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El abueloBenito Pérez Galdós

CAPÍTULO 46

Comienzo · continuación 46

Lucrecia no ha querido decir a su padre político la verdad... Ese secreto, señor Conde, no lo posee más que un hombre en el mundo, y ese hombre soy yo.

EL CONDE

¡Tú!

SENÉN

Yo, que lo oculté, y ahora lo revelo. La hija falsa, la hija espúrea... es Dolly.

EL CONDE, ~aterrado~.

¡Oh!... No, no... ¡Tú mientes! ~(Poseído súbitamente de un furor trágico.)~ Lacayo vil, tú mientes, y yo... ahora mismo ~(Se arroja sobre él, clavándole ambas manos en el cuello)~, ¡te ahogo, rufián! ~(Forcejean. El Conde, aunque anciano, es mucho más vigoroso que Senén; le arroja al suelo, y oprimiéndole con el peso de su cuerpo, le acogota.)~ ¡Villano, serpiente!... te mato, te ahogo, te aplasto. ~(Breve y formidable lucha.)~

SENÉN, ~que al fin, con gran trabajo, logra desasirse del Conde~.

¡Qué furor!... ¡Así paga mi servicio! Tengo pruebas.

EL CONDE

Tus pruebas son falsas.

SENÉN

Ahora lo veremos.

EL CONDE

¡Falsario, traidor! Dolly es mi sangre.

SENÉN, ~trémulo, descompuesto el rostro y el cabello, registrándose los bolsillos~.

Aquí, aquí la verdad, señor... Tan verdad, como que hay Dios. ~(Saca un paquetito de papeles.)~

EL CONDE

Venga. ~(Arrebata el paquete que muestra Senén, lo deshace, abre un pliego, intenta leer aproximándose a la luz.)~ No veo... no veo... ~(Con desesperación.)~ ¡Dios mío, luz a mis ojos; quiero luz!... Este hombre me engaña.

~(Llaman a la puerta. Óyese la voz de Gregoria.)~

SENÉN

Aguarde un poco.

EL CONDE, ~consternado, indeciso~.

No veo... Toma, toma tus papeles... ~(Se los da, y luego los retira.)~ No... léemelo tú... pero no me engañes.

GREGORIA, ~golpeando la puerta~.

Abrir... Abre, Senén.

EL CONDE

¡Qué importunidad!

SENÉN, ~recogiendo sus papeles de manos del Conde~.

Luego los veremos.

EL CONDE, ~a Gregoria, que sigue llamando~.

¿Qué demonios quieres? ~(Gregoria dice dentro algo que Albrit no entiende. Senén aplica su oído a la cerradura.)~

SENÉN

Dice que han traído una carta de la Condesa.

EL CONDE

¿Para mí?... Venga pronto. ~(Abre Senén. Entra Gregoria, y da una carta al Conde, que la abre con temblorosa mano.)~ No veo... ~(A Senén, dándosela.)~ Léemela tú.

SENÉN, ~leyendo, alumbrado por el farol que trae Gregoria~.

«Señor Conde, por consejo de mi confesor, he autorizado a este para revelar a usted la verdad que desea saber.--Lucrecia.»

EL CONDE

¿Dice eso?

GREGORIA, ~examinando la carta~.

Eso dice.

EL CONDE

Basta.

SENÉN

El Prior está en la parroquia.

EL CONDE, ~disparado~.

Corro allá.

