aprendió esta verdad, que sin hacer otro discurso, arremetió su caballo hácia D. Juan, diciendo:

--No creo que me engañaré en nada, señor caballero, si os llamo D. Juan de Gamboa, que vuestra gallarda disposicion y el adorno dese capelo me lo están diciendo.

--Así es la verdad, respondió D. Juan, porque jamas supe ni quise encubrir mi nombre: pero decidme, señor, quién sois, porque yo no caiga en alguna descortesía.

--Eso será imposible, respondió el duque, que para mí tengo que no podeis ser descortés en ningun caso: con todo eso os digo, señor D. Juan, que yo soy el duque de Ferrara, y el que está obligado á serviros todos los dias de su vida, pues no ha cuatro noches que vos se la disteis.

No acabó de decir esto el duque, cuando D. Juan, con estraña lijereza, saltó del caballo, y acudió á besar los piés del duque; pero por presto que llegó, ya el duque estaba fuera de la silla, de modo que se acabó de apear en brazos de D. Juan.

El señor Lorenzo, que desde algo léjos miraba estas ceremonias, no pensando que lo eran de cortesía, sino de cólera, arremetió su caballo; pero en la mitad del repelon le detuvo, porque vió abrazados muy estrechamente al duque y á D. Juan, que ya habia conocido al duque. El duque, por cima de los hombros de don Juan, miró á Lorenzo, y conocióle, de cuyo conocimiento algun tanto se sobresaltó, y así como estaba abrazado preguntó á D. Juan si Lorenzo Bentibolli, que allí estaba, venia con él ó no. Á lo cual D. Juan respondió:

--Apartémonos algo de aquí, y contaréle á vuestra Escelencia grandes cosas.

Hízolo así el duque, y D. Juan le dijo:

--Señor, Lorenzo Bentibolli, que allí veis, tiene una queja de vos, no pequeña: dice que habrá cuatro noches que sacastes á su hermana, la señora Cornelia, de casa de una prima suya, y que la habeis engañado y deshonrado, y quiere saber de vos qué satisfacion le pensais hacer, para que él vea lo que le conviene: pidióme que fuese su valedor y medianero: yo se lo ofrecí, porque por los barruntos que él me dió de la pendencia, conocí que vos, señor, érades el dueño deste cintillo, que por liberalidad y cortesía vuestra quisistes que fuese mio, y viendo que ninguno podia hacer vuestras partes mejor que yo, como ya he dicho, le ofrecí mi ayuda: querria yo agora, señor, me dijésedes lo que sabeis acerca deste caso, y si es verdad lo que Lorenzo dice.

--¡Ay, amigo! respondió el duque; es tan verdad, que no me atreveria á negarla aunque quisiese: yo no he engañado ni sacado á Cornelia, aunque sé que falta de la casa que dice: no la he engañado, porque la tengo por mi esposa: no la he sacado, porque no sé della: si públicamente no celebré mis desposorios, fué porque aguardaba que mi madre (que está ya en lo último) pasase desta á mejor vida, que tiene deseo que sea mi esposa la señora Livia, hija del duque de Mantua, y por otros inconvenientes quizá mas eficaces que los dichos, y no conviene que ahora se digan: lo que pasa es que la noche que me socorristes, la habia de traer á Ferrara, porque estaba ya en el mes de dar á la luz la prenda que ordenó el cielo que en ella depositase; ó ya fuese por la riña, ó ya por mi descuido, cuando llegué á su casa hallé que salia la secretaria de nuestros conciertos: preguntéle por Cornelia, díjome que ya habia salido, y que aquella noche habia parido un niño, el mas bello del mundo, y que se le habia dado á un Fabio mi criado: la doncella es aquella que allí viene: el Fabio está aquí, y el niño ni Cornelia no parecen: y yo he estado estos dos dias en Bolonia, esperando y escudriñando oir algunas nuevas de Cornelia, pero no he sentido nada.

--Dese modo, señor, dijo D. Juan, que cuando Cornelia y vuestro hijo pareciesen ¿no negaréis ser vuestra esposa y él vuestro hijo?

--No por cierto; porque aunque me precio de caballero, mas me precio de cristiano; y mas que Cornelia es tal, que merece ser señora de un reino: pareciese ella, y viva ó muera mi madre, que el mundo sabrá, que si supe ser amante, supe la fe que di en secreto guardarla en público.

--Luego ¿bien diréis, dijo D. Juan, lo que á mí me habeis dicho, á vuestro hermano el señor Lorenzo?

