CAPÍTULO 9
Comienzo · continuación 9
Angulo, Angulo... espérese usted...
EL CURA
Es hijo de Bonifacio Angulo, aquel que llamaban aquí por mal nombre _Cachorro_, guarda de los montes de Laín.
EL CONDE
¡Oh, sí!... _Cachorro_, hombre sencillo y un tanto rudo... servidor fiel... Le recuerdo perfectamente. ~(Le da otra vez la mano, que el médico le besa.)~
EL CURA
Y no habrá olvidado el Sr. D. Rodrigo que a este chico le costeó la carrera en Valladolid.
EL MÉDICO
Por lo cual, debo al señor Conde lo poco que soy, y lo poco que valgo.
EL CONDE
De eso no me acordaba... mi palabra que no me acordaba.
EL CURA
Pues ha de saber usted... no es porque esté delante... que este chico es una notabilidad... pero una notabilidad, en la ciencia médica.
EL MÉDICO
Por Dios, D. Carmelo...
EL CONDE, ~muy cariñoso~.
Bien, hijo mío; dame un abrazo. ~(Le abraza.)~ Me permitirás que te tutee. No puedo corregir este hábito de familiaridad, desde que entro en Jerusa. ~(El médico asiente con mudas demostraciones de respeto.)~
EL CURA
Y ya, ya sé por qué vienes tan pitre, cañamoncito de Jerusa.
EL MÉDICO
Me han nombrado de la comisión que ha de recibir a la señora Condesa de Laín... Dispénseme, señor Conde, si después de saludarle con el debido respeto, me retiro...
EL CURA
Hijo, no hay prisa todavía.
EL CONDE
Sí, sí: ve, anda.
EL CURA
Oye, Salvador. En cuanto se acabe la función, una vez que el pueblo desfogue su entusiasmo con un poco de pólvora y cuatro berridos, y suene en los aires la última simpleza del discurso que ha de pronunciar D. José Monedero, te vienes corriendito a casa, y tendrás el honor de comer con el señor Conde y conmigo.
EL MÉDICO
Bien, bien. ¡Qué honra tan grande!
EL CONDE, ~con alegría~.
¡Qué feliz coyuntura para consultarle con toda calma...!
EL MÉDICO
¿Un padecimiento?
EL CONDE
No es eso. Tú conoces a mis nietecillas; las habrás asistido en alguna dolencia.
EL MÉDICO
Nell y Dolly disfrutan de una salud enteramente campesina y plebeya. Las he visitado para indisposiciones sin importancia.
EL CONDE
Pero que a ti, como perspicaz observador, te habrán bastado para conocer sus temperamentos, qué afecciones prevalecen en cada una, qué predisposiciones patológicas se marcan en una y otra naturaleza... porque de seguro habrá diferencia grande en la complexión, en la constitución anatómica y fisiológica de las dos chiquillas. No sé si me explico.
EL MÉDICO
Perfectamente. Pero hasta hoy no he tenido ocasión de determinar entre una y otra notorias diferencias.
EL CURA
En fin, ya tendrán ustedes ocasión de hablar largo y tendido. ~(Suena un cohete.)~
EL CONDE, ~estremeciéndose~.
Ya está aquí.
EL MÉDICO, ~con mucha prisa~.
Ya llega...
EL CONDE
Anda, hijo, anda.
EL MÉDICO
Con su permiso... No necesito decirle... Humildísimo, incondicional servidor... ~(Suenan más cohetes.)~
EL CONDE, al Cura.
¿Y tú, no vas, Carmelo?
EL CURA
Indefectiblemente tengo que asomar las narices por allí. No diga la Condesa que soy descortés...
EL CONDE
No eche de menos la población figura tan culminante en esta clase de ceremonias.
EL CURA
Si, sí... Me voy. Cuidado, señor Conde. A la una y media en punto.
EL CONDE
No faltaré. De las pocas cosas que me quedan, una es el respeto, la religión de la puntualidad. ~(Óyese música lejana.)~
EL MÉDICO
Hasta luego.