ESCENA XIII

~Iglesia parroquial de Jerusa, situada al Norte de la villa. Es irregular, conjunto inarmónico de nobles vestigios, y de restauraciones y enmiendas de fementido gusto. En el costado de Poniente, conserva un bello pórtico románico rodeado de poyos de piedra, muy cómodo para los que van a esperar la misa, o a ver salir la gente. La puerta, que por allí da ingreso a la nave lateral, es gótica, pintada de ocre, y sus gastadas esculturas, con las repetidas manos de cal, parecen obra de pastelería. En un ángulo del pórtico hay una puertecilla, de arco rebajado, que conduce a la sacristía. En diversas partes del edificio se ve el escudo de Laín: banda de cuarteles y un águila explayada con el lema en el pico: _Decor vinxit_. El interior ofrece escaso interés.~

~Como primera noche de la novena de Nuestra Señora de la Esperanza, hay sermón, que predica D. Carmelo, y Manifiesto. Asisten al piadoso acto los dos monjes de Zaratán, ocupando los sitiales del presbiterio, en que antaño se sentaban los Condes de Laín y señores de Jerusa, y hogaño son para las autoridades y personas de viso. Ha querido D. Carmelo deslumbrar al Prior, prodigando las luces, con ayuda de las señoras piadosas de la villa. Cortinas de terciopelo baratito, ramos de dalias y guirnaldas de follaje, completan la vistosa decoración.~

~Prevalece en Jerusa una costumbre que el progreso no ha podido destruir, y consiste en que las mujeres usan, para ir a la iglesia, unas mantellinas o caperuzas de franela, blancas, en forma de saco abierto por un lado, y ribeteado de estambre de color, con una motita en el vértice. Este tocado, que ha resistido valiente a las anuales acometidas de la moda, es extremadamente gracioso y pintoresco, y da a las multitudes un aspecto medieval. Úsanlo también las señoras principales, distinguiéndose por la finura de la franela y la mayor gala del adorno, comunmente de seda.~

~Sube al púlpito D. Carmelo, y enjareta un sermón pesadito, recamado de retóricas de similor, y el indispensable latiguillo de latinajos al final de cada período. Óyenlo con gran recogimiento los feligreses, sin entender palabra, lo que les aumenta la devoción, que tira un poquito a somnolencia.~

~EL CONDE, SENÉN, en la iglesia, fatigados del plantón y del kilométrico discurso.~

EL CONDE, ~de mal talante~.

Salgamos; esto es insoportable.

UN HOMBRE DEL PUEBLO, ~abriendo paso al prócer~.

¿Por qué no sube usía a su sitial, en el presbiterio? Por la sacristía puede pasar sin apreturas.

EL CONDE

Gracias, amigo... me voy fuera. Se ahoga uno aquí con tanto calor y tanta retórica. ~(Salen y esperan. Ambos permanecen silenciosos. El Conde da espacio a la ansiedad de su espíritu paseándose.)~

SENÉN. ~(En el camino de la Pardina a la iglesia, le ha contado algo de las ocurrencias y zaragata de Verola, sin que el Conde demuestre interés alguno.)~

Pues, señor, D. Carmelo lo ha tomado con gana. ¡Vaya una correa de sermón que se ha traído!

EL CONDE

Es pesadísimo. Todos estos que comen mucho hablan sin término. El chorro de palabras les facilita la digestión... ¡Y no es floja contrariedad para mí! ¿Pero esto, Dios mío, no se acaba nunca?... Sin duda, Carmelo quiere lucirse con el Prior, y no cae en la cuenta de que el pobre fraile estará tan aburrido como nosotros.

~(Pasa tiempo. Como todo tiene fin en este mundo, se acaba el sermón carmelino. Óyense modulaciones de órgano, cantos... Media hora más, y empieza a salir la gente. Retírase Albrit al ángulo del pórtico, para dar paso a la multitud, y en esto sale por la puerta de la sacristía Nell, acompañada de Consuelito y de una criada del Alcalde. Lleva la niña de Albrit caperuza de franela, que le da aspecto de figura gótica, arrancada de las vitelas de un misal antiguo. Su rostro, de hermosas líneas, adquiere distinción severa. Caen sobre sus hombros los pliegues de la tela con suprema elegancia.~

~Antes que vea Nell a su abuelo, Senén llama la atención de este sobre la aparición de la niña. Se estremece Albrit de sorpresa y emoción; la busca con su mirada incierta. Nell le ve al fin, y corriendo hacia él, le coge las manos y en ellas da sonoros besos. Al aproximarse la señorita, Senén se escabulle.)~

ESCENA XIV

~EL CONDE, NELL, CONSUELITO~

NELL

Abuelito mío, ¿tú también aquí? ¿Por qué no has pasado? Arriba, junto al altar, tienes tu silla.

