CAPÍTULO 6
PRÓLOGO A LOS MOSQUETEROS[40] DE LA COMEDIA DE MADRID. · continuación 3
Seguía este carruaje un escuadrón volante de locos, a pie, y a caballo, y en coches, con diferentes temas, que habían perdido el juicio de varios sucesos de la Fortuna por mar y por tierra, unos riéndose, otros llorando, otros cantando, otros callando, y todos renegando della[420]; y no tomaba de otros parecer, diligencia para no acertar nada, desapareciendo toda esta máquina confusa una polvareda espantosa, en cuyo temeroso piélago se anegó toda esta confusión, llegando el día, que fué mucho que no se perdiera el sol con la grande polvareda, como don Beltrán[421] de los planetas, subiéndose los dos camaradas la cuesta arriba a la recién bautizada ciudad de Carmona[422], atalaya del Andalucía, de cielo tan sereno[423], que nunca le tuvo, y adonde no han conocido al catarro si no es para serville[424]; y tomando refresco de unos conejos y unos pollos en un mesón que se llama de los Caballeros, pasaron a Sevilla, cuya giralda y torre[425] tan celebrada se descubre desde la venta de Peromingo[426] el Alto, tan hija de vecino de los aires, que parece que se descalabra en las estrellas.
Admiró a don Cleofás el sitio de su dilatada población, y de la que hacen tantos diversos bajeles en el Guadalquivir, valla de cristal de Sevilla y de Triana[427], distinguiéndose de más cerca la hermosura de sus edificios, que parece que han muerto vírgines[428] y mártires, porque todos están con palmas en las manos, que son las que se descuellan de sus peregrinos pensiles, entre tantos cidros, naranjos, limones, laureles y cipreses; llegando en breve espacio a Torreblanca, una legua larga desta insigne ciudad, desde donde comienza su Calzada y los caños de Carmona, hermosísima puente de arcos, por donde entra el río Guadaira[429] en Sevilla, cuya hidrópica sed se le bebe todo, sin dejar apenas una gota para tributar al mar, que es solamente el río en todo el mundo que está previligiado deste pecho[430]; haciendo mayor la belleza desta entrada infinitas granjas, por una parte y por otra, que en cada una se cifra un jardín terrenal, granizando azahares, mosquetas y jazmines reales. Y al mismo tiempo que ellos iban llegando a la puerta de Carmona, atisbó el Cojuelo entrar por ella a caballo, con vara alta y los dos corchetes que sacó del infierno, a Cienllamas; y volviéndose a don Cleofás, le dijo:
--Aquel que entra por la puerta de Carmona es comisario de mis amos, que viene contra mí a Sevilla: menester es guardarnos.
--No se me da dos blancas[431]--dijo don Cleofás--; que yo estoy matriculado en Alcalá, y no tiene ningún tribunal juridicción[432] en mi persona; y fuera de eso, dicen que es Sevilla lugar tan confuso, que no nos hallarán, si queremos, todos cuantos hurones tiene Lucifer y Bercebú[433].
Entrándose en la ciudad los dos a buen paso y guiando el Cojuelo, la barba sobre el hombro[434], fueron hilvanando calles, y, llegando a una plazuela, reparó don Cleofás en un edificio sumptuoso de unas casas que tenían una portada ostentosa de alabastro y unos corredores dilatados de la misma piedra. Preguntóle don Cleofás al Cojuelo qué templo era aquél, y él le respondió que no era templo, aunque tenía tantas cruces de Jerusalén del mismo relieve de mármol, sino las casas de los duques de Alcalá, marqueses de Tarifa[435], conde de los Molares y adelantados mayores de Andalucía, cuya grandeza ha heredado hoy el gran Duque de Medina Celi, por falta de hijos herederos, que aunque fuera mayor, no le hiciera más: que por Fox y Cerda es lo más que puede ser.
--Ya conozco ese príncipe--dijo don Cleofás--, y le he visto en la Corte, y es tan generoso y entendido como gran señor.
Con esta plática llegaron a la Cabeza del Rey don Pedro, cuya calle se llama el Candilejo[436], y atravesando por cal[437] de Abades, la Borciguinería[438] y el Atambor[439], llegaron a las calles[440] del Agua[441], donde tomaron posada, que son las más recatadas de Sevilla.
En este tiempo, a nuestro Astrólogo o Mágico se lo había llevado de una aplopejía[442] el demoñuelo zurdo que sustituía al Cojuelo, y bajó a pedir justicia a Lucifer en el güeso del alma, sin las mondaduras del cuerpo, del quebrantamiento de su redoma; y doña Tomasa, no olvidando los desaires de don Cleofás, trataba con otra requisitoria de venir a Sevilla, con un galán nuevo que tenía, soldado de los galeones, para tomar venganza casándose con el licenciado Vireno de Madrid la Olimpia de mala mano[443], sabiendo que se había escapado allá. Don Cleofás y su camarada no salían de su posada, por desmentir las espías de Cienllamas y de Chispa y Redina, y subiéndose a un terrado una tarde, de los que tienen todas las casas de Sevilla, a tomar el fresco y a ver desde lo alto más particularmente los edificios de aquella populosa ciudad, estómago de España y del mundo, que reparte a todas las provincias dél la sustancia de lo que traga a las Indias en plata y oro (que es avestruz de la Europa, pues digiere más generosos metales)[444], espantándose don Cleofás de aquel numeroso ejército de edificios, tan epilogado, que si se derramara, no cupiera en toda la Andalucía, le dijo a su compañero:
--Enséñame desde aquí algunos particulares, si se descubren a la vista.
El Cojuelo le dijo:
--Ya por aquella torre que descubrimos desde tan lejos discurrirás que esa bellísima fábrica que está arrimada a ella es la Iglesia Mayor y mayor templo de cuantos fabricó la antigüedad ni el siglo de agora reconoce. No quiero decirte por menudo sus grandezas; basta afirmarte que su cirio pascual pesa ochenta y cuatro arrobas de cera[445], y el candelero de tinieblas, de grandeza notable, es de bronce, y de tanta ostentación y artificio, que si fuera de oro no hubiera costado tanto[446]. Su custodia es otra torre de plata, de la misma fábrica y modelo[447]; su trascoro no perdonó piedra esquisita y preciosa a los minerales; su monumento es un templo portátil de Salomón[448].
