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NieblaMiguel de Unamuno

CAPÍTULO 17

PRÓLOGO · continuación 15

—¡No puedo resignarme, no!

—Pues ¿qué quiere usted?

—¡Que seamos... marido y mujer!

—¡Acabáramos!

—Para acabar hay que empezar.

—¿Y aquella palabra que me dio usted?

—No sabía lo que me decía...

—Y la Rosario aquella...

—¡Oh, por Dios, Eugenia, no me recuerdes eso! ¡No pienses en la Rosario!

Eugenia entonces se quitó el sombrero, lo dejó sobre una mesilla, volvió a sentarse y luego pausadamente y con solemnidad dijo:

—Pues bien, Augusto, ya que tú, que eres al fin y al cabo un hombre, no te crees obligado a guardar la palabra, yo que no soy nada más que una mujer tampoco debo guardarla. Además, quiero librarte de la Rosario y de las demás Rosarios o Petras que puedan envolverte. Lo que no hizo la gratitud por tu desprendimiento ni hizo el despecho de lo que con Mauricio me pasó—ya ves si te soy franca—hace la compasión. ¡Sí, Augusto, me das pena, mucha pena!—y al decir esto le dio dos leves palmaditas con la diestra en una rodilla.

—¡Eugenia!—y le tendió los brazos como para cojerla.

—¡Eh, cuidadito!—exclamó ella apartándoselos y hurtándose de ellos—¡cuidadito!

—Pues la otra vez... la última vez...

—¡Sí, pero entonces era diferente!

«Estoy haciendo de rana»—pensó el psicólogo experimental.

—¡Sí—prosiguió Eugenia—, a un amigo, nada más que amigo, pueden permitírsele ciertas pequeñas libertades que no se debe otorgar al... vamos, al... novio!

—Pues no lo comprendo...

—Cuando nos hayamos casado, Augusto, te lo explicaré. Y ahora, quietecito, ¿eh?

«Esto es hecho»—pensó Augusto, que se sintió ya completa y perfectamente rana.

—Y ahora—agregó Eugenia levantándose—voy a llamar a mi tío.

—¿Para qué?

—¡Toma, para darle parte!

—¡Es verdad!—exclamó Augusto consternado.

Al momento llegó don Fermín.

—Mire usted, tío—le dijo Eugenia—, aquí tiene usted a don Augusto Pérez que ha venido a pedirme la mano. Y yo se la he concedido.

—¡Admirable!, ¡admirable!—exclamó don Fermín—, ¡admirable! Ven acá, hija mía, ven acá que te abrace; ¡admirable!

—¿Tanto le admira a usted que vayamos a casarnos, tío?

—No, lo que me admira, lo que me arrebata, lo que me subyuga es la manera de haber resuelto este asunto, los dos solos, sin medianeros... ¡viva la anarquía! Y es lástima, es lástima que para llevar a cabo vuestro propósito tengáis que acudir a la autoridad... Por supuesto sin acatarla en el fuero interno de vuestra conciencia, ¿eh?, _pro formula_, nada más que _pro formula_. Porque yo sé que os consideráis ya marido y mujer. ¡Y en todo caso yo, yo solo, en nombre del Dios anárquico, os caso! Y esto basta. ¡Admirable! ¡admirable! Don Augusto, desde hoy esta casa es su casa.

—¿Desde hoy?

—Tiene usted razón, sí, lo fué siempre. Mi casa... ¿mía? Esta casa que habito fué siempre de usted, fué siempre de todos mis hermanos. Pero desde hoy... usted me entiende.

—Sí, le entiende a usted, tío.

En aquel momento llamaron a la puerta y Eugenia dijo: ¡La tía! Y al entrar ésta en la sala y ver aquello, exclamó:—Ya, ¡enterada! ¿Conque es cosa hecha? Esto ya me lo sabía yo.

Augusto pensaba: «¡rana, rana completa! Y me han pescado entre todos».

—Se quedará usted hoy a comer con nosotros, por supuesto, para celebrarlo...—dijo doña Ermelinda.

—¡Y qué remedio!—se le escapó al pobre rana.

XXVII

Empezó entonces para Augusto una nueva vida. Casi todo el día se lo pasaba en casa de su novia y estudiando no psicología, sino estética.

¿Y Rosario? Rosario no volvió por su casa. La siguiente vez que le llevaron la ropa planchada fué otra la que se la llevó, una mujer cualquiera. Y apenas se atrevió a preguntar por qué no venía ya Rosario. ¿Para qué, si lo adivinaba? Y este desprecio, porque no era sino desprecio, bien lo conocía y, lejos de dolerle, casi le hizo gracia. Bien. Bien se desquitaría él en Eugenia. Que, por supuesto, seguía con lo de: «¡Eh, cuidadito y manos quedas!» ¡Buena era ella para otra cosa!

