CAPÍTULO 5
Comienzo · continuación 5
LEONOR. ¡Ay! Ojalá que en él feliz durmiera antes que delincuente profanara, torpe esposa de Dios, su santo velo.
MANRIQUE. ¡Su esposa tú!... Jamás.
LEONOR. Yo desdichada, Yo no ofendiera con mi llanto al cielo.[64]
MANRIQUE. No, Leonor; tus votos indiscretos no complacen a Dios; ellos le ultrajan. ¿Por qué temes? Huyamos; nadie puede separarme de ti... ¿Tiemblas?... ¿Vacilas?
LEONOR. ¡Sí; Manrique!... ¡Manrique!... Ya no puede ser tuya esta infeliz; nunca... mi vida, aunque llena de horror y de amargura, ya consagrada está, y eternamente, en las aras de un Dios omnipotente. Peligroso mortal, no más te goces envenenando ufano mi existencia; demasiado sufrí, déjame al menos que triste muera aquí con mi inocencia.
MANRIQUE. ¡Esto aguardaba yo! ¡Cuando creía que más que nunca enamorada y tierna me esperabas ansiosa, así te encuentro, sorda a mi ruego y a mis halagos fría! ¿Y tiemblas, di, de abandonar las aras donde tu puro afecto y tu hermosura sacrificaste a Dios...? ¡Pues qué![65]... ¿No fueras antes conmigo que con Dios perjura? Sí; en una noche...
LEONOR. ¡Por piedad!
MANRIQUE. ¿Te acuerdas? En una noche plácida y tranquila... ¡Qué recuerdo, Leonor! Nunca se aparta de aquí, del corazón; la luna hería con moribunda luz tu frente hermosa, y de la noche el aura silenciosa nuestros suspiros tiernos confundía. «Nadie cual yo te amó,» mil y mil veces me dijiste falaz: «Nadie en el mundo como yo puede amar»; y yo, insensato, fiaba en tu promesa seductora, y feliz y extasiado en tu hermosura, con mi esperanza allí me halló la aurora. ¡Quimérica esperanza! ¡Quién diría que la que tanto amor así juraba, juramento y amor olvidaría!
LEONOR. Ten de mí compasión; si por ti tiemblo, por ti y por mi virtud, ¿no es harto triunfo? Sí; yo te adoro aún; aquí, en mi pecho, como un raudal de abrasadora llama que mi vida consume, eternos viven tus recuerdos de amor; aquí, y por siempre, por siempre aquí estarán, que en vano quiero, bañada en lloro, ante el altar postrada, mi pasión criminal lanzar del pecho.
No encones más mi endurecida llaga; si aún amas a Leonor, huye, te ruego; libértame de ti.
MANRIQUE. ¡Que huya me dices!... ¡Yo, que sé que me amas!
LEONOR. No, no creas... no puedo amarte yo... si te lo he dicho, si perjuro mi labio te engañaba, ¿lo pudiste creer?... Yo lo decía, pero mi corazón... te idolatraba.
MANRIQUE. ¡Encanto celestial! Tanta ventura puedo apenas creer.
LEONOR. ¿Me compadeces?...
MANRIQUE. Ese llanto, Leonor, no me lo ocultes; deja que ansioso en mi delirio goce un momento de amor; injusto he sido, injusto para ti... vuelve tus ojos, y mírame risueño y sin enojos. ¿Es verdad que en el mundo no hay delicia para ti sin mi amor?
LEONOR. ¿Lo dudas?...
MANRIQUE. Vamos... pronto huyamos de aquí.
LEONOR. ¡Si ver pudieses la lucha horrenda que mi pecho abriga! ¿Qué pretendes de mí? ¿Que infame, impura, abandone el altar, y que te siga amante tierna a mi deber perjura? Mírame aquí a tus pies, aquí te imploro que del seno me arranques de la dicha; tus brazos son mi altar, seré tu esposa, y tu esclava seré; pronto, un momento, un momento pudiera descubrirnos y te perdiera entonces.
MANRIQUE. ¡Ángel mío!
