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El Libro de los EspiritusAllan Kardec

CAPÍTULO 66

El Libro de los Espiritus

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OLVIDO DEL PASADO

392. ¿Por qué pierde el espíritu encarnado el recuerdo de su pasado? «El hombre no puede ni debe saberlo todo, y así lo quiere Dios en su sabiduría.

A no ser por el velo que le oculta ciertas cosas, el hombre sería deslumbrado, como el que pasa sin transición de la oscuridad a la luz.

Gracias al olvido del pasado, es más el mismo».

393. ¿Cómo puede ser responsable el hombre de actos y redimir faltas de cuyo recuerdo carece? ¿Cómo puede servirse de la experiencia adquirida en existencias olvidadas? Se concebiría que las tribulaciones de la vida le sirviesen de lección, si recordase lo que pudo inducirle a ellas; pero desde el momento que no lo recuerda, cada existencia le viene a ser como la primera, lo que equivale a tener que empezar siempre. ¿Cómo se concilia esto con la justicia de Dios? «En cada nueva existencia, el hombre tiene más inteligencia y puede distinguir mejor el bien del mal. ¿Dónde estaría el mérito, si recordase el pasado? Cuando el espíritu regresa a su vida primitiva (la espiritista», toda su vida pasada se descorre ante él; ve las faltas que ha cometido y que son causa de su sufrimiento, y lo que hubiera impedido cometerlas; comprende que la posición que se le ha señalado es justa, e inquiere entonces la existencia que podría reparar la que acaba de transcurrir. Busca pruebas análogas a aquellas porque ya ha pasado o aquellas luchas que cree propicias a su progreso, y suplica a los espíritus superiores a él que le ayuden en la nueva tarea que emprende; porque sabe que el espíritu que le será dado como guía en la nueva existencia, procurará hacerle reparar sus faltas, proporcionándole una especie de intuición de las que ha cometido. Esta intuición es el pensamiento, el deseo criminal que con frecuencia os asalta y al cual os oponéis instintivamente, atribuyendo la mayor parte de las veces vuestra oposición a los principios que de vuestros padres habéis recibido, siendo así que es la voz de la conciencia que os habla, voz que es el recuerdo del pasado, y que os previene para que no volváis a caer en las faltas que ya habéis cometido. Ya en su nueva existencia el espíritu sufre, si sufre con resignación las pruebas y resiste a ellas, se eleva y asciende en la jerarquía de los espíritus, cuando vuelve a encontrarse entre ellos». Si no tenemos, durante la vida corporal, un recuerdo exacto de lo que hemos sido y del bien o mal que hemos hecho, en nuestras anteriores existencias, tenemos sí, la intuición, y nuestras tendencias

instintivas son una reminiscencia de nuestro pasado, a las cuales nuestra conciencia, que es el deseo

que hemos concebido de no cometer las mismas faltas, nos previene que resistamos.

394. En los mundos más adelantados que el nuestro, donde no se vive sujeto a nuestras necesidades físicas y a nuestras enfermedades, ¿comprenden los hombres que son más dichosos que nosotros? La dicha en general es relativa y se la aprecia por comparación con un estado menos feliz. Como en definitiva algunos de esos mundos, aunque mejores que el nuestro, no han llegado a la perfección, los hombres que en ellos habitan deben tener causas especiales de malestar. Entre nosotros, por más que el rico no sienta las angustias de las necesidades materiales como el pobre, no deja de tener tribulaciones que amargan su vida. Pues bien, yo pregunto si en su posición los habitantes de esos mundos se creen tan desgraciados como nosotros, y no se quejan de su suerte, no teniendo el recuerdo de una existencia inferior para término de comparación.

«De dos modos diferentes debe responderse a esta pregunta. Hay mundos, entre esos de que tú hablas, cuyos habitantes tienen un recuerdo muy claro y exacto de sus existencias pasadas y como comprenderás, pueden y saben apreciar la dicha que Dios les permite saborear. Pero otros hay, cuyos habitantes, aunque colocados, como tú dices, en mejores condiciones que vosotros, no dejan de tener tan grandes incomodidades y hasta desgracias, y no aprecian su dicha por lo mismo que no recuerdan un estado más infeliz aún. Pero, si como hombres no la aprecian, la aprecian como espíritus».

¿No se ve en el olvido de las existencias pasadas, sobre todo cuando han sido penosas, algo de

providencial donde se revela la divina sabiduría? En los mundos superiores, cuando el recuerdo de las

existencias desgraciadas no pasa de ser un mal sueño, es donde se presentan a la memoria. ¿Acaso, en

los mundos inferiores el recuerdo de las desgracias sufridas no aumentaría las actuales? Concluyamos,

pues, de esto, que bien hecho está todo lo que Dios ha hecho, y que no nos incumbe el criticar sus

obras y decir el modo cómo debiera haber arreglado el universo.

El recuerdo de nuestras anteriores individualidades traería graves

inconvenientes, pues podría, en ciertos casos, humillarnos extraordinariamente, y en otros, exaltar nuestro orgullo y esclavizar por lo

mismo nuestro libre albedrío. Para mejorarnos, nos ha dado Dios precisamente lo que nos es necesario

y bastante: la voz de la conciencia y las tendencias instintivas, y nos priva de lo que podría

perjudicarnos.

Añadamos además que si conservásemos el recuerdo de nuestros actos personales anteriores,

conservaríamos igualmente el de los actos de los otros, conocimiento que podría originar las más

desagradables consecuencias en las relaciones sociales. No pudiendo gloriamos siempre de nuestro

pasado, es una dicha muy a menudo el que sobre él se haya corrido un velo. Esto concuerda

perfectamente con la doctrina de los espíritus sobre los mundos superiores al nuestro. En ellos donde

el bien impera, nada penoso es el recuerdo del pasado, y por eso allí se recuerda la existencia

precedente, como recordamos nosotros lo que hemos hecho el día anterior. En cuanto a la permanencia

en los mundos inferiores, no pasa de ser el recordarla más que un mal sueño, según hemos dicho.

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Un respiro entre páginas.

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