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El Libro de los EspiritusAllan Kardec

CAPÍTULO 135

El Libro de los Espiritus

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severidad; la comprometéis doblemente, dejando penetrar en el espíritu de la criatura la creencia de que existe

en ella más clemencia, mansedumbre, amor y verdadera justicia que no atribuís al ser infinito, y destruís la idea del infierno, haciéndolo ridículo e inadmisible a vuestras creencias, como lo es a vuestros corazones el horrible espectáculo de los verdugos, hogueras y tormentos de la Edad Media. ¡Pues qué! Cuando la era de las ciegas represalias ha sido desterrada para siempre de las legislaciones humanas, ¿esperáis conservarla en el ideal? ¡Oh! Creedme, hermanos en Dios y en Jesucristo, creedme; o resignaos a ver perecer en vuestras manos todos los dogmas, antes que dejarlos variar, o bien vivificadlos, abriéndolos a los bienhechores efluvios que en estos momentos derraman los buenos. La idea del infierno con sus hornos ardientes y bullidoras calderas, puede ser tolerada, es decir perdonable en un siglo de hierro; pero en el actual no es más que un fantasma que sólo sirve para espantar a los niños, y en el que no creen éstos cuando llegan a hombres. Insistiendo en esa horrorosa mitología, engendráis la incredulidad madre de toda desorganización social; porque temo ver todo un orden social conmovido y hundido por falta de sanción penal. Hombres de fe ardiente y viva vanguardia del día de luz, a la obra, pues, no para mantener vetustas y ya desacreditadas fábulas, sino para reanimar y vivificar la verdadera sanción penal, bajo formas apropiadas a vuestras costumbres, a vuestros sentimientos y a las luces de vuestra época.

»¿Quién es, en efecto, culpable? El que por un extravío, por un movimiento falso del alma, se separa del objeto de la creación, que consiste en el culto armonioso de lo bello y de lo bueno, idealizado por el arquetipo humano, por el Hombre-Dios, por Jesucristo.

»¿Qué es el castigo? La consecuencia natural que deriva de aquel movimiento falso; una suma de dolores necesarios para apartar al hombre de la deformidad, por medio de la experimentación del sufrimiento. El castigo es el aguijón que excita al alma, por medio de la amargura, a reconcentrarse en si misma y a volver a los dominios del bien. El castigo no tiene más objeto que la rehabilitación, la emancipación. Querer que el castigo de una falta no eterna, sea eterno, equivale a negarle toda su razón de ser. »¡Oh! En verdad os lo digo, cesad, cesad de poner en parangón, respecto de su eternidad, al bien, esencia del Creador, con el mal, esencia de la criatura. Esto equivale a crear una penalidad injustificable. Asegurad, por

el contrario, la amortización gradual de los castigos y penas por medio de las transmigraciones, y consagraréis con la razón unida al sentimiento, la unidad divina. PABLO, APÓSTOL».

Se quiere excitar al hombre al bien, y alejarle del mal con el incentivo de las recompensas y el temor de

los castigos; pero si éstos se pintan de modo que la razón se niegue a creerlos, no tendrán en aquél

ninguna influencia, y lejos de conseguir su objeto, harán que el hombre lo rechace todo, la forma y el

fondo. Preséntese, por el contrario de una manera lógica, y no lo rechazará. El espiritismo ofrece esa

explicación.

La doctrina de las penas eternas en absoluto convierte al Ser supremo en un Dios implacable. ¿Seria

lógico decir de un soberano que es muy bueno, muy bienhechor, muy indulgente y que no quiere más

que la dicha de los que le rodean; pero que es al mismo tiempo celoso, vengativo, inflexible en su rigor,

y que condena a la última pena a las tres cuartas partes de sus súbditos por una ofensa o infracción a

sus leyes, aun a aquellos que faltaron por no conocerlas? ¿No seria esta una contradicción? ¿Y será

Dios menos bueno que un hombre?

También existe otra contradicción. Puesto que Dios lo sabe todo, sabia, al crear un alma, que pecaría, y

por lo tanto ha sido condenada, desde su formación, a eterna desgracia.

¿Es posible esto? ¿Es

racional?

Con la doctrina de las penas relativas todo se justifica. Dios sabía indudablemente que el alma

delinquiría, pero le da medios de ilustrarse por su propia experiencia, y por sus mismas faltas; es

preciso que expíe sus errores para afirmarse más en el bien, pero la puerta de la esperanza no le es

cerrada para siempre, y Dios hace depender el instante de su emancipación de los esfuerzos que hace

para llegar a ella.

Esto lo puede comprender todo el mundo, y lo puede admitir la más rigurosa lógica. Si bajo este

aspecto hubiesen sido presentadas las penas futuras, habría menos escépticos.

La palabra eterno se emplea a menudo figuradamente en el lenguaje vulgar, para indicar una cosa de

larga duración y cuyo término no se prevea, aunque se sepa perfectamente que ese término existe.

Decimos, por ejemplo, los hielos eternos de las altas montañas, de los polos, aunque sabemos, por una

parte, que el mundo físico puede tener un fin, y por otra, que el estado de esas regiones puede cambiar

por la dislocación normal del eje o por un cataclismo. La palabra eterno en este caso, no quiere decir

perpetuo hasta el infinito. Cuando sufrimos una larga enfermedad, decimos que nuestro mal es eterno.

¿Qué extraño, pues, que espíritus que sufren, hace ya años, siglos, hasta millares de aflos, digan otro

tanto? No olvidemos sobre todo que, no permitiéndoles su inferioridad ver el término del camino, creen

que han de sufrir siempre y que esto es un castigo para ellos.

Además, la doctrina del fuego material, de las hogueras y de los tormentos copiados del tártaro del

paganismo, está hoy completamente abandonada por la alta teología, y sólo en las escuelas se dan

como verdades positivas esos horribles cuadros alegóricos, por personas más celosas que ilustradas,

en lo que proceden equivocadamente, porque, recuperadas de su terror aquellas jóvenes

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Un respiro entre páginas.

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