CAPÍTULO 116
El Libro de los Espiritus
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atribuir nuestros descalabros a la suerte o al destino que a nuestra propia falta. Si a veces contribuye a
ello la influencia de los espíritus, podemos siempre substraemos a esa influencia, rechazando las ideas
que nos sugieren, cuando son, malas.
853. Ciertas personas se libran de un peligro mortal para caer en otro, y parece que no podían escapar de la muerte. ¿No es esto la fatalidad?
«Sólo es fatal, en el verdadero sentido de la palabra, el instante de la muerte, llegado el cual, ya por uno, ya por otro medio, no podéis substraeros a él». -Así, pues, cualquiera que sea el peligro que nos amenace,
¿no moriremos si no ha llegado aún nuestra hora? «No, no perecerás, y de ello tienes miles de ejemplos; pero llegada tu hora de marchar, nada puede librarte. Dios sabe anticipadamente de qué clase de muerte sucumbirás, y a menudo también lo sabe tu espíritu; porque le es revelado, cuando elige tal o cual existencia». 85 4. ¿Síguese de la infalibilidad de la hora de la muerte que son inútiles las precauciones que se toman para evitarla?
«No; porque las precauciones que tomáis, os son sugeridas con la mira de evitar la muerte que os amenaza. Son uno de los medios para que no se verifique». 855. ¿Cuál es el objeto de la Providencia, haciéndonos correr peligros, que no han de producirnos consecuencias?
«El peligro que tu vida ha corrido es una advertencia que tú mismo has deseado, con el fin de alejarte del mal, y volverte mejor. Cuando te libras de él, estando aún bajo la influencia del peligro que has corrido, piensas más o menos decididamente, según la acción más o menos caracterizada de tus espíritus buenos, hacerte mejor de lo que eres. Al sobrevenir los espíritus malos (digo malos sobreentendiendo el mal que aún en ellos existe), te figuras que saldrás igualmente ileso de otros peligros, y dejas que tus pasiones se desenfrenen nuevamente. Por medio de los peligros que corréis, Dios os recuerda vuestra debilidad y la fragilidad de vuestra existencia. Si se examina la causa y naturaleza del peligro, se verá que, la mayor parte de las veces, sus consecuencias hubieran sido castigo de una falta cometida o de un deber descuidado. De este modo Dios os amonesta a que os reconcentréis en vosotros mismos y os corrijáis». (526-532) 856. ¿Sabe el espíritu de antemano la clase de muerte de que ha de sucumbir? «Sabe que la clase de vida que ha elegido le expone a morir de este modo antes que de aquel otro; pero sabe igualmente las luchas que habrá de sostener para
evitarlo, y que, si Dios lo permite. no sucumbirá». 857. Hay hombres que desafían los peligros de los combates, en la persuasión de que aún no ha llegado su hora, ¿tiene algún fundamento esa creencia? «El hombre tiene con mucha frecuencia presentimiento de su fin, como puede tener el de que no morirá aún. Este presentimiento procede de sus espíritus protectores, que quieren avisarle de que esté presto a partir, o que fortalecen su ánimo en los momentos en que más lo necesita. Puede procede también de la intuición que tiene de la existencia que ha elegido, o de la misión que ha aceptado y que sabe que ha de cumplir». (411-522) 858. ¿De dónde procede que los que presienten su muerte la temen generalmente menos que los otros? «El hombre, y no el espíritu es quien teme la muerte, y el que la presiente piensa más como espíritu que como hombre. Comprende su emancipación, y la espera». 85 9. Si la muerte no puede ser evitada, cuando ha de tener lugar, ¿sucede lo mismo con todos los accidentes que nos sobrevienen durante el curso de la vida? «A menudo son cosas bastante pequeñas para que podamos preveniros, y evitároslas a veces, dirigiendo vuestro pensamiento, porque nos disgusta el sufrimiento material; pero esas cosas importan poco a la vida que habéis elegido. La fatalidad no consiste más que en la hora en que debéis aparecer y desaparecer de la tierra». -¿Existen hechos que forzosamente han de acontecer, y que no pueden conjurar la voluntad de los espíritus? «Sí; pero tú, en estado de espíritu, los viste y presentiste cuando hiciste tu elección. No creas, sin embargo, que todo lo que suceda está escrito, como se dice. Un acontecimiento es a menudo consecuencia de una cosa que has hecho por un acto de tu libre voluntad, de modo, que si no la hubieses hecho, el acontecimiento no hubiera tenido lugar. Si te quemas un dedo, eso no es nada; es consecuencia de tu imprudencia y de la materia. Sólo los grandes dolores y los acontecimientos importantes y que pueden influir en la moral, están previstos por Dios; porque son útiles a tu purificación e instrucción». 860. ¿Puede el hombre, mediante su voluntad y sus actos, lograr que ciertos acontecimientos que debían tener lugar, no lo tengan y viceversa?
