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Novelas ejemplaresMiguel de Cervantes

CAPÍTULO 17

PRÓLOGO VII · continuación 15

Asomóse el huésped á la puerta de la sala, y dijo:

--¿Oíslo, señora? haced que entre aquí Costancica.

Cuando la huéspeda oyó que el corregidor llamaba á Costanza, turbóse y comenzó á torcerse las manos, diciendo:

--¡Ay, desdichada de mí, el corregidor á Costanza y á solas! algun gran mal debe de haber sucedido, que la hermosura desta muchacha trae encantados los hombres.

Costanza, que lo oia, dijo:

--Señora, no se congoje, que yo iré á ver lo que el señor corregidor quiere, y si algun mal hubiere sucedido, esté segura vuesa merced que no tendré yo la culpa.

Y en esto sin aguardar que otra vez la llamasen, tomó una vela encendida sobre un candelero de plata, y con mas vergüenza que temor, fué donde el corregidor estaba.

Así como el corregidor la vió, mandó al huésped que cerrase la puerta de la sala, lo cual hecho, el corregidor se levantó y tomando el candelero que Costanza traia, llegándole la luz al rostro, la anduvo mirando toda de arriba abajo; y como Costanza estaba con sobresalto, habíasele encendido la color del rostro, y estaba tan hermosa y tan honesta, que al corregidor le pareció que estaba mirando la hermosura de un ángel en la tierra; y despues de haberla bien mirado, dijo:

--Huésped, esta no es joya para estar en el bajo engaste de un meson; desde aquí digo que mi hijo Periquito es discreto, pues tan bien ha sabido emplear sus pensamientos: digo, doncella, que no solamente os pueden y deben llamar ilustre, sino ilustrísima; pero estos títulos no habian de caer sobre el nombre de Fregona, sino sobre el de una duquesa.

--No es fregona, señor, dijo el huésped; que no sirve de otra cosa en casa que de traer las llaves de la plata, que por la bondad de Dios tengo alguna, con que se sirven los huéspedes honrados que á esta posada vienen.

--Con todo eso, dijo el corregidor, digo, huésped, que ni es decente ni conviene que esta doncella esté en un meson: ¿es parienta vuestra, por ventura?

--Ni es mi parienta, ni es mi criada; y si vuesa merced gustare de saber quién es, como ella no esté delante, oirá vuesa merced cosas que juntamente con darle gusto le admiren.

--Sí gustaré, dijo el corregidor, y sálgase Costancica allá fuera, y prométase de mí lo que de su mismo padre pudiera prometerse, que su mucha honestidad y hermosura obligan á que todos los que la vieren se ofrezcan á su servicio.

No respondió palabra Costanza, sino con mucha mesura hizo una profunda reverencia al corregidor, y salióse de la sala, y halló á su ama desalada esperándola para saber della qué era lo que el corregidor la queria. Ella le contó lo que habia pasado, y cómo su señor quedaba con él para contalle no sé qué cosas que no queria que ella las oyese. No acabó de sosegarse la huéspeda, y siempre estuvo rezando hasta que se fué el corregidor, y vió salir libre á su marido, el cual en tanto que estuvo con el corregidor, le dijo:

--Hoy hacen, señor, segun mi cuenta quince años, un mes y cuatro dias que llegó á esta posada una señora en hábito de peregrina, en una litera, acompañada de cuatro criados de á caballo y de dos dueñas y una doncella, que en un coche venian: traia asimismo dos acémilas cubiertas con dos ricos reposteros, y cargadas con una rica cama y con aderezos de cocina: finalmente, el aparato era principal, y la peregrina representaba ser una gran señora; y aunque en la edad mostraba ser de cuarenta ó pocos mas años, no por eso dejaba de parecer hermosa en todo estremo: venia enferma y descolorida, y tan fatigada, que mandó que luego le hiciesen la cama, y en esta misma sala se la hicieron sus criados. Preguntáronme cuál era el médico de mas fama desta ciudad. Díjeles que el doctor de la Fuente. Fueron luego por él, y él vino luego: comunicó á solas con él su enfermedad; y lo que de su plática resultó fué que mandó el médico que se le hiciese la cama en otra parte, y en lugar donde no le diesen ningun ruido. Al momento la mudaron á otro aposento, que está aquí arriba apartado y con la comodidad que el doctor pedia. Ninguno de los criados entraba donde su señora, y solas las dos dueñas y la doncella la servian. Yo y mi mujer preguntamos á los criados quién era la tal señora y cómo se llamaba, y de dónde venia y dónde iba, si era casada, viuda ó doncella, y por qué causa se vestia aquel hábito de peregrina. Á todas estas preguntas que les hicimos una y muchas veces, no hubo alguno que nos respondiese otra cosa, sino que aquella peregrina era una señora principal y rica de Castilla la Vieja, y que no tenia hijos que la heredasen; y que porque habia algunos meses que estaba enferma de hidropesía, habia ofrecido de ir á Nuestra Señora de Guadalupe en romería, por la cual promesa iba en aquel hábito. En cuanto á decir su nombre, traian órden de no llamarla sino la señora peregrina. Esto supimos por entónces; pero á cabo de tres dias que por enferma la señora peregrina se estaba en casa, una de las dueñas nos llamó á mí y á mi mujer de su parte: fuimos á ver lo que queria, y á puerta cerrada y delante de sus criadas, casi con lágrimas en los ojos nos dijo creo que estas mismas razones:

--Señores mios, los cielos me son testigos que sin culpa mia me hallo en el riguroso trance que ahora os diré; yo estoy preñada, y tan cerca del parto, que ya los dolores me van apretando: ninguno de los criados que vienen conmigo saben mi necesidad y desgracia: á estas mis mujeres, ni he podido, ni he querido encubrírselo: por huir de los maliciosos ojos de mi tierra, y porque esta hora no me tomase en ella, hice voto de ir á Nuestra Señora de Guadalupe: ella debe de haber sido servida que en esta vuestra casa me tome el parto: á vosotros está ahora el remediarme y acudirme con el secreto que merece la que su honra pone en vuestras manos: la paga de la merced que me hiciéredes, que así quiero llamarla, si no respondiere al gran beneficio que espero, responderá á lo ménos á dar muestra de una voluntad muy agradecida, y quiero que comiencen á dar muestras de mi voluntad estos doscientos escudos de oro que van en este bolsillo.

Y sacando debajo de la almohada de la cama un bolsillo de aguja de oro y verde, se le puso en las manos de mi mujer, la cual como simple, y sin mirar lo que hacia, porque estaba suspensa y colgada de la peregrina, tomó el bolsillo sin responderle palabra de agradecimiento ni de comedimiento alguno: yo me acuerdo que le dije que no era menester nada de aquello, que no éramos personas que por interes mas que por caridad nos movíamos á hacer bien cuando se ofrecia. Ella prosiguió diciendo:

--Es menester, amigos, que busqueis donde llevar lo que pariere luego luego, buscando tambien mentiras que decir á quien lo entregáredes, que por ahora será en la ciudad, y despues quiero que se lleve á una aldea: de lo que despues se hubiere de hacer, siendo Dios servido de alumbrarme y de llevarme á cumplir mi voto, cuando de Guadalupe vuelva, lo sabréis, porque el tiempo me habrá dado lugar de que piense y escoja lo mejor que me convenga: partera no la he menester ni la quiero, que otros partos mas honrados que he tenido, me aseguran que con sola la ayuda destas mis criadas facilitaré sus dificultades, y ahorraré un testigo mas de mis sucesos.