EL CONDE
Divertirse...
~(Vanse el Cura y el Médico.)~
EL CONDE, ~solo, meditabundo~.
¿Me ayudarán estos en mis investigaciones?... ¿Se penetrarán del espíritu de rectitud, del sentimiento de justicia con que procedo?... ~(Con desaliento.)~ Lo dudo... Viven en ambiente formado por las conveniencias, el egoísmo y la hipocresía, y cuando se les habla de la suprema ley de honor, ponen cara de asombro estúpido, como si oyeran referir cuentos de brujas. Si no me auxilian, trabajaré yo solo. El viejo Albrit se basta y se sobra. ~(Suenan más cerca la música y el rumor popular.)~ ¡Ah! Ya llega, ya entra en Jerusa Lucrecia Richmond... ¡Ya estás aquí, bestia engalanada, estatua viva, deshonesta! ¡Cuánto deseaba yo esta ocasión!... ¡Tú y yo solos, frente a frente! ~(Se asoma a una ventana.)~ No sé quién es peor: si tú que paseas impune por el mundo tu desvergüenza, o un pueblo servil y degradado que te festeja y te adula. ~(Óyense campanas.)~ Repican por ti... y luego tocarán a la oración. ~(Furioso, gritando en la ventana, hacia afuera.)~ ¡Pueblo imbécil, esa que a ti llega es un monstruo de liviandad, una infame falsaria! No la victorees, no la agasajes. Apedréala, escúpela.
FIN DE LA JORNADA PRIMERA
JORNADA SEGUNDA
ESCENA PRIMERA
~Sala baja en la casa del señor Alcalde de Jerusa, D. José María Monedero, decorada con lujo barato, en toda la plenitud de la cursilería con dinero. Cubren las paredes paisajes al óleo, de los que en parejas, con marco y todo, se venden al aire libre en calles céntricas de Madrid, obra de artistas desdichados. _Hacen juego_ con estos mamarrachos, cromos de cacerías o de revistas navales, figuras de bazar, fruslerías bordadas, mil laborcillas fáciles de mujer, de esas cuya explicación y dibujo traen en su sección de recreos útiles los periódicos de modas. Flores de trapo, en tiestos de cartón, exhalan en los ángulos su fragancia de cola y tintes descompuestos. Piano desafinado, musiquero, retratos prendidos en esterillas japonesas, redoma de peces.~
~NELL y DOLLY; LUCRECIA, CONDESA VIUDA DE LAÍN. Es mujer hermosa, de treinta y cuatro años, del tipo que comunmente llamamos _interesante_, mezcla feliz de belleza, dulzura y melancolía; castaño el cabello, el rostro alabastrino, de un perfil elegante, precioso modelo de raza anglo-sajona, recriada en América. Sus ojos son grandes, obscuros, con ráfagas de oro, y el mirar sereno y triste, como de tigre enjaulado que dormita sin acordarse de que es fiera. En su talle esbelto se inicia la gordura, fácil de corregir todavía con la ortopedia escultórica del corsé. Viste con elegancia traje de luto. En su habla, apenas se percibe el acento extranjero.~
LUCRECIA, ~abrazando y besando a las niñas~.
Hijas mías, no me harto de besaros. ¿Teníais ganitas de verme?
NELL
Figúrate...
DOLLY
Hemos venido a la carrera... ¡Cuánta gente! Creí que no podíamos entrar, y que nos atropellaban los coches.
LUCRECIA
¡Qué fastidio! Vengo a Jerusa solo por ver a mis niñas, y me encuentro con este horrible entorpecimiento del entusiasmo público.
NELL
Mamá, la gratitud del pueblo...
LUCRECIA
Creed que he pasado un sofoco y una vergüenza...
DOLLY
Te quieren.
