CAPÍTULO 3
Comienzo · continuación 3
NUÑO. ¿Decís que aún no es religiosa?
GUILLÉN. Pero lo[37] será muy luego.
NUÑO. Iré yo a verla, yo iré; si es fuerza, la rogaré...
GUILLÉN. Despreciará vuestro ruego.
NUÑO. ¿Tan en extremo enojada está?
GUILLÉN. ¿No sabéis, señor, que no hay tirano mayor como la mujer rogada?
NUÑO. Pues bien, la arrebataré a los pies del mismo altar;[38] si ella no me quiere amar, yo a amarme la obligaré.
GUILLÉN. ¡Conde!
NUÑO. Sí, sí... loco estoy, no os enojéis; ni he querido ofender...
GUILLÉN. Noble he nacido, y noble, don Nuño, soy.
NUÑO. Basta; ya sé, don Guillén, que es ilustre vuestra cuna.
GUILLÉN. Y jamás mancha ninguna la oscurecerá.
NUÑO. Está bien; dejadme.
GUILLÉN. ¿Quién más que yo éste enlace estimaría? Mas si amengua mi hidalguía, no quiero tal dicha, no.
NUÑO. Decís bien.
GUILLÉN. Si os ofendí...
NUÑO. No; dejadme... fuera están mis criados; a Guzmán que entre[39] diréis.
GUILLÉN. Lo haré así.
ESCENA II
DON NUÑO, _después_ GUZMÁN
NUÑO. Gracias a Dios se fue ya, que por cierto me aburría. ¡Qué vano con su hidalguía el buen caballero está! Si no me quiere servir será diligencia vana: o ha de ser mía su hermana, o por ella he de morir.
GUZMÁN. ¿Señor?
NUÑO. Cierra esa puerta.
GUZMÁN. ¿Qué tenéis que mandarme?
NUÑO. Siéntate.
GUZMÁN. ¿En vuestra presencia, señor!
NUÑO. Sí; quiero darte esta prueba más de mi aprecio; voy a encargarte de una comisión arriesgada... ¿te atreverás a hacer lo que te diga?
GUZMÁN. A todo estoy pronto.
NUÑO. Piénsalo bien.
GUZMÁN. Aunque me costara la vida; podéis disponer de mí.
NUÑO. Ya lo sé, Guzmán; nunca has dejado de serme fiel.
GUZMÁN. Y lo seré siempre.
NUÑO. Yo también sabré recompensarte. Bien conoces a doña Leonor de Sesé, y sabes lo que por ella he padecido.
GUZMÁN. Demasiado, señor.
NUÑO. Y hoy la voy a perder[40] para siempre si no me ayuda tu arrojo. Yo debía haberla olvidado; pero mi corazón, y tal vez mi orgullo, se han resentido ya en extremo... me es imposible no amarla. Cuando murió Manrique en el ataque de Velilla, creí que resignándose con su suerte, se tendría por muy dichosa en dar la mano al Conde de Luna, en llevar un apellido noble y brillante; me engañé... apenas podría creerlo; ha preferido encerrarse con su orgullo en un claustro. Hoy mismo[41] debe profesar en el convento de Jerusalén.
GUZMÁN. ¡Hoy mismo!
NUÑO. Sí; yo no quiero que este acto se verifique.
GUZMÁN. ¿Cómo estorbarlo?
NUÑO. ¿No comprendes?
GUZMÁN. Mandad.
NUÑO. Yo te prometo que nada te sucederá; el Rey acaba de hacerme Justicia mayor de Aragón; de consiguiente, contra ti no se hará justicia. El pueblo está consternado con la muerte violenta que han dado los rebeldes al Arzobispo; el Rey necesita de mí y de mis vasallos en estos momentos críticos; todo nos favorece.
GUZMÁN. Cierto.
NUÑO. ¿Cuál de mis criados te parece más a propósito para que vaya contigo?
GUZMÁN. Ferrando.
NUÑO. Dile que te acompañe; yo también le recompensaré.
GUZMÁN. ¿Oís? (_Tocan a la puerta._)
NUÑO. Abre.
ESCENA III
LOS MISMOS _y_ DON LOPE
LOPE. Su Alteza os manda llamar, Conde.
NUÑO. ¿Su Alteza?
LOPE. Parece que está algo alborotada la ciudad con ciertas noticias que ha traído un corredor del ejército.
NUÑO. ¿Pues qué hay?
LOPE. Los rebeldes han entrado a saco[42] a Castellar[43] y se suena también que algunos de ellos se han introducido en Zaragoza, y que esta noche ha de haber revuelta.
NUÑO. Imposible.
LOPE. La ciudad está casi desierta; todos se han consternado; pero lo más particular...