Pero salgámonos della; que aun con las relaciones ni los pensamientos no podemos los demonios pasealla, y vuelve los ojos a aquel edificio que se llama la Lonja[449], cortada del pernil de San Lorenzo el Real, diseño de don Felipe II, y a mano derecha della está el Alcázar, posada real y antigua de los reyes de Castilla, fértil albergue de la primavera, de quien es ilustrísimo Alcaide el Conde Duque de Sanlúcar la Mayor, gran Adtlante[450] del Hércules de España, cuya prudentísima cabeza es el reloj del gobierno de su monarquía; que a no estar labrado el Buen Retiro[451], fábrica de inimitable ejemplar por el edificio, los jardines y estanques, tuviera este palacio sevillano la primacía de todas las casas reales del mundo, poniendo en primer lugar el real salón que la majestad del rey don Felipe IV el Grande ha copiado de su divina idea, donde todas las admiraciones vienen cortas, y las mayores grandezas enjaguadas[452]. Más adelante está la Casa de la Contratación, que tantas veces se ve enladrillada de barras de oro y de plata[453]. Luego está la casa del bizarro Conde de Cantillana, gran cortesano, galán y palaciego, airoso caballero de la plaza[454], crédito de sus aplausos y alegría de sus Reyes; que esto confiesan los toros de Tarifa y Jarama cuando cumplen con sus rejones, como con la parroquia[455]. Luego está, junto a la puerta de Jerez, la gran Casa de la Moneda, donde siempre hay montones de oro y de plata[456], como de trigo, y junto a ella, el Aduana, tarasca de todas las mercaderías del mundo, con dos bocas, una a la ciudad y otra al río, donde está la Torre del Oro y el muelle, chupadera de cuanto traen amontonado los galeones en los tuétanos de sus camarotes. A mano derecha está la puente de Triana[457], de madera, sobre trece barcos. Y más abajo, en el margen del celebrado río, las Cuevas, monasterio insigne de la Cartuja de San Bruno, que, con profesar el silencio mudo, vive a la lengua del agua[458].
A estotra parte, sobre la orilla de Guadalquivir[459], está Gelves, donde todos los romances antiguos de moros[460] iban a jugar cañas, y hoy de sus ilustres condes[461] y del gran Duque de Veragua, hijo y retrato de tan gran padre;
que es, para no tener a mundos miedo, Portugal y Colón, Castro y Toledo[462].
--Soltáronsete--dijo don Cleofás--los consonantes, camarada.
--Cuidado fué, y no descuido--respondió el Cojuelo--, porque me deba más que prosa el dueño destas alabanzas.
Y prosiguió diciendo:
--Allí es el Alamillo, donde se pescan los sábalos[463], albures y sollos, y más abajo cae el Algaba, de los esclarecidos marqueses deste título, de Ardales, y condes de Teba, Guzmanes en todo. De esotra parte cae el Castellar, de los Ramírez y Saavedras, y a la vuelta, Villamanrique, de las Zúñigas[464], de la gran casa de Béjar, cuyo último malogrado marqués fué Guzmán dos veces Bueno, sobrino del gran Patriarca de las Indias, capellán y limosnero mayor del Rey, cuya generosa piedad se taracea con su oficio y con su sangre, y hermano del gran Duque de Sidonia[465], cuyo solio es Sanlúcar de Barrameda, corte suya, que está ese río abajo, siendo Narciso del Océano y Generalísimo del Andalucía y de las costas del mar de España, a cuyo bastón y siempre planta vencedora obedece el agua y la tierra, asegurando a su Rey toda su monarquía en aquel promontorio donde asiste[466], para blasón del mundo. Y pues ya llega la noche, y destas alabanzas no puedo salir menos que callando para encarecellas, dejemos para mañana lo demás;--bajándose del terrado a tratar que se aderezase la cena, y a salir un poco por la ciudad a su insigne Alameda, que hizo y adornó con las dos colunas de Hércules el Conde de Barajas[467], asistente de Sevilla, y después, de Castilla dignísimo presidente.
TRANCO VIII
Ya, para ejecutar su disignio[468], había tomado doña Tomasa[469] (que siempre tomaba, por cumplir con su nombre y su condición) una litera para Sevilla, y una acémila en que llevar algunos baúles para su ropa blanca y algunas galas, con las del dicho galán soldado, que, metiéndose los dos en la dicha litera, partieron de Madrid, como unos hermanos[470], con la requisitoria que hemos referido. Y a nuestro Astrólogo no le habían dado sepultura, sobre las barajas de un testamento que había hecho unos días antes y descubrieron en un escritorio unos deudos suyos, y estaba la justicia poniendo en razón esta litispendencia. Y el Cojuelo y don Cleofás, que habían dormido hasta las dos de la tarde, por haber andado rondando la noche antes, la mayor parte della, por Sevilla, después de haber comido algunos pescados regalados[471] de aquella ciudad y del pan que llaman de Gallegos[472], que es el mejor del mundo, y habiendo dormido la siesta (bien que el compañero siempre velaba, haciendo diligencias para lisonjear a su dueño en razón de su delito), se subieron al dicho terrado, como la tarde antes, y enseñándole algunos particulares edificios a su compañero, de los que habían quedado sin referir la tarde antes en aquel golfo de pueblos, suspiró dos veces don Cleofás, y preguntóle el Cojuelo:
--¿De qué te has acordado, amigo? ¿Qué memorias te han dividido esas dos exhalaciones de fuego desde el corazón a la boca?
--Camarada--le respondió el Estudiante--, acordéme de la calle Mayor de Madrid y de su insigne paseo a estas horas, hasta dar en el Prado.
--Fácil cosa será verle--dijo el Diablillo--tan al vivo como está pasando agora: pide un espejo a la Güéspeda y tendrás el mejor rato que has tenido en tu vida; que aunque yo, por la posta, en un abrir y cerrar de ojos, te pudiera poner en él[473], porque las que yo conozco comen alas del viento por cebada, no quiero que dejemos a Sevilla[474] hasta ver en qué paran las diligencias de Cienllamas y las de tu dama, que viene caminando acá, y me hallo en este lugar muy bien[475], porque alcanzan a él las conciencias de Indias.
