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El trovadorAntonio García Gutiérrez

CAPÍTULO 1

Comienzo

EL TROVADOR

ANTONIO GARCÍA GUTIÉRREZ

DRAMA CABALLERESCO EN CINCO JORNADAS EN PROSA Y VERSO

PERSONAJES

DON NUÑO DE ARTAL, Conde de Luna[1]

DON MANRIQUE (El Trovador)

DON GUILLÉN DE SESÉ

DON LOPE DE URREA

DOÑA LEONOR DE SESÉ

DOÑA JIMENA

AZUCENA

GUZMÁN, criado del Conde de Luna

JIMENO, idem

FERRANDO, idem

RUIZ, criado de Don Manrique

UN SOLDADO

Soldados, sacerdotes y religiosas

_Aragón_[2]--_Siglo XV_

EL TROVADOR

JORNADA PRIMERA

EL DUELO

Zaragoza:[3] sala corta[4] en el palacio de la Aljafería[5]

ESCENA PRIMERA

GUZMÁN, JIMENO, _y_ FERRANDO, _sentados_

JIMENO. Nadie mejor que yo puede saber esa historia; como que hace muy cerca de cuarenta años que estoy al servicio de los Condes de Luna.

FERRANDO. Siempre me lo han contado de diverso modo.

GUZMÁN. Y como se abultan tanto las cosas...

JIMENO. Yo os lo contaré tal como ello pasó por los años de 1390. El Conde don Lope de Artal vivía regularmente en Zaragoza, como que siempre estaba al lado de su Alteza. Tenía dos niños: el uno que es don Nuño, nuestro muy querido amo, y contaba entonces seis meses, poco más o menos, y el mayor, que tendría dos años, llamado don Juan. Una noche entró en la casa del Conde una de esas vagabundas, una gitana con ribetes de bruja, y sin decir una palabra se deslizó hacia la cámara donde dormía el mayorcito. Era ya bastante vieja...

FERRANDO. ¿Vieja y gitana? Bruja sin duda.

JIMENO. Se sentó a su lado, y le estuvo mirando largo rato, sin apartar de él los ojos ni un instante; pero los criados la vieron y la arrojaron a palos.[6] Desde aquel día empezó a enflaquecer el niño, a llorar continuamente, y por último, a los pocos días cayó gravemente enfermo; la pícara de la bruja le había hechizado.

GUZMÁN. ¡Diantre!

JIMENO. Y aún su aya aseguró que en el silencio de la noche había oído varias veces que andaba alguien en su habitación, y que una legión de brujas jugaban con el niño a la pelota, sacudiéndole furiosas contra la pared.

FERRANDO. ¡Qué horror! Yo me hubiera muerto de miedo.

JIMENO. Todo esto alarmó al Conde, y tomó sus medidas para pillar a la gitana; cayó efectivamente en el garlito, y al otro día[7] fue quemada públicamente, para escarmiento de viejas.

GUZMÁN. ¡Cuánto me alegro! ¿Y el chico?

JIMENO. Empezó a engordar inmediatamente.

FERRANDO. Eso era natural.

JIMENO. Y a guiarse por mis consejos,[8] hubiera sido también tostada la hija, la hija de la hechicera.

FERRANDO. ¡Pues por supuesto![9]... Dime con quién andas[10]...

JIMENO. No quisieron entenderme, y bien pronto tuvieron lugar de arrepentirse.

GUZMÁN. ¿Cómo!

JIMENO. Desapareció el niño, que estaba ya tan rollizo que daba gusto verle; se le buscó por todas partes, ¿y sabéis lo que se encontró? Una hoguera recién apagada en el sitio donde murió la hechicera, y el esqueleto achicharrado del niño.

FERRANDO. ¡Cáspita! ¿Y no la atenacearon?

JIMENO. Buenas ganas teníamos todos de verla arder por vía de ensayo para el infierno; pero no pudimos atraparla, y sin embargo si la viese ahora...

GUZMÁN. ¿La conoceríais?

JIMENO. A pesar de los años que han pasado, sin duda.

FERRANDO. Pero también apostaría yo cien florines a que el alma de su madre está ardiendo ahora en las parrillas de Satanás.

GUZMÁN. Se entiende.