LUCRECIA
Demostraciones tan molestas como ridículas. ¿Y a mí, por qué me aclaman?... En fin, ya hemos pasado el mal rato de la entrada triunfal... ~(Mirándolas cariñosamente.)~ Estáis muy bien... las caras tostaditas. Eso quiero: que se os ponga la tez como de manzanas pardas, señal de salud y buena sangre...
NELL
Mamá, tú sí que estás guapísima.
LUCRECIA, ~besándolas otra vez~.
Vosotras, mis ángeles salvajitos, sí que sois bellas y buenas, y... ~(La interrumpe la Alcaldesa entrando de improviso.)~
ESCENA II
~DICHAS; LA ALCALDESA, señora enjuta y menudita, que no tiene en aquel momento más preocupación que parecer fina, y este singular estado de su espíritu, con la tirantez consiguiente, se revela en todos sus actos, en sus palabras melosas, y hasta en los mohines estudiados de su boca y nariz. Viste bata azul, elegante, que le han enviado de Madrid. Poco después de ella entra EL ALCALDE, señorón macizo, sanote y jovial que, al contrario de su mujer, pone todo su esmero en parecer muy bruto, dejando al descubierto, desnudo de toda gala retórica, su natural llano y la tosca armazón de su ser moral. Entiende que los hombres deben ser _claros_, cada cual mostrándose como Dios le ha hecho. De origen humildísimo, empezó a sacar el pie del lodo con la carretería; trabajó honradamente después en distintas industrias, hasta que halló su suerte en la fabricación de pastas para sopa. Su laboriosidad le hizo rico, y la herencia de un tío de América le ascendió a millonario. Viste levita, y su chistera, que usa con frecuencia por razón de su cargo, es sin disputa la mejor del pueblo. Su esposa cuida de renovar esta prenda con la precisa oportunidad para que no sea ridícula.~
LA ALCALDESA, ~finísima~.
Dispense usted, Condesa. Mi esposo y yo hemos tenido que convencer a los notables del pueblo de que usted, por razón de su luto y del cansancio del viaje, no puede recibir a nadie...
NELL, ~asomándose a la ventana~.
Mamá, mamá, si está la plaza llena de gente.
DOLLY
Quieren que te asomes para darte vivas.
LUCRECIA
Por Dios, Vicenta, líbreme usted de este compromiso... ¡Vivas a mí! Yo no salgo; no sirvo para eso... Por Dios, que se vayan, que me dejen. Yo lo agradezco en el alma...
LA ALCALDESA
Las ovaciones populares, por más que sean merecidas, molestan y fastidian... Jerusa no puede mostrarse ingrata, ni olvidar los beneficios que usted le prodigó....
LUCRECIA, ~aterrada del rumor popular~.
¿Qué beneficios ni qué niño muerto? Yo no he hecho nada, absolutamente nada. ¿Pero están locos aquí? Créalo usted, Vicenta, me da miedo _la voz pública_.
NELL
Mamá, que te asomes... Quieren despedirse de ti.
DOLLY
Hay pueblo y señores... y hasta curas... Mamita, ¿qué te importa que te victoreen? Mira que si no sales, nos darán los vivas a nosotras.
LUCRECIA
Que no salgo, vamos. Vicenta, por Dios, que su marido de usted me haga el favor de echarles una arenga, diciéndoles... que estoy enferma, y que les agradezco infinito sus manifestaciones... que no las merezco... En fin, él sabrá.
EL ALCALDE, ~limpiándose el sudor de la frente, la levita desabrochada, el chaleco abotonado a medias~.
Ya, ya se van... ¿Pero qué le costaba a usted, Condesa, asomarse un poquito? Con una inclinación de cabeza cumplía usted. Pero, en fin, respeto su repugnancia de las apoteosis. Lo mismo me pasa a mí. Siempre que me ovacionan me echo a llorar, y se me descompone el vientre.
LUCRECIA
¿Pero qué he hecho yo, Sr. D. José de mi alma, para estos obsequios, este entusiasmo?
LA ALCALDESA
Hija, la carretera de Forbes, la estación telegráfica... la condonación...
LUCRECIA