A este mismo tiempo subía a su terrado Rufina María, que así se llamaba la güéspeda, dama entre nogal y granadillo, por no llamarla mulata, gran piloto de los rumbos más secretos de Sevilla, y alfaneque[476] de volar una bolsa de bretón desde su faldriquera a las garras de tanta doncelliponiente[477] como venían a valerse della. Iba en jubón de holanda blanca acuchillado[478], con una enaguas blancas de cotonía[479], zapato de ponleví[480], con escarpín[481] sin media, como es usanza en esta tierra entre la gente tapetada[482], que a estas horas se subía a su azotea a tocar[483] de la tarántula con un peine y un espejo que podía ser de armar[484]; y el Cojuelo, viendo la ocasión, se le pidió con mucha cortesía para el dicho efeto, diciendo:
--Bien puede estar aquí la señora Güéspeda; que yo sé que tiene inclinación a estas cosas.
--¡Ay, señor!--respondió la Rufina María--, si son de la nigromancía[485], me pierdo por ellas; que nací en Triana, y sé echar las habas[486] y andar el cedazo[487] mejor que cuantas hay de mi tamaño, y tengo otros primores mejores, que fiaré de vuesas mercedes si me la hacen, aunque todos los que son entendidos me dicen que son disparates.
--No dicen mal--dijo el Cojuelo--; pero, con todo eso, señora Rufina María, de tan gran talento se pueden fiar los que yo quiero enseñar a mi camarada. Esté atenta.
Y tomando el espejo en la mano, dijo:
--Aquí quiero enseñalles a los dos lo que a estas horas pasa en la calle Mayor[488] de Madrid, que esto sólo un demonio lo puede hacer, y yo. Y adviértase que en las alabanzas de los señores que pasaren, que es mesa[489] redonda[490], que cada uno de por sí hace cabecera, y que no es pleito de acreedores, que tienen unos antelaciones a otros.
--¡Ay, señor!--dijo la tal Rufina--, comience vuesa merced, que será mucho de ver; que yo cuando niña estuve en la Corte con una dama que se fué tras de un caballero del hábito de Calatrava que vino a hacer aquí unas pruebas, y después me volvieron mis padres a Sevilla, y quedé con grande inclinación a esa calle, y me holgaría de volverla a ver, aunque sea en este espejo.
Apenas acabó de decir esto la Güéspeda, cuando comenzaron a pasar coches, carrozas, y literas, y sillas, y caballeros a caballo, y tanta diversidad de hermosuras y de galas, que parecía que se habían soltado abril y mayo y desatado las estrellas[491]. Y don Cleofás, con tanto ojo[492], por ver si pasaba doña Tomasa; que todavía la tenía en el corazón, sin haberse templado con tantos desengaños. ¡Oh proclive humanidad nuestra, que con los malos términos se abrasa, y con los agasajos se destempla[493]! Pero la tal doña Tomasa, a aquellas horas, ya había pasado de Illescas en su litera de dos yemas[494].
La Rufina María estaba sin juicio mirando tantas figuras como en aquel teatro del mundo iban representando papeles diferentes, y dijo al Cojuelo:
--Señor Güésped, enséñeme al Rey y a la Reina; que los deseo ver y no quiero perder esta ocasión.
--Hija--le respondió el Cojuelo--, en estos paseos ordinarios no salen Sus Majestades; si quiere ver sus retratos al vivo, presto llegaremos adonde cumpla su deseo.
--Sea en hora buena--dijo la tal Rufina, y prosiguió, diciendo--: ¿Quién es este caballero y gran señor que pasa agora con tanto lucimiento de lacayos y pajes en ese coche que puede ser carroza del sol?
El Cojuelo le respondió:
--Este es el almirante de Castilla don Juan Alfonso Enríquez de Cabrera, duque de Medina de Ríoseco y conde de Módica, terror de Francia en Fuenterrabía.
--¡Ay, señor!--dijo la Rufina--. ¿Aquél nos echó los franceses de España? Dios le guarde muchos años.
--El y el gran Marqués de los Vélez--respondió el Cojuelo--fueron los Pelayos segundos, sin segundos, de su patria Castilla.
--¿Quién viene en aquella carroza que parece de la Primavera?--preguntó la Rufina.
--Allí viene--dijo el Cojuelo--el Conde de Oropesa y Alcaudete, sangre de Toledo, Pimentel, y de la real de Portugal, príncipe de grandes partes; y el que va a su mano derecha es el Conde de Luna su primo, Quiñones y Pimentel, señor de la casa de Benavides en León, hijo primogénito del Conde de Benavente, que es Luna que también resplandece de día. El Conde de Lemos y Andrade, marqués de Sarria, pertiguero mayor de Santiago, Castro y Enríquez, del gran Duque de Arjona, viene en aquel coche; tan entendido y generoso como gran señor. Y en esotro, el Conde de Monterrey y Fuentes, presidente de Italia, que ha venido de ser Virrey de Nápoles, dejando de su gobierno tanto aplauso a las dos Sicilias y sucediéndole en esta dignidad el Duque de las Torres, marqués de Liche[495] y de Toral, señor del castillo de Aviados, sumiller de corps de su Majestad, príncipe de Astillano, y duque de Sabioneta, que este título es el más compatible con su grandeza; a quien acompaña, con no menos sangre y divino ingenio, en Italia, el Marqués de Alcañizas[496], Almansa, Enríquez y Borja. Allí viene el Condestable prudentísimo Velasco, gentilhombre de la cámara de su Majestad, con su hermano el Marqués del Fresno. El Duque de Hijar le sigue, Silva, y Mendoza, y Sarmiento, marqués de Alenquer y Ribadeo, gran cortesano y hombre de a caballo grande en entrambas sillas[497], que por el último título que hemos dicho tiene previlegio de comer con los Reyes la Pascua deste nombre. Va con él el Marqués de los Balbases, Espínola, cuyo apellido puso su gran padre sobre las estrellas. Allí va el Conde de Altamira, Moscoso y Sandoval, gran señor y caballero en todo, caballerizo mayor de su Majestad de la Reina. Allí pasa el Marqués de Pobar, Aragón, con don Antonio de Aragón su hermano, del Consejo de Ordenes y del supremo de la Inquisición. Los que atraviesan en aquel coche agora son el Marqués de Jódar y el Conde de Peñaranda, del Consejo Real de Castilla, ambos Simancas[498] de la jurispericia como de la nobleza.