LEONOR. Huyamos, sí... ¿No ves allí en el claustro una sombra?... ¡Gran Dios!
MANRIQUE. No hay nadie, nadie... fantástica ilusión.
LEONOR. ¡Ven, no te alejes; tengo un miedo! No, no... te han visto... vete... pronto, vete por Dios... mira el abismo bajo mis pies abierto; no pretendas precipitarme en él.
MANRIQUE. Leonor, respira, respira por piedad; yo te prometo respetar tu virtud y tu ternura. No alienta; sus sentidos trastornados... me abandonan sus brazos... no, yo siento su seno palpitar... Leonor, ya es tiempo de huir de esta mansión, pero conmigo vendrás también. Mi amor, mis esperanzas, tú para mí eres todo, ángel hermoso. ¿No me juraste amarme eternamente por el Dios que gobierna el firmamento? Ven a cumplirme, ven, tu juramento.
ESCENA VI
Calle corta;[66] a la izquierda se ve la fachada de una iglesia
RUIZ _y un momento después_ UN SOLDADO
RUIZ. ¡Es mucho tardar! Me temo que esta dilación... ¡Oiga! ¿Quién va?
SOLDADO. ¿Ruiz?
RUIZ. El mismo. ¡Ah! ¿Eres tú? ¿Ha llegado la gente?
SOLDADO. Ya está cerca del muro, la puerta está guardada.
RUIZ. ¿Cómo! ¡Alguno nos ha vendido tal vez?
SOLDADO. El Rey ha salido esta noche de la ciudad.
RUIZ. Algo ha sabido.
SOLDADO. Sin duda. ¿Con cuántos hombres podemos contar dentro de la ciudad?
RUIZ. Apenas llegan a ciento.
SOLDADO. Bastan para atacar la puerta si nos ayudan los de fuera.
RUIZ. Dices bien.
SOLDADO. Vamos.
RUIZ. (¿Y don Manrique?)
SOLDADO. ¿Temes?
RUIZ. ¡Yo!... No; pero queda mi señor todavía en el convento.
SOLDADO. ¡Diablo! Ya... pero es cosa de un momento; un ataque imprevisto por la espalda y por la frente[67]... después ya no corre peligro.
RUIZ. Vamos.
ESCENA VII
LEONOR _y_ MANRIQUE
MANRIQUE. Alienta; en salvo estamos.
LEONOR. ¡Ay!
MANRIQUE. Ya vuelve[68]...
LEONOR. ¿Dónde estoy?
MANRIQUE. En mis brazos, Leonor. (_Se oye dentro ruido lejano de armas._)
LEONOR. ¿Qué rumor es ése?...
MANRIQUE. ¡Cielos!... Tal vez...
LEONOR. ¿Adonde me llevas? Suéltame por Dios... ¿no ves que te pierdes?
MANRIQUE. ¿Qué me importa, si no te pierdo a ti?
LEONOR. ¿Pero qué significa ese ruido?
MANRIQUE. No es nada, nada.
LEONOR. Ese resplandor... esas luces que se divisan a lo lejos.
MANRIQUE. Es verdad, pero no temas, estoy a tu lado...
LEONOR. ¿No oyes estruendo de armas?
MANRIQUE. Sí, confusamente se percibe.
LEONOR. ¿Si vienen en nuestra busca?
MANRIQUE. No puede ser.
LEONOR. Pero esos hombres que se acercan... he distinguido los penachos.
MANRIQUE. No temas.
LEONOR. ¿Qué van a hacer contigo? Huye, huye por Dios.
MANRIQUE. Si fueran mis soldados...
LEONOR. Vete; se acercan... ¿No lo ves? ¡Es el Conde!
MANRIQUE. Don Nuño. ¡Es verdad...! ¡Gran Dios! ¿Y he de perderte? (_Se oye tocar a rebato._)
LEONOR. ¿Escuchas?
MANRIQUE. Sí; ésta es la señal.
DENTRO. Traición, traición.
MANRIQUE. Estamos libres. (_Desenvainando la espada._)
DENTRO. ¡Traición!
