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El abueloBenito Pérez Galdós

CAPÍTULO 45

Comienzo · continuación 45

EL CONDE

Mátalas.

D. PÍO

¿Matar yo?... Ni un mosquito ha recibido la muerte de mi mano. Que las espachurre Dios si quiere... Y usía, señor D. Rodrigo, tenga la dignación de acabar conmigo esta misma noche, porque ya no puedo más, ya no aguanto más. Coronado no ha de ver salir el sol de mañana, porque ese sol significaría más vida; significaría luz, aire, sonido, y yo quiero... ver las tinieblas, oír el silencio. ~(Pateando con desesperación.)~

EL CONDE

Así me gusta. ¿De modo que estás decidido?

D. PÍO

Tan decidido, que todo lo he dispuesto. Escribí la carta, en la que digo que a nadie se culpe de mi muerte, y no me he vestido de limpio, porque esas bribonas me han empeñado la ropa... ¿Pero qué me importa la ropa, si esta noche he de acabar? Ahora iba yo en busca de usía para que me cumpliera lo ofrecido.

EL CONDE, ~cogiéndole por un brazo y sacudiéndole con nerviosa fuerza~.

Sí... lo haré, lo haré con toda el alma... Me siento esta noche... no sé... me siento criminal.

D. PÍO

No será crimen, sino favor.

EL CONDE, ~con gran vehemencia~.

Sí... morirás, Pío; caerás rodando por el cantil... antes de llegar al fondo del abismo, te harás pedazos... Morirás, sí. El hombre extremadamente bueno debe morir. Es una planta viciosa, estéril... Sí, bendito Coronado: verás con qué gracia y con qué denuedo te arrojo a la sombría inmensidad, como si lanzara una pelota. Aún tengo vigor para eso y para mucho más...

D. PÍO, ~tocando las castañuelas~.

Ahora mismo, si usía quiere...

EL CONDE

No, ahora no. Tengo que ver a mi Dolly, a mi adorada Dolly... quiero darle el último adiós, comérmela a besos... sí, lo que se llama comérmela... Abur, Coronado, no me sigas. Puedo andar solo.

D. PÍO

Espero a Vuecencia...

EL CONDE

En el Páramo.

D. PÍO

Más seguro será en las Tres Cruces, al extremo de la calleja que sube a Santorojo, a la entradita del bosque.

EL CONDE

Bueno... Iré. Déjame ahora.

D. PÍO

¿No quiere usía que le acompañe?

EL CONDE

No... ya estoy cerca.

D. PÍO

Todo seguido. Allí se ve una luz: es la Pardina... Adiós.

EL CONDE

Hasta luego. ~(Renqueando, se pierde en la obscuridad.)~

~(Después de verle entrar en la Pardina, D. Pío se aleja.)~

ESCENA XI

~Habitación del Conde en la Pardina.~

~EL CONDE, VENANCIO, GREGORIA; después SENÉN.~

VENANCIO, ~que entra y ve al Conde revolviendo en su maleta~.

¿Qué hace el señor Conde?

EL CONDE

Ya lo ves: recojo algunos papeles que deseo llevar siempre conmigo.

GREGORIA, ~alarmada~.

¿A dónde va usía?

EL CONDE

A donde a vosotros no os importa. ¿Por qué no viene Dolly? Dos veces la he mandado llamar.

VENANCIO

Ahora vendrá.

EL CONDE

Pues voy a donde quiero. A vosotros os bastará saber que os dejo en paz.

VENANCIO, ~premioso, rascándose la cabeza~.

Me alegro de que el señor Conde facilite la separación, porque yo vengo a decir a Vuecencia... que... que no puede seguir en mi casa.

GREGORIA

Nada más que por el carácter soberbio del señor Conde... que por lo demás...

EL CONDE

Sí: mi carácter altanero no se aviene con el vuestro, tan suave, tan pacífico.