--¿Quién son aquellos dos mozos que van juntos--preguntó Rufina--, de una misma edad, al parecer, y que llevan[499] llaves doradas?
--El Marqués de la Hinojosa--respondió el Cojuelo--, conde de Aguilar y señor de los Cameros, Ramírez y Arellano, es el uno, y el otro es el Marqués de Aytona, favorecedor de la Música y de la Poesía, que heredó, hasta la posteridad, de su padre, entrambos camaristas.
--¿Qué coche es aquél tan lleno, que va espumando sangre[500] generosísima en tantos bizarros mozos?--preguntó la tal Güéspeda.
--Es del Duque del Infantado--dijo el Cojuelo--, cabeza de los Mendozas y Sandoval de varón, marqués de Santillana y del Cenete, conde de Saldaña y del Real de Manzanares, hijo y retrato de tan gran padre. Los que van con él son el Marqués de Almenara, el más bizarro, galán y bien visto de la Corte, hijo del gran Marqués de Orani, el Almirante de Aragón, perfecto caballero, el Marqués de San Román, caballero de veras, heredero del gran Marqués de Velada, rayo de Orán, de Holanda y Gelanda, y su hermano el Marqués de Salinas, que iguala el alma con el cuerpo, copias vivas de tan gran padre, y don Iñigo Hurtado de Mendoza, primo del Duque del Infantado, grandes caballeros todos y señores, que ellos solos pueden alabarse a ellos mismos[501] con decir quién son; que todas lenguas de la Fama no bastan. Va con ellos don Francisco de Mendoza, gentilhombre cortesano, favorecido de todos y diestro en entrambas sillas de la espada blanca y negra[502].
--¿Qué tropa es esta que viene agora a caballo?--preguntó la Rufina.
--Si pasan a espacio, te lo diré--dijo el Cojuelo--. Estos dos primeros son el Conde de Melgar y el Marqués de Peñafiel, que llevan en sus títulos sus aplausos; don Baltasar de Zúñiga, el Conde de Brandevilla su hermano, hijos del Marqués de Mirabel, y que lo parecen en todo; el Conde de Medellín, Portocarrero de varón, y el Príncipe de Arambergue, primogénito del Duque de Ariscot; el Marqués de la Guardia, que tiene título de ángel; el Marqués de la Liseda, Silva y Manrique de Lara, y [don] Diego Gómez de Sandoval, comendador mayor de Calatrava, marqués de Villazores, Añover y Humanes, don Baltasar de Guzmán y Mendoza, heredero de la gran casa de Orgaz; Arias Gonzalo, primogénito del Conde de Puñonrostro, imitando las bizarrías de su padre y afianzando las imitaciones de su muy invencible agüelo. Allí vienen el Conde de Molina y don Antonio Mesía de Tobar su hermano, siendo crédito recíprocamente el uno del otro. Y entre ellos, don Francisco Luzón, blasón deste apellido en Madrid, cuyo magnánimo corazón hallara[503] estrecha posada en un gigante. Va con él don José de Castrejón, deudo suyo, gran caballero, y ambos, sobrinos del ilustrísimo Presidente de Castilla. En este coche que les sigue viene el Duque de Pastrana, cabeza de los Silvas, estudioso príncipe y gran señor, con el Marqués de Palacios, mayordomo del Rey y decendiente único de Men Rodríguez de Sanabria, señor de la Puebla de Sanabria, mayordomo mayor del rey don Pedro; el Conde de Grajal, gran señor, y el Conde de Galve, su hermano del Duque, molde de buenos caballeros, y en quien se hallara, si se perdiera[504], la cortesía. Los demás que van acompañándole son hombres insignes de diferentes profesiones; que éste es siempre su séquito. Viene hablando en otro coche con el Príncipe de Esquilache su tío y con el Duque de Villahermosa don Carlos, su hermano, éste, del Consejo de Estado de su Majestad, y esotro, príncipe de los ingenios. Va con ellos el duque mozo de Villahermosa, don Fernando, en quien lo entendido y lo bizarro corren parejas, y don Fernando de Borja, comendador mayor de Montesa, de la cámara de su Majestad, con veinte y dos cursos de virrey, que se puede graduar de Catón Uticense y Censorino. Allí viene el Marqués de Santa Cruz, Neptuno español y mayordomo mayor de la Reina nuestra señora. Aquél es el Conde de Alba de Liste, con el Marqués de Tabara y el Conde de Puñonrostro. Y tras ellos, el Duque de Nochera, Héctor napolitano y gobernador hoy de Aragón. En ese coche que se sigue viene el Conde de Coruña, Mendoza y Hurtado de las Nueve Musas, honra de los consonantes castellanos, en compañía del Conde de la Puebla de Montalbán, Pacheco y Girón. Allí, el Marqués de Malagón, Ulloa y Saavedra, y el Marqués de Malpica, Barroso y Ribera, y el de Frómista, padre del Marqués de Caracena, celebrado por Marte castellano en Italia, y el Conde de Orgaz, Guzmán y Mendoza, de Santo Domingo y San Ilefonso[505], todos Mayordomos del Rey. Aquel que va en aquel coche es el Marqués de Floresdávila, Zúñiga y Cueva, tío del gran Duque de Alburquerque, que hoy está sirviendo con una pica en Flandes, capitán general de Orán, donde fué asombro del África levantando las banderas de su Rey veinte y cinco leguas dentro de la Berbería. Allí va el Conde de Castrollano, napolitano Adonis. Allí va el Conde de Garcíes, Quesada y andaluz gallardo, el Marqués de Velmar[506], el Marqués de Tarazona, Conde de Ayala, Toledo y Fonseca, el Conde de Santisteban y Cocentaina y el Conde de Cifuentes, divinos ingenios; el Conde de la Calzada, y tras él, el Duque de Peñaranda, Sandoval y Zúñiga. Y en esotro coche, don Antonio de Luna y don Claudio Pimentel, del Consejo de Ordenes, Cástor y Pólux de la amistad y de la generosidad.