--Antes me pesa, respondió el duque, de que tarde tanto en saberlo.

Al instante hizo D. Juan señas á Lorenzo que se apease y viniese donde ellos estaban, como lo hizo, bien ajeno de pensar la buena nueva que le esperaba. Adelantóse el duque á recebirle con los brazos abiertos, y la primera palabra que le dijo fué llamarle hermano.

Apénas supo Lorenzo responder á salutacion tan amorosa, ni á tan cortés recebimiento; y estando así suspenso, ántes que hablase palabra, D. Juan le dijo:

--El duque, señor Lorenzo, confiesa la conversacion secreta que ha tenido con vuestra hermana la señora Cornelia: confiesa asimismo que es su legítima esposa, y que como lo dice aquí lo dirá públicamente cuando se ofreciere: concede asimismo que fué ha cuatro noches á sacarla de casa de su prima para traerla á Ferrara, y aguardar coyuntura de celebrar sus bodas, que las ha dilatado por justísimas causas que me ha dicho: dice asimismo la pendencia que con vos tuvo, y que cuando fué por Cornelia encontró con Sulpicia, su doncella, que es aquella mujer que allí viene, de quien supo que Cornelia no habia una hora que habia parido, y que ella dió la criatura á un criado del duque, y que luego Cornelia, creyendo que estaba allí el duque, habia salido de casa medrosa, porque imaginaba que ya vos, señor Lorenzo, sabíades sus tratos. Sulpicia no dió el niño al criado del duque, sino á otro en su cambio: Cornelia no parece, él se culpa de todo, y dice que cada y cuando que la señora Cornelia parezca, la recebirá como á su verdadera esposa: mirad, señor Lorenzo, si hay mas que decir, ni mas que desear, sino es el hallazgo de las dos tan ricas como desgraciadas prendas.

Á esto respondió el señor Lorenzo, arrojándose á los piés del duque, que porfiaba por levantarlo:

--De vuestra cristiandad y grandeza, serenísimo señor y hermano mio, no podíamos mi hermana y yo esperar menor bien del que á entrambos nos haceis: á ella en igualarla con vos, y á mí en ponerme en el número de vuestros criados.

Ya en esto se le arrasaban los ojos de lágrimas, y al duque lo mismo, enternecidos, el uno con la pérdida de su esposa, y el otro con el hallazgo de tan buen cuñado; pero considerando que pareceria flaqueza dar muestras con lágrimas de tanto sentimiento, las reprimieron y volvieron á encerrar en los ojos; y los de D. Juan alegres casi les pedian las albricias de haber parecido Cornelia y su hijo, pues los dejaba en su misma casa.

En esto estaban, cuando se descubrió D. Antonio de Isunza, que fué conocido de D. Juan en el cuartago desde algo léjos, pero cuando llegó cerca se paró, y vió los caballos de D. Juan y de Lorenzo, que los mozos tenian del diestro y acullá desviados: conoció á D. Juan y á Lorenzo, pero no al duque, y no sabia qué hacerse, si llegaria ó no adonde D. Juan estaba: y llegándose á los criados del duque, les preguntó si conocian á aquel caballero que con los otros dos estaba, señalando al duque. Fuéle respondido, ser el duque de Ferrara: con que quedó mas confuso y ménos sin saber qué hacerse; pero sacóle de su perplejidad D. Juan llamándole por su nombre. Apeóse D. Antonio, viendo que todos estaban á pié, y llegóse á ellos: recebióle el duque con mucha cortesía, porque D. Juan le dijo que era su camarada. Finalmente, D. Juan contó á D. Antonio todo lo que con el duque le habia sucedido hasta que él llegó. Alegróse en estremo D. Antonio, y dijo á D. Juan:

--¿Por qué, señor D. Juan, no acabais de poner la alegría y el contento destos señores en su punto, pidiendo las albricias del hallazgo de la señora Cornelia y de su hijo?

--Si vos no llegárades, señor D. Antonio, yo las pidiera, pero pedidlas vos, que yo aseguro que os las den de muy buena gana.

Como el duque y Lorenzo oyeron tratar del hallazgo de Cornelia y de albricias, preguntaron qué era aquello.

--¿Qué ha de ser, respondió D. Antonio, sino que yo quiero hacer un personaje en esta trágica comedia, y ha de ser el que pide las albricias del hallazgo de la señora Cornelia y de su hijo, que quedan en mi casa?

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Un respiro entre páginas.

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