CAPÍTULO 4
Comienzo · continuación 4
RUIZ. Señor, muy cierto.
MANRIQUE. Sin duda tomó ya el velo.
RUIZ. Quizá.
MANRIQUE. Ya esposa de Dios será, ya el ara santa la escuda.
RUIZ. Pero...
MANRIQUE. Déjame, Ruiz; ya para mí no hay consuelo. ¿Por qué me dio vida el cielo si ha de ser tan infeliz?
RUIZ. ¿Mas qué causa pudo haber para que así consagrara tanta hermosura en el ara? Mucho debió padecer.
MANRIQUE. Nuevas falsas de mi muerte en los campos de Velilla corrieron, cuando en Castilla estaba yo.
RUIZ. De esa suerte...
MANRIQUE. Persiguiéronla inhumanos que envidiaban nuestro amor, y ella busca al Redentor huyendo de sus tiranos. Si supiera que aún existo para adorarla... No, no... Ya olvidarte debo yo, esposa de Jesucristo...
RUIZ. ¿Qué hacéis? Callad...
MANRIQUE. Loco estoy... ¿Y cómo no estarlo ¡ay cielo! si, infelice, mi consuelo pierdo y mis delicias hoy? No los perderé; Ruiz, déjame.
RUIZ. ¿Qué vais a hacer?
MANRIQUE. Pudiérala acaso ver... con esto fuera feliz.
RUIZ. Aquí el locutorio está.
MANRIQUE. Vete.
RUIZ. Fuera estoy.
ESCENA VIII
MANRIQUE, _después_ GUZMÁN _y_ FERRANDO
MANRIQUE. ¿Qué haré? Turbado estoy... ¿Llamaré? Tal vez orando estará. Acaso en este momento llora cuitada por mí. Nadie viene... por aquí... es la iglesia del convento.
FERRANDO. Tarde llegamos, Guzmán.
GUZMÁN. ¿Quién es este hombre?
FERRANDO. No sé.
(_Las religiosas cantarán dentro un responso; el canto no cesará hasta un momento después de la concluida de la jornada._)
GUZMÁN. ¿Oyes el canto?
FERRANDO. Sí, a fe.
GUZMÁN. En la ceremonia están.
MANRIQUE. ¿Qué escucho?... ¡Cielos! Es ella... (_Mirando a la puerta de la iglesia._) Allí está bañada en llanto, junto al altar sacrosanto, y con su dolor más bella.
GUZMÁN. ¿No es ésa la iglesia?
FERRANDO. Vamos.
MANRIQUE. Ya se acercan hacia aquí.
FERRANDO. Espérate.
GUZMÁN. ¿Vienen?
FERRANDO. Sí.
MANRIQUE. No; que no me encuentre... huyamos.
(_Quiere huir, pero deteniéndose de pronto se apoya vacilando en la reja del locutorio. Leonor, Jimena y el séquito salen de la iglesia y se dirigen a la puerta del claustro; pero al pasar al lado de Manrique, éste alza la visera, y Leonor, reconociéndole, cae desmayada a sus pies. Las religiosas aparecen en el locutorio llevando velas encendidas._)
GUZMÁN. Esta es la ocasión... valor.
LEONOR. ¿Quién es aquél? Mi deseo (_A Jimena_) me engaña... ¡Sí, es él!
JIMENA. ¡Qué veo!
LEONOR. ¡Ah! ¡Manrique!...
GUZMÁN, FERRANDO. ¡El trovador! (_Huyen._)
JORNADA TERCERA
LA GITANA
Interior de una cabaña; Azucena estará sentada cerca de una hoguera; Manrique a su lado de pie.
ESCENA PRIMERA
MANRIQUE _y_ AZUCENA
AZUCENA, _canta_. Bramando está el pueblo indómito, de la hoguera en derredor;[50] al ver ya cerca la víctima, gritos lanza de furor. Allí viene; el rostro pálido, sus miradas de terror, brillan de la llama trémula al siniestro resplandor.[51]
MANRIQUE. ¡Qué triste es esa canción!
AZUCENA. Tú no conoces esa historia, aunque nadie mejor que tú pudiera saberla.
MANRIQUE. ¿Yo?...
AZUCENA. Te separaste tan niño[52] de mi lado ¡ingrato! Abandonaste a tu madre por seguir a un desconocido...
MANRIQUE. A don Diego de Haro,[53] señor de Vizcaya.[54]
AZUCENA. Pero que no te amaba tanto como yo.
MANRIQUE. Mi objeto era el de haceros feliz. Las montañas de Vizcaya no podían suministrar a mi ambición recursos para elevarme a la altura de mis ilusiones. Seguí a don Diego hasta Zaragoza, porque se decidió a protegerme, y yo decía para mí: «Algún día sacaré a mi madre de la miseria»; pero vos no lo habéis querido.
AZUCENA. No, yo soy feliz; yo no ambiciono alcázares[55] dorados; tengo bastante con mi libertad y con las montañas donde vivieron siempre nuestros padres.
