CAPÍTULO 8
Comienzo · continuación 8
VENANCIO
Como yo. Somos del mismo tiempo.
EL CONDE
No podía ser menos. Tenías veintiséis cuando...
EL CURA
Cuando murió mi padre. A la generosidad del señor Conde debí el poder terminar mi carrera de Teología y Derecho.
EL CONDE, ~con natural delicadeza~.
Pues, mira tú, de eso no me acordaba.
EL CURA
¡Ah, yo sí!
EL CONDE
¿Te acuerdas de aquellas merendonas del Soto de Aguillón? Desde entonces, te profeticé que serías _la première fourchette de l’Espagne_.
EL CURA, ~riendo~.
Era un tenedor tremendo, sí, sí...
EL CONDE
¿Y sigues con la higiénica costumbre de comer copiosamente, y de digerir clavos?
EL CURA
Ya no soy ni sombra de lo que fui; pero todavía...
VENANCIO
Todavía... si el caso llega, no deja mal puesto el pabellón.
EL CONDE
¿Te acuerdas de cuando apostabas con Valentín, el escribano de Verola, a quién comía más?
EL CURA, ~riendo a carcajadas~.
Y siempre le gané, siempre.
EL CONDE
Un día de vigilia... Venancio, no lo creerás, pero es verdad... le vi comerse una langosta de este tamaño, entera y verdadera, detrás de un arroz con pescado y marisco... y delante de docena y media de torrijas.
EL CURA
Esos tiempos pasaron.
VENANCIO
Pero hasta hace poco... yo recuerdo el día de la jira en Novoa... su postre era un queso de bola, enterito.
EL CONDE
¡Lo que yo gozaba viéndole comer!
EL CURA
Me tranquiliza sobre ese punto la opinión de San Francisco de Sales, que dice: «Lo que entra por la boca no daña al alma.»
EL CONDE
Y tenía razón.
ESCENA X
~DICHOS; GREGORIA, vestida para salir. Trae servicio de café.~
GREGORIA
Aunque el señor no lo ha pedido, como sé que le gusta tanto el café... ~(Lo pone en la mesa.)~
EL CONDE
¡Oh, qué bien!... Tu previsión, hija mía, es muy de alabar. Carmelo, te sirvo...
GREGORIA
Las señoritas están concluyendo de arreglarse. En seguida nos iremos.
EL CONDE
Que no se entretengan; ya será hora. ~(Al Cura, sirviéndole azúcar.)~ A ti te gusta dulzón, si no recuerdo mal.
EL CURA
¡Qué memoria tiene usted!
EL CONDE
No siendo para los favores que me hacen, también la pierdo, como la vista.
GREGORIA
¿Se le ofrece algo más al señor?
EL CONDE
No... Gracias. ~(Vase Gregoria.)~
EL CURA, ~paladeando el café~.
¿Y qué?... Señor Conde, ¿qué le parecen a usted sus nietecitas? ¿No las había visto después de su regreso de América?
EL CONDE
No.
EL CURA
Son angelicales... ¡Y qué lindas, qué graciosas! Se le meten a uno en el corazón... Verlas, tratarlas y no quererlas, es imposible. ~(El Conde, ensimismado, calla. Durante la pausa, D. Carmelo le observa.)~ Dios ha hecho en ellas una parejita encantadora, para regocijo y orgullo de su madre... y de usted.
EL CONDE, ~como volviendo en sí~.
¿Decías?... ¡Ah! Sí, son hechiceras las chiquillas.
EL CURA, ~queriendo sonsacarle el motivo de su estancia en Jerusa~.
Comprendo la impaciencia de usted por verlas. Al santo anhelo de conocer a sus nietas y abrazarlas, debemos el honor de tenerle en Jerusa...
EL CONDE
Yo he venido a Jerusa, principalmente, por... ~(A Venancio, con autoridad, pero sin altanería.)~ Tú...
VENANCIO
¿Señor?...
EL CONDE
Haz el favor de dejarnos solos.
~(Vase Venancio.)~
ESCENA XI
EL CONDE, EL CURA
EL CURA
Ya me dijo Senén que la Condesa y usted se habían citado aquí... ~(Su solapada curiosidad quiere apoderarse del pensamiento del Conde, tomándole las vueltas.)~ Aquí pueden ventilar con toda calma las cuestiones de intereses... ~(Pausa. El Conde no dice nada.)~ O las cuestiones de otra índole, cualesquiera que sean.
