CAPÍTULO 117
El Libro de los Espiritus
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prueba, expiación o misión. Sufre fatalmente todas las vicisitudes de esa existencia, y todas las tendencias
buenas o malas que le son inherentes; pero hasta aquí llega la fatalidad; porque depende de su voluntad el
ceder o no a aquellas tendencias. Los detalles de los acontecimientos están subordinados a las circunstancias que el hombre provoca por si mismo con sus actos, y en los cuales pueden influir los espíritus por medio de los pensamientos que le sugieren. (459)
La fatalidad consiste, pues, en los sucesos que se presentan, puesto que son consecuencia de la elección de la existencia hecha por el espíritu. No puede consistir en el resultado de aquellos sucesos, puesto que puede depender del hombre el modificar su curso con su prudencia, y no consiste nunca en los hechos de la vida moral.
Respecto de la muerte, si que está el hombre sometido de un modo absoluto a la inexorable ley de la fatalidad; porque no puede substraerse al fallo que fija el término de su existencia, ni al género de muerte que debe interrumpir su curso.
Según la doctrina vulgar, el hombre toma en si mismo todos sus instintos; éstos provienen, ora de su organización física, de la que no puede ser responsable, ora de su propia naturaleza en la cual puede buscar una excusa, diciéndose que no es culpa suya el ser como es. Evidentemente es más natural la doctrina espiritista: admite en el hombre el libre albedrío en toda su plenitud, y al decirle que, si hace mal. cede a una mala sugestión extraña, le abandona toda la responsabilidad, puesto que le reconoce fuerza para resistirla, lo que es evidentemente más fácil que si tuviese que luchar con su propia naturaleza. Así, según la doctrina espiritista, no existe solicitación irresistible; el hombre puede negar siempre oídos a la voz oculta que en su fuero interno le solicita al mal, como puede negarlos a la voz material del que habla, y lo puede en virtud de su voluntad, pidiendo a Dios la fuerza necesaria y reclamando a este efecto la asistencia de los espíritus buenos.
Esto es lo que nos enseña Jesús en la sublime súplica de la Oración dominical, cuando nos hace decir: «Y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos de mal». Esta teoría de la causa excitante de nuestros actos se desprende evidentemente de toda la enseñanza dada por los espíritus. No sólo es sublime por su moralidad, sino que añadimos que ensalza al hombre: lo presenta libre de sacudir un yugo obsesor, como libre es de
cerrar su casa a los importunos; no es ya una máquina que obra por un impulso independiente de su voluntad, sino un ser, dotado de razón que escucha, que juzga y escoge libremente entre dos consejos. Añadamos que, a pesar de esto, el hombre no queda privado de iniciativa, y no deja de obrar por movimiento propio, puesto que en definitiva no es más que un espíritu encarnado que conserva bajo la envoltura corporal, las cualidades buenas o malas que poseía como espíritu. Las faltas que cometemos tienen, pues, su primer origen en la imperfección de nuestro espíritu, que no ha conseguido aún la superioridad moral que tendrá un día; pero que no carece por ello de libre albedrío. La vida corporal le es dada para que se purgue de sus imperfecciones por medio de las pruebas que sufre, y precisamente las mismas imperfecciones son las que le hacen más débil y accesible a las sugestiones de los otros espíritus imperfectos, que de ellas se aprovechan para procurar que sucumba en la lucha que ha emprendido. Si de ella sale victorioso, se eleva; si sucumbe, se queda como era, ni mejor, ni peor.
Habrá de empezar una nueva prueba, lo que puede prolongarse durante mucho tiempo. Mientras más se purifica, más disminuyen sus lados vulnerables y menos pie da a los que le solicitan al mal. Su fuerza moral crece en proporción de su elevación, y los malos espíritus se alejan de él.
Todos los espíritus. más o menos buenos, una vez encarnados, constituyen la especie humana, y como nuestra tierra es uno de los mundos menos adelantados, se encuentran más espíritus malos que buenos, y he aquí por qué vemos en ella tanta perversidad. Esforcémonos, pues, por no volver a este mundo, después de la presente residencia, y por merecer ir a descansar en otro mejor, en un de esos mundos privilegiados donde el bien reina sin rival, y en el cual no recordamos nuestro tránsito por la Tierra más que como un período de destierro.
CAPÍTULO XI
LEY DE JUSTICIA, DE AMOR Y CARIDAD
Justicia y derechos naturales. - Derecho de propiedad. Robo. - Caridad y amor al
prójimo. - Amor maternal y filial
JUSTICIA Y DERECHOS NATURALES
873. ¿El sentimiento de justicia es natural, o resultado de ideas adquiridas? «De tal modo es natural, que os subleváis a la idea de una injusticia. El progreso moral desarrolla sin duda ese sentimiento, pero no lo produce. Dios lo ha puesto en el corazón del hombre, y he aquí por qué encontráis a menudo en hombres sencillos y primitivos nociones más exactas de la justicia que en los que saben mucho». 874. Si la justicia es una ley natural, ¿a qué se debe que los hombres la entiendan de tan diferente manera, y que en-encuentre uno justo lo que al otro parece injusto? «Es porque a ese sentimiento se mezclan a menudo pasiones que lo alteran, como a la mayor parte de los otros sentimientos naturales, y hacen que se vean las cosas desde un punto de vista falso». 87 5. ¿Cómo puede definirse la justicia? «La justicia consiste en el respeto de los derechos de cada uno».
-¿Qué determinan esos derechos?