CAPÍTULO 37
El Libro de los Espiritus
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completa separación del periespíritu, y hasta entonces no se reconoce el espíritu, ni comprende que ha
dejado de pertenecer a los vivos. Este fenómeno se explica fácilmente.
Sorprendido de improviso por la
muerte, el espíritu queda aturdido con el cambio brusco que en él se ha verificado; para él la muerte
continúa siendo sinónimo de destrucción, de anonadamiento, y como piensa, ve y oye, no se considera
muerto. Lo que aumenta su ilusión es el verse con un cuerpo semejante al anterior, en cuanto a la
forma, cuya naturaleza etérea no ha tenido tiempo de estudiar aun; lo cree sólido y compacto como el
primero que tenia, y cuando sobre este punto se llama su atención, se sorprende de no poderse palpar.
Este fenómeno es semejante al de los sonámbulos novicios que creen que no duermen. Para ellos el
sueño es sinónimo de suspensión de facultades, y como piensan libremente y ven, se figuran estar
despiertos.
Ciertos espíritus ofrecen esta particularidad, aunque la muerte no haya sobrevenido repentinamente;
pero siempre es más general en los que, aunque estaban enfermos, no creían morirse. Vese entonces el
raro espectáculo de un espíritu que asiste a su entierro como al de un extraño, y que habla de él como
si no le incumbiera; hasta que comprende la realidad.
La turbación subsiguiente a la muerte no es nada penosa para el hombre honrado; sino tranquila y
semejante en todo al que se despierta apaciblemente. Para el que no es puro de conciencia, la turbación
abunda en congojas y angustias, que aumentan a medida que se reconoce.
En los casos de muerte colectiva, se ha observado que todos los que mueren a un mismo tiempo no se
vuelven a ver inmediatamente. En la turbación subsiguiente a la muerte, cada uno toma por su lado, o
no se ocupa más que de lo que le interesa.
CAPÍTULO IV
PLURALIDAD DE EXISTENCIAS
De la reencarnación. - Justicia de la reencarnación. -Encarnación en diferentes mundos.
-Transmigración progresiva. -Suerte de los niños después de la muerte.
-Sexos en los
espíritus.-Parentesco, fíliación. -Semejanzas físicas u morales. - Ideas innatas
DE LA REENCARNACIÓN
166. ¿Cómo puede acabar de purificarse el alma, que no ha alcanzado la perfección durante la vida corporal? «Sufriendo la prueba de una nueva existencia». -¿Cómo realiza el alma esta nueva existencia?
¿Transformándose como espíritu? «Es indudable que purificándose el alma, sufre una transformación; pero para conseguirlo, le es precisa la prueba de la vida corporal»
-¿El alma tiene, pues, muchas existencias corporales? «Sí; todos tenemos muchas existencias. Los que os dicen lo contrario, quieren teneros en la ignorancia en que ellos están. Su deseo no es otro».
-Parece resultar de este principio que el alma, después de abandonar el cuerpo, toma otro, es decir, que se reencarna en un nuevo cuerpo. ¿Es así como debemos entenderlo? « Evidentemente».
167. ¿Cuál es el objeto de la reencarnación? «La expiación y mejoramiento progresivo de la humanidad. ¿Dónde estaría sin eso la justicia?» 168. ¿Es limitado el número de las existencias corporales o bien se reencarna perpetuamente el espíritu? «En cada nueva existencia, el espíritu da un paso en el camino del progreso, y cuando se despoja de todas las impurezas no necesita ya las pruebas de la vida corporal». 169. ¿Es el mismo el número de encarnaciones para todos los espíritus? «No; porque el que progresa rápidamente se evita pruebas. Como quiera que sea, las encarnaciones sucesivas son siempre muy numerosas; porque el progreso es casi infinito».
170. ¿Qué viene a ser el espíritu después de su última encarnación?
«Espíritu bienaventurado. Espíritu puro».
JUSTICIA DE LA REENCARNACIÓN
171. ¿En qué se funda el dogma de la reencarnación? «En la justicia de Dios y en la revelación; porque, como lo repetimos siempre, un buen padre deja siempre a sus hijos una puerta abierta al arrepentimiento. ¿No te dice la razón que seria injusto privar irremisiblemente de la dicha eterna a todos aquellos, cuyo mejoramiento no ha estado en su mano? ¿Por ventura todos los hombres no son hijos de Dios? Sólo entre los hombres egoístas impera la iniquidad, el odio implacable y las perlas irremisibles».