«Lo puede, si esa desviación aparente puede entrar en la vida que ha elegido. Y además, para hacer bien, como así debe ser, y como este es el único objeto de la vida, puede impedir el mal, sobre todo aquel que podría contribuir a un mal mayor».
861. El hombre que comete un asesinato, ¿sabe, al escoger su existencia,
que llegará a ser asesino? «No, sabe que, eligiendo una vida de lucha, corre riesgo de matar a uno de sus semejantes, pero ignora si lo hará; porque casi; siempre delibera antes de cometer el crimen, y aquel que delibera sobre algo es siempre libre de hacerlo o no hacerlo. Si el espíritu supiese de antemano que, como hombre debe cometer un asesinato, sería porque estaba predestinado para ello. Sabed, pues, que nadie está predestinado para un crimen y que todo crimen o cualquiera otro acto es siempre resultado de la voluntad y del libre albedrío. »Por lo demás, vosotros confundís siempre dos cosas muy diferentes: los acontecimientos materiales de la vida y los actos de la vida moral. Si fatalidad existe a veces es respecto de aquellos acontecimientos materiales cuya causa está fuera de vosotros y que son independientes de vuestra voluntad. En cuanto a los actos de la vida 129
moral, dimanan siempre del hombre, quien tiene siempre, por lo tanto, la libertad de elegir. Respecto de estos
actos, no existe nunca, fatalidad». 862. Hay personas a quienes nada sale bien y a quienes parece que persigue un genio malo en todas sus empresas.
¿No es cierto que se puede llamar fatalidad? «Es fatalidad, si así quieres llamarlo, pero depende de la elección de la clase de existencia; porque semejantes personas han querido ser probadas por una vida de desengaño.
con el fin de ejercitar su paciencia y su resignación. No creas, empero, que semejante fatalidad sea absoluta, pues a menudo es resultado del camino equivocado que han tomado, y que no está en relación con su inteligencia y sus aptitudes. El que quiere atravesar un río a nado, sin saber nadar, corre mucho peligro de ahogarse, y lo mismo sucede en la mayor parte de los acontecimientos de la vida. Si el hombre no emprendiese otras cosas que las que están en relación con sus facultades, llegaría a buen término casi siempre. Lo que le pierde es su amor propio y su ambición que le hacen salir del camino, y tomar por vocación el deseo de satisfacer ciertas pasiones. Fracasa y es culpa suya; pero en vez de censurarse a si mismo, prefiere acusar a su estrella. Tal hay que hubiese sido un buen obrero y se hubiera ganado honradamente la vida, que es un mal poeta y se muere de hambre. Para todos habría puesto, si cada uno supiera ocupar su lugar».
863. ¿Las costumbres sociales no obligan con frecuencia al hombre a tomar una dirección, con preferencia a otra, y no está sometido a la censura de la opinión en la elección de sus ocupaciones? Lo que se llama respeto humano, ¿no es un obstáculo al ejercicio del libre albedrío? «Las hombres son los que crean las costumbres sociales y no Dios. Si a ellas se someten, es porque les conviene, lo cual es también un acto de su libre albedrío, puesto que, si lo quisieran, podrían emanciparse. ¿De qué se quejan entonces? No es a las costumbres sociales a las que deben acusar, sino a su vano amor propio que los obliga a que prefieren morirse de hambre a faltar a ellas. Nadie les toma en cuenta ese sacrificio hecho al orgullo, al paso que Dios les tomará el de su vanidad. No quiere esto decir que haya de desafiarse innecesariamente la opinión pública, como lo hacen ciertas personas que son más originales que filósofos. Tan ilógico es exponerse a que le señalen con el dedo, o a que le miren como un animal raro, como sabio descender voluntariamente y sin murmurar, cuando no se puede permanecer en los escalones superiores de la escala».
864. Si hay personas a quienes se muestra contraria la suerte, hay otras a quienes parece favorable, pues todo les sale bien. ¿De qué depende esto?
