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Fuente OvejunaLope de Vega

CAPÍTULO 2

ACTO PRIMERO

(_Salen el_ COMENDADOR, FLORES _y_ ORTUÑO, _criados._)

COMENDADOR

¿Sabe el maestre que estoy en la villa?

FLORES

Ya lo sabe.

ORTUÑO

Está, con la edad, más grave.

COMENDADOR

Y ¿sabe también que soy Fernán Gómez de Guzmán?

FLORES

Es muchacho, no te asombre.

COMENDADOR

Cuando no sepa mi nombre, ¿no le sabrá el que me dan de comendador mayor?

ORTUÑO

No falta quien le aconseje que de ser cortés se aleje.

COMENDADOR

Conquistará poco amor. Es llave la cortesía para abrir la voluntad; y para la enemistad la necia descortesía.

ORTUÑO

Si supiese un descortés cómo lo aborrecen todos --y querrían de mil modos poner la boca a sus pies--, antes que serlo ninguno, se dejaría morir.

FLORES

¡Qué cansado es de sufrir! ¡Qué áspero y qué importuno! Llaman la descortesía necedad en los iguales, porque es entre desiguales linaje de tiranía. Aquí no te toca nada: que un muchacho aun no ha llegado a saber qué es ser amado.

COMENDADOR

La obligación de la espada que se ciñó, el mismo día que la cruz de Calatrava le cubrió el pecho, bastaba para aprender cortesía.

FLORES

Si te han puesto mal con él, presto le conocerás.

ORTUÑO

Vuélvete, si en duda estás.

COMENDADOR

Quiero ver lo que hay en él.

(_Sale el_ MAESTRE DE CALATRAVA _y acompañamiento._)

MAESTRE

Perdonad, por vida mía, Fernán Gómez de Guzmán; que agora nueva me dan que en la villa estáis.

COMENDADOR

Tenía muy justa queja de vos; que el amor y la crianza me daban más confianza, por ser, cual somos los dos, vos maestre en Calatrava, yo vuestro comendador y muy vuestro servidor.

MAESTRE

Seguro[1], Fernando, estaba de vuestra buena venida. Quiero volveros a dar los brazos.

[1] _Seguro_, descuidado, ajeno.

COMENDADOR

Debéisme honrar; que he puesto por vos la vida entre diferencias tantas, hasta suplir vuestra edad el pontífice.

MAESTRE

Es verdad. Y por las señales santas que a los dos cruzan el pecho, que os lo pago en estimaros, y como a mi padre honraros.

COMENDADOR

De vos estoy satisfecho.

MAESTRE

¿Qué hay de guerra por allá?

COMENDADOR

Estad atento, y sabréis, la obligación que tenéis.

MAESTRE

Decid que ya lo estoy, ya.

COMENDADOR

Gran maestre don Rodrigo Téllez Girón, que a tan alto lugar os trajo el valor de aquel vuestro padre claro, que, de ocho años, en vos renunció su maestrazgo, que después por más seguro juraron y confirmaron reyes y comendadores, dando el pontífice santo Pío segundo sus bulas, y después las suyas Paulo para que don Juan Pacheco, gran maestre de Santiago, fuese vuestro coadjutor: ya que es muerto, y que os han dado el gobierno sólo a vos, aunque de tan pocos años, advertid que es honra vuestra seguir en aqueste caso la parte de vuestros deudos; porque muerto Enrique cuarto, quieren que al rey don Alonso de Portugal, que ha heredado, por su mujer, a Castilla, obedezcan sus vasallos; que aunque pretende[2] lo mismo, por Isabel, don Fernando, gran príncipe de Aragón, no con derecho tan claro a vuestros deudos; que, en fin, no presumen que hay engaño en la sucesión de Juana[3], a quien vuestro primo hermano tiene agora en su poder. Y así vengo a aconsejaros que juntéis los caballeros de Calatrava en Almagro, y a Ciudad Real toméis, que divide como paso a Andalucía y Castilla, para mirarlas a entrambas[4]. Poca gente es menester, porque tienen por soldados solamente sus vecinos y algunos pocos hidalgos, que defienden a Isabel y llaman rey a Fernando. Será bien que deis asombro, Rodrigo, aunque niño, a cuantos dicen que es grande esa cruz para vuestros hombros flacos. Mirad los condes de Urueña, de quien venís, que mostrando os están desde la fama los laureles que ganaron; los marqueses de Villena, y otros capitanes, tantos, que las alas de la fama apenas pueden llevarlos. Sacad esa blanca espada, que habéis de hacer, peleando, tan roja como la cruz; porque no podré llamaros maestre de la cruz roja que tenéis al pecho, en tanto que tenéis la blanca espada; que una al pecho y otra al lado, entrambas han de ser rojas; y vos, Girón soberano, capa del templo inmortal de vuestros claros pasados.

[2] _El original_, pretenden.

[3] Juana la Beltraneja, hija, según se supuso, de D. Beltrán de la Cueva, privado del rey Enrique IV y amante de la reina.

[4] _El original_, entrambos.