Aquí dió fin á su razonamiento la lastimada peregrina, y principio á un copioso llanto, que en parte fué consolado por las muchas y buenas razones que mi mujer, ya vuelta en mas acuerdo, le dijo: finalmente, yo salí luego á buscar donde llevar lo que pariese á cualquier hora que fuese; y entre las doce y la una de aquella misma noche, cuando toda la gente de casa estaba entregada al sueño, la buena señora parió una niña, la mas hermosa que mis ojos hasta entónces habian visto, que es esta misma que vuesa merced acaba de ver ahora: ni la madre se quejó en el parto, ni la hija nació llorando: en todos habia sosiego y silencio maravilloso, y tal, cual convenia para el secreto de aquel estraño caso. Otros seis dias estuvo en la cama, y en todos ellos venia el médico á visitarla; pero no porque ella le hubiese declarado de qué procedia su mal; y las medicinas que le ordenaba, nunca las puso en ejecucion, porque solo pretendió engañar á sus criados con la visita del médico. Todo esto me dijo ella misma despues que se vió fuera de peligro, y á los ocho dias se levantó con el mismo bulto, ó con otro que se parecia á aquel con que se habia echado.

Fué á su romería, y volvió de allí á veinte dias ya casi sana, porque poco á poco se iba quitando del artificio, con que despues de parida se mostraba hidrópica. Cuando volvió estaba ya la niña dada á criar por mi órden con nombre de mi sobrina, en una aldea dos leguas de aquí: en el bautismo se le puso por nombre Costanza, que así lo dejó ordenado su madre, la cual contenta de lo que yo habia hecho, al tiempo de despedirse me dió una cadena de oro que hasta ahora tengo, de la cual quitó seis trozos, los cuales dijo que traeria la persona que por la niña viniese: tambien cortó un blanco pergamino á vueltas y á ondas, á la traza y manera como cuando se enclavijan las manos, y en los dedos se escribe alguna cosa, que estando enclavijados los dedos se puede leer, y despues de apartadas las manos queda dividida la razon, porque se dividen las letras, que en volviendo á enclavijar los dedos se juntan y corresponden de manera que se pueden leer continuadamente: digo que el un pergamino sirve de alma del otro, y encajados se leerán, y divididos no es posible, si no es adivinando la mitad del pergamino; y casi toda la cadena quedó en mi poder, y todo lo tengo, esperando el contraseño hasta ahora; puesto que ella me dijo que dentro de dos años enviaria por su hija, encargándome que la criase no como quien ella era, sino del modo que se suele criar una labradora. Encargóme tambien que si por algun suceso no le fuese posible enviar tan presto por su hija, que aunque creciese y llegase á tener entendimiento, no la dijese del modo que habia nacido; y que la perdonase el no decirme su nombre, ni quién era; que lo guardaba para otra ocasion mas importante. En resolucion, dándome otros cuatrocientos escudos de oro, y abrazando á mi mujer con tiernas lágrimas, se partió, dejándonos admirados de su discrecion, valor, hermosura y recato. Costanza se crió en el aldea dos años, y luego la truje conmigo, y siempre la he traido en hábito de labradora, como su madre me lo dejó mandado. Quince años, un mes y cuatro dias ha que aguardo á quien ha de venir por ella, y la mucha tardanza me ha consumido la esperanza de ver esta venida, y si en este año en que estamos no vienen, tengo determinado de prohijalla, y darle toda mi hacienda, que vale mas de seis mil ducados, Dios sea bendito.

Resta ahora, señor corregidor, decir á vuesa merced, si es posible que yo sepa decir las bondades y las virtudes de Costancica. Ella, lo primero y principal es devotísima de Nuestra Señora: confiesa y comulga cada mes; sabe escribir y leer; no hay mayor randera en Toledo; canta á la almohadilla como unos ángeles; en ser honesta no hay quien la iguale, pues en lo que toca á ser hermosa, ya vuesa merced lo ha visto. El señor D. Pedro, hijo de vuesa merced, en su vida la ha hablado; bien es verdad que de cuando en cuando le da alguna música, que ella jamas escucha. Muchos señores, y de título, han posado en esta posada, y aposta por hartarse de verla han detenido su camino muchos dias; pero yo sé bien que no habrá ninguno que con verdad se pueda alabar que ella le haya dado lugar de decirle una palabra sola, ni acompañada. Esta es, señor, la verdadera historia de la ilustre Fregona, que no friega, en la cual no he salido de la verdad un punto.

Calló el huésped, y tardó un gran rato el corregidor en hablarle: tan suspenso le tenia el suceso que el huésped le habia contado; en fin, le dijo que le trujese allí la cadena y el pergamino, que queria verlo. Fué el huésped por ello, y trayéndoselo, vió que era así como le habia dicho: la cadena era de trozos, curiosamente labrada: en el pergamino estaban escritas, una debajo de otra, en el espacio que habia de henchir el vacío de la otra mitad, estas letras: E. T. E. L. S. N. V. D. D. R. Por las cuales letras vió ser forzoso que se juntasen con las de la mitad del otro pergamino, para poder ser entendidas. Tuvo por discreta la señal del conocimiento, y juzgó por muy rica á la señora peregrina, que tal cadena habia dejado al huésped; y teniendo en pensamiento de sacar de aquella posada á la hermosa muchacha, cuando hubiese concertado un monasterio donde llevarla, por entónces se contentó de llevar solo el pergamino, encargando al huésped que si acaso viniesen por Costanza, le avisase y diese noticia de quién era el que por ella venia, ántes que le mostrase la cadena, que dejaba en su poder. Con esto, se fué, tan admirado del cuento y suceso de la Ilustre Fregona, como de su incomparable hermosura.

Todo el tiempo que gastó el huésped en estar con el corregidor, y el que ocupó Costanza cuando la llamaron, estuvo Tomas fuera de sí, combatida el alma de mil varios pensamientos, sin acertar jamas con ninguno de su gusto; pero cuando vió que el corregidor se iba y que Costanza se quedaba, respiró su espíritu, volviéronle los pulsos, que ya casi desamparado le tenian: no osó preguntar al huésped lo que el corregidor queria, ni el huésped lo dijo á nadie, sino á su mujer, con que ella tambien volvió en sí, dando gracias á Dios, que de tan grande sobresalto la habia librado.

El dia siguiente, cerca de la una, entraron en la posada, con cuatro hombres de á caballo, dos caballeros ancianos de venerables presencias, habiendo primero preguntado uno de los mozos que á pié con ellos venian si era aquella la posada del Sevillano; y habiéndole respondido que sí, se entraron todos en ella. Apeáronse los cuatro, y fueron á apear los dos ancianos, señal por do se conoció que aquellos dos eran señores de los seis. Salió Costanza con su acostumbrada gentileza á ver los nuevos huéspedes; y apénas la hubo visto uno de los dos ancianos, cuando dijo al otro:

--Yo creo, señor don Juan, que hemos hallado todo aquello que venimos á buscar.

Tomas, que acudió á dar recado á las cabalgaduras, conoció luego á dos criados de su padre, y luego conoció á su padre y al padre de Carriazo, que eran los dos ancianos á quien los demas respetaban; y aunque se admiró de su venida, consideró que debian de ir á buscar á él y á Carriazo á las almadrabas, que no habria faltado quien les hubiese dicho que en ellas, y no en Flándes, los hallarian; pero no se atrevió á dejarse conocer en aquel traje, ántes, aventurándolo todo, puesta la mano en el rostro pasó por delante dellos, y fué á buscar á Costanza, y quiso la buena suerte que la hallase sola, y apriesa y con lengua turbada, temeroso que ella no le daria lugar para decirle nada, le dijo:

--Costanza, uno destos dos caballeros ancianos que aquí han llegado ahora es mi padre, que es aquel que oyeres llamar D. Juan de Avendaño; infórmate de sus criados si tiene un hijo que se llama D. Tomas de Avendaño, que soy yo, y de aquí podrás ir coligiendo y averiguando que te he dicho verdad en cuanto á la calidad de mi persona, y que te la diré en cuanto de mi parte te tengo ofrecido; y quédate adios, que hasta que ellos se vayan no pienso volver á esta casa.