MANRIQUE. ¡Siempre!
AZUCENA. Pero, hijo mío, la pobreza tiene muchos inconvenientes, y tu familia los ha experimentado muy terribles.
MANRIQUE. ¿Mi familia?
AZUCENA. Nada me has preguntado nunca acerca de ella.
MANRIQUE. No me he atrevido... no sé por qué se me ha figurado que me habíais de contar alguna cosa horrible.
AZUCENA. ¡Tienes razón, una cosa horrible!... Yo, para recordarlo, no podría menos de estremecerme... ¿Ves esa hoguera? ¿Sabes tú lo que significa esa hoguera? Yo no puedo mirarla sin que se me despegue la carne de los huesos, y no puedo apartarla de mí, porque el frío de la noche hiela todo mi cuerpo.
MANRIQUE. Pero, ¿por qué os habéis querido fijar en este sitio?
AZUCENA. Porque este sitio tiene para mí recuerdos muy profundos... desde aquí se descubren los muros de Zaragoza... éste era, éste, el sitio donde murió.
MANRIQUE. ¿Quién, madre mía?
AZUCENA. Es verdad, tú no lo sabes, y sin embargo era mi madre, mi pobre madre, que nunca había hecho daño a nadie. ¡Pero dieron en decir[56] que era bruja!...
MANRIQUE. ¿Vuestra madre?
AZUCENA. Sí; la acusaron de haber hecho mal de ojo[57] al hijo de un caballero, de un Conde. No hubo compasión para ella, y la condenaron a ser quemada viva.
MANRIQUE. ¡Qué horror!... Bárbaros... ¿Y lo consumaron?
AZUCENA. En este mismo sitio, donde está esa hoguera.
MANRIQUE. ¡Gran Dios!
AZUCENA. Yo la seguía de lejos, llorando mucho; como quien llora por una madre. Llevaba yo a mi hijo en los brazos, a ti; mi madre volvió tres veces la cabeza para mirarme bendecirme. La última vez cerca del suplicio... allí me miró haciendo un gesto espantoso, y con una voz ahogada y ronca me gritó: «¡Véngame!» Aquella palabra... no la puedo olvidar... aquella palabra se grabó en mi alma, en todos mis sentidos, y yo juré vengarla de una manera horrorosa.
MANRIQUE. Sí, ¿y la vengasteis... es verdad? Tendría un placer en saberlo. Mil crímenes, mil muertes no eran bastantes.
AZUCENA. Pocos días después tuve ocasión de conseguirlo. Yo no hacía otra cosa que[58] rodear la casa del Conde que había sido causa de la muerte de aquella desgraciada... un día logré introducirme en ella y le arrebaté al niño, y dos minutos después ya estaba yo en este sitio, donde tenía preparada la hoguera.
MANRIQUE. ¿Y tuvisteis valor?
AZUCENA. El inocente lloraba y parecía querer implorar mi compasión... Tal vez me acariciaba,... Dios mío, yo no tuve valor... yo también era madre... (_Llorando._)
MANRIQUE. ¿Y en fin?
AZUCENA. Yo no había olvidado, sin embargo, a la infeliz que me había dado el ser; pero los lamentos de aquella infeliz criatura me desarmaban, me rasgaban el corazón. Esta lucha era superior a mis fuerzas, y bien pronto se apoderó de mí una convulsión violenta... yo oía confusamente los chillidos del niño y aquel grito que me decía: «¡Véngame!» Pero de repente, y como en un sueño, se me puso delante de los ojos aquel suplicio, los soldados con sus picas, mi madre desgreñada y pálida, que con paso trémulo caminaba despacio, muy despacio, hacia la muerte, y que volvía la cara para mirarme, para decirme: «¡Véngame!» Un furor desesperado se apoderó de mí, y desatentada y frenética, tendí las manos buscando una víctima; la encontré, la así con una fuerza convulsiva, y la precipité entre las llamas. Sus gritos horrorosos ya no sirvieron sino para sacarme de aquel enajenamiento mortal... abrí los ojos, los tendí a todas partes... la hoguera consumía una víctima, y el hijo del Conde estaba allí. (_Señalando a la izquierda._)
MANRIQUE. ¡Desgraciada!
AZUCENA. Había quemado a mi hijo.
MANRIQUE. ¡Vuestro hijo! ¿Pues quién soy yo, quién?... Todo lo veo.
AZUCENA. ¿Te he dicho que había quemado a mi hijo?... No... he querido burlarme de tu ambición... tú eres mi hijo; él del Conde, sí, él del Conde era él que abrasaban las llamas... ¿No quieres tú que yo sea tu madre?
MANRIQUE. Perdonad.
AZUCENA. ¡Ingrato! ¿No te he prodigado una ternura sin límites?
MANRIQUE. Perdonad; merezco vuestras reconvenciones. Mil veces dentro en mi corazón, os lo confieso, he deseado que no fueseis mi madre, no porque no os quiera con toda el alma, sino porque ambiciono un nombre, un nombre que me falta. Mil veces digo para mí, si yo fuese un Lanuza, un Urrea...