EL CONDE
Volviendo a las niñas, te diré, querido Carmelo, que han producido en mi alma una impresión hondísima.
EL CURA
¿De alegría?...
EL CONDE
Sí... Estas alegrías pronto las convierto yo en intensísima tristeza, agobiado como me veo por crueles desgracias, perseguido de pensamientos revoltosos, obra de esta fiebre de análisis que traen consigo la experiencia del mal, el excesivo tesón de mi carácter, los años, la ceguera misma... Figúrome que no me entiendes, mi buen Carmelo, y has de permitirme que por ahora no te diga más.
EL CURA
Francamente, me he quedado en ayunas.
EL CONDE, ~con humorismo~.
¿En ayunas tú?... No lo creo.
EL CURA
¿Tienen algo que ver esas tristezas, que sin duda son nerviosas, con el porvenir de las señoritas?
EL CONDE, ~rehuyendo entrar en el asunto~.
No sé... Déjame que te diga otra cosa. Mi primera impresión al verlas y oírlas, fue... claro que fue excelente, de gran regocijo y orgullo, como has dicho. Creí notar una perfecta consonancia, igualdad más bien, en el timbre de sus voces. Como no veo bien, sus rostros me han parecido como dos reproducciones exactas de un mismo tipo. ¿Serán, por ventura, iguales también sus caracteres, sus almas?
EL CURA, ~después de un ratito de perplejidad~.
¡Oh, no, Sr. D. Rodrigo! Ni son iguales sus voces, ni sus caras, ni menos sus caracteres.
EL CONDE, ~con gran interés~.
Pues siendo distintas, la una será forzosamente mejor que la otra. Dime, tú que las has tratado y visto bien, ¿cuál de las dos es la más inteligente; cuál la de corazón más puro, recto y generoso?...
EL CURA
Difícil es, a fe mía, la respuesta. Ambas son buenas, dóciles, inteligentes, de corazón hermoso y nobilísimo... algo traviesas, eso sí; pero observantes de la ley del pudor, muy firmes en los principios elementales, temerosas de Dios...
EL CONDE
Todo eso es lo que hay en ellas de común: comprendido. ¿Y qué las diferencia?
EL CURA
Pues discrepan... Verá usted... Dolly toma la iniciativa en las travesuras; Nell parece más inclinadita a las cosas graves, más previsora... Dolly es una imaginación viva, una voluntad impetuosa; Nell, una naturaleza reflexiva, más fija y constante que la otra en sus aficiones; Dolly, divagando, muestra pasmosas aptitudes para la vida práctica; Nell, haciendo diabluras, nos deslumbra con destellos de asombrosa inteligencia... ¿Pero qué he de decirle yo al señor D. Rodrigo, si en cuanto las trate familiar y diariamente, usted ha de conocerlas y diferenciarlas mejor que nadie?
EL CONDE, ~dejándose llevar de su sinceridad~.
De eso trato; a eso he venido.
EL CURA
¿Ha venido a...?
EL CONDE
A estudiarlas, a intentar un análisis detenido de sus caracteres... Las razones de esto no está bien que las sepas por ahora... ~(Variando de tono.)~ Oye, Carmelo, ¿por qué no te quedas hoy a comer conmigo? Gregoria no te tratará mal.
EL CURA
La conozco... y sé lo que vale. Pero sin perjuicio de tributar a Gregoria en otra ocasión los honores debidos, hoy, lo que es hoy, señor Conde de Albrit, se viene usted a mi casa, a hacer penitencia con _este cura_.
EL CONDE
Acepto; sí, señor, acepto... ¿A qué hora?
EL CURA
A la una y media en punto.
ESCENA XII
~EL CONDE, EL CURA; EL MÉDICO, joven, pequeñito, de conjunto simpático y mirar inteligente. Viene de levita y sombrero de copa, el cual revela en su forma ser prenda de respeto, usada tan solo de año en año, en ocasiones muy solemnes.~
EL CURA
¡Oh, mediquillo, ven!... ~(Presentándole.)~ Salvador Angulo, nuestro médico titular.
EL CONDE, ~estrechándole la mano~.
Muy señor mío.
EL MÉDICO
Vengo a ofrecer mis respetos al Señor de Jerusa y de Polan...
EL CONDE, ~recordando~.