CAPÍTULO 123
El Libro de los Espiritus
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916. Lejos de disminuir el egoísmo, crece con la civilización que parece excitarlo y mantenerlo. ¿Cómo pues, la
causa destruirá el efecto?
«Mientras más grande es el mal, más horrible se presenta, y preciso era que el egoísmo originase mucho mal, para que se conociese la necesidad de extirparlo. Cuando los hombres hayan sacudido el egoísmo que los domina, vivirán como hermanos sin hacerse mal, ayudándose mutuamente por el mutuo sentimiento de la solidaridad. Entonces el fuerte será apoyo del débil y no su opresor, y no se verán hombres faltos de lo necesario; porque todos practicarán la ley de justicia. Este es el reino del bien de cuya preparación están encargados los espíritus». (784) 917. ¿Qué medio hay para destruir el egoísmo? «De todas las humanas imperfecciones, la más difícil de desarraigar es el egoísmo, porque deriva de la influencia de la materia de la cual el hombre, que está muy próximo aun a su orige n, no ha podido emanciparse, y todo contribuye a sostener esa influencia; las leyes, la organización social y la educación. El egoísmo amenguará con el predominio de la vida moral sobre la material, y sobre todo con la inteligencia que os da el espiritismo de vuestro estada futuro rea l, y no desnaturalizado por ficciones alegóricas. Bien comprendido el espiritismo, y una vez identificado con las costumbres y creencias trastornará los hábitos, los usos y las relaciones sociales. El egoísmo se funda en la importancia de la personalidad, y el espiritismo bien comprendido, lo repito, hace ver las cosas desde tan alto que el sentimiento de la personalidad desaparece hasta cierto punto ante la inmensidad.
Destruyendo semejante importancia, o por lo menos haciendo que se la considere tal cual es, el espiritismo combate necesariamente el egoísmo.
»Lo que a menudo hace egoísta al hombre es el roce del egoísmo de los otros, porque siente la necesidad de estar a la defensiva. Viendo que los otros piensan en sí mismos y no en él, se ve arrastrado a pensar en él y no en los otros. Pero sea el principio de caridad y de fraternidad base de las instituciones sociales, de las relaciones legales de pueblo a pueblo y de hombre a hombre, y éste cuidará menos de su persona, viendo que otros piensan en ella.
Sentirá la influencia moralizadora del ejemplo y del contacto. En presencia de ese desbordamiento de egoísmo, necesítase una verdadera virtud para hacer abnegación de su personalidad en provecho de los otros, que a
menudo nada lo agradecen. A los que poseen semejante virtud es a quienes está abierto el reino de los cielos, y a ellos sobre todo está reservada la dicha de los elegidos; porque en verdad os digo que el día de la justicia, todo el que sólo en sí mismo haya pensado será separado y sufrirá por su abandono. (785) FENELÓN».
Indudablemente se hacen laudables esfuerzos para hacer que la humanidad progrese; se alientan, se
estimulan, le honran los buenos sentimientos más que en época alguna, y sin embargo el gusano
roedor del egoísmo es siempre el cáncer social. Es un mal real que brota por todo el mundo, y del que
todos somos más o menos víctimas. Preciso es, pues, combatirlo como se combate una enfermedad
epidémica, y para ello es necesario proceder como los médicos, remontarnos al origen. Búsquense en
todas las partes de la organización social desde la familia a los pueblos, desde la caballa al palacio,
todas las causas, todas las influencias patentes u ocultas, que excitan, mantienen y desarrollan el
egoísmo, y una vez conocidas las causas, el remedio se presentará por si mismo. No se tratará más que
de combatirlas, si no todas a la vez, parcialmente, a lo menos, y poco a poco se extirpará el veneno. La
curación podrá ser larga, porque las causas son numerosas, pero no es imposible. Por lo demás no se
conseguirá, si no se corta la raíz del mal por medio de la educación, no de esa que propende a hacer
hombres instruidos, pero si de la que tiende a hacer hombres honrados.