No le respondió nada Costanza, ni él aguardó á que le respondiese, sino volviéndose á salir cubierto como habia entrado, se fué á dar cuenta á Carriazo de cómo sus padres estaban en la posada. Dió voces el huésped á Tomas que viniese á dar cebada; pero como no pareció, dióla él mismo. Uno de los dos ancianos llamó aparte á una de las dos mozas gallegas, y preguntóle cómo se llamaba aquella muchacha hermosa que habian visto, y que si era hija ó parienta del huésped ó huéspeda de casa. La gallega le respondió:

--La moza se llama Costanza, ni es parienta del huésped ni de la huéspeda, ni sé lo que es: solo digo que la doy á la mala landre, que no sé qué tiene, que no deja hacer baza á ninguna de las mozas que estamos en esta casa, pues en verdad que tenemos nuestras faciones como Dios nos las puso: no entra huésped que no pregunte luego quién es la hermosa, y que no diga: bonita es, bien parece, á fe que no es mala, mal año para las mas pintadas, nunca peor me la depare la fortuna; y á nosotras no hay quien nos diga: ¿qué teneis ahí, diablos, ó mujeres, ó lo que sois?

--Luego esta niña á esa cuenta, replicó el caballero, debe de dejarse manosear y requebrar de los huéspedes.

Sí, respondió la gallega, tenedle el pié al herrar, bonita es la niña para eso: par Dios, señor, si ella se dejara mirar siquiera, manara en oro: es mas áspera que un erizo: es una traga avemarías, labrando está todo el dia y rezando: para el dia que ha de hacer milagros, quisiera yo tener un cuento de renta: mi ama dice que trae un silicio pegado á las carnes, y que es una santa.

Contentísimo el caballero de lo que habia oido á la gallega, sin esperar á que le quitasen las espuelas, llamó al huésped, y retirándose con él aparte en una sala le dijo:

--Yo, señor huésped, vengo á quitaros una prenda mia, que ha algunos años que teneis en vuestro poder; para quitárosla os traigo mil escudos de oro y estos trozos de cadena, y este pergamino.

Diciendo esto, sacó los seis de la señal de la cadena que él tenia: asimismo conoció el pergamino, y alegre sobremanera con el ofrecimiento de los mil escudos, respondió:

--Señor, la prenda que quereis quitar está en casa; pero no están en ella la cadena ni el pergamino con que se ha de hacer la prueba de la verdad, que yo creo que vuesa merced trata; y así le suplico tenga paciencia, que yo vuelvo luego.

Y al momento fué á avisar al corregidor de lo que pasaba, y de cómo estaban dos caballeros en su posada, que venian por Costanza.

Acababa de comer el corregidor, y con el deseo que tenia de ver el fin de aquella historia, subió luego á caballo, y vino á la posada del Sevillano, llevando consigo el pergamino de la muestra; y apénas hubo visto á los dos caballeros, cuando abiertos los brazos fué á abrazar al uno, diciendo:

--¡Válame Dios! ¡qué buena venida es esta, señor D. Juan de Avendaño, primo y señor mio!

El caballero le abrazó asimismo, diciéndole:

--Sin duda, señor primo, habrá sido buena mi venida, pues os veo, y con la salud que siempre os deseo: abrazad, primo, á este caballero, que es el señor D. Diego de Carriazo, gran señor, y amigo mio.

--Ya conozco al señor D. Diego, respondió el corregidor, y le soy muy servidor.

Y abrazándose los dos, despues de haberse recebido con grande amor y grandes cortesías, se entraron en una sala, donde se quedaron solos con el huésped, el cual ya tenia consigo la cadena, y dijo:

--Ya el señor corregidor sabe á lo que vuesa merced viene, señor D. Diego de Carriazo: vuesa merced saque los trozos que faltan á esta cadena, y el señor corregidor sacará el pergamino que está en su poder, y hagamos la prueba que ha tantos años que espero á que se haga.

--Desa manera, respondió D. Diego, no habrá necesidad de dar cuenta de nuevo al señor corregidor de nuestra venida, pues bien se verá que ha sido á lo que vos, señor huésped, habréis dicho.

--Algo me ha dicho, pero mucho me quedó por saber: el pergamino héle aquí.

Sacó D. Diego el otro, y juntando las dos partes, se hicieron una, y á las letras del que tenia el huésped, que como se ha dicho eran E. T. E. L. S. N. V. D. D. R. respondian en el otro pergamino estas: S. A. S. A. E. A. L. E. R. A. E. A., que todas juntas decian: _Esta es la señal verdadera_. Cotejáronse luego los trozos de la cadena, y hallaron ser las señas verdaderas.

--Esto está hecho, dijo el corregidor: resta ahora saber, si es posible, quiénes son los padres desta hermosísima prenda.

--El padre, respondió D. Diego, yo lo soy, la madre ya no vive; basta saber que fué tan principal, que pudiera yo ser su criado; y porque como se encubre su nombre, no se encubra su fama, ni se culpe lo que en ella parece manifiesto error y culpa conocida, se ha de saber que la madre desta prenda, siendo viuda de un gran caballero, se retiró á una aldea suya, y allí con recato y con honestidad grandísima pasaba con sus criados y vasallos una vida sosegada y quieta: ordenó la suerte que un dia, yendo yo á caza por el término de su lugar, quise visitarla, y era la hora de siesta: cuando llegué á su alcázar, que así se puede llamar su gran casa, dejé el caballo á un criado mio; subí sin topar á nadie hasta el mismo aposento donde ella estaba durmiendo la siesta sobre un estrado negro: era por estremo hermosa, y el silencio, la soledad, la ocasion, despertaron en mí un deseo mas atrevido que honesto, y sin ponerme á hacer discretos discursos, cerré tras mí la puerta, y llegándome á ella, la desperté, y teniéndola asida fuertemente, le dije: vuesa merced, señora mia, no grite, que las voces que diere serán pregoneras de su deshonra: nadie me ha visto entrar en este aposento, que mi suerte, porque la tengo bonísima en gozaros, ha llovido sueño en todos vuestros criados, y cuando ellos acudan á vuestras voces, no podrán mas que quitarme la vida: y esto ha de ser en vuestros mismos brazos, y no por mi muerte dejará de quedar en opinion vuestra fama. Finalmente yo la gocé contra su voluntad y á pura fuerza mia: ella cansada, rendida y turbada, ó no pudo ó no quiso hablarme palabra, y yo dejándola como atontada y suspensa, me volví á salir por los mismos pasos donde habia entrado, y me vine á la aldea de otro amigo mio, que estaba dos leguas de la suya. Esta señora se mudó de aquel lugar á otro, y sin que yo jamas la viese, ni lo procurase, se pasaron dos años, al cabo de los cuales supe que era muerta; y podrá haber veinte dias, que con grandes encarecimientos, escribiéndome que era cosa que me importaba en ella el contento y la honra, me envió á llamar un mayordomo desta señora; fuí á ver lo que me queria, bien léjos de pensar en lo que me dijo: halléle á punto de muerte, y por abreviar razones, en muy breves me dijo cómo al tiempo que murió su señora le dijo todo lo que conmigo le habia sucedido, y cómo habia quedado preñada de aquella fuerza, y que por encubrir el bulto habia venido en romería á Nuestra Señora de Guadalupe, y cómo habia parido en esta casa una niña que se habia de llamar Costanza: dióme las señas con que la hallaria, que fueron las que habeis visto de la cadena y pergamino; y dióme ansimismo treinta mil escudos de oro, que su señora dejó para casar á su hija: díjome ansimismo que el no habérmelos dado luego como su señora habia muerto, ni declarádome lo que ella encomendó á su confianza y secreto, habia sido por pura codicia y por poderse aprovechar de aquel dinero; pero que ya que estaba á punto de ir á dar cuenta á Dios, por descargo de su conciencia me daba el dinero, y me avisaba adónde y cómo habia de hallar mi hija. Recebí el dinero y las señales, y dando cuenta desto al señor D. Juan de Avendaño, nos pusimos en camino desta ciudad.