VENANCIO

Por lo cual, he determinado que Su Excelencia se aloje en donde guste, fuera de mi casa... Por esta noche puede quedarse; pero mañana...

EL CONDE, ~con dulzura, resignado y calmoso~.

Esta noche misma: no te apures. Tú te quedas en tu Pardina, y yo me voy... a donde me acomode. No hablemos más. Al fin y a la postre, tengo que agradeceros la hospitalidad que me habéis dado.

VENANCIO

Nada tiene Vuecencia que agradecernos. Lo que me duele es que no hayamos podido hacer buenas migas.

EL CONDE

Las migas hacedlas vosotros... y que os aprovechen... Os pido el último favor. Traedme a Dolly. Los minutos que paso sin verla me parecen siglos.

VENANCIO

Vamos.

EL CONDE, ~sintiendo ruido en la puerta~.

¡Ah! ella es...

SENÉN, ~entrando~.

Soy yo, señor...

EL CONDE

¡Maldito seas! ~(Exaltado.)~ ¡Que venga Dolly, que venga al instante!

SENÉN, ~aparte a Venancio y Gregoria~.

Dejadle conmigo. No hará nada, y en todo caso, yo sabré ponerle como un guante.

~(Se van Gregoria y Venancio.)~

ESCENA XII

~EL CONDE, SENÉN; después GREGORIA~

EL CONDE, ~receloso, altanero~.

¡Ah!... te dejan aquí, como de guardia, por temor de que yo...

SENÉN

No, señor: vengo... porque... es _de todo punto indispensable_ que hable dos palabras con usía.

EL CONDE

¿Conmigo?... ¿Palabritas tú? No: tú vienes a vigilarme. Creen que voy a pegar fuego a la casa... No, Senén; yo no hago mal a nadie, ~(Óyense gritos lejanos de Dolly, llorando, pidiendo socorro.)~ ¡Oh! ¿qué es eso?... ¡Dolly grita... llama! ¿Es su voz... o estoy yo loco y no sé lo que escucho?... Infames, ¿qué hacéis a mi hija, a mi Dolly? ~(Furioso, se precipita hacia la puerta. Cesan las voces.)~

SENÉN, ~cortándole el paso~.

Deténgase usía. Ya no puede evitarlo.

EL CONDE

¿Qué?

SENÉN

Que se la llevan. ~(Mira por la ventana.)~ Ya, ya salen con ella. ~(Corre Albrit a la ventana.)~

EL CONDE

¡Bandidos, ladrones! ~(Vuelve a la puerta.)~

SENÉN, ~sujetándole~.

Deténgase, y óigame un instante. ~(Cierra la puerta y quita la llave.)~

EL CONDE, ~amenazante~.

¿Qué haces?... ¡Me encierras!

SENÉN, ~agitadísimo~.

Una palabra, señor Conde, una sola, y usía comprenderá que quiero prestarle un gran servicio... Yo le explicaré...

EL CONDE

Pronto.

SENÉN

La niña... Su madre la mandó llamar; no quiso ir... Ha venido el Alcalde con toda su fatuidad, y con una pareja de la Guardia civil, y se la ha llevado.

EL CONDE, ~fuera de sí~.

Ábreme esa puerta, o te mato ahora mismo. Ciego, aún tengo vigor para defenderme, para defender al ser amado. Ábreme te digo. ~(Coge una silla, decidido a estrellársela en la cabeza.)~

SENÉN, ~trémulo~.

Abriré... pero antes... quiero deshacer el grave error de usía.

EL CONDE

Habla... pronto.

SENÉN

Usía, movido del honor, ha pretendido descorrer el velo, señor; descorrer el velo...

EL CONDE

Acaba.

SENÉN, ~sudando la gota gorda~.

El velo ¡ay! para descubrir la verdad, el endiablado secreto de la familia.

EL CONDE

Sí.

SENÉN

Y usía no ha visto nada.

EL CONDE

Sí he visto.

SENÉN

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Un respiro entre páginas.

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