JIMENO. Pues... mis dudas tengo en cuanto a eso.

GUZMÁN. ¿Qué decís?

JIMENO. Desde el suceso que acabo de contaros no ha dejado de haber lances diabólicos... Yo diría que el alma de la gitana tiene demasiado que hacer para irse tan pronto al infierno.

FERRANDO. ¡Jum!... ¡Jum!...

JIMENO. ¿He dicho algo?

FERRANDO. Preguntádmelo a mí.

GUZMÁN. ¿La habéis visto?

FERRANDO. Más de una vez.

GUZMÁN. ¿A la gitana?

FERRANDO. ¡No, qué disparate; no...! Al alma de la gitana; unas veces bajo la figura de un cuervo negro; de noche regularmente en búho. Ultimamente, noches pasadas, se transformó en lechuza.

GUZMÁN. ¡Cáspita!

JIMENO. Adelante.

FERRANDO. Y se entró en mi cuarto a sorberse el aceite de mi lámpara; yo empecé a rezar un _Padre nuestro_ en voz baja... ni por ésas;[11] apagó la luz y me empezó a mirar con unos ojos tan relucientes;[12] se me erizó el cabello; tenía un no sé qué de diabólico[13] y de infernal aquel espantoso animalejo. Ultimamente, empezó a revolotear por la alcoba... yo sentí en mi boca el frío beso de un labio inmundo; di un grito de terror exclamando: _¡Jesús!_ y la bruja espantada lanzó un prolongado chillido, precipitándose furiosa por la ventana.

GUZMÁN. ¡Me contáis cosas estupendas! Y en pago del buen rato que me habéis hecho pasar, voy a contaros otras no menos raras y curiosas, pero que tienen la ventaja de ser más recientes.

FERRANDO. ¿Cómo!

GUZMÁN. Se entiende que nada de esto debe traslucirse, porque es una cosa que sólo a mí, a mí particularmente se me ha confiado.

JIMENO. ¿Pero de quién?

GUZMÁN. De otro modo me mataría el Conde.

FERRANDO _y_ JIMENO. ¡El Conde!

GUZMÁN. Pero todo ello no es nada, nada; travesuras de la juventud. ¿No sabéis que está perdidamente enamorado de doña Leonor de Sesé?

GUZMÁN. La hermana de don Guillén, de ese hidalgo orgulloso...

FERRANDO. La más hermosa dama del servicio de la reina.

GUZMÁN. Seguro.

FERRANDO. Y que está tan enamorada de aquel trovador que en tiempos de antaño[14] venía a quitarnos el sueño por la noche con su cántico sempiterno.

GUZMÁN. Y que viene todavía.

JIMENO. ¿Cómo! ¿Pues no dicen que está con el Conde de Urgel,[15] que en mala hora naciera, ayudándole a conquistar la corona de Aragón?

GUZMÁN. Pues a pesar de eso...

FERRANDO. Atreverse a galantear a una de las primeras damas de su Alteza. Un hombre sin solar, digo, que sepamos.

JIMENO. No negaréis, sin embargo, que es un caballero valiente y galán.

GUZMÁN. Sí, eso sí... pero en cuanto a lo demás[16]... Y luego, ¿quién es él? ¿Dónde está el escudo de sus armas? Lo que me decía anoche el Conde: «Tal vez será algún noble pobretón, algún hidalgo de gotera.»

JIMENO. Pero al cuento.

GUZMÁN. Al cuento: ya sabéis que yo gozo de la confianza del Conde; anoche me dijo, estando los dos solos en su cuarto: «Escucha, Guzmán; quiero que me acompañes; sólo a ti me atrevo a confiar mis designios, porque siempre me has sido fiel; esta noche ha de ser fatal para mí, o he de llegar al colmo de la felicidad suprema!» Sígueme, añadió, y atravesó con paso precipitado las galerías, instruyéndome en el camino de su proyecto.

JIMENO. ¿Y qué?

GUZMÁN. Su intento era entrar en la habitación de Leonor, para lo cual[17] se había proporcionado una llave.

JIMENO. ¿Cómo!... ¿En palacio!... ¿Y se atrevió al fin?