Á estas razones llegaba D. Diego, cuando oyeron que en la puerta de la calle decian á grandes voces:

--Díganle á Tomas Pedro, el mozo de la cebada, cómo llevan á su amigo el asturiano preso; que acuda á la cárcel, que allí le espera.

Á la voz de cárcel y de preso, dijo el corregidor que entrase el preso y el alguacil que le llevaba. Dijeron al alguacil que el corregidor, que estaba allí, le mandaba entrar con el preso, y así lo hubo de hacer.

Venia el asturiano todos los dientes bañados en sangre, y muy mal parado, y muy bien asido del alguacil: y así como entró en la sala, conoció á su padre y al de Avendaño: turbóse, y por no ser conocido, con un paño como que se limpiaba la sangre se cubrió el rostro. Preguntó el corregidor que qué habia hecho aquel mozo, que tan mal parado le llevaban. Respondió el alguacil que aquel mozo era un aguador, que le llamaban el asturiano, á quien los muchachos por las calles decian: daca la cola, asturiano, daca la cola; y luego en breves palabras contó la causa por qué le pedian la tal cola, de que no riyeron poco todos. Dijo mas: que saliendo por la puerta de Alcántara, dándole los muchachos priesa con la demanda de la cola, se habia apeado del asno, y dando tras todos, alcanzó á uno, á quien dejaba medio muerto á palos, y que queriéndole prender, se habia resistido, y que por eso iba tan mal parado.

Mandó el corregidor que se descubriese el rostro, y porfiando á no querer descubrirse, llegó el alguacil, y quitóle el pañuelo, y al punto le conoció su padre, y dijo todo alterado: Hijo D. Diego, ¿cómo estás desta manera? ¿qué traje es este? ¿aun no se te han olvidado tus picardías?

Hincó las rodillas Carriazo, y fuese á poner á los piés de su padre, que con lágrimas en los ojos le tuvo abrazado un buen espacio. Don Juan de Avendaño, como sabia que D. Diego habia venido con D. Tomas su hijo, preguntóle por él: á lo cual respondió que D. Tomas de Avendaño era el mozo que daba cebada y paja en aquella posada. Con esto que el asturiano dijo, se acabó de apoderar la admiracion en todos los presentes, y mandó el corregidor al huésped que trujese allí al mozo de la cebada.

--Yo creo que no está en casa, respondió el huésped, pero yo le buscaré.

Y así fué á buscalle.

Preguntó D. Diego á Carriazo que qué transformaciones eran aquellas, y qué les habia movido á ser él aguador, y D. Tomas mozo de meson. Á lo cual respondió Carriazo que no podia satisfacer á aquellas preguntas tan en público, que él responderia á solas.

Estaba Tomas Pedro escondido en su aposento, para ver desde allí sin ser visto lo que hacian su padre y el de Carriazo: teníale suspenso la venida del corregidor, y el alboroto que en toda la casa andaba. No faltó quien le dijese al huésped cómo estaba allí escondido: subió por él, y mas por fuerza que por grado le hizo bajar; y aun no bajara, si el mismo corregidor no saliera al patio y le llamara por su nombre, diciendo:

--Baje vuesa merced, señor pariente, que aquí no le aguardan osos ni leones.

Bajó Tomas, y con los ojos bajos y sumision grande se hincó de rodillas ante su padre, el cual le abrazó con grandísimo contento, á fuer del que tuvo el padre del hijo pródigo cuando le cobró de perdido.

Ya en esto habia venido un coche del corregidor para volver en él, pues la gran fiesta no permitia volver á caballo. Hizo llamar á Costanza, y tomándola de la mano, se la presentó á su padre, diciendo:

Recebid, señor don Diego, esta prenda, y estimadla por la mas rica que acertárades á desear; y vos, hermosa doncella, besad la mano á vuestro padre, y dad gracias á Dios, que con tan honrado suceso ha enmendado, subido y mejorado la bajeza de vuestro estado.

Costanza, que no sabia ni imaginaba lo que le habia acontecido, toda turbada y temblando no supo hacer otra cosa que hincarse de rodillas ante su padre, y tomándole las manos, se las comenzó á besar tiernamente, bañándoselas con infinitas lágrimas, que por sus hermosísimos ojos derramaba.

En tanto que esto pasaba, habia persuadido el corregidor á su primo D. Juan que se viniesen todos con él á su casa; y aunque D. Juan lo rehusaba, fueron tantas las persuasiones del corregidor, que lo hubo de conceder; y así entraron en el coche todos; pero cuando dijo el corregidor á Costanza que entrase tambien en el coche, se le anubló el corazon, y ella y la huéspeda se asieron una á otra, y comenzaron á hacer tan amargo llanto, que quebraba los corazones de cuantos le escuchaban. Decia la huéspeda:

--¿Cómo es esto, hija de mi corazon, que te vas y me dejas? ¿Cómo tienes ánimo de dejar á esta madre, que con tanto amor te ha criado?

Costanza lloraba, y la respondia con no ménos tiernas palabras. Pero el corregidor enternecido, mandó que asimismo la huéspeda entrase en el coche, y que no se apartase de su hija, pues por tal la tenia, hasta que saliese de Toledo. Así la huéspeda y todos entraron en el coche, y fueron á casa del corregidor, donde fueron bien recebidos de su mujer, que era una principal señora. Comieron regalada y suntuosamente, y despues de comer contó Carriazo á su padre cómo por amores de Costanza D. Tomas se habia puesto á servir en el meson, y que estaba enamorado de tal manera della, que sin que le hubiera descubierto ser tan principal como era, siendo su hija, la tomara por mujer en el estado de fregona. Vistió luego la mujer del corregidor á Costanza con unos vestidos de una hija que tenia en la misma edad y cuerpo de Costanza; y si parecia hermosa con los de labradora, con los cortesanos parecia cosa del cielo: tan bien la cuadraban, que daba á entender que desde que nació habia sido señora, y usado los mejores trajes que el uso trae consigo.

Pero entre tantos alegres, no pudo faltar un triste, que fué D. Pedro, el hijo del corregidor, que luego se imaginó que Costanza no habia de ser suya, y así fué la verdad; porque entre el corregidor, y D. Diego de Carriazo, y D. Juan de Avendaño se concertaron en que D. Tomas se casase con Costanza, dándole su padre los treinta mil escudos que su madre le habia dejado; y el aguador D. Diego de Carriazo casase con la hija del corregidor, y D. Pedro, el hijo del corregidor, con una hija de D. Juan de Avendaño, que su padre se ofrecia á traer dispensacion del parentesco.

Desta manera quedaron todos contentos, alegres y satisfechos; y la nueva de los casamientos y de la ventura de la Fregona ilustre se estendió por la ciudad, y acudia infinita gente á ver á Costanza en el nuevo hábito, en el cual tan señora se mostraba como se ha dicho. Vieron al mozo de la cebada Tomas Pedro vuelto en D. Tomas de Avendaño, y vestido como señor: notaron que Lope asturiano era muy gentilhombre despues que habia mudado vestido, y dejado el asno y las aguaderas: pero con todo eso no faltaba quien en el medio de su pompa, cuando iba por la calle no le pidiese la cola.