«A menudo sucede así, porque saben arreglarse mejor; pero también puede ser eso una clase de prueba. El triunfo les embriaga; se fían de su destino, y con frecuencia pagan más tarde esos mismos triunfos por los crueles reveses que con prudencia hubieran podido evitar». 86 5. ¿Cómo puede explicarse la suerte que favorece a ciertas personas en circunstancias en que ninguna parte toman la voluntad y la inteligencia. en el juego, por ejemplo?
«Ciertos espíritus han elegido de antemano cierta clase de placeres. La suerte que les favorece es una tentación. El que gana como hombre pierde como espíritu. Es una prueba para su orgullo y su codicia». 866. La fatalidad que parece presidir a los destinos materiales de nuestra vida, ¿es también, pues, efecto de nuestro libre albedrío?
«Tú mismo has elegido tu prueba. Mientras más ruda sea la soportes mejor, te elevas más. Los que pasan la vida en la abundancia y la felicidad humana son espíritus cobardes, que permanecen estacionarios. Así el número de los infortunados sobrepuja en mucho al de los felices de este mundo, dado que el mayor número de los espíritus procuran la prueba que les sea más fructífera. Aprecian con harta exactitud la futilidad de vuestras grandezas y goces.
Por otra parte, la vida más feliz es siempre agitada, siempre turbada, aunque no fuese más que por la ausencia del dolor». (525 y siguiente) 867. ¿De dónde proviene el dicho: Nacer con buena estrella? «Antigua superstición que relacionaba las estrellas con el destino de cada hombre; alegoría que ciertas personas cometen la majadería de tomar literalmente».
CONOCIMIENTO DEL PORVENIR
868. ¿Puede ser revelado el porvenir al hombre? «En principio el porvenir está oculto para él, y sólo en casos raros y excepcionales Dios permite su revelación». 869. ¿Con qué objeto se le oculta el porvenir al hombre? «Si el hombre conociese el porvenir, descuidaría la idea y no obraría con la libertad actual; porque le dominaría la idea de que. si una cosa ha de suceder, no debe ocuparse de ella, o bien procuraría estorbarla.
Dios no ha querido que así fuese, con el fin de que cada uno contribuyese a la realización de las cosas, aun de aquellas a que quisiera oponerse. Así, pues, tú preparas con frecuencia, y sin sospecharlo, los acontecimientos que tendrán lugar durante el curso de tu vida». 870. Puesto que es útil que esté
oculto el porvenir, ¿por qué permite Dios su revelación en ciertas ocasiones? «Sucede eso cuando semejante conocimiento anticipado debe facilitar, en vez de estorbar, el cumplimiento de la cosa, induciendo a obrar de modo distinto que no se hubiese obrado sin tener aquel conocimiento.
Con frecuencia, además, es una prueba. La perspectiva de un suceso puede sugerir pensamientos más o menos buenos. Si un hombre debe saber, por ejemplo, que recibirá una herencia con que no contaba, podrá ser 130
solicitado por el sentimiento de codicia, por el placer de aumentar sus goces terrestres, por el deseo de poseer
antes, anhelando acaso la muerte de aquel que ha de legarle la fortuna, o bien semejante perspectiva le despertará buenos sentimientos y pensamientos generosos. Si la predicción no se cumple, es otra prueba, la del modo cómo sobrellevará el desengaño; pero no dejará por eso de tener el mérito o demérito de los pensamientos buenos o malos, que la creencia en el acontecimiento le ha sugerido» 871. Puesto que Dios lo sabe todo, sabe igualmente si un hombre sucumbirá o no en una prueba determinada.
¿Cuál es entonces la necesidad de esa prueba, puesto que respecto de tal hombre, nada puede enseñarle a Dios que ya no sepa?
«Tanto valdría preguntar por qué Dios no ha creado al hombre perfecto y completo (119); por qué el hombre pasa por la infancia antes de llegar a ser adulto. (379) El objeto de la prueba no es el de instruir a Dios sobre el tal hombre; porque Dios sabe perfectamente lo que vale aquél, sino el de dejarle toda la responsabilidad de su acción, puesto que es libre de ejecutarla o no ejecutarla. Pudiendo el hombre elegir entre el bien y el mal, la prueba produce el efecto de ponerle en lucha con la tentación del mal, dejándole todo el mérito de la resistencia. Luego, aunque Dios sepa muy bien de antemano si triunfará o no, no puede en su justicia, ni castigarle ni recompensarle por un acto no realizado aún». (258) Lo mismo sucede entre los hombres. Por capaz que sea un aspirante, cualquiera que sea la certeza que
se tenga de que triunfará, no se le confiere grado alguno sin examen, es decir, sin prueba. De igual
manera el juez no condena al acusado sino en virtud de un hecho consumado, y no por previsión de
que puede o debe consumarlo.