--¡Ay, señor!, aquel que pasa en aquel coche--dijo la Rufina--, si no me engaño, es de Sevilla, y se llama Luis Ponce de Sandoval, Marqués de Valdeencinas, y como que me crié en su casa.
El Cojuelo respondió:
--Es un muy gran caballero y el más bien quisto que hay en esta tierra ni en la Corte; que no es pequeño encarecimiento. Y aquel con quien va es el Marqués de Ayamonte, estirado título de Castilla y Zúñiga de varón; y no menos que él es ese que viene en ese coche, el Conde de la Puebla del Maestre, que tiene más maestres en su sangre que condes, mozo de grandes esperanzas, y lo fuera de mayores posesiones si tuviera de su parte la atención de la Fortuna. Allí pasa el Conde de Castrillo, Haro, hermano del gran Marqués de Carpio, presidente de Indias, y tras él, el Marqués de Ladrada[507] y el Conde de Baños, padre y hijo, Cerdas, de la gran casa de Medinaceli. Esotro es el Marqués de los Trujillos, bizarro caballero. Y tras ellos, el Conde de Fuensalida, con don Jaime Manuel, de la cámara de su Majestad y hermano del Duque de Maqueda y Nájara[508], que hoy gobierna el tridente de ambos mares.
--Dígame vuesa merced, señor Licenciado--dijo la Rufina--: ¿qué casas sumptuosas son estas que están enfrente destas joyeras?
--Son del Conde de Oñate[509]--dijo el Diablillo--, timbre esclarecídisimo de los Ladrones de Guevara, Mercurio Mayor[510] de España y Conde de Villamediana, hijo de un padre que hace emperadores, y es hoy presidente de Ordenes.
--Y aquellas gradas que están allí enfrente--prosiguió la tal Rufina María--, tan llenas de gente, ¿de qué templo son, o qué hacen allí tanta variedad de hombres vestidos de diferentes colores?
--Aquéllas son las gradas de San Felipe--respondió el Cojuelo--, convento de San Agustín, que es el mentidero[511] de los soldados, de adonde salen las nuevas primero que los sucesos.
--¿Qué entierro es éste tan sumptuoso que pasa por la calle Mayor?--preguntó don Cleofás, que estaba tan aturdido[512] como la mulata.
--Éste es el de nuestro Astrólogo--respondió el Cojuelo--, que ayunó toda su vida, para que se lo coman todos éstos en su muerte, y siendo su retiro tan grande cuando vivo, ordenó que le paseasen por la calle Mayor después de muerto[513], en el testamento que hallaron sus parientes.
--Bellaco coche--dijo don Cleofás--es un ataúd para ese paseo.
--Los más ordinarios son ésos--dijo el Cojuelo--, y los que ruedan más en el mundo. Y ahora me parece--prosiguió diciendo--que estarán mis amos menos indignados conmigo, pues la prenda que solicitaban por mí la tienen allá, hasta que vaya estotra mitad, que es el cuerpo, a regalarse en aquellos baños de piedra azufre.
--¡Con sus tizones se lo coma[514]!--dijo don Cleofás.
Y la Rufina estaba absorta mirando su calle Mayor, que no les entendió la plática, y volviéndose a ella el Cojuelo, le dijo:
--Ya vamos llegando, señora Güéspeda, donde cumpla lo que desea; que ésa es la puerta del Sol y la plaza de armas de la mejor fruta[515] que hay en Madrid. Aquella bellísima fuente de lapislázuli y alabastro es la del Buen Suceso[516], adonde, como en pleito de acreedores, están los aguadores gallegos y coritos gozando de sus antelaciones para llenar de agua los cántaros. Aquélla es la Victoria[517], de frailes mínimos de San Francisco de Paula, retrato de aquel humilde y seráfico portento que en el palacio de Dios ocupa el asiento de nuestro soberbio príncipe Lucifer; y mire allí enfrente los retratos que yo la prometí enseñar;--sin estar la dicha mulata en la plática que hacia don Cleofás había dirigido el tal Cojuelo, y diciendo:
--¡Qué linda hilera de señores, que parece que están vivos!
--El Rey nuestro señor es el primero--dijo el Cojuelo.
--¡Qué hombre está!--dijo la mulata--. ¡Qué bizarros bigotes tiene, y cómo parece rey en la cara y en el arte! ¡Qué hermosa que está[518] junto a él la Reina nuestra señora, y qué bien vestida y tocada! ¡Dios nos la guarde! Y aquel niño de oro que se sigue luego, ¿quién es?
--El Príncipe, nuestro señor--dijo don Cleofás--, que pienso que le crió Dios en la turquesa de los ángeles.
--Dios le bendiga--replicó Rufina--, y mi ojo no le haga mal[519]; y viviendo más que el mundo, nunca herede a su padre, y viva su padre más siglos que tiene almenas en su monarquía. ¡Ay, señor!--prosiguió Rufina--, ¿quién es aquel caballero que, al parecer, está vestido a la turquesca, con aquella señora tan linda al lado, vestida a la española?
--No es--dijo el Cojuelo--traje turquesco; que es la usanza húngara, como ha sido rey de Hungría: que es Ferdinando de Austria, cesáreo emperador de Alemania y rey de Romanos, y la emperatriz su esposa María, serenísima infanta de Castilla, que hasta los demonios--volviéndose a don Cleofás--celebramos sus grandezas.
--¿Quién es aquel de tan hermosa cara y tan alentadas guedejas[520]--preguntó la Mulata--, que está también en la cuadrilla vestido de soldado, tan galán, tan bizarro y tan airoso, que se lleva los ojos de todos, y tiene tanto auditorio mirándole?
--Aquél es el serenísimo infante don Fernando--respondió el Cojuelo--questá por su hermano gobernando los estados de Flandes, y es arzobispo de Toledo y cardenal de España, y ha dado al infierno las mayores entradas de franceses y holandeses que ha tenido jamás después que[521] se representa en él la eternidad de Dios, aunque entren las de Jerjes y Darío, y pienso que ha de hacer dar grada[522] a mujeres de las luteranas y calvinistas y protestantes que siguen la seta de sus maridos, tanto, que los más de los días vuelve el dinero el purgatorio.