MAESTRE

Fernán Gómez, estad cierto que en esta parcialidad, porque veo que es verdad, con mis deudos me concierto. Y si importa, como paso, a Ciudad Real mi intento, veréis que como violento rayo sus muros abraso. No porque es muerto mi tío, piensen de mis pocos años los propios y los extraños que murió con él mi brío. Sacaré la blanca espada, para que quede su luz de la color de la cruz, de roja sangre bañada. Vos, ¿adónde residís? ¿Tenéis algunos soldados?

COMENDADOR

Poco, pero mis criados; que si dellos os servís, pelearán como leones. Ya veis que en Fuente Ovejuna hay gente humilde, y alguna no enseñada en escuadrones, sino en campos y labranzas.

MAESTRE

¿Allí residís?

COMENDADOR

Allí de mi encomienda escogí casa entre aquestas mudanzas. Vuestra gente se registre; que no quedará vasallo.

MAESTRE

Hoy me veréis a caballo, poner la lanza en el ristre.

(_Vanse, y salen_ PASCUALA _y_ LAURENCIA.)

LAURENCIA

¡Mas que nunca acá volviera!

PASCUALA

Pues a la he que pensé que cuando te lo conté, más pesadumbre te diera.

LAURENCIA

¡Plega al cielo que jamás le vea en Fuente Ovejuna!

PASCUALA

Yo, Laurencia, he visto alguna tan brava, y pienso que más; y tenía el corazón brando como una manteca.

LAURENCIA

Pues ¿hay encina tan seca como esta mi condición?

PASCUALA

Anda ya; que nadie diga: de esta agua no beberé.

LAURENCIA

¡Voto al sol que lo diré, aunque el mundo me desdiga! ¿A qué efeto fuera bueno querer a Fernando yo? ¿Casarme con él?

PASCUALA

No.

LAURENCIA

Luego la infamia condeno. ¡Cuántas mozas en la villa, del comendador fiadas, andan ya descalabradas!

PASCUALA

Tendré yo por maravilla que te escapes de su mano.

LAURENCIA

Pues en vano es lo que ves, porque ha que me sigue un mes, y todo, Pascuala, en vano. Aquel Flores, su alcahuete, y Ortuño, aquel socarrón, me mostraron un jubón, una sarta y un copete. Dijéronme tantas cosas de Fernando, su señor, que me pusieron temor; mas no serán poderosas para contrastar mi pecho.

PASCUALA

¿Dónde te hablaron?

LAURENCIA

Allá en el arroyo, y habrá seis días.

PASCUALA

Y yo sospecho que te han de engañar, Laurencia.

LAURENCIA

¿A mí?

PASCUALA

Que no, sino al cura.

LAURENCIA

Soy, aunque polla, muy dura yo para su reverencia. Pardiez, más precio poner, Pascuala de madrugada, un pedazo de lunada[5] al huego para comer, con tanto zalacatón[6] de una rosca que yo amaso, y hurtar a mi madre un vaso del pegado canjilón[7]; y más precio al mediodía ver la vaca entre las coles, haciendo mil caracoles con espumosa armonía; y concertar, si el camino me ha llegado a causar pena, casar una berenjena con otro tanto tocino; y después un pasa-tarde, mientras la cena se aliña, de una cuerda de mi viña, que Dios de pedrisco guarde; y cenar un salpicón con su aceite y su pimienta, y irme a la cama contenta, y al «inducas tentación» rezalle mis devociones, que cuantas raposerías, con su amor y sus porfías, tienen estos bellacones; porque todo su cuidado, después de darnos disgusto, es anochecer con gusto y amanecer con enfado.

[5] _Lunada_, pernil.

[6] _Zalacatón_, trozo de pan.

[7] Vasija untada de pez.

PASCUALA

Tienes, Laurencia, razón; que en dejando de querer, más ingratos suelen ser que al villano el gorrión. En el invierno, que el frío tiene los campos helados, decienden de los tejados, diciéndole «tío, tío», hasta llegar a comer las migajas de la mesa; mas luego que el frío cesa, y el campo ven florecer, no bajan diciendo «tío», del beneficio olvidados, mas saltando en los tejados, dicen: «judío, judío». Pues tales los hombres son: cuando nos han menester somos su vida, su ser, su alma, su corazón; pero pasadas las ascuas, las tías somos judías, y en vez de llamarnos tías, anda el nombre de las pascuas[8].

[8] _Nombre de las pascuas_, «putas, bellacas, alcahuetas». (Correas, _Vocabulario._)

LAURENCIA

No fiarse de ninguno.

PASCUALA

Lo mismo digo, Laurencia.

(_Salen_ MENGO _y_ BARRILDO _y_ FRONDOSO.)

FRONDOSO

En aquesta diferencia andas, Barrildo, importuno.

BARRILDO

A lo menos aquí está quien nos dirá lo más cierto.

MENGO

Pues hagamos un concierto antes que lleguéis allá, y es, que si juzgan por mí, me dé cada cual la prenda, precio de aquesta contienda.

BARRILDO

Desde aquí digo que sí. Mas si pierdes, ¿qué darás?

MENGO

Daré mi rabel de boj, que vale más que una troj, porque yo le estimo en más.

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Un respiro entre páginas.

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