Un mes se estuvieron en Toledo, al cabo del cual se volvieron á Búrgos D. Diego de Carriazo y su mujer, su padre y Costanza con su marido D. Tomas, y el hijo del corregidor, que quiso ir á ver á su parienta y esposa. Quedó el Sevillano rico con los mil escudos, y con muchas joyas que Costanza dió á su señora, que siempre con este nombre llamaba á la que la habia criado. Dió ocasion la historia de la Fregona ilustre, á que los poetas del dorado Tajo ejercitasen sus plumas en solenizar y en alabar la sin par hermosura de Costanza, la cual aun vive en compañía de su buen mozo de meson; y Carriazo ni mas ni ménos, con tres hijos, que sin tomar el estilo del padre, ni acordarse si hay almadrabas en el mundo, hoy están todos estudiando en Salamanca y su padre apénas ve algun asno de aguador, cuando se le representa y viene á la memoria el que tuvo en Toledo, y teme que cuando ménos se cate ha de remanecer en alguna sátira el daca la cola, asturiano; asturiano, daca la cola.

LAS DOS DONCELLAS.

Cinco leguas de la ciudad de Sevilla está un lugar que se llama Castilblanco, y en uno de muchos mesones que tiene, á la hora que anochecia entró un caminante sobre un hermoso cuartago estranjero: no traia criado alguno, y sin esperar que le tuviesen el estribo, se arrojó de la silla con gran lijereza.

Acudió luego el huésped (que era hombre diligente y de recato), mas no fué tan presto que no estuviese ya el caminante sentado en un poyo que en el portal habia, desabrochándose muy apriesa los botones del pecho, y luego dejó caer los brazos á una y á otra parte, dando manifiesto indicio de desmayarse. La huéspeda, que era caritativa, se llegó á él, y rociándole con agua el rostro, le hizo volver en su acuerdo; y él dando muestras que le habia pesado de que así le hubiesen visto, se volvió á abrochar, pidiendo que le diesen luego un aposento donde se recogiese, y que si fuese posible, fuese solo.

Díjole la huéspeda que no habia mas de una en toda la casa, y que tenia dos camas, y que era forzoso si algun huésped acudiese, acomodarle en la una. Á lo cual respondió el caminante que él pagaria los dos lechos, viniese ó no huésped alguno; y sacando un escudo de oro, se le dió á la huéspeda con condicion que á nadie diese el lecho vacío.

No se descontentó la huéspeda de la paga, ántes se ofreció de hacer lo que le pedia, aunque el mismo dean de Sevilla llegase aquella noche á su casa. Preguntóle si queria cenar, y respondió que no; mas que solo queria que se tuviese gran cuidado con su cuartago: pidió la llave del aposento, y llevando consigo unas bolsas grandes de cuero, se entró en él y cerró tras sí la puerta con llave, y aun á lo que despues pareció arrimó á ella dos sillas.

Apénas se hubo encerrado, cuando se juntaron á consejo el huésped, y el mozo que daba la cebada, y otros dos vecinos que acaso allí se hallaron, y todos trataron de la grande hermosura y gallarda disposicion del nuevo huésped, concluyendo que jamas tal belleza habian visto: tanteáronle la edad, y se resolvieron que tendria de diez y seis á diez y siete años; fueron y vinieron, y dieron y tomaron, como suele decirse, sobre qué podia haber sido la causa del desmayo que le dió; pero como no la alcanzaron, quedáronse con la admiracion de su gentileza. Fuéronse los vecinos á sus casas, y el huésped á pensar el cuartago, y la huéspeda á aderezar algo de cenar por si otros huéspedes viniesen. Y no tardó mucho cuando entró otro de poca mas edad que el primero, y no de ménos gallardía; y apénas le hubo oido la huéspeda, cuando dijo:

--¡Válame Dios, y qué es esto! ¿vienen por ventura esta noche á posar ángeles á mi casa?

--¿Por qué dice eso la señora huéspeda? dijo el caballero.

--No lo digo por nada, señor, respondió la mesonera, solo digo que vuesa merced no se apee, porque no tengo cama que darle, que dos que tenia las ha tomado un caballero que está en aquel aposento, y me las ha pagado entrambas, aunque no habia menester mas de la una sola, porque nadie le entre en el aposento, y es que debe de gustar de la soledad; y en Dios y en mi ánima que no sé yo por qué, que no tiene él cara ni disposicion para esconderse, sino para que todo el mundo le vea y le bendiga.

--¿Tan lindo es, señora huéspeda? replicó el caballero.

--Y ¡cómo si es lindo! dijo ella, y aun mas que relindo.

--Ten aquí, mozo, dijo á esta razon el caballero, que aunque duerma en el suelo, tengo de ver hombre tan alabado.

Y dando el estribo á un mozo de mulas que con él venia, se apeó, y hizo que le diesen luego de cenar, y así fué hecho. Y estando cenando, entró un alguacil del pueblo (como de ordinario en los lugares pequeños se usa), y sentóse á conversacion con el caballero en tanto que cenaba, y no dejó entre razon y razon de echar abajo tres cubiletes de vino, y de roer una pechuga y una cadera de perdiz que le dió el caballero, y todo se lo pagó el alguacil con preguntarle nuevas de la corte, y de las guerras de Flándes y bajada del turco, no olvidándose de los sucesos del transilvano, que nuestro Señor guarde.

El caballero cenaba y callaba, porque no venia de parte que le pudiese satisfacer á sus preguntas. Ya en esto habia acabado el mesonero de dar recado al cuartago, y sentóse á hacer tercio en la conversacion, y á probar de su mismo vino no ménos tragos que el alguacil; y á cada trago que envasaba, volvia y derribaba la cabeza sobre el hombro izquierdo, y alababa el vino, que le ponia en las nubes, aunque no se atrevia á dejarle mucho en ellas, porque no se aguase. De lance en lance volvieron á las alabanzas del huésped encerrado, y contaron de su desmayo y encerramiento, y de que no habia querido cenar cosa alguna: ponderaron el aparato de las bolsas, y la bondad del cuartago y del vestido vistoso que de camino traia: todo lo cual requeria no venir sin mozo que le sirviese. Todas estas exageraciones pusieron nuevo deseo de verle, y rogó al mesonero hiciese de modo como él entrase á dormir en la otra cama, y le daria un escudo de oro; y puesto que la codicia del dinero acabó con la voluntad del mesonero de dársela, halló ser imposible á causa que estaba cerrado por de dentro, y no se atrevia á despertar al que dentro dormia, y que tan bien tenia pagados los dos lechos. Todo lo cual facilitó el alguacil, diciendo:

--Lo que se podrá hacer, es que yo llamaré á la puerta, diciendo que soy la justicia, que por mandado del señor alcalde traigo á aposentar á este caballero á este meson, y que no habiendo otra cama, se le manda dar aquella: á lo cual ha de replicar el huésped que se le hace agravio, porque ya está alquilada, y no es razon quitarla al que la tiene: con esto quedará el mesonero disculpado, y vuesa merced conseguirá su intento.

Á todos les pareció bien la traza del alguacil, y por ella le dió el deseoso cuatro reales.

Púsose luego por obra: y en resolucion, mostrando gran sentimiento el primer huésped abrió á la justicia, y el segundo pidiéndole perdon del agravio que al parecer se le habia hecho, se fué á acostar en el lecho desocupado; pero ni el otro le respondió palabra, ni ménos se dejó ver el rostro, porque apénas hubo abierto, cuando se fué á su cama, y vuelta la cara á la pared, por no responder hizo que dormia. El otro se acostó, esperando cumplir por la mañana su deseo, cuando se levantasen.