La educación, cuando se la
entiende bien, es la clave del progreso moral, y cuando se conozca el arte de manejar los caracteres
como se conoce el de manejar las inteligencias, se podrán enderezar como se enderezan los arbustos.
Pero ese arte requiere mucho tacto, mucha experiencia y una observación profunda; es erróneo creer
que basta tener ciencia para ejercerlo con provecho.
Cualquiera que, desde el nacimiento, sigue así al hijo del rico, como al del pobre, y observa todas las
perniciosas influencias que operan en él a causa de la debilidad, de la incuria y de la ignorancia de los
que le dirigen, y cuán a menudo son improductivos los medios que para moralizarle se emplean, no
puede admirarse de hallar tantos defectos en el mundo. Hágase para lo moral otro tanto que para la
inteligencia, y se verá que, si hay naturalezas refractarias hay más de las que se creen, que no esperan
más que una buena cultura para dar frutos buenos. (872) El hombre quiere ser feliz, y este sentimiento es natural. Por esta razón trabaja sin cesar por mejorar su
posición en la tierra; busca las causas de sus males para remediarlas.
Cuando comprenda que el
egoísmo es una de ellas - la que engendra el orgullo, la ambición, la codicia, la envidia, el odio y los
celos, que le perjudican a cada instante-, que perturba todas las relaciones sociales, provoca las
disensiones y destruye la confianza, obliga a estar siempre a la defensiva contra su vecino, que hace,
en fin, del amigo un enemigo, comprenderá también entonces que ese vicio es incompatible con su
propia felicidad, y hasta añadimos con su propia seguridad. Mientras más sufra a consecuencia de él,
más sentirá la necesidad de combatirlo, como combate la peste, los animales nocivos y demás
calamidades. Será solicitado a ello por su propio interés. (784) 138
El egoísmo es el origen de todos los vicios, como la caridad es el de todas las virtudes. Destruir el uno y
fomentar la otra, tal debe ser el objeto de todos los esfuerzos del hombre, si quiere asegurar su dicha
así en la tierra, como en el porvenir.
CARACTERES DEL HOMBRE DE BIEN
918. ¿Qué señales dan a conocer en un hombre el progreso real que ha de elevar su espíritu en la jerarquía espiritista?
«El espíritu prueba su elevación cuando todos los actos de su vida corporal son la práctica de la ley de Dios, y cuando anticipadamente comprende la vida espiritual». El verdadero hombre de bien es el que practica la ley de justicia, de amor y de caridad en su mayor
pureza. Si interroga su conciencia sobre los hechos realizados, se preguntará si no ha violado aquella
ley, si no ha hecho mal, si ha hecho todo el bien que ha podido, si nadie ha tenido que quejarse de él, y
en fin, si ha hecho a otro todo lo que hubiese querido que por él se hiciera.
El hombre penetrado del sentimiento de caridad y de amor al prójimo hace el bien por el bien, sin
esperar recompensas, y sacrifica su interés a la justicia.
Es bueno, humano y benévolo para con todo el mundo, porque en todos los hombres ve hermanos, sin
excepción de razas y creencias.
Si Dios le ha dado poder y riqueza, ve en esas cosas UN DEPÓSITO
que debe emplear para el bien y no
se envanece de ello, porque sabe que Dios, que se lo ha dado, puede quitárselo.
Si el orden social ha puesto hombres bajo su dependencia, los trata con bondad y benevolencia, porque
ante Dios son iguales suyos, y emplea su poder para moralizar a aquellos y no para abrumarlos
con su orgullo.
Es indulgente con las ajenas debilidades, porque sabe que él mismo
necesita indulgencias y recuerda estas palabras de Cristo: El que no tenga pecado arrójele la primera
piedra.
No es vengativo: a ejemplo de Jesús, perdona las ofensas para no recordar más que los favores;
porque sabe que se le perdonará como él haya perdonado.
Respeta, en fin, en sus semejantes todos los derechos que dan las leyes de la naturaleza, como quiere
que se le respeten a él.
CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO
919. ¿Cuál es el medio práctico más eficaz para mejorar se en esta vida y resistir a la solicitación del mal? «Un sabio de la antigüedad os lo dijo: Conócete a ti mismo». -Comprendemos toda la sabiduría de esta máxima; pero la dificultad consiste en conocerse a sí mismo. ¿Qué medio hay para conseguirlo?
«Haced lo que durante mi vida terrena: al terminar el día interrogaba a mi conciencia, pasaba revista a lo que había hecho y me preguntaba si no había infringido algún deber, si nadie había tenido que quejarse de mi. Así fue como llegué a conocerme y a ver lo que en mí debía reformarse. Aquel que cada noche, recordase todas sus acciones de durante el día y se preguntase el mal o el bien que ha hecho, suplicando a Dios y a su ángel guardián que le iluminasen, adquiriría una gran fuerza para perfeccionarse, porque, creedlo, Dios le asistiría. Proponeos, pues, cuestiones, y preguntaos lo que habéis hecho, y el objeto con qué, en circunstancia tal, habéis obrado; si habéis hecho algo que en otro hubieseis censurado; si habéis ejecutado alguna acción que no os atreveríais a confesar. Preguntaos también lo siguiente: Si a Dios le pluguiese llamarme en este momento, ¿tendría, al entrar en el mundo de los espíritus donde nada hay oculto, que temer la presencia de alguien? Examinad lo que hayáis podido hacer contra Dios, contra vuestro prójimo y contra vosotros mismos, en fin. Las contestaciones serán reposo para vuestra conciencia, o indicación de un mal que es preciso curar. »El conocimiento de sí mismo es, pues, la clave del mejoramiento individual, pero diréis ¿cómo juzgarse uno a si mismo? ¿No tenemos la ilusión del amor propio que amengua las faltas y las excusa? El avaro se cree económico y previsor, el orgulloso no cree tener más que dignidad.
Esto es muy cierto, pero tenéis un medio de comprobación que no puede engañaros.
Cuando estéis indecisos acerca del valor de una de vuestras acciones, preguntaos cómo la calificaríais, si fuese de otra persona. Si la censuráis en otro, no podrá ser más legítima en vosotros, pues no tiene Dios dos medidas para la justicia. Procurad también saber lo que piensan los otros, y no olvidéis la opinión de vuestros enemigos; porque éstos no tienen interés en falsear la verdad, y a menudo Dios los pone a vuestro lado como un espejo, para advertiros con mayor franqueza que un amigo. Aquel, pues, que tenga la voluntad decidida de mejorarse, explore su conciencia a fin de arrancar de ella las malas inclinaciones, como de un jardín las plantas nocivas; pase balance moral del día transcurrido, como lo pasa el comerciante de sus ganancias y pérdidas, y yo le aseguro que el uno le será más provechoso que el otro. Si puede decirse que ha sido buena su jornada, puede dormir tranquilo y esperar sin temor el despertar a otra vida. »Haceos, pues, preguntas claras y terminantes y no temáis el multiplicarías, que bien puede emplearse algunos minutos para lograr una dicha eterna. ¿Acaso no trabajáis diariamente con la mira de recoger medios que os 139
permitan descansar en la ancianidad? ¿No es semejante descanso objeto de todos vuestros deseos, objeto que
os hace sufrir trabajos y privaciones momentáneas? Pues bien, ¿qué es ese descanso de algunos días, interrumpido por las flaquezas del cuerpo, en comparación del que espera al hombre de bien? ¿No vale esto la pena de hacer algunos esfuerzos? Ya sé que muchos dicen que el presente es positivo, e incierto el porvenir, mas precisamente esta es la idea que estamos encargados de desvanecer en vosotros, porque queremos haceros comprender aquel porvenir de tal modo, que no deje duda alguna en vuestra alma. Por esto, al principio, llamamos vuestra atención con fenómenos aptos para excitar vuestros sentidos, y luego os damos instrucciones que cada uno de vosotros está obligado a propagar. Con este objeto hemos dictado El libro de los espíritus.
SAN AGUSTÍN«.