LEONOR. ¿Qué haces?
ESCENA VIII
_En este momento salen por la izquierda_ DON NUÑO, DON GUILLÉN, DON LOPE _y_ SOLDADOS _con luces, y por la derecha_ RUIZ _y varios soldados que se colocan al lado de_ DON MANRIQUE, _éste defenderá a_ LEONOR, _ocultándose entre los suyos[69] y peleando con_ DON GUILLÉN _y_ DON NUÑO; _entre tanto no cesarán de tocar a rebato._
MANRIQUE. Aquí, mis valientes.
NUÑO. El es.
GUILLÉN. Traidor.
LEONOR. Piedad, piedad.
JORNADA CUARTA
LA REVELACIÓN
El teatro representa un campamento con varias tiendas; algunos soldados se pasean por el fondo.
ESCENA PRIMERA
DON NUÑO, DON GUILLÉN, _y_ JIMENO
NUÑO. Bien venido, don Guillén; ya cuidadoso esperaba vuestra vuelta... ¿Qué habéis visto?
GUILLÉN. Como mandasteis, al alba salí a explorar todo el campo. y me interné en la montaña.
NUÑO. ¿No encontrasteis los rebeldes?
GUILLÉN. Encerrados nos aguardan en Castellar.
NUÑO. ¿Nos esperan!
GUILLÉN. A tanto llega su audacia.
NUÑO. ¿Sabéis si está don Manrique?
GUILLÉN. Don Manrique es quien los manda.
NUÑO. Albricias, don Guillén, hoy recobraréis vuestra hermana.
GUILLÉN. No sabéis cuál lo deseo, por lavar la torpe mancha que esa pérfida ha estampado en el blasón de mis armas. Allí con su seductor... no quiero pensarlo... ¡infamia inaudita! Y está allí... ¿y yo no voy a arrancarla con el corazón villano el torpe amor que la abrasa?
NUÑO. Sosegáos.
GUILLÉN. No; no sosiega el que así de su prosapia ve el blasón envilecido... Honrado nací en mi casa, y a la tumba de mis padres bajará mi honor sin mancha.
NUÑO. Sin mancha, yo os lo prometo.
GUILLÉN. ¡El traidor! ¡Que se escapara[70] la noche que en Zaragoza entre el rumor de las armas, la arrancó del claustro!
NUÑO. En vano perseguirle procuraba; se me ocultó entre los suyos[71]...
GUILLÉN. Que bien pagaron su audacia.
NUÑO. Que levanten esas tiendas para ponernos en marcha al instante... ¡Nos esperan! ¿Tienen mucha gente?
GUILLÉN. Basta para guardar el castillo la que he visto... y bien armada. Catalanes[72] son los más, y toda gente lozana.
NUÑO. No importa; de Zaragoza hoy nos llegaron cien lanzas y seiscientos ballesteros, que nos hacían gran falta.[73] No se escaparán si Dios quiere ayudar nuestra causa. ¿Qué ruido es ése? (_Se oye dentro rumor y algazara._)
ESCENA II
LOS MISMOS _y_ GUZMÁN
GUZMÁN. ¿Señor?
NUÑO. ¿Qué motiva esa algazara? ¿Qué traéis?
GUZMÁN. Vuestros soldados, que por el campo rondaban, han preso a una bruja.
NUÑO. ¿Qué?
GUZMÁN. Sí, Señor, a una gitana.
NUÑO. ¿Por qué motivo?
GUZMÁN. Sospechan, al ver que de huir trataba cuando la vieron, que venga a espiar.
NUÑO. ¿Y por qué arman ese alboroto?[74] ¿Qué es eso? (_Mirando adentro._)
GUZMÁN. ¿No veis como la maltratan?
NUÑO. Traédmela, y que ninguno sea atrevido[75] a tocarla.
ESCENA III
LOS MISMOS _y_ AZUCENA, _conducida por_ SOLDADOS _y con las manos atadas_
AZUCENA. Defendedme de esos hombres que sin compasión me matan... defendedme...
NUÑO. Nada temas; nadie te ofende.