Eran las noches de las perezosas y largas de diciembre, y el frio y el cansancio del camino forzaban á procurar pasarlas con reposo: pero como no le tenia el huésped primero, á poco mas de la media noche comenzó á suspirar tan amargamente, que con cada suspiro parecia despedírsele el alma; y fué de tal manera, que aunque el segundo dormia, hubo de despertar al lastimero son del que se quejaba, y admirado de los sollozos, con que acompañaba los suspiros, atentamente se puso á escuchar lo que al parecer entre sí murmuraba. Estaba la sala escura, y las camas bien desviadas; pero no por esto dejó de oir entre otras razones, estas, que con voz debilitada y flaca, el lastimado huésped primero decia:

--¡Ay sin ventura! ¿adónde me lleva la fuerza incontrastable de mis hados? ¿Qué camino es el mio, ó qué salida espero tener del intricado laberinto donde me hallo? ¡Ay pocos y mal esperimentados años, incapaces de toda buena consideracion y consejo! ¿Qué fin ha de tener esta no sabida peregrinacion mia? ¡Ay honra menospreciada, ay amor mal agradecido, ay respetos de honrados padres y parientes atropellados, y ay de mí una y mil veces, que tan á rienda suelta me dejé llevar de mis deseos! ¡Ó palabras fingidas, que tan de veras me obligastes á que con obras os respondiese! Pero ¿de quién me quejo, cuitada? ¿Yo no soy la que quise engañarme? ¿No soy yo la que tomó el cuchillo en sus mismas manos, con que corté y eché por tierra mi crédito, con el que de mi valor tenian mis ancianos padres? ¡Oh fementido Marco Antonio! ¿Cómo es posible que en las dulces palabras que me decias, viniese mezclada la hiel de tus descortesías y desdenes? ¿Adónde estás, ingrato, adónde te fuiste, desconocido? Respóndeme, que te hablo: espérame, que te sigo: susténtame, que descaezco: págame lo que me debes: socórreme, pues por tantas vias te tengo obligado.

Calló en diciendo esto, dando muestra en los ayes y suspiros que no dejaban los ojos de derramar tiernas lágrimas. Todo lo cual con sosegado silencio estuvo escuchando el segundo huésped, coligiendo por las razones que habia oido, que sin duda alguna era mujer la que se quejaba, cosa que le avivó mas el deseo de conocella, y estuvo muchas veces determinado de irse á la cama de la que creia ser mujer; y hubiéralo hecho, si en aquella sazon no le sintiera levantar, y abriendo la puerta de la sala dió voces al huésped de casa que le ensillase el cuartago, porque queria partirse. Á lo cual, al cabo de un buen rato que el mesonero se dejó llamar, le respondió que se sosegase, porque aun no era pasada la media noche, y que la escuridad era tanta, que seria temeridad ponerse en camino. Quietóse con esto, y volviendo á cerrar la puerta se arrojó en la cama de golpe, dando un recio suspiro.

Parecióle al que escuchaba que seria bien hablarle, y ofrecerle para su remedio lo que de su parte podia, por obligarle con esto á que se descubriese, y su lastimera historia le contase, y así le dijo: Por cierto, señor gentilhombre, que si los suspiros que habeis dado y las palabras que habeis dicho no me hubieran movido á condolerme del mal de que os quejais, entendiera que carecia de natural sentimiento, ó que mi alma era piedra, y mi pecho de bronce duro; y si esta compasion que os tengo, y el presupuesto que en mí ha nacido de poner mi vida por vuestro remedio (si es que vuestro mal le tiene) merece alguna cortesía, en recompensa ruégoos que la useis conmigo, declarándome, sin encubrirme cosa, la causa de vuestro dolor.

--Si él no me hubiera sacado de sentido, respondió el que se quejaba, bien debiera yo de acordarme que no estaba solo en este aposento, y así hubiera puesto mas freno á mi lengua y mas tregua á mis suspiros; pero en pago de haberme faltado la memoria en parte donde tanto me importaba tenerla, quiero hacer lo que me pedís, porque renovando la amarga historia de mis desgracias, podria ser que el nuevo sentimiento me acabase; mas si quereis que haga lo que me pedís, habeisme de prometer por la fe que me habeis mostrado en el ofrecimiento que me habeis hecho, y por quien vos sois (que á lo que en vuestras palabras mostrais, prometeis mucho) que por cosas que de mí oigais en lo que os dijere, no os habeis de mover de vuestro lecho, ni venir al mio, ni preguntarme mas de aquello que yo quisiere deciros; porque si al contrario desto hiciéredes, en el punto que os sienta mover, con una espada que á la cabecera tengo, me pasaré el pecho.

Esotro (que mil imposibles prometiera por saber lo que tanto deseaba) le respondió que no saldria un punto de lo que le habia pedido, afirmándoselo con mil juramentos.

--Con ese seguro pues, dijo el primero, yo haré lo que hasta agora no he hecho, que es dar cuenta de mi vida á nadie, y así escuchad. Habeis de saber, señor, que yo que en esta posada entré, como sin duda os habrán dicho, en traje de varon, soy una desdichada doncella, á lo ménos una que lo fué no ha ocho dias, y lo dejó de ser por inadvertida y loca, y por creerse de palabras compuestas y afeitadas de fementidos hombres: mi nombre es Teodosia, mi patria un principal lugar desta Andalucía, cuyo nombre callo (porque no os importa á vos tanto el saberlo, como á mí el encubrirlo): mis padres son nobles y mas que medianamente ricos, los cuales tuvieron un hijo y una hija, él para descanso y honra suya, y ella para todo lo contrario: á él enviaron á estudiar á Salamanca: á mí me tenian en su casa, adonde me criaban con el recogimiento y recato que su virtud y nobleza pedian, y yo sin pesadumbre alguna siempre les fuí obediente, ajustando mi voluntad á la suya sin discrepar un solo punto, hasta que mi suerte menguada ó mi mucha demasía me ofreció á los ojos un hijo de un vecino nuestro mas rico que mis padres, y tan noble como ellos: la primera vez que le miré no sentí otra cosa que fuese mas de una complacencia de haberle visto; y no fué mucho, porque su gala, gentileza, rostro y costumbres eran de los alabados y estimados del pueblo, con su rara discrecion y cortesía; pero ¿de qué me sirve alabar á mi enemigo ni ir alargando con razones el suceso tan desgraciado mio, ó por mejor decir, el principio de mi locura? Digo en fin, que él me vió una y muchas veces desde una ventana que frontero de otra mia estaba; desde allí, á lo que me pareció, me envió el alma por los ojos, y los mios con otra manera de contento que el primero gustaron de miralle, y aun me forzaron á que creyese que eran puras verdades cuanto en sus ademanes y en su rostro leia: fué la vista la intercesora y medianera de la habla, la habla de declarar su deseo, su deseo de encender el mio y de dar fe al suyo: llegóse á todo esto las promesas, los juramentos, las lágrimas, los suspiros, y todo aquello que á mi parecer puede hacer un firme amador, para dar á entender la entereza de su voluntad y la firmeza de su pecho, y en mí, desdichada (que jamas en semejantes ocasiones y trances me habia visto) cada palabra era un tiro de artillería que derribaba parte de la fortaleza de mi honra; cada lágrima era un fuego en que se abrasaba mi honestidad: cada suspiro un furioso viento que el incendio aumentaba de tal suerte, que acabó de consumir la virtud que hasta entónces aun no habia sido tocada; y finalmente, con la promesa de ser mi esposo á pesar de sus padres (que para otra le guardaban), di con todo mi recogimiento en tierra, y sin saber cómo me entregué en su poder á hurto de mis padres, sin tener otro testigo de mi desatino, que un paje de Marco Antonio (que este es el nombre del inquietador de mi sosiego); y apénas hubo tomado de mí la posesion que quiso, cuando de allí á dos dias desapareció del pueblo, sin que sus padres ni otra persona alguna supiesen decir ni imaginar dónde habia ido. Cual yo quedé, dígalo quien tuviere poder para decirlo, que yo no sé ni supe mas de sentillo: castigué mis cabellos, como si ellos tuvieran la culpa de mi yerro; martiricé mi rostro, por parecerme que él habia dado toda la ocasion á mi desventura; maldije mi suerte, acusé mi presta determinacion, derramé muchas é infinitas lágrimas, víme casi ahogada entre ellas y entre los suspiros que de mi lastimado pecho salian, quejéme en silencio al cielo, discurrí con la imaginacion, por ver si descubria algun camino ó senda á mi remedio, y la que hallé fué vestirme en hábito de hombre, y ausentarme de la casa de mis padres, y irme á buscar á este segundo engañador Enéas, á este cruel y fementido Vireno, á este defraudador de mis buenos pensamientos y legítimas y bien fundadas esperanzas; y así sin ahondar mucho en mis discursos, ofreciéndome la ocasion un vestido de camino de mi hermano, y un cuartago de mi padre que yo ensillé, una noche escurísima salí de casa con intencion de ir á Salamanca, donde, segun despues se dijo, creian que Marco Antonio podia haber venido; porque tambien es estudiante, y camarada del hermano mio que os he dicho: no dejé asimismo de sacar cantidad de dineros en oro, para todo aquello que en mi impensado viaje pueda sucederme; lo que mas me fatiga es que mis padres me han de seguir y hallar por las señas del vestido y del cuartago que traigo, y cuando esto no tema, temo á mi hermano que está en Salamanca, del cual si soy conocida, ya se puede entender el peligro en que está puesta mi vida; porque aunque él escuche mis disculpas, el menor punto de su honor pasa á cuantas yo pudiere darle: con todo esto, mi principal determinacion es, aunque pierda la vida, buscar al desalmado de mi esposo, que no puede negar el serlo sin que le desmientan las prendas que dejó en mi poder, que son una sortija de diamantes, con unas cifras que dicen: Es Marco Antonio esposo de Teodosia. Si le hallo, sabré dél qué halló en mí que tan presto le movió á dejarme; y en resolucion haré que me cumpla la palabra y fe prometida, ó le quitaré la vida, mostrándome tan presta á la venganza, como fuí fácil al dejar agraviarme; porque la nobleza de la sangre que mis padres me han dado, va despertando en mí brios que me prometen ó ya remedio, ó ya venganza de mi agravio. Esta es, señor caballero, la verdadera y desdichada historia que deseábades saber, la cual será bastante disculpa de los suspiros y palabras que os despertaron: lo que os ruego y suplico es, que ya que no podais darme remedio, á lo ménos me deis consejo con que pueda huir los peligros que me contrastan, y templar el temor que tengo de ser hallada, y facilitar los modos que he de usar para conseguir lo que tanto deseo y he menester.