Muchas faltas que cometemos nos pasan desapercibidas. En efecto, si siguiendo el consejo de San Agustín, interrogásemos con más frecuencia nuestra conciencia, veríamos cuántas veces hemos faltado sin pensarlo por no examinar la naturaleza y móvil de nuestras acciones. La forma interrogativa es algo más precisa que una máxima que a menudo no nos aplicamos. Exige respuestas categóricas, afirmativas o negativas que no consienten alternativa; son otros tantos argumentos persónales, y por la suma de las respuestas puede computarse la suma del bien y del mal que en nosotros existe.
LIBRO CUARTO
ESPERANZAS Y CONSUELOS
CAPÍTULO I
PENAS Y GOCES TERRENALES
Dicha y desgracia relativas. - Pérdida de las personas queridas. -
Desengaños.
- Ingratitud. Afectos contrariados. - Uniones antipáticas. - Miedo a la muerte.
- Hastío de la vida. Suicidio
DICHA Y DESGRACIA RELATIVAS
920. ¿Puede el hombre gozar en la tierra de perfecta felicidad? »No, puesto que a vida le ha sido dada como prueba o prueba o expiación; pero de el depende el dulcificar sus males y el ser tan feliz como es posible en la tierra». 921. Se concibe que el hombre será feliz en la tierra cuando la humanidad haya sido transformada; pero, en el ínterin, ¿pude cada uno constituirse una dicha relativa? »Las más de las veces el hombre es causante de su propia desgracia. Practicando la ley de Dios, se evitan muchos males, y se proporciona la mayor felicidad de que es susceptible su grosera existencia». El hombre que está bien penetrado de su destino futuro no ve en la vida corporal más que una
permanencia temporal. Es para él una parada momentánea en un mal mesón, y se conforma fácilmente
con algunos disgustos pasajeros de un viaje, que ha de conducirle a posición tanto mejor cuanto
mejores preparativos haya hecho anticipadamente.
Desde esta vida somos castigados por la infracción de las leyes de la existencia corporal por medio de
los males, que son consecuencia de esa infracción y de nuestros propios excesos. Si paso a paso nos
remontamos al origen de lo que llamamos nuestras desgracias terrestres, encontraremos que, en su
mayor parte, son consecuencia de la primera desviación del camino recto. Por semejante desviación
hemos entrado en un mal sendero, y de consecuencia en consecuencia caemos en la desgracia.
922. La felicidad terrestre es relativa a la posición de cada uno, y lo que basta a la dicha de uno constituye la desgracia de otro. ¿Existe, sin embargo, una medida común de felicidad para todos los hombres? «Para la vida material es la posesión de lo necesario; para la vida moral, la buena conciencia y la fe en el porvenir».
923. ¿Lo que es superfluo para uno no es necesario para otros, y viceversa, según la posición? «Si, según vuestras ideas materiales, vuestras preocupaciones, vuestra ambición y todos vuestros ridículos caprichos dc que dará buena cuenta la justicia, cuando comprendáis la verdad. Sin duda que el que tenía cincuenta mil pesos de renta y se ve reducido a diez, se cree muy desgraciado. porque no puede darse tanta importancia, mantener lo que
llama su rango, tener caballos, lacayos, satisfacer todas sus pasiones, etc. Se cree falto de lo necesario, pero francamente, ¿le juzgas tan digno de lástima, cuando a su lado hay quien se muere de hambre y de frío, y no tiene donde recostar la cabeza? El sabio, para ser feliz, mira siempre hacia abajo y nunca hacía arriba, si ya no es para elevar su alma hacia el infinito». (715) 924. Hay males que son independientes del modo de obrar y que alcanzan al más justo de los hombres; ¿no tiene éste medio para preservarse de ellos?
«Debe entonces resignarse y sufrirlos sin murmurar, si quiere progresar; pero halla siempre consuelo en su conciencia, que le ofrece la esperanza de un porvenir mejor, si hace lo necesario para lograrlo». 925. ¿Por qué favorece Dios con bienes de fortuna a ciertos hombres que parecen no haberlos merecido?