EL CONDE

¡Nell, qué hermosa estás! Te veo; veo la caperuza blanca...

CONSUELITO, ~oficiosamente~.

Esta es una de las que usó su abuelita Adelaida, Condesa de Albrit. La conservo yo como recuerdo histórico.

EL CONDE, ~con arrobamiento~.

Nell, veo tu rostro. Una aureola de nobleza y majestad lo rodea...

NELL, ~sorprendida de la emoción del anciano~.

Albrit... ¿por qué me miras así? ¿Por qué tiemblan tus manos?... ¿Lloras?

EL CONDE. ~(Siente hondamente removida su alma. En ella entra una ola impetuosa. Es el convencimiento de que tiene entre sus manos las de la legítima sucesora de Laín y de Albrit.)~

Hija mía, tu presencia me causa tanto regocijo como orgullo. Te reconozco. Eres mi descendencia, la continuidad gloriosa de mi sangre. ¡Rama florida de Arista-Potestad, Dios te bendiga!

NELL, ~apenada, atribuyendo las palabras del anciano a desconcierto de su razón~.

Abuelo querido, ¿por qué has venido tan solo?

CONSUELITO, ~radiante de oficiosidad~.

¿Pero no hay en la Pardina quien le acompañe?

EL CONDE

Mejor estoy solo. Y tu hermana, ¿cómo no ha venido contigo?

NELL

Mamá me ha mandado a la iglesia, encargándome que rece por ella y por ti.

EL CONDE

Y harás bien en rezar... por ella más que por mí.

NELL

No ha querido que venga Dolly, porque está un poco mañosa.

CONSUELITO, ~que rabia por hablar~.

Como que fue preciso traerla a la fuerza de la Pardina.

NELL

La pobrecita quería estar más tiempo contigo. Mañana iremos las dos a verte.

EL CONDE, ~muy agitado~.

No vayáis, no vayáis, porque no me encontraréis.

NELL

¿Pues a dónde te vas?

EL CONDE, ~velada la voz por la emoción~.

Sucesora de Albrit, futura Marquesa de Breda... ya sé... ya lo sé... sigue tu camino lleno de luz, y déjame en el mío tenebroso.

NELL, ~confusa~.

Papaíto, ¿qué razón hay para tanta tristeza? ¡Si te queremos lo mismo! Yo te aseguro que vendremos a verte, y que nos enfadaremos con mamá si no nos trae.

EL CONDE

No os traerá... ¿Y para qué? ¿Qué soy yo? Un despojo miserable... El viejo tronco muere; pero quedas tú, gallardísimo árbol nuevo, que perpetuará mi nombre y mi raza.

NELL, ~con mayor ternura~.

Abuelo mío, si tanto me quieres, ¿por qué no haces lo que yo digo, lo que yo te mando? Eres un niño, y los que te aman deben... no digo mandarte... eso no... dirigirte. ¿Me permites que te dirija?

EL CONDE

Marquesa de Breda, tú mandas.

NELL, ~envaneciéndose~.

Pues si alguna autoridad tengo sobre ti, oye lo que te digo, y hazlo, hazlo por Dios... Acepta el recogimiento de Zaratán.

EL CONDE, ~lastimado en lo más vivo~.

Adiós, Nell... Vete con tu madre.

NELL

En Zaratán estarás muy bien.

CONSUELITO, ~metiendo su cucharada~.

Como un príncipe, como un emperador.

NELL

Vendremos a verte.

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Un respiro entre páginas.

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