Un gran espacio de tiempo estuvo sin responder palabra el que habia estado escuchando la historia de la enamorada Teodosia, y tanto, que ella pensó que estaba dormido y que ninguna cosa le habia oido; y para certificarse de lo que sospechaba, le dijo:

--¿Dormís, señor? y no seria malo que durmiésedes, porque el apasionado que cuenta sus desdichas á quien no las siente, bien es que causen en quien las escucha mas sueño que lástima.

--No duermo, respondió el caballero, ántes estoy tan despierto, y siento tanto vuestra desventura, que no sé si diga que en el mismo grado me aprieta y duele que á vos misma, y por esta causa el consejo que me pedís, no solo ha de parar en aconsejaros, sino en ayudaros con todo aquello que mis fuerzas alcanzaren; que puesto que en el modo que habeis tenido en contarme vuestro suceso, se ha mostrado el raro entendimiento de que sois dotada, y que conforme á esto os debió de engañar mas vuestra voluntad rendida que las persuasiones de Marco Antonio, todavía quiero tomar por disculpa de vuestro yerro vuestros pocos años, en los cuales no cabe tener esperiencia de los muchos engaños de los hombres: sosegad, señora, y dormid, si podeis, lo poco que debe de quedar de la noche; que en viniendo el dia nos aconsejaremos los dos y veremos qué salida se podrá dar á vuestro remedio.

Agradecióselo Teodosia lo mejor que supo, y procuró reposar un rato por dar lugar á que el caballero durmiese, el cual no fué posible sosegar un punto, ántes comenzó á volcarse por la cama y á suspirar de manera que le fué forzoso á Teodosia preguntarle qué era lo que sentia, que si era alguna pasion á quien ella pudiese remediar, lo haria con la voluntad misma que él á ella se le habia ofrecido. Á esto respondió el caballero:

--Puesto que sois vos, señora, la que causa el desasosiego que en mí habeis sentido, no sois vos la que podais remedialle, que á serlo, no tuviera yo pena alguna.

No pudo entender Teodosia adónde se encaminaban aquellas confusas razones; pero todavía sospechó que alguna pasion amorosa le fatigaba, y aun pensó ser ella la causa, y era de sospechar y de pensar, pues la comodidad del aposento, la soledad y la escuridad, y el saber que era mujer, no fuera mucho haber despertado en él algun mal pensamiento, y temerosa desto se vistió con grande priesa y con mucho silencio, y se ciñó su espada y daga, y de aquella manera, sentada sobre la cama estuvo esperando el dia, que de allí á poco espacio dió señal de su venida con la luz que entraba por los muchos lugares y entradas que tienen los aposentos de los mesones y ventas: y lo mismo que Teodosia habia hecho el caballero, y apénas vió estrellado el aposento con la luz del dia, cuando se levantó de la cama, diciendo:

--Levantáos, señora Teodosia, que yo quiero acompañaros en esta jornada, y no dejaros de mi lado hasta que como legítimo esposo tengais en el vuestro á Marco Antonio, ó que él ó yo perdamos las vidas; y aquí veréis la obligacion y voluntad en que me ha puesto vuestra desgracia.

Y diciendo esto, abrió las ventanas y puertas del aposento.

Estaba Teodosia deseando ver la claridad, para ver con la luz qué talle y parecer tenia aquel con quien habia estado hablando toda la noche; mas cuando le miró y le conoció, quisiera que jamas hubiera amanecido, sino que allí en perpetua noche se le hubieran cerrado los ojos; porque apénas hubo el caballero vuelto los ojos á mirarla (que tambien deseaba verla), cuando ella conoció que era su hermano, de quien tanto se temia, á cuya vista casi perdió la de sus ojos, y quedó suspensa, y muda, sin color en el rostro; pero sacando del temor esfuerzos, y del peligro discrecion, echando mano á la daga, la tomó por la punta, y se fué á hincar de rodillas delante de su hermano, diciendo con voz turbada y temerosa:

--Toma, señor y querido hermano mio, y haz con este hierro el castigo del que he cometido, satisfaciendo tu enojo, que para tan grande culpa como la mia no es bien que ninguna misericordia me valga: yo confieso mi pecado, y no quiero que me sirva de disculpa mi arrepentimiento: solo te suplico que la pena sea de suerte, que se estienda á quitarme la vida, y no la honra, que puesto que yo la he puesto en manifiesto peligro, ausentándome de casa de mis padres, todavía quedará en opinion, si el castigo que me dieres fuere secreto.

Mirábala su hermano, y aunque la soltura de su atrevimiento le incitaba á la venganza, las palabras tan tiernas y tan eficaces con que manifestaba su culpa le ablandaron de tal suerte las entrañas, que con rostro agradable y semblante pacífico la levantó del suelo, y la consoló lo mejor que pudo y supo, diciéndole entre otras razones, que por no hallar castigo igual á su locura, le suspendia por entónces; y así por esto, como por parecerle que aun no habia cerrado la fortuna de todo en todo las puertas á su remedio, queria ántes procurársele por todas las vias posibles, que no tomar venganza del agravio que de su mucha liviandad en él redundaba.

Con estas razones volvió Teodosia á cobrar los perdidos espíritus, tornó la color á su rostro, y revivieron sus casi muertas esperanzas. No quiso mas D. Rafael (que así se llamaba su hermano) tratarle de su suceso: solo le dijo que mudase el nombre de Teodosia en Teodoro, que diesen luego la vuelta á Salamanca los dos juntos á buscar á Marco Antonio, puesto que él imaginaba que no estaba en ella, porque siendo su camarada, le hubiera hablado, aunque podia ser que el agravio que le habia hecho le enmudeciese y le quitase la gana de verle. Remitióse el nuevo Teodoro á lo que su hermano quiso. Entró en esto el huésped, al cual ordenaron que les diese algo de almorzar, porque querian partirse luego.