Eugenia le tenía a ración de vista y no más que de vista, encendiéndole el apetito. Una vez le dijo él:—«¡Me entran unas ganas de hacer unos versos a tus ojos!», y ella le contestó:—«¡Hazlos!»

—Mas para ello—agregó él—sería conveniente que tocases un poco el piano. Oyéndote en él, en tu instrumento profesional, me inspiraría.

—Pero ya sabes, Augusto, que desde que, gracias a tu generosidad, he podido ir dejando mis lecciones no he vuelto a tocar el piano y que lo aborrezco. ¡Me ha costado tantas molestias!

—No importa, tócalo, Eugenia, tócalo para que yo escriba mis versos.

—¡Sea, pero por única vez!

Sentóse Eugenia a tocar el piano y mientras lo tocaba escribió Augusto esto:

Mi alma vagaba lejos de mi cuerpo en las brumas perdida de la idea, perdida allá en las notas de la música que según dicen cantan las esferas; y yacía mi cuerpo solitario sin alma y triste errando por la tierra. Nacidos para arar juntos la vida no vivían; porque él era materia tan sólo y ella nada más que espíritu buscando completarse, ¡dulce Eugenia! Mas brotaron tus ojos como fuentes de viva luz encima de mi senda y prendieron a mi alma y la trajeron del vago cielo a la dudosa tierra, metiéronla en mi cuerpo, y desde entonces y ¡sólo desde entonces vivo, Eugenia! Son tus ojos cual clavos encendidos que mi cuerpo a mi espíritu sujetan, que hacen que sueñe en mí febril la sangre y que en carne convierten mis ideas. ¡Si esa luz de mi vida se apagara, desuncidos espíritu y materia, perderíame en brumas celestiales y del profundo en la voraz tiniebla!

—¿Qué te parecen?—le preguntó Augusto luego que se los hubo leído.

—Como mi piano, poco o nada musicales. Y eso de «según dicen...»

—Sí, es para darle familiaridad...

—Y lo de «dulce Eugenia» me parece un ripio.

—¿Qué? ¿que eres un ripio tú?

—¡Ahí, en esos versos, sí! Y luego todo eso me parece muy... muy...

—Vamos, sí, muy _nivolesco_.

—¿Qué es eso?

—Nada, un timo que nos traemos entre Víctor y yo.

—Pues mira, Augusto, yo no quiero timos en mi casa luego que nos casemos, ¿sabes? Ni timos ni perros. Conque ya puedes ir pensando lo que has de hacer de Orfeo...

—Pero ¡Eugenia, por Dios! ¡si ya sabes cómo le encontré, pobrecillo! ¡si es además mi confidente...! ¡si es a quien dirijo mis monólogos todos...!

—Es que cuando nos casemos no ha de haber monólogos en mi casa. ¡Está de más el perro!

—Por Dios, Eugenia, siquiera hasta que tengamos un hijo...

—Si lo tenemos...

—Claro, si lo tenemos. Y si no, ¿por qué no el perro? ¿por qué no el perro, del que se ha dicho con tanta justicia que sería el mejor amigo del hombre si tuviese dinero...?

—No, si tuviese dinero el perro no sería amigo del hombre, estoy segura de ello. Porque no lo tiene es su amigo.

Otro día le dijo Eugenia a Augusto:

—Mira, Augusto, tengo que hablarte de una cosa grave, muy grave, y te ruego que me perdones de antemano si lo que voy a decirte...

—¡Por Dios, Eugenia, habla!

—Tú sabes aquel novio que tuve...

—Sí, Mauricio.

—Pero no sabes por qué le tuve que despachar al muy sinvergüenza...

—Ni quiero saberlo.

—Eso te honra. Pues bien; le tuve que despachar al haragán y sinvergüenza aquel, pero...

—¿Qué, te persigue todavía?

—¡Todavía!

—¡Ah, como yo le coja...!

—No, no es eso. Me persigue, pero no ya con las intenciones que tú crees, sino con otras.

—¡A ver! ¡a ver!

—No te alarmes. Augusto, no te alarmes. El pobre Mauricio no muerde, ladra.

—Ah, pues haz lo que dice el refrán árabe: «Si vas a detenerte con cada perro que te salga a ladrar al camino, nunca llegarás al fin de él». No sirve tirarles piedras. No le hagas caso.

—Creo que hay otro medio mejor.

—¿Cuál?

—Llevar a prevención mendrugos de pan en el bolsillo e irlos tirando a los perros que salen a ladrarnos, porque ladran por hambre.

—¿Qué quieres decir?

—Que ahora Mauricio no pretende sino que le busque una colocación cualquiera o un modo de vivir y dice que me dejará en paz, y si no...

—Si no...

—Amenaza con perseguirme para comprometerme...

—¡Desvergonzado! ¡Bandido!