--Gana me da, si pudiera--dijo la Mulata--, de dalle mil besos.
--En país está--dijo don Cleofás--, que tendrá el original bastante mercadería de eso; que esta ceremonia dejó Judas sembrada en aquellos países[523].
--¡Oh, cómo me pesa--dijo la Rufina--que va anocheciendo, y encubriéndose el concurso de la calle Mayor!
--Ya todo ha bajado al Prado[524]--dijo el Cojuelo--, y no hay nada que ver en ella; tome vuesa merced su espejo; que otro día le enseñaremos en él el río de Manzanares[525], que se llama _río_ porque _se ríe_ de los que van a bañarse en él, no teniendo agua; que solamente tiene regada la arena, y pasa el verano de noche[526], como río navarrisco[527], siendo el más merendado y cenado de cuantos ríos hay en el mundo.
--El más caudal[528] dél es--dijo don Cleofás--, pues lleva más hombres, mujeres y coches que pescados los dos mares.
--Ya me espantaba yo--dijo el Cojuelo--que no volvías por tu río. Respóndele eso al vizcaíno que dijo: «O vende puente, o compra río».
--No ha menester mayor río Madrid[529]--dijo don Cleofás--, pues hay muchos en él que se ahogan en poca agua, y en menos se ahogara aquel regidor que entró en el Ayuntamiento de las ranas del Molino quemado[530].
--¡Qué galante eres--dijo el Cojuelo--, don Cleofás, hasta contra tus regidores!
Bajándose con esto de la azutea, y la Rufina protestando al Cojuelo que le había de cumplir la palabra al día siguiente. Todo lo cual y lo que más sucediere se deja para esotro tranco.
TRANCO IX
Y saliéndose al ejercicio de la noche pasada, aunque las calles de Sevilla, en la mayor parte, son hijas del Laberinto de Creta, como el Cojuelo era el Teseo de todas, sin el ovillo de Ariadna, llegaron al barrio del Duque, que es una plaza más ancha que las demás, ilustrada de las ostentosas casas de los Duques de Sidonia, como lo muestra sobre sus armas y coronel un niño con una daga en la mano[531], segundo Isaac en el hecho, como esotro en la obediencia, el dicho que murió sacrificado a la lealtad de su padre don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, alcaide de Tarifa; aposento siempre de los asistentes de Sevilla, y hoy del que con tanta aprobación lo es, el Conde de Salvatierra[532], gentilhombre de la cámara del señor infante Fernando y segundo Licurgo del gobierno. Y al entrar por la calle de las Armas, que se sigue luego a siniestra mano, en un gran cuarto bajo, cuyas rejas rasgadas descubrían algunas luces, vieron mucha gente de buena capa[533] sentados con grande orden, y uno en una silla con un bufete delante, una campanilla, recado de escribir y papeles, y dos acólitos a los lados, y algunas mujeres con mantos, de medio ojo[534], sentadas en el suelo, que era un espacio que hacían los asientos, y el Cojuelo le dijo a don Cleofás:
--Esta es una academia de los mayores ingenios de Sevilla, que se juntan en esta casa a conferir cosas de la profesión y hacer versos a diferentes asumptos[535]: si quieres (pues eres hombre inclinado a esta habilidad), éntrate a entretener dentro; que por güéspedes y forasteros no podemos dejar de ser muy bien recibidos.
Don Cleofás le respondió:
--En ninguna parte nos podemos entretener tanto: entremos norabuena.
Y trayendo en el aire, para entrar más de rebozo, el Diablillo dos pares de antojos, con sus cuerdas de guitarra para las orejas, que se las quitó a dos descorteses, que con este achaque palían su descortesía, que estaban durmiendo, por ejercella de noche y de día, entraron muy severos en la dicha Academia, que apatrocinaba, con el agasajo que suele, el Conde de la Torre, Ribera, y Saavedra, y Guzmán, y cabeza y varón de los Riberas. El presidente era Antonio Ortiz Melgarejo, de la insignia de San Juan[536], ingenio eminente de la Música y de la Poesía, cuya casa fué siempre el museo de la Poesía y de la Música. Era secretario Alvaro de Cubillo, ingenio granadino que había venido a Sevilla a algunos negocios de su importancia[537], excelente cómico y grande versificador, con aquel fuego andaluz que todos los que nacen en aquel clima tienen, y Blas de las Casas[538] era fiscal, espíritu divino en lo divino y humano. Eran, entre los demás académicos, conocidos don Cristóbal de Rozas[539] y don Diego de Rosas, ingenios peregrinos que han honrado el poema dramático[540], y don García de Coronel y Salcedo[541], fénix de las letras humanas y primer[542] Píndaro andaluz.
Levantáronse todos cuando entraron los forasteros, haciéndolos acomodar en los mejores lugares que se hallaron, y, sosegada la Academia al repique de la campanilla del Presidente, habiendo referido algunos versos de los sujetos[543] que habían dado en la pasada, y que daban fin en los que entonces había leído con una silva al Fénix, que leyó doña Ana Caro[544], décima musa sevillana[545], les pidió el Presidente a los dos forasteros que por honrar aquella academia repitiesen algunos versos suyos, que era imposible dejar de hacerlos muy buenos los que habían entrado a oír los pasados; y don Cleofás, sin hacerse más de rogar, por parecer castellano entendido y cortesano de nacimiento, dijo:
--Yo obedezco, con este soneto que escribí a la gran máscara del Rey nuestro señor, que se celebró en el Prado alto, junto al Buen Retiro, tan grande anfiteatro, que borró la memoria de los antiguos griegos y romanos.