Entre tanto que el mozo de mulas ensillaba, y el almuerzo venia, entró en el meson un hidalgo que venia de camino, que de D. Rafael fué conocido luego. Conocíale tambien Teodoro, y no osó salir del aposento por no ser visto. Abrazáronse los dos, y preguntó D. Rafael al recien venido qué nuevas habia en su lugar. Á lo cual respondió, que él venia del Puerto de Santa María, adonde dejaba cuatro galeras de partida para Nápoles, y que en ellas habia visto embarcado á Marco Antonio Adorno, el hijo de D. Leonardo Adorno. Con las cuales nuevas se holgó D. Rafael, pareciéndole que pues tan sin pensar habia sabido nuevas de lo que tanto le importaba, era señal que tendria buen fin su suceso: rogóle á su amigo que trocase con el cuartago de su padre (que él muy bien conocia) la mula que él traia, no diciéndole que venia, sino que iba á Salamanca, y que no queria llevar tan buen cuartago en tan largo camino. El otro, que era comedido y amigo suyo, se contentó del trueco, y se encargó de dar el cuartago á su padre. Almorzaron juntos, y Teodoro solo, y llegado el punto de partirse el amigo, tomó el camino de Cazalla, donde tenia una rica heredad.

No partió D. Rafael con él, que por hurtarle el cuerpo le dijo que le convenia volver aquel dia á Sevilla; y así como le vió ido, estando en órden las cabalgaduras, hecha la cuenta y pagado el huésped, diciendo adios, se salieron de la posada, dejando admirados á cuantos en ella quedaban de su hermosura y gentil disposicion, que no tenia para hombre menor gracia, brio y compostura D. Rafael, que su hermana belleza y donaire.

Luego en saliendo contó don Rafael á su hermana las nuevas que de Marco Antonio le habian dado, y que le parecia que con la diligencia posible caminasen la vuelta de Barcelona, donde de ordinario suelen parar algun dia las galeras que pasan á Italia ó vienen á España, y que si no hubiesen llegado podian esperarlas, y allí sin duda hallarian á Marco Antonio. Su hermana le dijo que hiciese todo aquello que mejor le pareciese, porque ella no tenia mas voluntad que la suya.

Dijo D. Rafael al mozo de mulas que consigo llevaba, que tuviese paciencia, porque convenia pasar á Barcelona, asegurándole la paga á todo su contento del tiempo que con él anduviese. El mozo, que era de los alegres del oficio, y que conocia que D. Rafael era liberal, respondió que hasta el cabo del mundo le acompañaria y serviria. Preguntó D. Rafael á su hermana qué dineros llevaba. Respondió que no los tenia contados, y que no sabia mas de que en el escritorio de su padre habia metido la mano siete ó ocho veces, y sacádola llena de escudos de oro, y segun aquello imaginó D. Rafael que podia llevar hasta quinientos escudos, que con otros doscientos que él tenia, y una cadena de oro que llevaba, le pareció no ir muy desacomodado; y mas persuadiéndose que habia de hallar en Barcelona á Marco Antonio.

Con esto se dieron priesa á caminar sin perder jornada, y sin acaecerles desman ó impedimento alguno, llegaron á dos leguas de un lugar que está nueve de Barcelona, que se llama Igualada. Habia sabido en el camino como un caballero, que pasaba por embajador á Roma, estaba en Barcelona esperando las galeras, que aun no habian llegado; nueva que les dió mucho contento. Con este gusto caminaron hasta entrar en un bosquecillo que en el camino estaba, del cual vieron salir un hombre corriendo y mirando atras como espantado. Púsosele D. Rafael delante diciéndole:

--¿Por qué huís, buen hombre, ó que caso os ha acontecido, que con muestras de tanto miedo os hace parecer tan lijero?

--¿No quereis que corra apriesa y con miedo, respondió el hombre, si por milagro me he escapado de una compañía de bandoleros que queda en ese bosque?

--Malo, dijo el mozo de mulas, malo, vive Dios: ¿bandoleritos á estas horas? Para mi santiguada que ellos nos pongan como nuevos.

--No os congojeis, hermano, replicó el del bosque, que ya los bandoleros se han ido, y han dejado atados á los árboles deste bosque mas de treinta pasajeros, dejándolos en camisa: á solo un hombre dejaron libre para que desatase á los demas despues que ellos hubiesen traspuesto una montañuela que le dieron por señal.

--Si eso es, dijo Calvete (que así se llamaba el mozo de mulas), seguros podemos pasar, á causa que al lugar donde los bandoleros hacen el salto no vuelven por algunos dias, y puedo asegurar esto como aquel que ha dado dos veces en sus manos, y sabe de molde su usanza y costumbres.

--Así es, dijo el hombre.

Lo cual oido por D. Rafael, determinó pasar adelante; y no anduvieron mucho, cuando dieron en los atados, que pasaban de cuarenta, que los estaba desatando el que dejaron suelto. Era estraño espectáculo el verlos: unos desnudos del todo: otros vestidos con los vestidos astrosos de los bandoleros: unos llorando de verse robados, otros riendo de ver los estraños trajes de los otros: este contaba por menudo lo que le llevaban: aquel decia que le pesaba mas de una caja de _agnus_ que de Roma traia, que de otras infinitas cosas que llevaba. En fin, todo cuanto allí pasaban eran llantos y gemidos de los miserables despojados. Todo lo cual miraban, no sin mucho dolor, los dos hermanos, dando gracias al cielo que de tan grande y tan cercano peligro los habia librado. Pero lo que mas compasion les puso, especialmente á Teodoro, fué ver al tronco de una encina atado un muchacho de edad, al parecer, de diez y seis años, con sola la camisa y unos calzones de lienzo; pero tan hermoso de rostro, que forzaba y movia á todos que le mirasen.

Apeóse Teodoro á desatarle, y él le agradeció con muy corteses razones el beneficio; y por hacérsele mayor, pidió á Calvete, el mozo de mulas, le prestase su capa hasta que en el primer lugar comprasen otra para aquel gentil mancebo. Dióla Calvete, y Teodoro cubrió con ella al mozo, preguntándole de dónde era, de dónde venia y adónde caminaba.

Á todo esto estaba presente D. Rafael, y el mozo respondió que era de Andalucía, y de un lugar, que en nombrándole, vieron que no distaba del suyo sino dos leguas: dijo que venia de Sevilla, y que su designio era pasar á Italia á probar ventura en el ejercicio de las armas, como otros muchos españoles acostumbraban; pero que la suerte suya habia salido azar con el mal encuentro de los bandoleros, que le llevaban una buena cantidad de dineros, y tales vestidos, que no se compraran tan buenos con trecientos escudos; pero que con todo eso pensaba proseguir su camino, porque no venia de casta que se le habia de helar al primer mal suceso el calor de su fervoroso deseo.

Las buenas razones del mozo (junto con haber oido que era tan cerca de su lugar, y mas con la carta de recomendacion que en su hermosura traia) pusieron voluntad en los dos hermanos de favorecerle en cuanto pudiesen, y repartiendo entre los que mas necesidad á su parecer tenian, algunos dineros, especialmente entre frailes y clérigos, que habia mas de ocho, hicieron que subiese el mancebo en la mula de Calvete, y sin detenerse mas, en poco espacio se pusieron en Igualada, donde supieron que las galeras, el dia ántes, habian llegado á Barcelona, y que de allí á dos dias se partirian, si ántes no les forzaba la poca seguridad de la playa.

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Un respiro entre páginas.

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