NUÑO. Así podrás con más facilidad... (_A parte a Guzmán._)
GUZMÁN. Voy.
NUÑO. Escucha: supongo que no encontrarás resistencia; si la hallares haz uso de la espada.
GUZMÁN. ¿En la misma iglesia?
NUÑO. En cualquier parte.
LOPE. Verdad es que en un tiempo en que se matan arzobispos...
NUÑO. Me has entendido... adiós.
ESCENA IV
DON NUÑO _y_ DON LOPE
LOPE. Como decía, lo que más me ha admirado de todo ello, y lo que a vos sin duda también os sorprenderá, es la voz que corre de que el que acaudillaba a los rebeldes en la entrada del castillo era un difunto.
NUÑO. ¡Don Lope!
LOPE. ¿No adivináis quién sea?
NUÑO. Yo... no conozco fantasmas.
LOPE. Pues bien le conocíais, y le odiabais muy particularmente.
NUÑO. ¿Quién?
LOPE. El trovador.
NUÑO. ¿Manrique! ¿No se encontró su cadáver en el combate de Velilla?
LOPE. Así se dijo, aunque ninguno le conocía por su persona.
NUÑO. ¿Si no era él!
LOPE. No sería, o como más bien creo...
NUÑO. ¿Qué?
LOPE. Debe de haber[44] en esto algo de arte del diablo.
NUÑO. ¡Silencio! ¿Os queréis burlar?
LOPE. No, por mi vida.
NUÑO. ¿Y está en el castillo?
LOPE. No, en Zaragoza.
NUÑO. ¿Aquí?
LOPE. Así lo ha dicho quien le vio a la madrugada cerca de la puerta del Sol.[45]
NUÑO. Y él será tal vez el caudillo de la trama...
LOPE. Y es a lo menos el más osado, y por consiguiente el más a propósito.
NUÑO. Pluguiera[46] a Dios que así fuese.
LOPE. Nadie lo duda en la ciudad.
NUÑO. ¿Decíais que me llamaba su Alteza?
LOPE. Seguramente.
NUÑO. Adiós, don Lope; esta noche los castigaremos si se atreven. 20
LOPE. Yo lo espero...
ESCENA V
DON LOPE
LOPE. Pues no las tengo yo todas conmigo[47]... y si los soldados son como el caudillo... ¡pardiez! un ejército de fantasmas, una falange espiritual.
ESCENA VI
En el fondo del teatro se verá la reja del locutorio de un convento; tres puertas, una al lado de la reja que comunica con el interior del claustro, otra a la derecha que va a la iglesia, y la otra a la izquierda, que figura ser la entrada de la calle.
_Se dejan ver algunas religiosas en el locutorio; la puerta que está al lado de la reja se abre, y aparece_ LEONOR _apoyada del brazo de_ JIMENA; _las rodean algunos sacerdotes y religiosas_
LEONOR. ¡Jimena!
JIMENA. Al fin abandonas a tu amiga.
LEONOR. Quiera[48] el cielo hacerte a ti más feliz, tanto como yo deseo.
JIMENA. ¿Por qué obstinarte?
LEONOR. Es preciso; ya no hay en el universo nada que me haga[49] apreciar esta vida que aborrezco. Aquí de Dios en las aras, no veré, amiga, a lo menos, a esos tiranos impíos que causa de mi mal fueron.
JIMENA. Ni una esperanza...
LEONOR. Ninguna; él murió ya.
JIMENA. Tal vez luego se borrará de tu mente ese recuerdo funesto.
El mal, como la ventura, todo pasa con el tiempo.
LEONOR. Estoy resuelta; ya no hay felicidad, ni la quiero, en el mundo para mí; sólo morir apetezco. Acompáñame, Jimena.
JIMENA. Estás temblando.
LEONOR. Sí; tiemblo porque a ofender voy a Dios con pérfido juramento.
JIMENA. ¿Qué decís?
LEONOR. ¡Ay! Todavía delante de mí le tengo, y Dios, y el altar, y el mundo olvido cuando le veo. Y siempre viéndole estoy, amante, dichoso y tierno... mas no existe, es ilusión que imagina mi deseo. ¡Vamos!
JIMENA. ¡Leonor!
LEONOR. Vamos pronto; le olvidaré, lo prometo. Dios me ayudará... sosténme, que apenas tenerme puedo.
ESCENA VII
_Queda la escena un momento sola; salen por la izquierda_ DON MANRIQUE _con el rostro cubierto con la celada, y_ RUIZ
RUIZ. Éste es el convento.
MANRIQUE. Sí, Ruiz, pero nada veo. ¿Si te engañaron?
RUIZ. No creo...
MANRIQUE. ¿Estás cierto que era aquí?