Callaron todos, y dijo en alta voz, con acción bizarra y airoso ademán, desta suerte[546]:
SONETO
Aquel que, más allá de hombre, vestido De sus propios augustos esplendores, Al sol por virrey tiene, y en mayores Climas su nombre estrecha esclarecido,
Aquel que, sobre un céfiro nacido, Entre los ciudadanos moradores Del Betis, a quien más que pació flores Plumas para ser pájaro ha bebido,
Aquel que a luz y a tornos desafía, En la mayor palestra que vió el suelo, Cuanta le ve estrellada monarquía,
Es, a pesar del bárbaro desvelo, Filipo el Grande, que, árbitro del día, Está partiendo imperios con el Cielo;
aplaudiéndolo toda la Academia con vítores y un dilatado estruendo festivo; y apercibiéndose el Cojuelo para otro, destosiéndose como es costumbre en los hombres, siendo él espíritu, dijo deste modo:
A UN SASTRE TAN CABALLERO, QUE NO QUERÍA CORTAR LOS VESTIDOS DE SUS AMIGOS, REMITIÉNDOLOS A SU MASEBARRILETE[547].
SONETO
Pánfilo, ya que los eternos dioses, Por el secreto fin de su juicio, No te han hecho tribuno ni patricio, Con que a la dignidad del César oses,
Razón será que el ánimo reposes, Haciendo en ti oblación y sacrificio; Que dicen que no acudes a tu oficio Estos que cortan lo que tú no coses.
Los ojos vuelve a tu primer estado: Las togas cose, y de vestillas deja; Que un plebeyo no aspira al consulado.
Esto, Pánfilo, Roma te aconseja; No digan que de plumas que has hurtado Te has querido vestir, como corneja.
El soneto fué muy aplaudido de toda la Academia, diciendo los más noticiosos della que parecía epigrama de Marcial, o en su tiempo compuesto de algún poeta que le quiso imitar, y otros dijeron que adolecía[548] del Doctor[549] de Villahermosa, divino Juvenal aragonés, pidiendo el Conde de la Torre a don Cleofás y al Cojuelo que honrasen aquella junta lo que estuviesen en Sevilla, y que dijesen los nombres supuestos con que habían de asistilla, como se usó en la Corusca y en la academia[550] de Capua, de Nápoles, de Roma y de Florencia, en Italia, y como se acostumbraba en aquélla. Don Cleofás dijo que se llamaba _el Engañado,_ y el Cojuelo, _el Engañador,_ sin entenderse el fundamento que tenían los dos nombres; y repartiendo los asuntos para la academia venidera, nombraron por presidente della al _Engañado_ y por fiscal al _Engañador,_ porque el oficio de secretario no se mudaba, haciéndoles esta lisonja por forasteros, y porque les pareció a todos que eran ingenios singulares. Y sacando una guitarra una dama de las tapadas, templada sin sentillo[551], con otras dos cantaron a tres voces un romance excelentísimo de don Antonio de Mendoza[552], soberano ingenio montañés, y dueño eminentísimo del estilo lírico, a cuya divina música vendrán estrechos todos los agasajos de su fortuna. Con que se acabó la academia de aquella noche, diviéndose los unos de los otros para sus posadas, aunque todavía era temprano, porque no habían dado las nueve, y don Cleofás y el Cojuelo se bajaron hacia el Almeda, con pretexto de tomar el fresco en la Alamenilla[553], baluarte bellísimo que resiste a Guadalquivir, para que no anegue aquel gran pueblo en las continuas y soberbias avenidas suyas. Y llegando a vista de San Clemente el Real, que estaba en el camino, a mano izquierda, convento ilustrísimo de monjas, que son señoras de todo aquel barrio, y de vasallos fuera dél, patronazgo magnífico de los Reyes, fundado por el santo rey don Fernando porque el día de su advocación ganó aquella ciudad de los moros[554], le dijo el Cojuelo a don Cleofás.
--Este real edificio es jaula sagrada de un serafín, o Serafina, que fué primero dulcísimo ruiseñor del Tejo[555], cuya divina y extranjera voz no cabe en los oídos humanos, y sube en simétrica armonía a solicitar la capilla impirea, prodigio nunca visto en el diapasón ni en la naturaleza; pero no por eso previlegiada de la envidia.
A estos hipérboles[556] iba dando carrete (verdades pocas veces ejecutadas de su lengua), cuando, al revolver otra calle, pocas veces paseada a tales horas de nadie, oyeron grandes carcajadas de risa[557] y aplausos de regocijo en una casa baja, edificio humilde que se indiciaba de jardín por unas pequeñas verjas de una reja algo alta del suelo, que malparía algunos relámpagos de luces, escasamente conocidos de los que pasaban. Y preguntóle al Cojuelo don Cleofás qué casa era aquella donde había tanto regocijo a aquellas horas. El Diablillo le respondió:
--Éste se llama el garito de los pobres; que aquí se juntan ellos y ellas, después de haber pedido todo el día, a entretenerse y a jugar, y a nombrar los puestos donde han de mendigar esotro día, porque no se encuentren unas limosnas con otras. Entremos dentro y nos entretendremos un rato; que, sin ser vistos ni oídos, haciéndonos invisibles con mi buena maña, hemos de registrar este conclave de San Lázaro.
Y con estas palabras, tomando a don Cleofás por la mano, se entraron por un balconcillo que a la mano derecha tenía la mendiga habitación, porque en la puerta tenían puesto portero porque no entrasen más de los que ellos quisiesen y los que fuesen señalados de la mano de Dios[558]; y bajando por un caracolillo a una sala baja, algo espaciosa, cuyas ventanas salían a un jardinillo de ortigas y malvas, como de gente que había nacido[559] en ellas, la hallaron ocupada con mucha orden de los pobres que habían venido, comenzando a jugar al rento y limetas[560] de vino de Alanís y Cazalla[561], que en aquel lugar nunca lo hay razonable, y algunos mirones, sentados también, y en pie. La mesa sobre que se jugaba era de pino, con tres pies y otro supuesto, que podía pedir limosna como ellos, un candelero de barro con una antorcha de brea, y los naipes con dos dedos de moho hacia cecina[562], de puro manejados de aquellos príncipes, y el barato que se sacaba se iba poniendo sobre el candelero. Y a estotra parte estaba el estrado de las señoras, sobre una estera de esparto, de retorno del ivierno pasado; tan remendados todos y todas, que parece que les habían cortado de vestir de jaspes de los muladares. Y entrando don Cleofás y su compañero y diciendo una pobra, fué todo uno. «Ya viene el Diablo Cojuelo», alteróse don Cleofás y dijo a su camarada:
--Juro a Dios que nos han conocido.