AZUCENA. ¡Un Artal![59]...
MANRIQUE. No, un Artal, no, es apellido que detesto; primero el hijo de un confeso. Pero, a pesar de mi ambición, os amo, madre mía; no... yo no quiero sino ser vuestro hijo. ¿Qué me importa un nombre? Mi corazón es tan grande como él de un rey... ¿Qué noble ha doblado nunca mi brazo?
AZUCENA. Sí, sí. ¿A qué ambicionar más?
MANRIQUE. Aún no viene. (_Llegándose a la puerta._)
AZUCENA. Pero sin embargo, estás muy triste... ¿Te devora algún pesar secreto? ¿Sientes tú haber nacido de unos padres sí humildes? No temas, yo no diré a nadie que soy tu madre, me contentaré con decírmelo a mí propia, y en vanagloriarme interiormente. ¿Estás contento?
ESCENA II
LOS MISMOS _y_ RUIZ
MANRIQUE. Ahí está.
AZUCENA. ¿Esperabas a ese hombre?
MANRIQUE. Sí, madre.
AZUCENA. No temas, no me verá. (_Se aparta a un lado._)
RUIZ. ¿Estáis pronto?
MANRIQUE. ¿Eres tú, Ruiz?
RUIZ. El mismo; todo está preparado.
MANRIQUE. Marchemos.
ESCENA III
AZUCENA
AZUCENA. Se ha ido sin decirme nada, sin mirarme siquiera. ¡Ingrato! No parece sino que conoce mi secreta... ¡Ah! Que no sepa nunca[60]... Si yo le dijera: «Tú no eres mi hijo, tu familia lleva un nombre esclarecido, no me perteneces...» me despreciaría y me dejaría abandonada en la vejez. Estuvo en poco que no se lo descubriera[61]... ¡Ah! No, no lo sabrá nunca. ¿Por qué le perdoné la vida sino para que fuera mi hijo?
ESCENA IV
_El teatro representa una celda; en el fondo, a la izquierda, habrá un reclinatorio, en el cual estará arrodillada_ LEONOR; _se ve un crucifijo pendiente de la pared delante del reclinatorio_
LEONOR. Ya el sacrificio que odié mi labio trémulo y frió consumó... perdón, Dios mío, perdona si te ultrajé. Llorar triste y suspirar sólo puedo; ay, Señor, no... tuya no debo ser yo, recházame de tu altar. Los votos que allí te hiciera fueron votos de dolor, arrancados al temor de un alma tierna y sincera. Cuando en el ara fatal eterna fe te juraba mi mente ¡ay Dios! se extasiaba en la imagen de un mortal. Imagen que vive en mí, hermosa, pura y constante... No, tu poder no es bastante a separarla de aquí. Perdona, Dios de bondad; perdona, sé que te ofendo; vibra tu rayo tremendo, y confunde mi impiedad. Mas no puedo en mi inquietud arrancar del corazón esta violenta pasión, que es mayor que mi virtud. Tiempos en que amor solía calmar piadoso mi afán, ¿qué os hicisteis?[62] ¿Dónde están vuestra gloria y mi alegría? ¿De amor el suspiro tierno y aquel placer sin igual, tan breve para mi mal aunque en mi memoria eterno? Ya pasó... mi juventud los tiranos marchitaron, y a mi vida prepararon junto al altar el ataúd. Ilusiones engañosas, livianas como el placer, no aumentéis mi padecer... ¡Sois por mi mal tan hermosas!
(_Una voz, acompañada de un laúd, canta las siguientes estrofas después de un breve preludio, Leonor manifiesta entre tanto la mayor agitación._)
Camina orillas del Ebro caballero lidiador, puesta en la cuja la lanza que mil contrarios venció. Despierta, Leonor, Leonor.
Buscando viene anhelante a la prenda[63] de su amor, a su pesar consagrada en los altares de Dios. Despierta, Leonor, Leonor.
LEONOR. Sueños, dejadme gozar... no hay duda... él es... Trovador... (_Viendo entrar a_ MANRIQUE.) ¿será posible?...
MANRIQUE. ¡Leonor!
LEONOR. ¡Gran Dios! Ya puedo espirar.
ESCENA V
MANRIQUE _y_ LEONOR
MANRIQUE. Te encuentro al fin, Leonor.
LEONOR. Huye; ¿qué has hecho?
MANRIQUE. Vengo a salvarte, a quebrantar osado los grillos que te oprimen, a estrecharte en mi seno, de amor enajenado. ¿Es verdad, Leonor? Dime si es cierto que te estrecho en mis brazos, que respiras para colmar hermosa mi esperanza, y que extasiada de placer me miras.
LEONOR. ¡Manrique!
MANRIQUE. Sí; tu amante que te adora más que nunca feliz.
LEONOR. ¡Calla!...
MANRIQUE. No temas; todo en silencio está como el sepulcro.