GUZMÁN. Entró efectivamente; pero en el momento mismo, cuando lleno de amor y de esperanza se le figuraba que iba a tocar la felicidad suprema, un preludio del laúd del maldito trovador vino a sacarle de su delirio.

FERRANDO. ¡Del trovador!

GUZMÁN. Del mismo; estaba en el jardín. Allí, dijo don Nuño con un acento terrible, allí estará también ella; y bajó furioso la escalera. La noche era oscurísima; el importuno cantor, que nunca pulsó el laúd a peor tiempo, se retiró creyendo sin duda que era mi amo algún curioso escudero; a poco rato bajó la virtuosa Leonor, y equivocando a mi señor con su amante, le condujo silenciosamente a lo más oculto del[18] jardín. Bien pronto las atrevidas palabras del Conde la hicieron conocer con quién se las había[19]... la luna, hasta entonces prudentemente encubierta con una nube espesísima, hizo brillar un instante el acero del celoso cantor delante del pecho de mi amo; poco duró el combate; la espada del Conde cayó a los pies de su rival, y un momento después ya no había un alma en todo el jardín.

JIMENO. ¿Y no os parece, como a mí, que el Conde hace muy mal en exponer así su vida? Y si llegan a saber[20] sus Altezas semejantes locuras...

GUZMÁN. Calle... parece que se ha levantado ya...

JIMENO. Temprano para lo que ha dormido.[21]

FERRANDO. Los enamorados, dicen que no duermen.

GUZMÁN. Vamos allá, no nos eche de menos.[22]

FERRANDO. Y hoy que estará de mala guisa.

JIMENO. Sí, vamos.

ESCENA II

Cámara de doña Leonor en el palacio

LEONOR, JIMENA, _y_ DON GUILLÉN[23]

GUILLÉN. Mil quejas tengo que daros, si oírme, hermana, queréis.

LEONOR. Hablar, don Guillén, podéis, que pronta estoy a escucharos. Si a hablar del Conde venís, que será en vano os advierto, y me enojaré por cierto si en tal tema persistís.

GUILLÉN. Poco estimáis, Leonor, el brillo de vuestra cuna, menospreciando al de Luna[24] por un simple trovador. ¿Qué visteis, hermana, en él para así tratarle impía? ¿No supera en bizarría al más apuesto doncel? ¿A caballo, en el torneo, no admirasteis su pujanza? A los botes de su lanza...

LEONOR. Que cayó de un bote creo.

GUILLÉN. En fin, mi palabra di De que suya habéis de ser, y cumplirla he menester.

LEONOR. ¿Y vos[25] disponéis de mí?

GUILLÉN. O soy o no vuestro hermano.

LEONOR. Nunca lo fuerais,[26] por Dios, que me dio mi madre en vos, en vez de amigo, un tirano.

GUILLÉN. En fin, ya os dije mi intento: ved cómo se ha de cumplir.

LEONOR. No lo esperéis.

GUILLÉN. O vivir encerrada en un convento.

LEONOR. Lo del convento más bien.

GUILLÉN. ¿Eso tu audacia responde?

LEONOR. Que nunca seré del Conde... nunca, ¿lo oís; don Guillén?

GUILLÉN. Yo haré que mi voluntad se cumpla, aunque os pese a vos.

LEONOR. Idos, hermano, con Dios.

GUILLÉN. ¡Leonor!... a Dios os quedad.

ESCENA III

LEONOR _y_ JIMENA

LEONOR. ¿Lo oíste? ¡Negra fortuna! Ya ni esperanza ninguna, ningún consuelo me resta.

JIMENA. ¿Mas por qué por el de Luna tanto empeño manifiesta?

LEONOR. Esa soberbia ambición que le ciega y le devora es ¡triste! mi perdición. ¡Y quiere que al que me adora arroje del corazón! Yo al Conde no puedo amar, le detesto con el alma; él vino ¡ay Dios! a turbar de mi corazón la calma y mi dicha a emponzoñar. ¿Por qué perseguirme así? Desde anoche le aborrezco más y más. Yo que creí que era Manrique... ¡Ay de mí![27] Todavía me estremezco. Por él me aborrece ya.

JIMENA. ¿Don Manrique?

LEONOR. Sí, Jimena.

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Un respiro entre páginas.

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