--No te sobresaltes--respondió el Diablillo--; que no nos han conocido ni nos pueden ver, como te previne; que el que ha dicho la pobra que viene es aquel que entra agora, que trae una pierna de palo y una muleta en la mano y se viene quitando la montera, y entre ellos le llaman el Diablo Cojuelo por mal nombre, que es un bellaco, mal pobre, embustero y ladrón, y estoy harto cansado con él y con ellas porque le llaman así, que es una sátira que me han hecho con esto, y que yo he sentido mucho; pero esta noche pienso que me lo ha de pagar, aunque sea con la mano del gato[563], como dicen.
--Muy grande atrevimiento--dijo don Cleofás--ha sido quererlas apostar contigo, siendo tú el demonio más travieso del infierno, y no te la hará nadie que no te la pague.
--Estos pobres--dijo Cojuelo--, como son de Sevilla, campan también de valientes[564], y reñirán con los diablos; pero no se alabará, si yo puedo, éste de haber salido horro desta chanza; que en el mundo se me han atrevido solamente tres linajes de gente: representantes, ciegos y pobres[565]; que los demás embusteros y gente deste género pasan por demonios como yo.
En esto, se había acomodado o sentádose en el suelo el Piedepalo, Diablo Cojuelo segundo deste nombre, diciendo muchas galanterías a las damas, y entró el Murciélago, llamado así porque pedía de noche a gritos por las calles, con Sopaenvino, que le había encontrado agazapado en una taberna y sacado por el rastro de los mosquitos que salían dél, como de la cuba de Sahagún. Convidóles con su asiento el Chicharro y el Gallo, el uno, que cantaba pidiendo por las siestas en verano y despertando los lirones[566]; el otro mendigaba por las madrugadas; y tomando el suelo por mejor asiento, porque cualquiera cosa más alta los desvanecía, y estando en esto, entró un pobre en un carretón, a quien llamaban el Duque, y todos se levantaron, ellos y ellas, a hacelle cortesía; y él, quitándose un sombrerillo que había sido de un carril[567] de un pozo, dijo:
--Por mi amor que se estén quedos y quedas, o me volveré a ir.
Temieron el disfavor, y llegándole el muchacho que le traía el carretón a la mesa donde se jugaba, pidió cartas. Faraón, que era uno de los del juego, llamado desta suerte porque pedía con plagas a las puertas de las iglesias, y el Sargento, nombrado así porque tenía un brazo menos[568], le dijeron que los dejase jugar su excelencia, que estaban picados; que después harían lo que les mandaba; viniéndose el Duque con el Marqués de los Chapines, que era un pobre que andaba arrastrando[569], y de la cintura arriba muy galán, y estaba entreteniendo las damas, diciendo:
--Con vusía[570] me vengo, que está más bien parado.
Y a ninguno de los dos les habían las damas menester para nada.
La Postillona, llamada deste nombre porque pedía a las veinte[571] limosna, no dejando calle ni barrio que no anduviese cada día, tuvo palabras con la Berlinga, tan larga como el nombre[572], que había sido senda de Esgueva a Zapardiel, sobre celos del Duque; y la Paulina[573], que apellidaban ansí porque maldecía a quien no le daba limosna, se picó con la Galeona, que llamaban desta suerte porque andaba artillada de niños que alquilaba para pedir, sobre haber dicho unas palabras preñadas[574] al Marqués, sin dar causa su señoría a ello, metiéndose la Lagartija y la Mendruga a revolverlas más, y el Piedepalo a las vueltas, con las Fuerzas de Hércules, que eran dos pobres, uno sobre otro, que a no meterse Zampalimosnas, que era el garitero, de por medio, y Pericón el de la Barquera, y Embudo el Temerario, Tragadardos, Zancayo, Peruétano y Ahorcasopas, hubiera un paloteado[575], entre los pobres y pobras, de los diablos. El Duque y el Marqués interpusieron sus autoridades, y para quietallo de todo punto inviaron por un particular[576], que trujo luego Piedepalo, para pagarlo de bonete[577], que fueron unos ciegos y una gaita zamorana que muy cerca de allí se recogían, que fué menester pagárselo adelantado porque se levantasen, y se concertó en treinta cuartos, y dijo el Duque que no se había pagado tan caro particular jamás, por vida de la Duquesa[578]. Y al mismo tiempo que entró Piedepalo con el particular, se entró tras ellos Cienllamas, con la vara en la pretina[579], y Chispa y Redina con él, preguntando:
--¿Quién es aquí el Diablo Cojuelo? Que he tenido soplo que está aquí en este garito de los pobres, y no me ha de salir ninguno deste aposento hasta reconocellos a todos, porque me importa hacer esta prisión.
Los pobres y las pobras se escarapelaron viendo la justicia en su garito, y el verdadero Diablo Cojuelo, como quien deja la capa al toro, dejó a Cienllamas cebado con el pobrismo, y por el caracolillo se volvieron a salir del garito él y don Cleofás.
--Este es--dijo el Duque señalando a Piedepalo--; que nosotros, ni hombres como nosotros, no hemos de defender de la justicia a hombres tan delincuentes;--tomando venganza de algunos embustes que les había hecho en las limosnas de la sopa de los conventos; y agarrando con él Chispa y Redina, comenzó a pedir iglesia[580] a grandes voces Piedepalo que en un bodegón hiciera lo mismo, queriendo dalles a entender que era ermita, y no garito, donde estaban, y que todos y todas habían venido a hacer oración a ella. El tal Cienllamas y Chispa y Redina comenzaron a sacalle arrastrando, diciéndole, entre algunos puñetes y mojicones:
--No penséis, ladrón, que os habéis de escapar con esos embustes de nuestras manos; que ya os conocemos.
Entonces el Marqués[581], metiendo las manos en los chapines, dijo:
--¿Por qué hemos de consentir que no contradiga el Duque que lleve preso un alguacil a un pobrete como el Cojuelo? ¡Por vida de la Marquesa[582] que no lo ha de llevar!