Mientras más se reflexiona sobre las consecuencias que resultarían para el hombre del conocimiento
del porvenir, más se comprende lo sabia que ha sido la Providencia en ocultárselo. La certeza de un
acontecimiento feliz le sumiría en la inacción; en el abatimiento la de uno desgraciado, y en ambos
casos quedarían paralizadas sus fuerzas. He aquí por qué el porvenir no le es revelado al hombre más
que como un fin que debe alcanzar con sus esfuerzos; pero ignorando la serie de peripecias porque ha
de pasar para lograrlo. El conocimiento de todos los accidentes del camino le privaría de iniciativa y del
uso de su libre albedrío, y se dejaría deslizar por la pendiente fatal de los sucesos, sin ejercer sus
facultades. Seguros del éxito de una cosa, no nos ocupamos más de ella.
RESUMEN TEÓRICO DEL MÓVIL DE LAS ACCIONES DEL
HOMBRE
872. La cuestión del libre albedrío puede resumirse de este modo: El hombre no es fatalmente arrastrado al mal, los actos que realiza no están escritos de antemano: los crímenes que comete no son resultado de un fallo del destino. Como prueba y como expiación, puede elegir una existencia en la que sentirá las solicitaciones del crimen, ya a consecuencia del medio en que esté colocado, ya en virtud de las circunstancias que sobrevengan; pero siempre es libre de obrar o de no obrar. Así pues, el libre albedrío existe en el estado de espíritu para la elección de la existencia y de las pruebas, y en estado corporal en la facultad de ceder o de resistir a las solicitudes a que voluntariamente nos hemos sometido. A la educación toca combatir esas malas tendencias, y lo hará provechosamente cuando esté basada en el estudio profundo de la naturaleza moral del hombre. Mediante el conocimiento de las leyes que rigen esa naturaleza moral, se llegará a modificarla, como la inteligencia por medio de la instrucción, y el temperamento por medio de la higiene. El espíritu desprendido de la materia y en estado errante, elige sus futuras existencias corporales según el grado de perfección a que ha llegado, y en esto, como tenemos dicho, consiste especialmente su libre albedrío. Semejante libertad no queda anulada por la reencarnación; si cede a la influencia de la materia, es porque sucumbe a las pruebas que él mismo ha elegido, y para que le ayuden a dominarlas, puede invocar la asistencia de Dios y de los espíritus buenos.
(337) Sin libre albedrío el hombre no tiene culpa del mal, ni mérito por el bien, lo cual está de tal modo reconocido, que en el mundo se proporciona siempre la censura o el elogio a la intención, es decir, a la voluntad, y quien dice voluntad dice libertad. El hombre no puede, pues, buscar excusa a sus faltas en su organización, sin abdicar de su razón y de su condición de ser
humano para asimilarse al bruto. Si de tal manera aconteciese respecto del mal, igualmente sucedería respecto del bien; pero cuando el hombre realiza éste, se da buen cuidado en hacerse un mérito de ello, sin atribuirlo a sus órganos, lo cual prueba que instintivamente no renuncia, a pesar de la opinión de algunos sistemáticos, al más bello privilegio de su especie, la libertad de pensar.
La fatalidad, tal como vulgarmente se la comprende, supone la decisión anticipada e irrevocable de todos los sucesos de la vida, cualquiera que sea su importancia. Si este fuese el orden de las cosas, el hombre sería una máquina sin voluntad. ¿De qué le serviría su inteligencia, puesto que estaría invariablemente dominado en todos sus actos por la fuerza del destino? Si semejante doctrina fuese verdadera, seria la destrucción de toda libertad moral: no existiría responsabilidad para el hombre, y por consiguiente, ni bien, ni mal, ni crímenes, ni virtudes, Dios, soberanamente justo, no podría castigar a su criatura por faltas que no dependía de ella dejar de cometer, ni recompensarla por virtudes, cuyo mérito no le correspondería. Semejante ley sería además la negación del progreso; porque el hombre que todo lo esperase de la suerte, nada intentaría para mejorar su posición, puesto que no seria ni de mejor, ni de peor condición. La fatalidad no es, sin embargo, una palabra hueca, existe en la posición que el hombre ocupa en la tierra, y en las funciones que desempeña, a consecuencia de la clase de existencia que su espíritu ha elegido como