—No te exaltes. Y creo que lo mejor es quitárnosle de en medio buscándole una colocación cualquiera que le dé para vivir y que sea lo más lejos posible. Es, además, de mi parte algo de compasión porque el pobrecillo es como es, y...

—Acaso tengas razón, Eugenia. Y mira, creo que podré arreglarlo todo. Mañana mismo hablaré a un amigo mío y me parece que le buscaremos ese empleo.

Y, en efecto, pudo encontrarle el empleo y conseguir que le destinasen bastante lejos.

XXVIII

Torció el gesto Augusto cuando una mañana le anunció Liduvina que un joven le esperaba y se encontró luego con que era Mauricio. Estuvo por despedirlo sin oirle, pero le atraía aquel hombre que fué en un tiempo novio de Eugenia, a la que ésta quiso y acaso seguía queriendo en algún modo; aquel hombre que tal vez sabía de la que iba a ser mujer de él, de Augusto, intimidades que éste ignoraba; de aquel hombre que... Había algo que les unía.

—Vengo, señor—empezó sumisamente Mauricio—, a darle las gracias por el favor insigne que merced a la mediación de Eugenia usted se ha dignado otorgarme...

—No tiene usted de qué darme las gracias, señor mío, y espero que en adelante dejará usted en paz a la que va a ser mi mujer.

—Pero ¡si yo no la he molestado lo más mínimo!

—Sé a qué atenerme.

—Desde que me despidió, e hizo bien en despedirme porque no soy yo el que a ella corresponde, he procurado consolarme como mejor he podido de esa desgracia y respetar, por supuesto, sus determinaciones. Y si ella le ha dicho a usted otra cosa...

—Le ruego que no vuelva a mentar a la que va a ser mi mujer, y mucho menos que insinúe siquiera el que haya faltado lo más mínimo a la verdad. Consuélese como pueda y déjenos en paz.

—Es verdad. Y vuelvo a darles a ustedes dos las gracias por el favor que me han hecho proporcionándome ese empleíto. Iré a servirlo y me consolaré como pueda. Por cierto que pienso llevarme conmigo a una muchachita...

—Y ¿a mí qué me importa eso, caballero?

—Es que me parece que usted debe de conocerla...

—¿Cómo? ¿cómo? ¿quiere usted burlarse...?

—No... no... Es una tal Rosario, que está en un taller de planchado y que me parece le solía llevar a usted la plancha...

Augusto palideció. «¿Sabrá éste todo?», se dijo, y esto le azaró aún más que su anterior sospecha de que aquel hombre supiese de Eugenia lo que él no sabía. Pero repúsose al pronto y exclamó:

—Y ¿a qué me viene usted ahora con eso?

—Me parece—prosiguió Mauricio, como si no hubiese oído nada—que a los despreciados se nos debe dejar el que nos consolemos los unos con los otros.

—Pero ¿qué quiere usted decir, hombre, qué quiere usted decir?—y pensó Augusto si allí, en aquel que fué escenario de su última aventura con Rosario, estrangularía o no a aquel hombre.

—¡No se exalte así, don Augusto, no se exalte así! No quiero decir sino lo que he dicho. Ella... la que usted no quiere que yo miente, me despreció, me despachó, y yo me he encontrado con esa pobre chicuela, a la que otro despreció, y...

Augusto no pudo ya contenerse; palideció primero, se encendió después, levantóse, cojió a Mauricio por los dos brazos, lo levantó en vilo y le arrojó en el sofá sin darse clara cuenta de lo que hacía, como para estrangularlo. Y entonces, al verse Mauricio en el sofá, dijo con la mayor frialdad:

—Mírese usted ahora, don Augusto, en mis pupilas y verá qué chiquitito se ve...

El pobre Augusto creyó derretirse. Por lo menos se le derritió la fuerza toda de los brazos, empezó la estancia a convertirse en niebla a sus ojos, pensó: «¿estaré soñando?», y se encontró con que Mauricio, de pie ya y frente a él, le miraba con una socarrona sonrisa:

—¡Oh, no ha sido nada, don Augusto, no ha sido nada! Perdóneme usted, un arrebato... ni sé siquiera lo que me hice... ni me di cuenta... Y ¡gracias, gracias, otra vez gracias! ¡gracias a usted y a... ella! ¡Adiós!

Apenas había salido Mauricio, llamó Augusto a Liduvina.

—Di, Liduvina, ¿quién ha estado aquí conmigo?

—Un joven.

—¿De qué señas?

—Pero ¿necesita usted que se lo diga?

—¿De veras, ha estado aquí alguien conmigo?

—¡Señorito!

—No... no... júrame que ha estado aquí conmigo un joven y de las señas que me digas... alto, rubio, ¿no es eso?, de bigote, más bien grueso que flaco, de nariz aguileña... ¿ha estado?

—Pero ¿está usted bueno, don Augusto?

—¿No ha sido un sueño...?

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Un respiro entre páginas.

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